domingo, 22 de agosto de 2010

AKAL


¡Ay, no! Otra vez acecha. Y sé que es natural que lo haga. Lo hace a cada instante, a cada minuto, en cada lugar del planeta. Pero cuando llega, se instala y parte el corazón de algún ser querido, se siente demasiado cercana, molesta más de la cuenta, más de lo normal o de lo que estamos acostumbrados a percibirla.
Igual, no deja de sorprenderme cómo el Universo se las arregla para hacernos llegar los mensajes en el momento adecuado y, si estamos atentos y vemos las señales, permite que el alma de los que siguen transcurriendo en esta tierra guarde cierta paz. Y es algo que no se puede definir con palabras. En mi caso, sólo siento agradecimiento de que así sea y no puedo dejar de emocionarme hasta las lágrimas por ello.
Pero duele, siempre duele, para mí aún es inevitable que cuando la muerte llega no deje dolor. Entiendo sí que sea la ley natural, que todo tiene un por qué y un momento, pero aún no logro que por ello no me provoque dolor.
Un Akal* para el alma que trasciende a un lugar desconocido por nosotros, pero estoy segura que es un lugar sin tiempos, sin pausas, sin dolor, donde conoceremos finalmente las preguntas sin contestar y sentiremos el amor como jamás lo hemos sentido. Sin dudas, un lugar mejor, aunque ahora nos cueste entenderlo como tal.
Y para la fragilidad de quienes aquí quedan, sólo puedo brindarles el alma abierta para abrazarlos, los brazos tendidos para sostenerlos y esperar ser guiada sabiamente hacia las palabras justas, para saber cúando decirlas y cuándo callarlas.
Aquí estaré, cuando así sea necesario. Y cuando no, también.

(*) Akal es una palabra sánscrita que designa Eternidad. Se suele pronunciar (la segunda “a” más larga) ante el desprendimiento del alma del cuerpo con el fin de que ésta trascienda con mucha paz.

martes, 17 de agosto de 2010

PAUSADA

Hay días que estoy con Fast Foward (FF) y otros que simplemente estoy en PLAY.
Hay días en los que escribo sin parar, que las palabras surgen de no sé dónde y forman relatos que hasta yo misma me sorprendo de haberlos escrito. Otros, con un poco más de tranquilidad, salen con algo de meditación y reflexión de por medio, quizás motivados por experiencias que vivo o en otras oportunidades por situaciones que me rodean, el punto es que me provoca estampar historias mías o ajenas en forma de letras y colgarlas en este blog.
Últimamente he notado que estoy en PAUSA. Y al principio, me preocupó el hecho de que esto fuera así. Porque disfruto mucho de los vaivenes que me llevan a la escritura, de los disparadores que la motivan, de crear historias y de desnudar mi alma. Entonces, me puse a pensar qué estaría sucediendo, por qué no podía escribir, qué era lo que me tenía tan atada a lo terrenal y no me dejaba perderme en mi mundo sutil.
Cuando las respuestas no eran respuestas sino que se formulaban nuevas preguntas, me di cuenta que en realidad estaba en un estado introspectivo. Que hay momentos que debo pausar mi andar y mirar mi interior, pero en silencio. Recurrir a mi intimidad y escribir para adentro.
Fue así que comencé a hacerlo. Empecé a dedicarme tiempo para mi misma, no para hacer nada en especial aunque sí para escucharme y no juzgarme, que ya es bastante especial.
Desde entonces es que vengo reorganizando mi ser, buscando, acomodando, guardando en cajoncitos, archivando, sacando a luz lo que es verdaderamente importante, marcando prioridades, dándome cuenta quién soy y hacia dónde voy y prestando atención a las piedras en mi camino, en vez de seguir tropezándome con ellas. Estoy atrapando sueños y guardándolos en mi alma, desenredando madejas y tejiendo nuevos abrigos, permitiendo que el sol entre pero que no me encandile, tomándome un descanso en la luna cuna, permitiendo que las gotas de lluvia refresquen mis ideas, disfrutando del frío porque gracias a él conozco lo que es la calidez.
Me estoy dejando fascinar por todo lo que veo a diario. Por un pedacito de cielo celeste, por una bandada de pájaros que vuelan por la ciudad, por las copas de los árboles que se mueven con el viento invernal, por las grietas del cemento que permiten ver la tierra, por cada instante mágico y único que descubro en cada amanecer.
En síntesis, este es el motivo de mi desmotivo de bloguear estos días. Quizás necesite alimentar mi alma de todos estos pedacitos de luz que voy descubriendo en mi andar y entonces después esté tan nutrida y rebosante que será preponderante compartirlo. Mientras tanto, me lo voy quedando, porque por ahora lo necesito para mi. De todas formas, comparto con ustedes algunos de esos instantes mágicos que me vienen deslumbrando. No pretendo que se emocionen como yo, pero al menos de esta forma se les hará más tangible mi realidad pausada.
Supongo que pronto estaré de vuelta, así que les dejo un beso que dure hasta que vuelva a poner PLAY.





miércoles, 4 de agosto de 2010

HERA

El me pega. Pero a mi no me importa. Porque muchas veces tiene razón. Sí, ya sé, otras tantas no. Pero ni loca lo enfrento, porque estoy segura que en vez de pegarme me mataría. Igual, cada vez es menos las veces que lo hace.

Yo le prometí lealtad el día que me casé con él. Y respeto. Dirán que él también, pero yo creo que de alguna manera también me respeta. El me deja hacer y deshacer en casa a mi antojo. Claro que le gusta ver todo limpio y ordenado, pero a mi también, así que en realidad eso no es un problema. Así que cuando llega a casa, sólo me resta atenderlo lo mejor posible. A veces estoy un poco cansada, es verdad, pero trato de esperarlo siempre con mi mejor cara, porque sino ya sé la que se viene. Si no está pronta la comida a la hora estipulada, se arma. Si la ropa no está pronta cuando sale del baño, también. Y si yo no quiero tener sexo con él, ni te cuento.
A veces lloro. Claro que él ni se entera. Pero sí, lloro. No cuando me pega. No. Ya a esta altura ni me duele cuando lo hace. Lloro cuando me duele la cabeza o cuando mi cuerpo se cansa, porque la verdad que hay días que no puedo más. Pero siempre lo hago cuando él no está. No quiero que me vea así. Yo quiero ser siempre su esposa, sin importar lo que suceda. Porque insisto, juré estar a su lado hasta que la muerte nos separe. Sea la mía o la de él. Por un lado preferiría morirme yo primero, porque la verdad que no sé que haría sin él. Mi vida ya no tendría sentido. Pero a veces, cuando se pone loco, me da unas ganas de que le de un infarto y quede ahí tirado en ese instante. Me viene como un odio de adentro que no puedo controlar. Por suerte se me pasa, porque es horrible sentirme así.
Una vez quedé embarazada, pero lo perdí. El nunca quiso que tuviéramos hijos, pero cuando quedé, quedé. Y bueno, lo aceptó. Esos días sí que la pasé bien. Me trataba como una reina. Pero duró poco. Un día me tuvieron que internar de apuro porque no paraba de sangrar y ahí mismo me abrieron y me sacaron todo. Lloré como una loca y él la verdad que se portó muy bien, cuidándome y estando a mi lado. Pero bueno, una vez que llegué a casa, todo volvió a ser como antes.
A veces sueño con ese bebé. Dormida y despierta sueño. Ya he aprendido a no llorar por él, pero me costó bastante. Igual, siempre pienso que si hubiera nacido la cosa hubiera sido muy diferente. Por algo la cosa fue como fue. Capaz que a la larga Omar me hubiera dejado y yo qué iba a hacer sola con un niño en la calle. Me hubiera convertido en una pordiosera, porque no sé hacer otra cosa que cuidar de mi casa. Nadie me iba a dar trabajo con una criatura y, como familia no tengo, no sabría a dónde ir. Las cosas no pasan porque sí, no señor.
Yo no digo que me trate mal. El es cariñoso. Cuando llega me da un beso y a veces hasta me abraza. También me dice palabras lindas y otras veces algunas un poco más atrevidas, que no me animo a repetir pero que también me gustan.
Qué se yo. Yo lo amo. No me imagino mi vida sin él. Vivo por él y para él.
De vez en cuando me trae regalos. A veces porque sí nomás me sorprende con algún chocolate o una flor. Y otras veces, en mi cumpleaños por ejemplo, me lleva al shopping y me compra algún vestido elegante. No sé ni para qué, porque no salimos a ningún lado, pero hay días que me llama y me pide que le prepare una cena especial y yo ya sé que ese día me tengo que vestir bien. Y la verdad que me encanta.
Eso sí, no lo sorprendo más. Porque me ha pasado de prepararle por gusto propio algo especial y vestirme elegante y ya ahí mismo, al entrar a casa y verme así, me zumbó de una cachetada. Porque para qué estaba vestida así, si era para otro, que qué había hecho durante el día cuando él no estaba y todo eso. Ya aprendí que las sorpresas no le gustan, así que mejor hacerlo cuando él me lo pide nomás.
Y bueno, así es mi vida, qué se le va a hacer. A veces me enojo pero me guardo la bronca en el bolsillo del delantal y sigo adelante. Igual, muchas mujeres desearían tener el tiempo que tengo yo para mirar novelas o pintarse las uñas en medio de la tarde sin que el marido se preocupara por eso, ¿no? Y si de algo estoy segura es que sin él yo no podría ser la mujer que soy hoy.