
Lo confieso, estoy arrepentida.
Si bien por lo general trato de actuar y hablar sólo cuando me siento con plena seguridad de mis acciones y declaraciones, esta vez, debo guardarme las palabras en el bolsillo (para ser delicada).
Y quizás mis palabras hayan sido por falta de confianza, por incrédula o, inclusive, porque desde que nací jamás vi algo así.
Probablemente digan que es una exageración de mi parte, pero lo cierto es que de todo se aprende. Soy congruente en este sentido. Si considero que la vida es aprendizaje siempre, entonces sí, esta vez también lo fue.
Hubo dos hechos puntuales. Uno fue cuando Uruguay clasificó para el Mundial. De atrás, haciendo todo lo posible e imposible, dejando afuera a Costa Rica, siendo los últimos que lográbamos entrar. Y yo dije “como siempre, remando… nunca por jugar bien”. Después, cuando le tocó el grupo que le tocó. Pensé en México, con quienes hacía un tiempito habíamos perdido. Pensé en Francia, el campeón del mundo. Y pensé en Sudáfrica, locatario. Y dije: “no sé para qué vamos … vamos, jugamos y nos volvemos”.
Y no. Resulta que no. Resulta que le ganamos a los tres cómodamente y quedamos primeros en la serie. Por primera vez en años sin calculadora en mano a ver cómo nos iba. Fuimos derribando uno a uno a nuestros oponentes. Y así, nos ganamos merecidamente un lugar en octavos.
El país explotó de alegría. El fútbol es una pasión popular. Si bien la mayoría de las mujeres quedamos excluidas de estos eventos (por elección, por supuesto), cuando juega Uruguay, todo es diferente. No hay distinción de sexo. Todos nos unimos a alentar a nuestro país. La alegría es generalizada.
Luego, vencimos a Japón y pasamos a cuartos de final. Otra vez este pequeño país con sus 3 millones de habitantes salió a la calle a festejar. La alegría ya se nos estaba haciendo costumbre, cosa rara por estos lados. Uruguay se dio cuenta que se puede ser feliz.
Entonces, se vino Ghana, con sus golpes, con un arbitraje espantoso siempre a favor de los ghaneses, con lesiones varias a nuestros jugadores, con Fucile que casi nos infarta a todos cuando cayó y quedó quieto en el piso, con Forlán que nos devolvió la esperanza, con un gol que no quería ser y, para confirmar que no fuera, Suárez se encargó de atajarlo, con Muslera que le tiraba besos al travesaño después que el ghanés errara el penal, con Muslera de nuevo atajándose todo, con un loquito Abreu que la picó en el último penal y todos los uruguayos gritamos GOOOOOOOOOL, felices de la vida. Y con todo el equipo festejando allá, en Sudáfrica y nosotros acá, haciéndole honores a sus festejos y victoria. Uruguay mereció ganar y ganó.
Así, es que llegamos a tener un puesto en la semifinal. El puesto en el que ya somos los mejores 4 del mundo.
Y sí, me arrepiento de no haber confiado en estos chicos, en no haber confiado en la selección de mi país, ni en Tabárez ni en nada.
Mi aprendizaje es ese, “no juzgues al libro por su portada”. No siempre las cosas son como “se supone” que van a ser. Uruguay ha demostrado ser un equipo, con todo lo que la palabra significa. Han demostrado ser buenos jugadores, unidos, compañeros y con un espíritu único. Han demostrado que se puede. Que la confianza es lo último que se pierde. Que las esperanzas siempre deben estar vigentes.
Y, principalmente, han devuelto la alegría a este país. Así que pido perdón por mi falta de confianza y agradezco enormemente que hayan teñido mi corazón y el de tantos otros de Celeste.
¡Arriba Uruguay! ¡Vamos por más! Y si no es más, siempre igual ¡Arriba Uruguay!