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sábado, 5 de octubre de 2013

NUNCA ES UN BUEN DIA

Imagen: Joan Llimona

Otra vez estás sentada en ese suelo frío de cerámicas color caoba de tu baño, llorando como una Magdalena, aunque nunca supiste cómo llora la Magdalena, pero debe ser que llora mucho, por eso es que ahora te comparás con ella y pensás que más tarde quizás vayas a Google y te fijes por qué se dice eso cuando alguien llora tanto, pero no ahora. Ahora no podés fijarte en nada, porque tus ojos no te permiten ver ni siquiera la pared que tenés enfrente.

Apagás la luz del baño para sentirte más íntima, porque aunque no haya nadie no querés ni que el WC te vea llorar de esa manera, y te acostás boca abajo, dejando que tu pecho sienta el frío de las cerámicas, a ver si así se te enfría el corazón. Aprovechás que estás ahí sola y ya nadie te ve para gritar un poco, tampoco tanto, porque te pueden escuchar y lo que menos querés en este momento es que alguien te escuche. Querés que sólo la tierra te escuche y se lleve esta angustia que te nace en el medio del pecho y la transmute, quizás por un poco de alegría, que hace tanto no sentís.

No entendés esta forma de amar por más que te lo haya explicado una, diez o mil veces. Nunca la vas a entender. Dice que no quiere vivir más en la mentira. Que así ha vivido durante toda su vida. Que es hora de empezar a vivir en la verdad. Por un rato te creés que es cierto, que está bueno que haya decidido vivir su vida así. Hasta por el amor que le tenés le das una especie de bendición. Pero no es cierto. No le das nada una bendición. ¿Cómo vas a dejar que toque a otra, bese a otra, acaricie a otra? Dice que está cansado y necesita un tiempo de reposo ¿El se cansó? ¿Ahora que sos suya como tantas veces soñó que lo fueras, de verdad se cansó? No es admisible. No tolerás que esté cansado. Porque si de verdad te ama, no debe estar en ningún otro lugar que no sea a tu lado. Si es cierto todo el amor que dice tenerte, no puede seguir en este juego absurdo, esperando que algún día lo perdones. Y vos sabés que no lo vas a perdonar. Ya se lo advertiste. No ahora, antes. Ya le dijiste que tenías un límite de tolerancia a las cosas. Así que no venga ahora a pedirte que esperes un poco más. No hay derecho. 

Nadie dijo que esto iba a ser fácil. Hasta Romeo y Julieta terminaron mal, pero juntos. El no debería dejarte ir. No debería hacerte sufrir de esta manera tan cruel. Porque te conoce, y mucho. Sabe cómo te sentís en este momento y vos no podés entender de ninguna forma que esté siendo tan cruel. Seguís llorando sola en el baño. A veces sollozás, hasta que el recuerdo de aquella noche que te preparó la cena especialmente para vos, te vuelve a desarmar. O cuando pensás en sus manos, en sus caricias, en su mirada. Cuando pensás que va a penetrar otro cuerpo que no es el tuyo, que va a tocar los muslos de otra mujer que no sos vos, que va a besar otros labios, que seguro no serán tan suaves como pétalos de rosa, porque esos son solo tuyos, mi amor, pero sí besará pétalos de claveles en todo caso. La mirará a los ojos o, lo peor de todo, se reirá con ella. Otra vez ese llanto doloroso que te atraviesa el pecho. No querés que se ría con más nadie. Las risas son tuyas. Vos lo hacés reír y él a vos. Vos le alegrás la vida y él la tuya. Mierda. Te estás convirtiendo en una de esas mujeres de manual de autoayuda, de las que aman demasiado. No querés ser esa mujer. No sos esa mujer. Nunca mujer de manual. 
Así que te levantás un poco dolorida después de haber estado tirada tanto rato en ese piso frío, prendés la luz y das unos pasos hacia el lavabo. Te mirás en el espejo. Siempre te gusta mirarte al espejo cuando tenés los ojos llenos de lágrimas. Están tristes, pero tienen un brillo especial. Hasta parecen más claros. Es eso, por eso te gusta. Porque toman una tonalidad verdosa que no sabés si es que se están pudriendo con tanto llanto o es que cambian de color realmente. Abrís la canilla y dejás que corra un poco de agua, te lavás la cara y te secás. Nunca dejás de mirarte. Respirás hondo y decidís que tenés que seguir adelante, sea como sea, aunque no tengas ganas de nada hoy.
Date el permiso de no hacer nada hoy. Ni mañana. Pero no mucho más porque no sos de las que se abandonan tiradas en una cama por un amor que no pudo ser. Sí, sos de esas, pero no podés hacerlo porque hay todo un mundo que sigue girando, esté él en tu vida o no. Estés vos en esta vida o no. Pero más vale estar, porque no le vas a dar el gusto de sentir culpa. No le vas a dar ese gusto de que se victimice. 

No pienses más en lo que no vas a tener. No pienses que perdiste el mejor sexo de la historia ni a la persona que más te ha entendido en tu maldita vida. Pensá en lo que ganás. Y pensá realmente si no sos vos la que vas a vivir en la verdad, en vez de él. Te libera de andar a escondidas. Te libera de esas tardes que te sentías una pobre desdichada a pesar de que había sido idea tuya la de ir al departamento que arrendó especialmente para vos y llegar en su Van tirada en el piso de atrás, tapada con una sábana de pies a cabeza, por si él se nos cruza, mi amor, basura urbana, mortajada como si estuvieras muerta. Muerta. Quizás fue un presagio, porque así es como te sentís ahora. Pero entonces te libera de amarlo, porque en el momento en que lo imagines en brazos de la otra, lo vas a detestar. Hacelo, detestalo por un tiempo. No va a ser para siempre, pero desde ese lugar vas a poder tomar fuerzas para despedirlo finalmente. Enseguida te acordás de la frase de Lorrie Moore que tanto te gustó, porque es un poco cruel y en estos momentos tenés ganas de ser cruel, muy cruel: "Algún día, como todo el mundo, este hombre al que realmente amas, va a morirse. No importa lo mucho que lo ames, no puedes salvarlo. No importa lo mucho que lo ames: nada, nadie, dura”. 

Volvés a tu imagen en el espejo. Tus ojos están bastante más secos. Te das vuelta y vas hacia el WC cómplice a quien no mirás mucho porque te da vergüenza pensar que te haya visto llorar de esa manera tan pasional. Tomás un pedazo de papel higiénico, te limpiás la nariz y lo desechás en el tarrito de basura que tenés en el baño. Abrís la puerta. Aún con pocas fuerzas das un paso hacia el abismo, porque sabés que nunca, pero nunca, será un buen día para volver a empezar.

miércoles, 31 de agosto de 2011

NUESTRO TESORO

Para aquellas almas errantes que han sabido caminar de a dos.
Sé que son muchas las que leen este blog.
Los quiero.


Aunque durante todo este tiempo hemos intentado salvar del entierro a nuestro amor, la realidad se impone y termina hundiéndolo en el mar más profundo, tratando de que no emerja, de que se quede en el fondo, como un cofre perdido de algún barco pirata abandonado, donde los tesoros nunca jamás puedan ser encontrados.

Así quedarán nuestros sueños, nuestros viajes imaginarios, la vida que creamos en una nube que ya transformada en lluvia ha comenzado a caer. Todo quedará desterrado de nuestro mundo, del mundo del que vos y yo nos solíamos enamorar.
Aunque duele perder las piedras preciosas que fuimos recolectando en nuestro camino y que juntas formaron un collar de emociones, sensaciones y sentimientos, también es cierto que somos privilegiados por haberlo tenido alguna vez y haberlo disfrutado.

Dame tu llave que te doy la mía para que, si algún día, en tu paso por el mar descubrís un cofre añejo, puedas intentar abrirlo y quizás encontrarte, una vez más, con la sorpresa que nunca esperaste encontrar.
Y si yo, navegando en alguna de mis mil noches de luna que me quedan por vivir logro verlo, no dudes que intentaré abrirlo. Aunque pueda entristecerme por tal vez encontrarlo saqueado, no me quedaré con la duda de saber si aún queda algo de nuestro tesoro abandonado.

viernes, 12 de agosto de 2011

PARA DESQUERERTE MEJOR







Nos conocimos con Andrés hace ya tiempo. Tanto como las veces que el mar ha llegado a la orilla de mi alma. Y he intentado alejarme de él tantas veces como las que el mar emprende su retirada.
Andrés es lindo. Por dentro y por fuera, pero más por dentro. Andrés termina mis frases y yo comienzo las suyas. Y viceversa. Reímos con la misma carcajada a la par y podemos estar en el peor momento de nuestras vidas pero siempre tener la palabra que nos saque una sonrisa en medio de la frustración.
Sí, Andrés es el amor de mi vida, sin dudas. Nadie jamás me ha hecho brillar como él.
Lo conocí un día de enero, mientras la luna llena bailaba en el océano. Ambos caminábamos por la playa en direcciones contrarias y Lucho, mi perro, lo conquistó antes que yo, aunque él asegure que eso fue completamente al revés. Jamás nos pusimos de acuerdo en ese punto.

Cuando lo vi supe enseguida que me enamoraría de él y, lo que más me sorprende hasta hoy es también sabía que él se enamoraría de mí.
Andrés es mi perfecto, con sus virtudes y defectos. El hombre con el que siempre soñé.

Si tuviera que describir qué fue lo que me cautivó de él, diría que es su poder de conquista, como el lobo cuando mira a su presa. Andrés tiene unos brazos envolventes, de los cuales resulta imposible escapar. Unas manos firmes, que parecen atravesar mi piel cada vez que me acaricia. Unas piernas musculosas y bien formadas, con las que me ha alcanzado cada vez que he intentado huir. Unos ojos de mirada penetrante, con los que atraviesa y acobarda a mi pobre corazón. Tiene una nariz perfecta, por la que inhala toda mi esencia. Y una boca de labios gruesos y suaves, con la que me quita el aliento hasta la muerte pero que con el suyo me hace renacer.
Claro, él es mi perfecto, no así estas vidas que nos tocó. Porque no todo siempre es color de rosas. Y en este caso, la ley se cumplió de forma precisa y exacta.
Andrés vive lejos, muy lejos. No en un cruzar de puentes, no en un avión a pocas horas. Tan lejos como dar media vuelta al mundo.

Ese verano, fue el mejor verano de mi vida. También lo fue para él. Lo sé. Y durante casi dos años, tratamos de conciliar esa brecha geográfica, acercándonos todo lo posible. Pero todo lo posible no es todo. Siempre queda lo imposible. Así que de a poco y como una antítesis, aunque nuestros corazones se unían, la distancia nos separaba cada vez más.
El no podía vivir aquí ni yo allí. Ambos tenemos niños. Y nuestro amor por ellos nunca fue mayor al que existía entre nosotros. Bregamos por su felicidad, así lo entendemos y así debía ser. No podía separar a mis niños de su padre, llevándomelos lejos por mi propia felicidad, ni él podía manejar la opción de verlos veinte días al año, a lo sumo un mes. Ninguna de esas opciones nos haría sentir plenos. Esas opciones opacarían nuestra felicidad al punto de que nuestra historia de amor se convirtiera en una historia de agonía permanente.
Evaluamos todas las posibilidades y nada fue convincente, por lo que un día, con el corazón en la mano, tuvimos que decirnos adiós.

Esa tarde, en medio de nuestra decisión y mi propia angustia, llegué a casa, abrí el placard y saqué de él un abrigo que mi madre una vez me dio y que guardo desde la niñez. Me tiré en la cama, me enrosqué sobre mi cuerpo y, con la fragilidad de quien intenta aferrarse a la inocencia, me dormí, abrazada al abrigo, recordando las palabras que ella me había dicho el día en que me lo obsequió, tal vez como presagio de su pronto trascender a otros mundos: “mi chiquita, cada vez que precises un abrazo mío y yo no esté, ponete este abrigo, de la cabeza a los pies, y allí estaré, rodeándote siempre”.

La caperuza ya está apolillada, sin embargo, cada vez que tomo el saco entre mis manos sus palabras vuelven a aparecer. Y las lágrimas, también.

Aún me es duro comprender que ese fue mi cuento de hadas, pero también estoy segura que algún día, con príncipe azul o sin él, me tocará vivir mi final, aunque sea apenas un triste final feliz.

sábado, 9 de octubre de 2010

EL PENULTIMO CAFE


A nadie parecía importarle mi presencia allí. Tampoco yo conocía a nadie, excepto al difunto, claro, pero eso ya no era relevante.
La sala, como siempre lúgubre, ambientada con el llanto desesperado de quienes supuestamente más lo habían sabido querer en vida.
Tímidamente me fui moviendo hasta estar cerca del cajón donde Carlos yacía muerto. Para mi regocijo, si es que se puede tener alguno en esas circunstancias, estaba cerrado. La madera de su ataúd de un roble oscuro labrado con rosas y las asas de un bronce reluciente, hacían que de alguna manera su muerte fuera tan elegante como solía serlo en vida.
El típico olor a velorio me descompuso un poco, aunque en realidad no sabía bien si eran los claveles o la muerte lo que me provocaba náuseas.
Permanecí inmóvil en un rincón, observando todo como la extraña que era.
De repente se me ocurrió pensar que el cajón estaba vacío y que cada suceso que ocurría allí dentro no era más que un engaño. Que las lágrimas no tenían ningún sentido, que la tierra las absorbería y desaparecerían en el olvido, que los Padre Nuestro que dos señoras ancladas a las cuentas de un rosario murmuraban en forma continua, eran dirigidas hacia un alma que se reía de ellas.
Salí de esa pequeña salita un poco abrumada por mis pensamientos y me dirigí al salón central.
Un grupo pequeño de mujeres cuchicheaban y reían por lo bajo. Era evidente que les importaba más la vida que la muerte en esos momentos. Y supongo que hacían bien.
Un mozo se acercó a ofrecerme un pocillo de café del cual estuve tentada de aceptar. El aroma casi me conquistó, pero los recuerdos que me embriagaron en ese preciso instante me llevaron a rechazarlo. Es que con Carlos solíamos despedirnos siempre con la promesa de un próximo café. Esta vez, no habría promesas. Ni más Carlos. Por lo tanto, tampoco habría café.
Mi tiempo allí había terminado. Me acerqué al libro de visitas que permanecía con sus hojas en blanco. Guiada por un impulso tomé el bolígrafo y las palabras comenzaron a fluir como solía sucederme cuando pensaba en él. La estrofa de una canción que habíamos hecho nuestra y una pequeña lágrima quedaron estampados en el recuerdo de algo que sólo Carlos podría entender pero que ya nunca podría leer.
Que descanse en paz, me dije. Me dirigí con cierta ligereza hacia la escalera, afirmando mis tacos en cada escalón que bajaba. Al llegar a la calle el viento me obligó a envolverme en mi chaquetón gris, aquel que una vez escondió mi desnudez ante su mirada de deseo. No pude evitar sonreír y apretarme más en mi abrigo, como si fueran sus brazos los que me estuvieran dando cobijo. Respiré hondo, dejando que el aire frío penetrara en mis pulmones. Sentí el cemento duro bajo mis pies. Con una rapidez innecesaria la urbanidad comenzaba a apoderase de mí. El rugir de los motores y la bocina de algún conductor impertinente me resultaban aturdidores. Las voces anónimas de la ciudad retumbaban en mi cabeza como gritos desgarrados. Escapé corriendo hacia mi automóvil y me encerré en él. Las lágrimas no tardaron en aparecer y rodar por mis mejillas, en silencio. Fue entonces cuando me di cuenta que la ciudad seguiría existiendo sin que ni siquiera por un instante alguien se percatara de que para mí ya todo sería diferente y que en esa fría mañana de agosto parte de mi alma había quedado muerta en un cajón.

miércoles, 4 de agosto de 2010

HERA

El me pega. Pero a mi no me importa. Porque muchas veces tiene razón. Sí, ya sé, otras tantas no. Pero ni loca lo enfrento, porque estoy segura que en vez de pegarme me mataría. Igual, cada vez es menos las veces que lo hace.

Yo le prometí lealtad el día que me casé con él. Y respeto. Dirán que él también, pero yo creo que de alguna manera también me respeta. El me deja hacer y deshacer en casa a mi antojo. Claro que le gusta ver todo limpio y ordenado, pero a mi también, así que en realidad eso no es un problema. Así que cuando llega a casa, sólo me resta atenderlo lo mejor posible. A veces estoy un poco cansada, es verdad, pero trato de esperarlo siempre con mi mejor cara, porque sino ya sé la que se viene. Si no está pronta la comida a la hora estipulada, se arma. Si la ropa no está pronta cuando sale del baño, también. Y si yo no quiero tener sexo con él, ni te cuento.
A veces lloro. Claro que él ni se entera. Pero sí, lloro. No cuando me pega. No. Ya a esta altura ni me duele cuando lo hace. Lloro cuando me duele la cabeza o cuando mi cuerpo se cansa, porque la verdad que hay días que no puedo más. Pero siempre lo hago cuando él no está. No quiero que me vea así. Yo quiero ser siempre su esposa, sin importar lo que suceda. Porque insisto, juré estar a su lado hasta que la muerte nos separe. Sea la mía o la de él. Por un lado preferiría morirme yo primero, porque la verdad que no sé que haría sin él. Mi vida ya no tendría sentido. Pero a veces, cuando se pone loco, me da unas ganas de que le de un infarto y quede ahí tirado en ese instante. Me viene como un odio de adentro que no puedo controlar. Por suerte se me pasa, porque es horrible sentirme así.
Una vez quedé embarazada, pero lo perdí. El nunca quiso que tuviéramos hijos, pero cuando quedé, quedé. Y bueno, lo aceptó. Esos días sí que la pasé bien. Me trataba como una reina. Pero duró poco. Un día me tuvieron que internar de apuro porque no paraba de sangrar y ahí mismo me abrieron y me sacaron todo. Lloré como una loca y él la verdad que se portó muy bien, cuidándome y estando a mi lado. Pero bueno, una vez que llegué a casa, todo volvió a ser como antes.
A veces sueño con ese bebé. Dormida y despierta sueño. Ya he aprendido a no llorar por él, pero me costó bastante. Igual, siempre pienso que si hubiera nacido la cosa hubiera sido muy diferente. Por algo la cosa fue como fue. Capaz que a la larga Omar me hubiera dejado y yo qué iba a hacer sola con un niño en la calle. Me hubiera convertido en una pordiosera, porque no sé hacer otra cosa que cuidar de mi casa. Nadie me iba a dar trabajo con una criatura y, como familia no tengo, no sabría a dónde ir. Las cosas no pasan porque sí, no señor.
Yo no digo que me trate mal. El es cariñoso. Cuando llega me da un beso y a veces hasta me abraza. También me dice palabras lindas y otras veces algunas un poco más atrevidas, que no me animo a repetir pero que también me gustan.
Qué se yo. Yo lo amo. No me imagino mi vida sin él. Vivo por él y para él.
De vez en cuando me trae regalos. A veces porque sí nomás me sorprende con algún chocolate o una flor. Y otras veces, en mi cumpleaños por ejemplo, me lleva al shopping y me compra algún vestido elegante. No sé ni para qué, porque no salimos a ningún lado, pero hay días que me llama y me pide que le prepare una cena especial y yo ya sé que ese día me tengo que vestir bien. Y la verdad que me encanta.
Eso sí, no lo sorprendo más. Porque me ha pasado de prepararle por gusto propio algo especial y vestirme elegante y ya ahí mismo, al entrar a casa y verme así, me zumbó de una cachetada. Porque para qué estaba vestida así, si era para otro, que qué había hecho durante el día cuando él no estaba y todo eso. Ya aprendí que las sorpresas no le gustan, así que mejor hacerlo cuando él me lo pide nomás.
Y bueno, así es mi vida, qué se le va a hacer. A veces me enojo pero me guardo la bronca en el bolsillo del delantal y sigo adelante. Igual, muchas mujeres desearían tener el tiempo que tengo yo para mirar novelas o pintarse las uñas en medio de la tarde sin que el marido se preocupara por eso, ¿no? Y si de algo estoy segura es que sin él yo no podría ser la mujer que soy hoy.

sábado, 19 de junio de 2010

MI BONNIE & CLYDE

- Documentos, por favor – dijo el policía, mientras yo, entre nerviosa y confundida, bajaba el vidrio del auto.
- ¿Algún problema, oficial? – respondí mientras hurgaba en mi bolso buscando lo que el hombre me pedía.
- Por el momento documentos, señorita.

Antonio ya había bajado del vehículo y conversaba con el otro sujeto que le solicitaba lo mismo. Por mi parte, intentaba mantener la calma y darle al hombre lo que me solicitaba sin que sospechara de mi nerviosismo. También hacía un esfuerzo sobrehumano para escuchar lo que Antonio respondía, para estar en concordancia con su discurso. Aunque nos conocíamos tan bien que aunque no lo escuchara de seguro íbamos a estar de acuerdo.
El hombre se retiró un poco y comenzó a anotar en lo que parecía ser una libreta los datos que iba corroborando con la documentación. Antonio parecía estar desempeñándose muy bien con el otro policía. De todas formas creo que hablaba más de la cuenta, intentando persuadir aquello que la ley tuviera que decir.

- ¿Pasa algo, oficial? – volví a preguntar, esperando que todo estuviera bien.
- Enseguida le explico, señorita … Laura – dijo, mientras miraba el documento para asegurarse de mi nombre y seguía escribiendo en su libretita vaya uno a saber qué.

El otro policía se dirigió a Antonio y le pidió que abriera la valija del coche. En ese preciso instante, mi corazón dio un vuelco. Sabía que si descubrían lo que teníamos oculto allí terminaríamos pronto en un calabozo. Como mínimo.
Traté de mantener la compostura, pero por primera vez en mucho tiempo los nervios me traicionaron y mis manos comenzaron a temblar. Como aún permanecía dentro del auto, las escondí para que el hombre no notara lo que estaba sucediendo. En un momento me vinieron a la cabeza mil imágenes: los planes con Antonio, las reuniones durante tantas tardes, el tan ansiado viaje a Francia, el hermoso departamento que nos había amparado todo este tiempo, los recuerdos que allí quedaron, los momentos vividos con amor y pasión y, como si fuera poco, nuestra boda. ¡Y qué boda! Recordé a nuestros amigos, los pocos que conocían nuestras locuritas y nos aceptaban incondicionalmente, todos juntos en nuestro pequeño hogar decorado con sueños y deseos de felicidad. Nuestro pastel de solo un piso hecho con tanto amor por Andrea, el ramo de violetas que me armó Susana y el velo que me prestó Karina. Recordé a Roberto, cuando le cedió el saco de su traje a Antonio y a Lorenzo, cuando se quitó la corbata para ponérsela a su amigo. Y Sebastián, siempre tan cómico, con su atuendo de sacerdote rentado especialmente para la ocasión, oficiando esa ceremonia no oficial a las 2 de la tarde en aquella diminuta habitación de la calle Fray Bentos. Todo había sido perfecto, como siempre nos solía suceder. Todo hasta este momento, en que Antonio me miró por el espejo retrovisor y me hizo una guiñada, intentando darme la seguridad de siempre, sólo que esta vez no lo lograba.

Cerré mis ojos y respiré hondo. Prefería morir que estar en una celda, lejos de él. Y cuando estaba a punto de romper en llanto, el oficial extendió su mano devolviéndome mis documentos y pidiéndome disculpas, como si quisiera borrar el momento que acababa de suceder. Atónita, vi cómo Antonio se despedía de ambos policías con una sonrisa y un apretón de manos.

Volvió al auto y comenzó a conducir. Yo no salía de mi asombro, tanto así que me había quedado sin palabras. Sólo lo miraba, asombrada. Entonces, me miró, con sus ojitos pícaros de siempre y me dijo con una sonrisa:

- Tontita, ¿realmente creías que nos iban a detener?
- Pero, pero … ¿y cómo? ¿qué pasó?¡No entiendo qué sucedió!

Antonio se echó para atrás y largó una carcajada. Paró el auto al costado del camino y mirándome con el mismo amor que solía hacerlo siempre, respondió:

- Sólo encontraron unas cajas viejas y vacías y el uniforme de mis tiempos en la Fuerza Aérea, que duerme allí hace ya años. Roberto se encargó de todos los detalles. El equipaje ya debe haber llegado a destino. No podía arriesgar ni un segundo el hecho de estar contigo para siempre.

Sabía que era un hombre de recursos, pero no dejaba de sorprenderme. Me abalancé sobre él y lo besé con toda la pasión que sólo él sabía sacar de mi. En pocas horas estaríamos en Francia. En pocas horas la noticia del robo al banco no sería más que eso, una noticia. Sin dudas éramos chicos con suerte. Así nos sentimos hasta el último momento, hasta que llegamos al aeropuerto, donde sonaba una canción de Celia Cruz y nos atrevimos a sentirnos en Cuba por unos instantes y bailar aunque tan solo fueran unos segundos, sin importar quién nos estuviera viendo. Y, como por arte de magia, pero negra, fue en ese instante cuando sentí cómo el calor atravesaba mi cuerpo, cómo Antonio caía sobre mí, cómo mis manos se teñían de rojo, cómo de a poco lo sentía morir. Al levantar mi vista, decenas de policías nos rodeaban, todos armados. No recuerdo más. Sólo sé que desde entonces, vivo en esta celda, sin vista al mar, ni a la torre Eiffel, ni al verde de ningún parque. Y lo peor de todo, sin Antonio. Tengo la mitad de mi cuerpo paralizada por la bala que atravesó mi columna. Y una cuerda sobre mi regazo que he podido conseguir cambiando algunos cuantos cigarrillos con una reclusa. Porque lo cierto es que nadie, pero nadie, me va a quitar la posibilidad de estar con Antonio durante toda la eternidad. París, Francia, cielo o infierno ... esperame, amor mío. Allá voy.

martes, 15 de junio de 2010

LA MISMA PERRA PERO CON DISTINTO COLLAR

Hace pocos días lo vi. Vestía igual que siempre. Se veía igual que siempre. Sin embargo, algo no estaba igual que siempre.

Lo observé detenidamente. Su cabello tenía más canas que cuando lo conocí hace ya unos cuantos años, sin embargo, se veían bien. En su rostro empezaron a surcar unas cuantas arrugas, pero eso tampoco lo hacía lucir menos interesante. Sus ojos tenían el mismo brillo de siempre, con esa mirada que parece disfrutar siempre de lo que ve. Su boca seguía dibujando una sonrisa que estremecía a cualquiera. Sus manos, al apoyarse en las mías, se sintieron tan firmes como la primera vez que me tocó. Sus palabras seguían siendo encantadoras y hasta las serpientes podrían llegar a hipnotizarse con el tono de su voz.
Todo estaba igual. Al menos, todo parecía estar igual.
Comencé a preguntar para ver cómo iba su vida. Si seguía estando con la morocha aquella que una vez le conocí. Me dijo que sí, que todo había cambiado desde entonces, pero que seguía a su lado. Le pregunté por su hijo, que a esta altura ya debe tener como 18 años, qué grande que está, como pasa el tiempo. Sí, está grande, ya empezó la facultad, es todo un hombre, y tiene novia, ¿sabés? Le pregunté por su madre, que por aquel entonces vivía con él. Temía la respuesta, pero la viejita seguía vivita y coleando. Un encanto de mujer, por cierto, lo de viejita fue con todo cariño. El trabajo, ah, eso sí había cambiado. Ahora era todo un hombre de negocios. Del pequeño bar que tenía en la calle Córdoba pasó a tener tres restaurantes de renombre distribuidos por los puntos más importantes de la ciudad. Bueno, quizás eso era lo que lo hacía distinto. Pero no, no me convencía que los negocios hayan hecho de él una persona tan diferente, casi irreconocible.
Seguí mirándolo y preguntando y, sin embargo, no encontraba respuestas a mis dudas.

Decidí ahondar más en la conversación y averiguar cómo estaba su alma. Nada nuevo. Que te quiero, que no te olvido, que la vida sin vos no tiene sentido, que estos años han sido una tortura, que he perdido la alegría de vivir, que aprendí a levantarme cada día sin esperanzas pero encontrarte de nuevo y tan solo verte me hace sentir que el tiempo no ha pasado, que sos la mujer de mi vida, el aire que me oxigena … bla, bla, bla.
Como siempre, volví a conmoverme y a mirarlo con dulzura, creo. Porque poco tiempo pasó, creo, entre que me acarició el rostro e intentó besarme. Y yo, como una tonta, creo, como una tonta dije que no y lo separé de mi. Me miró y me dijo que estaba bien, que no tenía ningún derecho, que me iba a respetar, que no era cuestión de echar de un plumerazo todo lo que habíamos logrado, que con todo lo que nos costó separarnos, que cómo iba a hacer una cosa así, que lo perdonara, que era feliz sólo con poder estar a mi lado de nuevo, de la forma que fuera, como yo quisiera.
Lo miré a los ojos y en ese preciso instante me di cuenta. Me sonreí. Y luego me reí. El me miraba sin entender nada, pero así lo dejé, sin que entendiera nada. Besé su mejilla, le dije que lo quería mucho y que siempre iba a vivir en mi corazón. Y me fui, dejándolo allí parado, solo, con miles de preguntas sin responder. Me fui caminando sin prisa pero sin pausa, pisando firme y cantando bajito “cada vez que pienso en vos, fue amor, fue amor”. Y sí, por fin lo entendí. Fue.

jueves, 22 de abril de 2010

EL TAXISTA Y LA DAMA



Blanca corría en su casa de un lado para el otro. Segunda semana de trabajo y ya iba a llegar tarde. ¡Con todo lo que le había costado conseguir ese puesto! No tanto por la competencia sino por su audacia, porque de hecho no había visto a ninguna de las chicas que se habían presentado ya que ella había llegado a la reunión dos horas más tarde y, muy suelta ella pero segura de sí misma, le dijo al dueño de la compañía: - Sé que es tarde, pero le puedo asegurar que si me da la oportunidad de entrevistarme, no se va a arrepentir.
No sabía si esa frase había conquistado a su empleador o su curriculum, pero el hecho es que hacía dos semanas ya que trabajaba como encargada de una de las zapaterías más importantes del país.

Si bien ya de arranque se sabía que no era de las chicas puntuales, no se podía dar el lujo de que esto volviera a suceder a tan solo dos semanas de haber conseguido el puesto y, sin embargo, parecía que esa mañana el reloj movía sus manecillas más rápido que nunca. Se dio una última mirada en el espejo. El maquillaje estaba en su justa medida. Se dio el último retoque en el pelo con un poco de spray para arreglar el batido que el día anterior le había hecho su prima, la peluquera. Se acomodó el alfiler de su pollera kilt y decidió pasarle un cepillo rápido a sus botas de caña alta antes de salir. Llegaría tarde, pero Blanca no salía de su casa sin verse bien.

Salió más rápido que volando. Era una bonita mañana de primavera y eso la animó por unos instantes. Apresuró sus pasos primero y luego corrió al ver que el trolebús que la llevaba a destino estaba ya en su parada. Al llegar, este arrancó y la dejó allí, sola, convencida finalmente que no era su día de suerte.

Contó las monedas que tenía en su bolso. Había pagado el alquiler el día anterior y su sueldo aún se haría esperar hasta esa tarde, así que era poco lo que le quedaba dentro de la billetera. Llegaría a tiempo si tomaba un taxi, pero estaba segura que con el dinero que tenía no llegaría a destino. Igualmente tentó a su suerte y decidió que tomaría el primero que pasara. Le pediría al chofer que la dejara unas cuadras antes. Perdido por perdido supuso que así igual ganaría tiempo.
Así que cuando el Mercedes 190 se acercó con su cartel de LIBRE, estiró su mano. El taxista frenó frente a ella y Blanca subió.

- A 18 y Ejido, por favor - El malhumor que llevaba encima para la hora del día en que estaba y la ansiedad por llegar a su trabajo a tiempo hizo que ante la pregunta del taxista de “¿por qué camino prefiere ir?” fuera suficiente para contestar de mal modo: “por el más rápido”.
El taxista poco pareció percibir el estado de Blanca, así que cautivado por su belleza continuó con una conversación trivial:
- Lindos días están haciendo, ¿no?
- Se – contestó Blanca, que no quitaba la mirada del libro que acababa de sacar de su bolso.
- ¿Trabaja por la zona? – continuó el taxista, ignorando el modo en que ella le había contestado.
Blanca levantó la vista, ya un poco fastidiada. ¿Es que el hombre no se daba cuenta que lo que menos quería era conversar?
- Cerca – comentó Blanca, esperando que ese fuera el fin de la conversación. Pero no. El hombre seguía insistiendo.
- Ajá. ¿Dónde trabaja? Si se puede saber… – le preguntó, mirándola por el espejo retrovisor.
- No, no se puede - Blanca comenzó a sentirse un poco incómoda e intimidada.
- Bueno, no se ofenda. Sólo preguntaba por curiosidad. ¿Trabaja muchas horas? – continuó.
- Las suficientes – Blanca miraba el taxímetro avanzar y comenzó a contar sus monedas. Se dio cuenta que ni siquiera podría pagar el destino que le había dicho previamente. Debería bajar un par de cuadras antes

- Si no le molesta, preferiría me dejara en 18 y Tacuarembó – le dijo.
- Molestia ninguna, pero me parece que llegará tarde si no la dejo en su trabajo. La noto un poco nerviosa – bueno, al menos el hombre se había percatado de cómo estaba ella. Al final, no parecía ser tan despistado.
- No se preocupe. Es que debo pasar antes por la farmacia – mintió Blanca
- ¡Ah, pero yo la espero, señorita!
- No, no. ¡No hay necesidad! – respondió Blanca un tanto nerviosa – Vaya que haya mucha gente y pierda pasaje.
- Ya le dije, molestia ninguna. Será un placer llevarla a destino y poder conversar con usted un rato más – no había caso, el hombre insistía con hablar. Blanca sentía que no tenía escapatoria. Pensó y volvió a pensar cómo haría para pagar el viaje, pero no había manera de hacerlo. No encontraba salida. Excepto …
- Mire, la realidad es que estoy con el dinero justo. Si usted me espera no podré pagarle, así que le agradezco mucho pero déjeme aquí – ya habían llegado al lugar indicado y el taxi estaba estacionando cerca del cordón. El taxista cerró el taxímetro y se dio vuelta diciéndole:
- Señorita, le dije que será un placer llevarla a destino. No se preocupe por el resto del viaje. Va por mi cuenta.

Blanca estaba sorprendida pero, qué más daba, así llegaría en hora a su trabajo. Bajó, compró una aspirina (sí, una, no había dinero para más) y volvió al taxi donde el buen hombre la esperaba. Fue así que le dijo que en realidad trabajaba tres cuadras más delante de lo que previamente le había indicado y éste la llevó hasta allí. Blanca le pagó con sus últimas monedas y le agradeció el favor que le había hecho. Había llegado a tiempo para abrir el comercio. Bajó del taxi y comenzó a caminar hacia la puerta del negocio cuando escuchó al taxista llamándola:

-¡Señorita! ¡Olvidó algo!

Blanca se dio vuelta rápidamente y se dirigió a la ventanilla del taxi. Al llegar, el hombre le dijo con una sonrisa:

- Olvidó decirme su nombre y a qué hora sale.

Blanca también sonrió. El hombre era agradable después de todo. Dudó un instante pero finalmente accedió al pedido del taxista que unos segundos después pasó a tener no sólo un rostro sino también un nombre, Gregorio.
....

Fue así como esta historia de amor comenzó. Gregorio (Krikor se llamaba en realidad, pero se traducía en Gregorio) fue a buscarla a la salida del trabajo y, a pesar de sus idas y venidas, de los 11 años que los separaban, de las culturas diferentes de las que venían (ella de padres de campo y él de inmigrantes armenios), a pesar de su carácter dulce y de la tosquedad de él, dos años después se casaron. Y dos años más tarde se convirtieron en papás. Y el tiempo pasó y los años también. Y las miserias llegaron y las riquezas también. Todo fue parte del diario vivir. Las peleas, las reconciliaciones, la crianza de su única hija, los viajes, el arduo trabajo, el dolor, el sufrimiento, la felicidad … todo se hizo presente en los casi 33 años que estuvieron unidos.

Todo eso y tantas cosas más para que hoy, en pleno siglo XXI, con dos nietos aquí y uno allá, yo pueda recordarlos y escribir su historia con todo, pero todo el amor que me supieron dar. Así fue como mis padres se conocieron. Así es como hoy yo estoy acá.


Nota: El 24 de abril se conmemora un nuevo aniversario de la partida de mi papá. En menos de un mes, el 20 de mayo, el de mi mamá. Este es mi homenaje hacia ellos, mi forma de recordarlos, mi forma de amarlos.

sábado, 17 de abril de 2010

HAY AMORES ...

Una Atenea como tantas


Susy acababa de salir de su clase de Pilates cuando su teléfono móvil sonó. Llovía torrencialmente, así que con la mano que no sostenía el paraguas, entre sapos y culebras que salían de su boca, hurgó con esa mano libre en el bolsillo de su mochila intentando alcanzar la llamada antes de que colgaran. Fue por eso que ni siquiera divisó en el visor quién llamaba, sino que simplemente contestó, arrimándose bajo el alero de un tejado cercano para mojarse lo menos posible.


- ¡Hola! – contestó, con voz apresurada
- Por el sonido exterior creo que no es buen momento para conversar – dijo una voz gruesa y grave del otro lado.


Quedó paralizada. Miró el teléfono tratando de hallar la respuesta que ya sabía. Y sí, era Iván, su ex.


Iván hacía dos años que había decidido darle un nuevo rumbo a su vida. Un rumbo en el cual Susy no estaba incluida. Hacía dos años habían terminado por causas ajenas a ellos. O más bien, causas ajenas a Susy. Iván fue enviado a China por su empresa como gerente de producción de una conocida firma automotriz. Había sido una oportunidad única y, si bien en principio lo dudó, luego decidió emprender el viaje. Tal vez porque Susy también le dio libertad absoluta para hacerlo. Estaba claro que ella no viajaría. Su carrera como administradora de empresas estaba apenas a un semestre de finalizar y su empresa le tenía preparado un puesto como tal. El haber ido también hubiera significado renunciar a sus sueños. No le parecía justo que él lo hiciera, pero tampoco era justo que ella terminara con su futuro profesional. Amaba a Iván, pero también amaba su vida y más aún se amaba a sí misma. Fue una decisión dura de tomar. Debió ser más objetiva y racional que nunca, pero sabía que si el destino les tenía preparado estar juntos, a la larga así sería.
Durante estos dos años mantuvieron contacto, aunque el tiempo también hizo que el mismo se fuera diluyendo y, si bien siempre supieron uno del otro, en los últimos meses apenas un par de correos electrónicos fueron los que trajeron y llevaron noticias de un continente a otro.


Al escuchar la voz de Iván al otro lado del teléfono Susy olvidó en ese instante la lluvia, el viento y el frío que cortaba su rostro. Parecía que el sol hubiera salido, al menos para ella. Es que sentía que había salido en su alma y alumbraba cada célula de su ser.
Iván hacía apenas unas horas que había llegado de China para quedarse y llamaba a Susy para verse ese día. Susy accedió inmediatamente y dos horas más tarde, ya en su casa, sólo esperaba con cierto nerviosismo la llegada de Iván. No iban a salir a ninguna parte. Ningún lugar era digno de recibirlos, de acogerlos con el silencio que ellos pretendían ni con la calidez que tanto añoraban. Su casa sería el recinto que los protegería esa noche de la incesante lluvia que seguía cayendo sobre la ciudad.


Susy se había esmerado en arreglarse. Se puso un jean gastado pero ceñido, unas botas negras de caña alta, un pulóver verde esmeralda que resaltaba sus ojos, y se peinó y maquilló con algo básico, sin exagerar. Sabía que estos dos años marcaban el paso del tiempo en su cuerpo entero, pero tampoco pretendía que Iván encontrara algo que ella no era.
Encendió un par de inciensos vainilla, el aroma favorito de Iván, y unas velas aisladas que le daban calidez a su hogar. Y justo en el momento que puso un CD en el equipo de música, sonó el timbre.


Apresurada salió a su encuentro. Abrió la puerta y de inmediato se fundieron en un abrazo interminable. Las lágrimas brotaron de los ojos de ambos y la sonrisa era un dibujo permanente pintado en sus caras.


No hubo mucho tiempo para charla al principio. Creo que Iván ni siquiera se percató de la esmerada vestimenta de Susy. Las prendas de los dos fueron quedando dispersas por la alfombra del living y la pasión se apoderó de ellos casi de inmediato. Otra vez Susy sintió las manos firmes y rugosas de Iván sobre su cuerpo. Esas caricias que sólo él era capaz de dar. Sintió cómo la electricidad recorría cada fibra de su cuerpo. Cómo se agitaba la respiración de ambos y cómo se entreveraba el aroma de la piel de uno y otro, provocando una fragancia exquisita, perceptible sólo para ellos.
Se amaron desenfrenadamente una y otra vez. Sus cuerpos expresaron lo que hacía tanto tiempo no expresaban: amor. Fue un encuentro lleno de magia y pasión. Un encuentro como los de antes, como los de siempre.


Ya más calmados, sin tanta necesidad de liberar los bajos instintos, pudieron conversar. Iván le contó sobre su experiencia en Beijing, sobre su carrera y sobre su futuro ya aquí, en Uruguay. Iván había terminado su contrato en China y había vuelto para quedarse.
Susy le contó sobre su trabajo, su carrera profesional y su futuro laboral que era bastante prometedor. Lo que Susy no le contó, fue que en tres semanas estaría viajando a Francia para hacer un posgrado por tres años en París.


Y sí, la vida está llena de encuentros y desencuentros. De elecciones. De decisiones. Susy e Iván. Iván y Susy. O Iván. Y despúes Susy. O viceversa. Ya el tiempo diría cuál de estos sería el verdadero final.

domingo, 28 de febrero de 2010

LA LUNA Y EL SOL


Erase una vez el Sol. Y también érase la Luna. Y de lejos se miraban, se seducían, se enamoraban. Era una especie de amor platónico que se sucedía entre árboles, aves, mares calmos y otros embravecidos. Ellos marcaban el comienzo y el fin del día, esa era su misión. Para eso habían sido creados y puestos en nuestro Universo, con el fin de marcar ciclos, dar frío, calor, controlar mareas, dar luz y oscuridad. Ser parte de la dualidad durante las 24 horas que tiene el día tal como lo conocemos hoy.

Eran buenos trabajadores, lo sabían hacer todo muy bien. Eso hacía que se sintieran superpoderosos en muchos sentidos pero, así y todo, por más poderes que tuvieran, había algo que no lograban llevar a cabo: encontrarse, tocarse, sentirse.

El le daba luz a ella. Más acá, más allá … había días en que conversaban y parecía que estuvieran conectados por algo mágico. Y así se mostraban, ella toda iluminada, plena, feliz.

También había días que ella venía a visitarlo, a plena mañana. Se asomaba por atrás de alguna nube y lograba sorprenderlo. Esos días él brillaba más que intensamente. Quería mostrarle cómo hacía su tarea, lo fuerte que era, todo lo que era capaz de hacer. Ella lo miraba fascinada.

Otros días, esos en que todo parece estar patas para arriba, él se ofuscaba y buscaba refugio en alguna nube. Hasta llegó a amenazarla con ir a ver a las lunas de Saturno. Ella, ni corta ni perezosa, tomaba la decisión de no vestir el cielo y así, sin más, esa noche no se aparecía.

Así transcurrían los días del Sol y la Luna, queriéndose amar pero no pudiendo hacerlo más que a la distancia.

Hasta que un día, algo extraño ocurrió. Era de día. El Sol brillaba en todo su esplendor. La noche anterior habían discutido pues él, que ya tanto la conocía, se dio cuenta que la Luna callaba algo, que seguro lo tenía bien guardado en su lado oculto. Ella se negó. El no le creyó. Entonces él se retiró temprano, dejando una noche oscura, sin luz.

Pero esa mañana, de repente la Luna apareció. Y esta vez, no estaba del otro lado, sino que se le acercó al Sol. El, sorprendido, la miró. Ella avanzó lentamente, hasta estar encima del Sol. El la recibió con sus rayos abiertos y, aunque la quemó y cráteres le dejó, ambos sintieron por primera vez lo que era un eclipse de amor.

De las quemaduras, cayeron cenizas que la Tierra tocó y, con un poco de agua y la buena voluntad de Dios, dos seres creó. Uno fue hembra y el otro macho. Adán y Eva los llamó.
Y desde entonces, cuenta la leyenda que al hombre y la mujer no los creó Dios, sino la Luna y el Sol que en un encuentro fortuito un día los formó.

A veces, vuelven a verse y, cuando sucede, todo en la Tierra se altera. Es que todos traemos en nuestra memoria el momento de la creación y volvemos a nuestros orígenes cada vez que ocurre dicha fusión.

viernes, 13 de noviembre de 2009

EL DIA EN QUE ANA POR FIN VOLÓ


"¿Por qué?", se había preguntado Ana una, diez y mil veces, pero la respuesta siguió sin aparecer.

Ana conoció a Joaquín un día después de sus 30 y jamás imaginó que se enamoraría de él de la forma en que lo hizo.
No importan ya las circunstancias del encuentro, lo importante es que Ana, sin ser consciente de ello, había esperado por él hasta ese entonces.
Tal vez Cupido había decidido salir a jugar esa noche y tan sólo la voz de Joaquín ya había hecho que ella se fijara en él.
Joaquín tenía una voz dulce, eso era obvio para todo aquel que lo escuchara. Lo extraño era la paz que a ella le generaba.

No supo hasta mucho tiempo después de todos los lugares donde habían coincidido con anterioridad y, sin embargo, nunca jamás habían reparado el uno en el otro.
¿Sería que no era el momento entonces? ¿Y qué, luego sí? Ana seguía con preguntas sin responder.
No entendía. No entendía por qué si Dios existía hacía esas cosas. Por qué se había enamorado de alguien que no podía entregarse por completo a ella. No entendía por qué amar producía dolor. No era lo que le habían dicho. "El amor es lo más maraviloso que te puede suceder", le decían sus amigas, pero Ana seguía creyendo lo contrario.

Es verdad que sólo con él lograba alcanzar estados jamás imaginados. Sólo con él su alma se elevaba. Sólo con él podía sentir ese amor. Pero también sabía lo grande que era su dolor, lo sola que se podía estar en un mundo infinito con infinitos habitantes, lo triste que podía ser vivir con un vacío interior.
Ana sabía que Joaquín la amaba. Jamás dudó de su amor. Lo vio en sus ojos, en su piel, en sus caricias. Lo vio en su alma cuando vibraba al tocar su pecho. Lo vio en sus lágrimas que él tantas veces derramó.
Ana amaba a Joaquín tanto en el ruido como en el silencio, en la sensatez como en la locura, en la cama como en el cemento, en su presencia como en su ausencia.

Ana era fuerte. Siempre había podido luchar contra todo. Pero esta vez y muy a su pesar la había vencido el amor.
Pensó en quitarse la vida. Tal vez así ese dolor que calaba hasta los huesos la dejaría de atormentar. Pero luego se dio cuenta que, si realmente existían otras vidas, eso le imposibilitaría estar a su lado, aunque odiara esperar.
Pensó en rendirse por completo a la infelicidad por el resto de sus días, vivir amargada, sola, desconsolada. Pero tampoco eso era forma de vivir. Como le dijera un amigo una vez: "estarás muerta en vida". ¡Como si existiera alguna otra forma de morir!
Pensó en entregar su cuerpo a otros hombres, pero sabía que eso no la haría más feliz.
Pensó en vender su alma al diablo, pero no era lo suficientemente mala ni siquiera para cumplir con tal fin.

Ana se preguntaba día tras día el por qué. Por qué un amor aunque fuera puro no prosperaba. Por qué los sueños se desvanecían ante sus ojos. Por qué un hombre, su hombre, no la podía hacer feliz. Por qué si se alzaban los brazos al cielo junto a la persona que amaba seguía siendo imposible volar.
Ella había apostado todo y a todo, pero él no pudo seguir.
Ana luchaba con su razón ante el corazón. Y viceversa.

Entre tantas preguntas sin respuestas, entre tantas peleas de su mente contra sus sentimientos, entre tantos "te amo" que se desvanecieron en el tiempo, un día, ya con sus setenta y largos encima y su siempre dibujada sonrisa de Mona Lisa, Ana por fin voló. Dejó este mundo naturalmente, quien sabe si fue para vivir en uno mejor. Lo cierto es que su día llegó. Fue una fresca mañana de abril. La misma mañana que una hora más tarde llegara Joaquín a la casa de Ana, arrastrando su vida, vestido con su ya desteñido traje y sosteniendo entre sus débiles manos el anillo que por fin sellaría su amor.

jueves, 3 de abril de 2008

EL SUEÑO DEL HERRERO DE TEPOZTLAN

Tepoztlán era un pueblo muy particular, rodeado de grandes y hermosas cadenas montañosas, de gran atractivo visual. Sólo que para sus habitantes era cosa de todos los días, como suele pasar.
Don Alberto, el herrero del lugar, como tantos otros trabajadores, había heredado el oficio de sus ancestros. Y cada generación se había perfeccionado en su labor. Era por eso que a Don Alberto nunca le faltaba trabajo.
Había dedicado su vida al servicio de los demás a través de su herrería. Vivía con su gato Misha, su única compañía. Su taller estaba instalado a un costado de su morada, por lo tanto era poco lo que Don Alberto salía del hogar. Si no fuera por Doña Carmela que siempre había estado cerca y le traía las noticias de aquí y de allá, seguramente no hubiera conocido mucho más de lo que sus ojos llegaban a observar.
Doña Carmela era conocida como la solterona del pueblo. Y de más joven las malas lenguas decían que iba a la casa de Don Alberto buscando algún tipo de placer que las damas correctas ni siquiera se animaban a nombrar. Ya de vieja, a pesar de que a ella nunca le importaron los rumores, los mismos se habían desvanecido y todos daban por sentado que ella era “la mujer” de Don Alberto. Nada más lejos de la realidad. Aunque, claro, le hubiera gustado que así fuera. Doña Carmela estaba enamorada de Don Alberto desde muy temprana edad y era tan grande su amor por él, que había decidido sufrirlo en silencio. El simple hecho de verlo diariamente y ser su compañía durante algunos instantes, le era suficiente.
Si bien Don Alberto apreciaba mucho todo lo que ella hacía por él, nunca se animó a hablarle de amor. Tal vez por temor al rechazo o quizás por respeto a tan maravillosa mujer que durante años lo había acompañado. O simplemente porque consideraba que la herrería era una pasión imposible de igualar.
Y así vivían cada día. Doña Carmela le llevaba la comida, intercambiaban algunas palabras, le ordenaba un poco la hedionda casa (porque donde vive sólo un hombre y un gato nunca puede haber buen olor) y se iba tranquila a su hogar.
Ya al anochecer, Don Alberto abandonaba su taller y en su casa disfrutaba de la cena que Doña Carmela le había preparado. Pero siempre solo, nunca siquiera tuvo la gentileza o la imaginación suficiente como para invitarla a cenar.
Más tarde intentaba informarse a través del periódico de los hechos más notorios del día (aunque a esa hora ya quedaban vetustos) y con su cuerpo cada vez más agotado según pasaban los años se dirigía a su habitación a descansar, para en un nuevo día retomar sus tareas de manera habitual.
Pero pese a todo y aunque su apariencia no lo decía, Don Alberto, tanto dormido como despierto, no dejaba de soñar. Estaba por llegar a los 70 años y desde niño había querido conocer el mar. Día tras día había imaginado el olor, la calidez o el frío que le provocaría, la anchura que tendría, el estremecimiento que sentiría al hundir sus pies en él. Sabía que ya a esa edad pocos años le restarían por vivir, así que tomaría la gran decisión de su vida: por primera vez cerraría la herrería por dos semanas y se iría a cumplir su sueño. Y había algo más. Iría con Doña Carmela. Nada podía ser más perfecto que conocerlo junto a ella, a quien si bien no se había detenido a amarla, estaba convencido que dentro suyo ese amor existía y se despertaría frente al mar.
Esa noche, Don Alberto soñó que estaba en un barco, junto a ella y a su gato Misha. Las olas parecían blancas telas que se movían al ritmo de su corazón y el barco navegaba entre ellas, formando estelas brillantes que reflejaban la luz del sol.
A la mañana siguiente, se dirigió a su herrería como siempre, con la diferencia que ese día anunciaría a sus clientes que las siguientes dos semanas la misma permanecería cerrada. Sabía que recibiría quejas al respecto, pero no estaba dispuesto a dejarse persuadir por ellos. La decisión ya estaba tomada. También era el día en que le pediría a Doña Carmela apenas llegara esa mañana que viajara junto a él. Misha lo miraba desde lejos, sospechando que algo extraño estaba a punto de suceder.

Doña Carmela entró a la herrería como todos los días. Acarició a Misha y llamó en voz alta a Don Alberto. Si bien hacía muchos años que entraba en esa casa, siempre el respeto se anteponía y no solía dar un paso sin la autorización de él. Esperó un momento, pero poco después comenzó a impacientarse. Ya estaba bastante vieja para esperar. Y más si de Don Alberto se trataba. El la había hecho esperar demasiado en estos años. Dio unos pasos en dirección a la puerta que comunicaba la herrería con la casa y allí lo vio, tirado en el suelo, sosteniendo una de sus herramientas, aferrado a ella, como si la misma lo mantuviera atado a la realidad. Salió corriendo a pedir ayuda, los hombres de las casas vecinas entraron a asistirlo, un médico que por allí pasaba se abrió paso entre la multitud que comenzaba a aglomerarse en la puerta de entrada. Doña Carmela observaba todo desde un rincón, con Misha en sus brazos, acariciándolo y con algunas lágrimas que ya comenzaban a recorrer los surcos de su rostro.
Don Alberto había muerto. Nunca conoció el mar. Y aunque no supo cómo amar a Doña Carmela, ella fue fiel a sus sentimientos y estaba segura que él los había sabido valorar. Fue por eso que nadie se sorprendió cuando Doña Carmela pidió guardar sus cenizas. Todos creían que nadie merecía más que ella conservarlas.
Pocos días después de la muerte de Don Alberto, Doña Carmela se dio cuenta que si no iba tras sus sueños lo mismo le sucedería a ella y tal vez con cierta prontitud, porque aunque gozaba de buena salud, los años se hacían notar. Ya había perdido al amor de su vida, no estaba dispuesta a perder lo único que le quedaba: la posibilidad de conocer el mar. Pensó que era una pena que Don Alberto no estuviera para acompañarla, aunque no estaba segura si él la hubiera seguido. Armó una pequeña valija y la llenó con algunas prendas de ropa, pero principalmente con valor y, por primera vez en su vida, dejó atrás Tepoztlán.
El viaje no lo hizo sola. Llevó las cenizas de Don Alberto consigo. Sentía que de alguna forma él igual sería su compañía. Pero no regresó con ellas. Nunca había visto algo tan maravilloso. Ni siquiera en sus sueños. El mar era mucho más inmenso de lo que ella jamás hubiera podido imaginar. Y por amor a Don Alberto decidió que ese sería el mejor lugar para que finalmente descansara en paz. Se despidió de él con un hasta siempre, porque entendía que si había sido su compañera en vida también lo sería en el momento de su propia muerte. Lanzó las cenizas al mar. Pocos días más tarde volvió sola, pero con un aire renovado, a Tepotzlán, sin saber que el sueño de Don Alberto finalmente se había hecho realidad.

viernes, 23 de febrero de 2007

SERENDIPIA


Hoy toca la pimienta de este blog. Hoy un cuento surge desde mi alma que se entremezcla con la fantasía, llegando a crear una pequeña historia de amor:

"Se conocieron hace ya tiempo. Poco a poco sus almas se fueron encontrando. Ellos no buscaban nada, sin embargo, él descubrió en ella algo más que la pasión. Ella sin duda, descubrió el amor.

Vivieron un noviazgo lleno de felicidad, de sorpresas, de alegrías. Los días transcurrían demasiado rápido y cuando intentaron tomar conciencia con la realidad, ya más de un año había transcurrido luego de aquél encuentro causal en el estacionamiento de un centro comercial.

Sin saber bien por qué, un día decidieron abandonar esa relación. No había motivos para derrotar al amor, pero sabían que el mundo, que solía parar cuando estaban juntos, estaba a punto de comenzar a girar nuevamente, lo cual hizo que tomaran esta decisión. Ninguno de los dos estaba dispuesto a perder lo que durante tanto tiempo habían construído. Ninguno de los dos estaba dispuesto a dejar que el amor se rompiera, se quebrara o se astillara. Era demasiado hermoso como dejarlo escapar. Tal vez también el miedo a que su pasión terminara, a que su amor ídilico se convirtiera en un amor más, hizo que decidieran ir contra la corriente y terminar.

El dolor partió sus corazones, tanto así que un pedazo de cada uno quedó en el otro, y esto les dificultaba hasta para respirar.

Fue entonces poco tiempo después cuando él, sin buscarla, la encontró. Allí, en el mismo estacionamiento donde la conoció, volvió a verla subir a su vehículo. Sin pensarlo, se apresuró y la interceptó. Había soñado con ella esa noche y luego supo que ella también había soñado con él. La necesidad de tenerse preponderó sobre toda decisión. Fue así que terminaron encerrados en un cuarto de hotel, besándose como en sus sueños, amándose como en la realidad.

Champagne de por medio, él bebió en ella, en cada centímetro de su piel. Ella se estremecía ante el frío, pero cada gota que él derramaba sobre su cuerpo traía consigo el roce de sus labios que penetraban todo su ser. Ella también bebió de él, lo amó como nunca, se estremeció como pocas veces lo había logrado hacer.

Estuvieron horas perdidos uno en el otro, intentando guardar en sus retinas, en sus labios y en su corazón cada momento que el otro le entregaba.

Finalmente, la hora de la despedida llegó. Ella lo besó. El la abrazó.

Continuaron con su decisión, pero supieron entonces que no se habían conocido en esta vida, sino que sus almas coincidían desde hacía muchas otras atrás.

Y una vez más dejaron todo librado al azar, a las serendipias, porque sabían que esto ocurriría de aquí a la posteridad y que la cita para una nueva vida sería sólo cuestión de esperar.

Los años pasaron. Ella se casó. El está intentando reconstruir su felicidad por segunda vez.

Aún así, hoy por hoy, luego de 25 años de aquel encuentro causal, aún sus almas lloran cuando el otro no está. Es por eso que sus encuentros seguirán siendo serendipias en un mundo irreal."


*Serendipia - facultad de hacer descubrimientos afortunados e inesperados por accidente

(23.02.2007 - 18:54 hs)