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domingo, 24 de agosto de 2014

TENGO UN HIJO ADOLESCENTE

Sí, ya sé, no tiene nada de original el título de este post. Ni el título ni el hecho de tenerlo. Miles, que digo miles, miles de millones de madres en este planeta han tenido tienen o tendrán un hijo adolescente alguna vez.

Pero resulta que ésta es MI primera vez. 
Y más allá de enfrentarme a los olores que un varón adolescente trae consigo, a caras de hastío por tener que dar un paso más de lo previsto para hacer algo, al hecho de vivir cansado, estar de malhumor, que el "eh?" sea la respuesta a cualquier comentario o pregunta, o a ver cómo cree que mamá y papá son los seres más despistados, lelos y tontos del mundo entero, lo más terrible de todo esto, es DARME CUENTA que mi hijo realmente creció.

Mañana se conmemora un nuevo año de la Declaratoria de Independencia en Uruguay. Casualmente, hace 13 años, también conmemorábamos la llegada de Juan Diego al mundo. Y en varias oportunidades, como lo es este año, una nueva forma de independencia también en su vida.

Mientras todos salían a bailar y organizaban su noche nostalgiosa, yo esperaba el momento en que el quirófano se desocupara de urgencias y decidieran hacerme la tan esperada cesárea. A las 2:22 de ese 25 de agosto del año 2001, luego de un eterno minuto sin llanto, vi la carita de mi amoroso y regordete niñito llorando a todo pulmón.
Y desde ese día, cada 24 de agosto, mientras todos se preparan para la famosa Noche de la Nostalgia uruguaya para bailar los ritmos de los 70, 80 y 90, yo me pongo a pensar en lo lindo que fue ser mamá después de sentir tanto dolor en el alma. Juan Diego se instaló en mi vida y me dejó finalmente desplegar todo mi amor maternal.

Así, cada día como hoy, pienso en el hermoso bebé que iba a nacer en pocas horas. En esa carita redondita, con todo el puño en la boca de tanto hambre que tenía. 
Pienso en los años que vinieron después y en el niño que de a poco dejaba atrás al bebé. El que hacía travesuras y se reía con sus ojitos brillantes y su boquita divina, llena de dientitos de leche. Pienso en las dificultades que con su corta edad logró superar y el orgullo que sentí porque, como sea, lo hizo. Pienso en el pequeño hombrecito que me acompañó y consoló cuando estaba mal, en ese niño de la palabra justa en el momento justo, en ese ser que me cuida a veces más de lo que yo cuido de él.

Mañana cumple 13 años, mi ya no niño, sino adolescente. Mi pequeño al que durante todo este año que pasó vi crecer, no sólo de tamaño sino también emocionamente. Veo cómo repite cosas que yo hice y me causa gracia. Lo veo confundido, por momentos siendo niño y por momentos grande, librando su propia batalla por crecer y salir adelante. Pero no veo mucha cosa más. Porque ya no muestra, ni cuenta, ni comparte ciertas cosas como antes.
Y me emociona, pero me cuesta horrores soltar. Y voy liberando la piola de a poco, a veces más, a veces menos, porque también me cuesta graduar.
Me enoja que no lleve el pantalón adecuado cuando tiene fútbol, pero lo cierto es que no se queda sin jugar porque de alguna forma se las arregla.
O que se saque un 1 por no llevar la tarea pero cuando rezongo recibo como respuesta "es mi responsabilidad".
O que le guste alguien y yo no sepa.
O que no quiera cortarse el pelo y yo ya no pueda incidir.

Pero lo que realmente me hizo tomar conciencia de su edad fue cuando recibió su primer regalo adelantado que fue dinero. Y entonces dijo: "me voy a ir a comprar ropa con esto". ¿Qué? ¿Cómo? ¿Y dónde quedó el dinero para los juegos de play? ¿O ese que seguía ahorrando para una consola nueva? ¿Desde cuando mi hijo quiere comprarse ropa? La respuesta: desde que es un adolescente.

Así que esta noche, cuando llegue de lo de su padre, disfrutaré por última vez de mi niño (ya simbólicamente) para darle paso a las 12AM al adolescente por completo, para enfrentarme a este largo período que me queda por delante, para llenarme de paciencia y tolerancia y aprender a medir la justicia con esos dos pilares sosteniéndola.
Esta noche miraré con nostalgia a mi niño y lo despediré con muchos besos y abrazos (aunque le moleste que le dé tantos) y recibiré con los brazos abiertos para cuando quiera ser abrazado al pequeño jovencito al que disfrutaré, rezongaré y me enorgulleceré en ver crecer.
Por suerte para mí, todavía me queda uno en la niñez.
¡Adolescencia, allá vamos! 
¡¡Felices 13 años, mi amor!!!

viernes, 2 de mayo de 2014

DUELE, PERO AGRADEZCO RESPIRAR

Seguramente seré tildada como “mal de la cabeza” y algún otro improperio mayor quizás por lo que voy a escribir. También es probable que me digan “porque a vos no te pasó entonces no entendés nada” y están todos en su derecho de expresar lo que se les dé la gana, de la misma forma que lo voy a hacer yo ahora.
El asunto es que no paro de leer noticias sobre robos, asesinatos, violaciones y, lo que es peor aún, muchas no las leo, sino que me las cuentan en vivo y en directo aquellos a los que conozco, incluyendo a mi propia familia. Que el auto, que las garrafas, que el perro, que la invasión al hogar, que destrozos por aquí, destrozos por allá, que un fulano lo sigue, que otro lo intercepta y lo roba, que a uno lo amenazan con un fierro por reclamar lo propio, que se bajan de un auto para pegarles por tocarle bocina … en fin. Gracias a Dios ninguno de los cuentos que me llegan de las personas a las que quiero y tengo en mi círculo de amigos y familia le ha sucedido nada físico. Están todos en muy buen estado de salud y por ahora sólo debemos lamentar pérdidas materiales. Por ahora. Porque luego de someterse a este tipo de violencia, temo por la seguridad de todos. Incluyendo la mía.
Nadie está a salvo de nada. Y la impotencia que se genera es mucha. Y la rabia, frustración y dolor (porque detrás de todo siempre está el dolor) es aún mayor.
¿Y qué hacer nosotros, estos pobres cuatro gatos locos que somos, para cambiar en algo esta situación? ¿Hay realmente algo que podamos hacer? “Bunkearnos” en casa no podemos. Ya bastante entre rejas vivimos y tampoco funciona. No salir nunca más del hogar es algo totalmente inviable e imposible. Dejar siempre a alguien al cuidado de nuestras pertenencias, no asegura nada. Los ocupamientos ocurren con gente adentro, como le acaba de suceder a una amiga. No tener auto para que no te roben la nafta o te rompan los vidrios y andar en ómnibus todo el día, tampoco te da ninguna certeza, porque también allí te roban, te empujan, te tiran, te patean y hasta corrés el riesgo de que te atropellen cuando bajás o subís, porque también ha ocurrido en mi círculo, y esto sí con consecuencias gravísimas. Irreversibles.
Entonces, bajamos la cabeza y seguimos laburando. Y arreglamos los autos, compramos la garrafa de nuevo, esperamos que el auto que robaron no aparezca nunca más para poder recuperar algo con el seguro, ordenamos la casa y desinfectamos todo porque nos da asco pensar que estuvieron allí, lavamos el auto y lo ordenamos con la misma intención (sacar el olor a orina no es fácil, pero se puede con un buen limpiador de tapizados, lo garantizo), dejamos que nuestro ex socio se quede con lo que no le corresponde antes que nos parta un fierro en la cabeza, tomamos mayores precauciones en autos y hogares (sin estar seguros de que sean inviolables), confiamos ciegamente en que nuestros hijos están cuidados y guiados por seres celestiales y rezamos cada vez que salen para que nada les suceda y empezamos de a poquito a retomar nuestra vida lo mejor posible hasta que la rutina vuelve a ser la misma de antes. Hasta que otra vez pase algo y nos recuerde todo esto de nuevo.

Y sí, yo también estoy harta y cansada de todo esto. Y lo único que se me ocurre es que acá se aplique la maravillosa ley de Rudolph Giuliani, quien fuera alcalde de Nueva York, que impuso en una ciudad donde el robo y asesinato estaba al orden del día la tolerancia cero. Y funcionó. Y bajar la ley de imputabilidad que tanto discuten, porque los pastabaseros son niños que deberían estar estudiando igual que el tuyo o el mío pero, ¿sabés qué? Está robando porque esa es la educación que ha tenido de generación en generación. Porque ya debemos ir por la tercera generación de ladrones, donde en esa casa el abuelo (si es que está) cuenta de lo fantástico que le fue en el robo allá por el 68 (porque mucho más viejos no son). Y porque en la casa ya no educan, porque las madres van y le pegan una piña a la maestra y ese es el ejemplo que recibe el niño, que pegar y agredir está bien (el hijo de esa madre y otros tantos que andan en la vuelta y lo ven).
Entonces, bajá la ley y no lo metas en una cárcel donde supuestamente, como dice el Dr. Tabaré Vázquez, lo van a violar. Creá una cárcel de educación. Pero que estén encerrados estudiando, no en la calle robando. Y enséñales en el medio un oficio también, de paso. Y sé que todo es plata y que “no hay presupuesto”. Pero sí para las campañas políticas, sí para hacer boludeces como poner unas hermosas letras en la rambla o crear un parque de deportes o cualquier otra cosa. Todo queda divino, pero lo cierto es que a esta altura ya no me importa nada de eso. Me importa la educación. Y me importa sacar a toda esta gente de la calle, que no conoce otra cosa que robar o asesinar. EDUCACION y TOLERANCIA CERO. Cárceles educativas y los adultos a recoger la basura cuando los municipales están de paro, por ejemplo, o cualquier otra de las tantas cosas que hay para hacer. Ah, sí, me olvidaba de los derechos humanos. Pero si en medio del trabajo además les enseñamos también un oficio, ¿no cuenta? Porque los derechos humanos son unilaterales. Resulta que el que está en la cárcel por matar tiene más derecho humano que el pobre muerto que no tuvo ninguno al momento de ser asesinado por ese. Porque lo cierto es que mata porque ni su propia vida tiene valor para sí mismo, como ese que por no ser atrapado por la policía se pegó un tiro en medio de la calle hace unos días.
Sólo quiero un mundo mejor. Un país mejor. Un país donde los que aquí vivimos entendamos que vale la pena vivir y lo hagamos con alegría. Leí una nota el otro día de un haitiano que vino porque acá podía hacer algo por su vida. Y lo hizo. Y se graduó en Relaciones Internacionales. Y piensa volver a su país en un año para ayudar a niños y niñas de allá. Otro de República Dominicana (y a este lo conozco) vino porque tenía cuatro horas de luz por día en su casa, entre otras carencias. Vivía en situación deplorable. Acá es guardia de seguridad y es feliz con lo que gana (algo de lo que se quejan tantos). Y piensa hacer una sociedad con otros dominicanos para abrir un restaurante comunitario, donde todos ellos tengan qué comer, y a su vez tener venta de comidas típicas de su país.
Oportunidades hay, sólo que los de aquí no las ven. Ya están ciegos de odio y resentimiento. Para qué trabajar si es mejor robar al que trabaja. Para qué trabajar si tienen dinero fácil de vos, de mí y de todos.
La cosa está difícil, pero no imposible. Y si se hace bien, va a llevar su tiempo acomodar todo esto. Pero nos estamos convirtiendo en algo que no éramos y no me gusta nada. No quiero temer por la vida de mis hijos, mi familia, mis amigos, mi propia vida o mis pertenencias. No quiero vivir asustada.

Y acá entra mi discurso tan bonito de “todos somos uno” en el que tanto me cuesta creer cuando pasan estas cosas. Pero no reniego de él tampoco. Ese que mata también soy yo vibrando en una energía totalmente opuesta a la mía. Y contagia. Y el otro vibra en esa misma energía también. Me acuerdo de la película “Pecados Capitales”, donde el protagonista, Brad Pitt, hace todo lo posible por no verse afectado por los pecados que van sucediéndose. Se mantiene firme a pesar de que hay momentos que parece que fuera a dominarlo el odio. Pero no, banca bien. Hasta que en el último, sucumbe: la ira. Si esto sigue así, vamos a vibrar todos en la misma energía y se va a convertir en una ciudad al mejor estilo del país descripto en “Ensayo sobre la ceguera” de José Saramago, donde algo epidémico terminó sacando lo peor de cada uno. 
Sigo creyendo que en esencia “todos somos uno” y que lo que nos “contamina” es el entorno, el ambiente, los malos consejos, la envidia, los celos y, sin duda alguna como componente principal, la falta de amor y contención. Probablemente otros factores que me estoy olvidando pero que no es lo que hacen esta historia. Todavía creo en el ser humano, pero no en las personas. No en esa máscara que se usa para ser malo, ladrón, asesino y, por ende, deshumanizado. Me cuesta mucho igual llegar a esta conclusión, pero así desperté hoy, pensando en todo esto y tratando de no llenarme yo también de odio, porque no gano nada y pierdo mucho. Soy amor y vibro en amor. Y voy a seguir intentándolo, aunque me incendien la aldea, como al cura bueno en “La Misión”. Yo creo. Así soy.

Me duele el alma ver a mi país así. No sé qué hacer más que proponer, porque no tengo herramientas a mi alcance para que se lleve a cabo nada de lo que propongo.
A quien quiera, lo invito a vibrar en positivo. Por favor, no se contaminen con ira porque no les hace nada bien y se logra el cometido del deshumanizado. Sigan siendo amor, perdonando y agradeciendo por lo que tienen en vez de lamentar lo que no. Sé que es super difícil, pero inténtenlo. Por favor.
Y dejo constancia que no escribo desde lo fácil de “a mi no me pasó nada”. Porque aunque no lo haga público, como a todos a mí también me pasó.


miércoles, 24 de octubre de 2012

VOS ... YO ... VOS

Estoy cansada de ser tan importante para los demás. Y no lo digo con orgullo ni soberbia, sino con hastío. Porque me parece increíble que la gente no tenga nada mejor que hacer que hablar de los problemas ajenos, que juzguen al otro como si sus vidas fueran inmaculadas, que no tengan la menor idea de lo que uno ha vivido como para venir a decir si lo que uno pudo (o no) haber hecho lo hizo bien o lo hizo mal. Que en pro del bien, hagan mal. Y que, gratuitamente, se sientan dioses o semidioses por haber obrado dentro de sus conceptos de bien.
Ya no sé si es grato o ingrato el saber que soy tema de conversación en las mesas. Lo cierto es que hubiera deseado escribir la historia de mi vida en papel. Sin dudas que el libro se vendería como agua en todas las librerías -más allá de que fuera interesante o no, verdad o mentira. Eso no es importante cuando de hablar del otro se trata. Luego de leerlo quizás la opinión no fuera buena, porque en definitiva no era tan interesante como se pensaba, pero el hecho real sería que el libro se vendería y el dinero estaría inflando mi flaquísima cuenta del banco-. Los programas de chismes de la tarde estarían sacando su buena y jugosa tajada si fuera famosa -y, otra vez, mi cuenta del banco creciendo-.
Pero lo cierto es que no, no lo soy, y la plata (al igual que a la mayoría), no me alcanza.
Simplemente soy una mujer como cualquiera, con miles de problemas resueltos y ocupándome de resolver las cosas día a día, sin pre-ocuparme por lo que vendrá. 
Soy una mujer que toma decisiones, en el acierto o en el error, pero que no se queda parada mirando pasar la vida, porque me gusta que la vida pase siempre a través de mí. 
Soy alguien que se cae y se levanta mil veces y lo hará mil veces más si es necesario.
No soy un ángel. 
Tampoco un demonio. 
Soy un ser humano en vías de extinción, como cualquiera de nosotros. 
Soy quien se equivoca y aprende. 
Soy quien reconoce que aún le queda mucho por entender y hacer carne sobre un montón de cosas, algunas que ya se visualizan y otras que aún no. 
Soy la que busca soluciones para sí misma, porque sabe que mejorarán su entorno. Quien va a terapia para entenderse y quien hace yoga para distenderse.
Esta soy yo. La que sobrevivió a la muerte propia y ajena, la que lloró pérdidas en incansables ocasiones, la que deseó morir y agradeció por vivir, la que se ciega de orgullo y también la que aprende a aceptar, la que muchos hablan porque conocen y de la que otros hablan porque desconocen, la que decide y se hace cargo. La que opta por lo positivo y desecha lo negativo. La que aún tiene mucho por pulir para construir, pero que sabe que será tarea de toda la vida, porque la luz llega en cuentagotas y, cuanto más consciente  se hace uno de la oscuridad, mayores son las posibilidades de que la luz se revele.
No soy nadie y soy todo. 
Soy amada y odiada, pero por suerte para mi, muchísimo más amada. 
Basta de hablar de mi. Sería muchísimo mejor si me hablan a mi.
Y por cierto, no me olvido que somos espejo. Reflejémonos.

lunes, 27 de agosto de 2012

No quiero

No quiero tantas cosas
que con eso debiera bastar
para decir basta.
Pero no siempre suficiente
es una palabra que contenga magia
y transforme lo real en lo imaginario.
O viceversa.

Pero hoy no quiero;
y digo basta.
Y aunque ese basta no baste,
esta noche ya me alcanza.


miércoles, 27 de junio de 2012

101 COSAS QUE ODIO


Me quedo dormida (1) como todos los días. Me cuesta mucho levantarme temprano (2). Es que el despertador (3) no para y yo quiero desafiarlo, pero no puedo (4). Me levanto tumbándome (5).Parece que hubiera tomado alcohol la noche anterior, pero no, nada de eso, simplemente me doy tumbos por mi desincronización (6). Intento coordinar mis movimientos pero no lo logro (7), menos cuando la gata se antepone (8) en mi camino. Como sea, llego al baño, pero son tantas las ganas de orinar (9) que unas gotitas mojan mi ropa interior (10) antes de que logre bajarla. Me siento y saco del revistero viejo (11) que está al costado del WC  una revista también vieja que he mirado unas quince veces ya (12). Creo que he leído todos los artículos (13), pero igual sigo mirándola para entretenerme. Hace frío (14). Me quito la ropa interior y la pongo a lavar. Decido bañarme aunque tenga poco tiempo (15). Abro la ducha y el agua empieza a calentar. Me meto y comienzo a enjabonarme. El agua se enfría(16). En principio no entiendo qué pasa, pero en eso me acuerdo que el día anterior había desenchufado el calefón (17) porque estaba haciendo un ruido extraño. Cierro el grifo, muerta de frío (18), y descubro que me quedaron restos de jabón en los pies. Rezo por no ser alérgica (19) al jabón seco en la piel. Me lo limpio con la toalla y sigo como si nada. Miro el reloj. No entiendo cómo pasaron veinte minutos (20) si ni siquiera completé el baño. Sigue haciendo frío (21). Muchísimo frío (22). Me visto rápidamente. No tengo mucho tiempo para peinarme como quisiera (23). Tendré que salir con los rulos a la calle (24) y renunciar a mi planchita (25). Me paso un poco el secador de todas formas. Me pongo un brillo en los labios y un poco de delineador negro en los ojos, el cual se me corre (26) y debo arreglar. No tengo tiempo de desayunar (27), así que apenas si me perfumo, me enfundo en mi tapadito gris y salgo rápido de casa, no sin antes tropezar con una piedra que está en el camino (28) que me hace avanzar como tres pasos juntos. Intento abrir el portón y no puedo (29). Recuerdo que tengo que llamar a un cerrajero porque la llave anda mal (30), pero sé que en instantes volveré a olvidarme (31). Luego de darle de un lado para el otro varias veces, logro abrirla. Miro de nuevo el reloj. En treinta minutos debería estar en el trabajo (32). Llegaré tarde (33), como siempre (34). Por decimoctava vez maldigo no tener auto (35). Ya llevo todos esos días desde que choqué (36). Los repuestos siguen sin aparecer (37). Nadie se hace responsable (38) y yo que sigo a pie (39). Camino un par de cuadras y llego a la parada. El primer ómnibus que llega, no para (40). Viene demasiado lleno (41). Atrás viene otro. Ese sí se apiada. Igual falta poco para ir colgada (42). La gente me aprieta (43) y las ventanas están cerradas (44). No puedo respirar bien (45). Se entreveran los olores humanos (46) y trato de pensar en otra cosa, porque voy a terminar vomitando (47). A los quince minutos de viaje me empieza a doler la pierna derecha (48). Hace días que me duele, pero no quiero ir al médico (49). No quiero que me diga algo que no quiero escuchar(50). Es que en momentos así, me atacan los miedos (51). Miedo al cáncer que ya tuve (52), al que tuvo mi madre con su metástasis en los huesos (53), miedo a la vejez (54) y a la prótesis de cadera (55). La edad está haciendo estragos en mi (56). No porque se me note. Aún puedo lidiar con eso. Quiero decir, aún puedo disimular los achaques. Pero ya está haciendo estragos psicológicos (57). Me enfurece envejecer (58). Quiero conservar la eterna juventud, no sólo de espíritu sino de cuerpo. Quiero sentirme bella y, más que sentirme, verme. Pero ninguna de las dos cosas ocurre (59). No me siento (60) ni me veo (61). Y eso hace que me duela el alma (62) y que mi psiquis se deteriore (63) día a día y me gane la depresión (64). Yo no era una piba depresiva, me volví así con los años (65). Uno de los tantos terapeutas a los que fui  me dijo que no sufro de depresión, sino de angustia (66). Igual probé con la psiquiatra, porque yo estaba segura que era depresión. A la segunda consulta me recetó las mismas pastillas que en la primera y me despidió deseándome mucha suerte en lo que fuera a hacer con mi vida (67). Asumí que no me quería ver más (68). Lo que no entendí si era por mí o porque no estaba para psiquiatra. Por supuesto que en medio de mi depresión entendí que era por mí (69). Sólo el tiempo me podrá convencer de lo contrario. Supongo.
Cansada del largo trayecto que tuve que hacer en bus (70),me voy a la puerta para finalmente bajarme de ese hervidero de olores desagradables (71). Por supuesto que cuanto más apurada estoy (72), más rápido pasa el tiempo (73)  y más contratiempos se interponen en mi camino (74). El ómnibus no llega a la parada donde habitualmente me deja (75) y toma un desvío, parando a cinco cuadras más lejos de donde en realidad debe parar (76). Voy con el paso muy apurado, casi corriendo (77), respirando mitad por la boca, mitad por la nariz (78). Llego al trabajo. El ascensor no funciona (79). Subo tres pisos por escalera (80). Marco tarjeta veinticinco minutos tarde (81). Suspiro. Por fin llegué. Saludo a mis compañeros de trabajo y me dirijo a mi lugar. Mis dos compañeros de escritorio están malhumorados (82). Parece que en la noche entraron a nuestra oficina y usaron nuestros escritorios como comedero (83), además de dejar nuestras sillas sucias(84). Dejo la cartera y voy a buscar un trapo y unos productos de limpieza.Vuelvo y limpio mi silla (85). Creo que finalmente es un buen momento para empezar a trabajar. Prendo el PC. La clave de acceso al sistema caducó (86). Ya no sé qué clave elegir (87). Todos los meses debo cambiarla (88) y la creatividad se me está agotando (89). Decido que sea Nosequemas, porque realmente no sé qué más poner. Abro el mail. Tengo treinta y cinco mails sin leer (90). No entiendo cómo pueden entrar tantos de un día para el otro (91).Me doy cuenta que la mitad no sirven para nada. Los borro. Leo los de mi jefe(92). Empiezo a pensar que hoy hubiera sido un día ideal para quedarme en casa(93). Tengo que organizar mi agenda (94). Visitas al Prado, Ciudad Vieja, Pocitos y Malvín.  Se suma una más, La Teja (95). No logro imaginar cómo voy a hacer todo esto sin auto (96). Estoy pensando seriamente en alquilar uno (97). Reviso mentalmente mi economía (98) y enseguida me arrepiento. Tomo nota en mi agenda de todo. Hago algunas llamadas a gente que no me interesa (99). Coordino las visitas a las zonas más pobladas.El resto quedarán para otro día. Llamo a Johnny, el remisero, para que me venga a buscar. Justo hoy no puede (100).  Me pongo el saco, me llevo la agenda y me voy otra vez a la maldita parada (101).

martes, 5 de junio de 2012

XV HAIKUS Y II MAS

I
Las golondrinas
decoran el cielo.
Tristes días son.

II
Los tulipanes
adornan los balcones;
cuanta soledad.

III
La maldad tiene
fecha de caducidad.
La estupidez, no.

IV
Desnuda el viento
tanto al árbol caduco
como a mi alma.

V
Las flores sufren
por abandonar el árbol
que las vio nacer.

VI
El olmo llora
cuando pasan las peras
recién cortadas.

VII
El Sol alumbra
a la grandiosa Luna.
La Tierra la cela.

VIII
La brisa trae
aroma y frescura.
Recuerdo tu piel.

IX
Puedes buscarme
donde el cielo y el mar
acaban juntos.

X
Cambia de rumbo
el pájaro que canta.
La rama cruje.

XI
Café caliente
en la taza de siempre.
Despierta, vida.

XII
Leo las noticias
esperando que anuncien
excesos de risa.

XIII
Camino lento
sobre las hojas secas.
Suena el cielo.
   
XIV
Despierta, amor.
La vida no es real;
vive tus sueños.

XV
Las acuarelas
mezclan sus tonos tristes.
Caen lágrimas.

XVI
El atardecer
cobija nuestros cuerpos.
De noche, muero.

XVII
Conserva el lago
las memorias perdidas.
Búscalas, amado.

martes, 3 de abril de 2012

VERLOS CRECER


Hace años que me convertí en madre y es por eso que hace años que disfruto de mis hijos de diferente forma.
Cuando eran bebés, me deleitaba dándoles mordisquitos a los talones de sus diminutos pies, haciéndolos estallar en carcajadas, conviertiéndose esas risas en mi mayor deleite.
Ya más grandes, cuando comenzaron a dar sus primeros pasos, disfrutaba de verlos tambalearse, temerosos de sostenerse por sí mismos, o quizás temerosos de abandonar la dependencia total y absoluta de mamá o papá. Pero una vez que se cargaron de confianza, ya no había quien parara esos pasos que los llevarían a descubrir las maravillas del mundo. Amaba verlos huir rápidamente cuando tocaban algo que no debían (y sabían). Ver alejarse a esas colitas regordetas con pañales me daba mucha gracia y ternura.
Más tarde las palabras sueltas comenzaron a transformarse en oraciones, en largas charlas a veces sin sentido pero muchas otras veces se trataba de razonamientos complejos y elaborados. Me fascinaba escuchar cómo habían llegado a tal o cual conclusión -acertada o no, eso no era lo importante- y cómo descubrían la importancia de decir la palabra correcta en el momento adecuado.
Luego fue la lectura y escritura. Comenzar a descifrar todas esas letras que hasta ahora no eran más que dibujos extraños y empezar a materializar cosas que hasta ahora ni siquiera existían. Muchas veces sólo al decir algo esto se vuelve real y encontrar palabras nuevas hizo y hace que el mundo se vuelva cada vez más y más grande.
Las peleas por su lugar en su aún pequeña sociedad. Comenzar a descubrir las habilidades, los puntos fuertes, y aferrarse a ellos para no sentirse una isla desierta. Afirmar la autestima, buscar la palabra de mamá o papá que les diga lo fabulosos que son, buscar amor en cualquiera de sus formas, generar el abrazo o rechazarlo pero siempre necesitarlo.
Así son los niños. Frágiles, sensibles, divertidos, maravillosos, sorprendentes ... así son mis hijos.
Hoy soy madre de un niño de 7 y otro de 1o, y cada uno desde su edad y su lugar me llenan la vida. Sé que no son míos, aunque nacieron de mi. Sé que se me ha otorgado el derecho, la responsabilidad y la felicidad de criarlos, para que algún día ellos hagan lo propio también, con bases sólidas que les permitan ser mucho mejor seres humanos de lo que intento ser yo.
Sin embargo, no puedo sentirlos fuera de mi. Son mis generadores de amor, de dulzura, de risas, de sorpresas. Son mis grandes maestros en esta vida.
Mi peque me divierte con sus bailes, sus cantos y sus payasadas. Me conquista desde el alma, me llena de amor, de besos y mimos a cada instante. Su vocecita fina a veces me taladra los oídos, pero siempre contiene una ternura especial difícil de igualar.
Mi niño mayor me tiene encantada con sus charlas ya casi adultas, con su sarcasmo e ironía, con sus razonamientos inteligentes. Su intelecto me fascina y él lo sabe. A veces también me cuesta soportar su exigencia de perfección y esa superioridad que suele tener, la cual trato de bajarle de un hondazo cada vez que aflora. Así y todo, hoy siento que tengo a un gran niño, responsable de sí mismo, de su hermano muchas veces y, si bien suele demostrar frialdad y distancia, su sensibilidad y fragilidad son extremas. Y por suerte yo lo sé.
Me divierto entonando "estoy cantando mi garabato musical" o viendo ICarly y compartiendo risas y comentarios. Que me expliquen cosas que yo ya no entiendo y que me dejen entrar a su pequeño mundo.
Sé que dentro de no mucho las cosas cambiarán un poco, cuando llegue la adolescencia, pero también sé que lo que hoy se siembra en el futuro lo veré con creces.
Amo a mis hijos más que nada en este mundo. Como cualquier mamá o papá a los suyos.
Pero estos son míos. Y ninguna mamá los ama más.

lunes, 2 de abril de 2012

SIN DESTINO


No estoy dispuesta a dejarme morir

mucho menos a que me tortures,

me ataques o me dispares

con tu arma letal:

tu palabra.

No estoy dispuesta a vivir muriendo,

porque no permitiré

que ni tú ni yo ni nadie

me echen el aliento de la muerte,

mientras respiro.

No estoy dispuesta ni quiero ni permito

pasar de largo como si nada pasara.

Mi disposición es completa y absoluta

sólo para ir tras los pasos

de mi escueta felicidad.

Pero para eso

no necesito

más que hurgar en el fondo de mi alma.

Porque intentar ir tras uno mismo

es una cuestión de actitud.

Soy la hacedora y destructora de mi destino.

Llegó el momento de decir:

basta de destrucción.

Es tiempo de construcción.

De poner en fisioterapia a mis alas

y, sin prisa pero sin pausa,

re-aprender a despegar del suelo

y volar.

lunes, 13 de febrero de 2012

UNO CON EL TODO

Estoy con un grave bloqueo creativo. Llevo casi 4 meses sin publicar nada en este blog y recién hoy me percaté de eso. Me asustó un poco ver que había pasado tanto tiempo. El otro día, escuchando un disco de Calle 13, pensaba en René Pérez, su cantante, tan emblemático él, y pensaba en la vida conflictiva que habrá llevado pero que, aún así, en su alma había amor. Y escuché una frase en uno de sus temas musicales que dice: "No se puede escribir sobre el dolor cuando se escribe con miedo". Y me quedé pensando bastante en eso, concluyendo que era totalmente cierto. Quizás haya sido un poco de ambas cosas, de dolor y miedo, lo que me haya paralizado. No lo sé. Pero lo cierto es que hoy, después de tanto tiempo, surgió algo sobre qué escribir. No significa que la parálisis haya pasado, simplemente que hoy aparecieron algunas letras para plasmar, nada más. Dejemos fluir, que esa es la mejor forma de ser, al menos la que he descubierto hasta el momento.

En fin, lo que quería comentar, es que en esto de la espiritualidad y todo lo que tanto tiempo lleva rodeándome, he sentido que es muy difícil ser Uno con el Todo, algo que digo continuamente pero que experimento muy poco. Es más intelecto que espíritu lo que expreso cuando lo digo y, claro, el intelecto sólo me lleva a un análisis muy crítico y eficaz de que eso es algo maravilloso, pero no me permite realmente sentir qué es.

Puedo darme el lujo de decir que en momentos de meditación lo he logrado. En esos momentos donde mi concentración en el centro de mi ser es extrema y en donde mi mente se calla, me he sentido fusionada en la tierra en que me apoyo, he sentido que el aire que entra y sale de mis pulmones es parte del Universo, por lo cual también estoy siendo parte del mismo y, cuando he entrado en contacto con otros (ejercicios de meditación conjunta), me ha pasado de perder la noción de dónde comienza uno y dónde termina el otro. Es una sensación maravillosa. Pero sí, generalmente sólo lo he logrado en estados meditativos o en momentos de muchísima paz, donde mi alma parecía salida de mi cuerpo.

En las mañanas suelo ser más sensible que en el resto del día. No sé por qué. Quizás mi cuerpo aún no se contamina de rutina y eso me hace percibir las cosas tal cual son. O lo más cerca posible, al menos. Puedo ir escuchando algún tema musical y llorar emocionada con la dedicatoria de él a ella, o viceversa, pensando en lo lindo que se deben haber sentido ambos, tanto el que dedicó la canción como el que la recibió. Me los imagino, cada uno en su casa, hablando por teléfono, diciéndose cuánto se aman. Y me emociona. Porque a mi el amor me emociona, sea el formato que sea que tenga.

Así iba yo a trabajar esta cálida mañana de febrero, conduciendo por las mismas calles de todos los días, cuando de repente miré por mi espejo retrovisor, lo vi y, una vez más, me enamoré. Ese Río de la Plata super tranquilo, dorado por los rayos de sol matutinos. Tan fascinada quedé con la imagen que agradecí por estar allí en ese preciso instante y no haberme perdido ese instante de paz que me había sido transmitido.

Pero al mirar al frente (porque fueron tan sólo unos escasos segundos, el tránsito en la mañana es bien complicado), empecé a percibir otras cosas, como por ejemplo, las aves que revoloteaban sobre la costa. Y sentí la libertad que debían estar sintiendo en ese preciso momento.

Volteé la cabeza hacia el otro lado y descubrí el verde de las copas de los árboles y sentí su oxígeno, la fragancia fresca que poseen y, cómo describirlo, una frescura que sólo un árbol puede sentir a esas horas de la mañana.

En ese momento, felizmente sorprendida, me dije: "esto es ser Uno con el Todo". Pero entonces, empecé a observar a los otros seres humanos que pasaban caminando o que, al igual que yo, conducían sus vehículos. Y no sentí lo mismo. No me sentí Uno con ellos. Y pensé entonces que algo estaba mal. Que podía hacerlo con la naturaleza, pero no así con un igual a mi. Y me pregunté, "¿por qué es que siempre los veo como 'otros', no como la Unidad que somos? ¿Por qué me cuesta tanto si somos el mismo género?". Y de repente, lo entendí. Es que yo no veo su alma. Veo su ego. Veo su mente. Veo su accionar a partir de su raciocinio o de su personalidad. Nunca desde su niño interior, desde su inocencia, desde ese lugar que habita en ellos y que está puro, aunque ni ellos lo vean. Por eso, es que es muchísimo más difícil. Porque en la mayoría de los casos, ni ellos lo perciben. No se ven como seres de luz, sino como el más fuerte, el más débil, el más alto, el más bajo, el más bueno, el más malo, el más víctima, el más victimizado, el más irrespetuoso, el más encolerizado, el más arrogante, el más tímido, el más frágil, el más desprotegido, el más protector ... siempre los veo desde "su" personalidad, nunca desde "nuestro" centro compartido. Porque nunca se muestran así. Es difícil despojarse de toda vestidura y quedar desnudo frente al otro. Desde los tiempos de Adán y Eva que esto es difícil. No en vano tuvieron que usar una hoja para ocultar algo. Tuvimos la sabiduría del árbol y la vergüenza de quedar expuestos. Pero también tenemos la inteligencia suficiente como para saber que quedar expuestos nos va a lastimar sólo si nuestro ego así lo permite.

Tras ese cuerpo que camina o maneja a mi lado, reside un alma, que está unida a mi. Tras el violador, el indigente, el amargado, el deprimido, el asesino, el drogadicto, el ladrón o el vendedor del quiosco de la esquina, hay un alma que está unida a mi. Lo que le haya tocado vivir y cómo lo haya manejado en este plano, no es asunto mío. O sí, si es que me toca ayudar en su evolución, como a otros les toca en la mía, porque a veces también pasa a ser asunto de uno. Pero a veces es asunto de otro. Y otras veces, no es asunto de nadie, porque es lo que tiene que vivir. Pero el alma está allí, aunque nos cueste horrores aceptar su pureza. No es el alma lo que está impura, es su razón en desequilibrio con su corazón. Muchas veces las circunstancias sociales llevan a actuar de cierta manera. Y no lo digo como justificación, porque también sé de casos de gente brillante en todo sentido que sale de lugares de los cuales nadie imaginaría que alguien bueno podría salir de allí.

El alma es lo que conecta contigo y conmigo. Lo que hace el nosotros. Lo que nos hace ser Uno con el Todo. El alma y todo lo que nos rodea. Es difícil, muy difícil dejar de mirar con estos ojos que se nos han dado y llevamos en el rostro y ver con los otros, que también se nos han dado y hemos ido cubriendo de velos al punto de quedarnos ciegos.

Ojalá algún día, ese estado que sentí hoy, pueda ser permanente y no sólo me pase de vez en cuando, que no sea sólo cuando los rayos de sol matutinos se desplieguen sobre el mar.

Por el momento, seguiré agradeciendo cada vez que esto suceda, pero también deseando que el correr los velos que tapan mi visión comience a volverse algo natural, como parte de mi diario vivir.

(Un especial agradecimiento a los pajaritos que cantan mientras escribo)


jueves, 29 de setiembre de 2011

EQUILIBRIO



Estoy enraizada a esta tierra. Parece todo muy estático, sin embargo, mis ramas se mueven, mis raíces se expanden y aunque no soy como el pájaro que alcanza alturas para mi inexplicables, también desde aquí puedo sentir mi libertad.
Vivo con mis defectos y virtudes, con mi plenitud y arrepentimientos, con mis penas y mis glorias, entre mi intuición y mi intelecto, recibiendo luz y aceptando la oscuridadNo siempre comprendo lo que pasa, sin embargo, el silencio en el que permanezco, despierta preguntas que encuentran su respuesta en la maravilla del Universo.
Hay momentos en los que las lágrimas se vuelven fuente para la tierra que me nutre y otras tantas le devuelvo el amor que cada día vuelve a florecer.
He aprendido a entender cuándo hay más dominio de la emoción sobre la razón. Y viceversa. Reconocer esos momentos me permite volver a mi centro con mayor prontitud

Soy yin. Soy yang.
Soy equilibrio.
Soy.

jueves, 9 de junio de 2011

ESA BENDITA MANIA DE SONREIR



Como siempre, el tiempo no me rinde. Es por eso que generalmente termino armando viandas para el cole, acomodando uniformes para el día siguiente o poniendo un poco de orden en el tiradero que van dejando mis niños a horas poco propicias, léase entre la 1 y 2 de la mañana. Por supuesto que a esa hora ya ellos duermen cual angelitos, por lo tanto, antes de retirarme de sus habitaciones, los arropo y les doy un beso de buenas noches en sus mejillas calentitas.
A veces, en ese afán de ordenar, me encuentro con cosas tiradas en el piso que me malhumoran un poco, como pedazos de papeles recortados por todas partes, origamis a medio hacer desparramados en el piso o con la manía de mi hijo menor de dejar pijamas de días anteriores tirados, ya que el niño decide usar uno diferente cada día, si no lo controlo.
Anoche, casi lo despierto de tanto que me enojé. Lo primero que vi fue un marcador indeleble metálico tirado en el piso y todo aplastado, seguramente con sus dientes. Había también algunas hojas escritas con dicho marcador. Hasta ahí, todo más o menos normal. Pero al llegar a la guitarra (esa de verdad que los Reyes Magos le trajeron en enero), la encuentro fuera de funda y ESCRITA con ese marcador.
No sé nada de guitarras, así que no puedo describir exactamente dónde estaba escrito, pero para para poder transmitir un poco la idea, en la parte de adelante, arriba (donde sale el "brazo" de la guitarra) estaba escrito de un lado la palabra CARLOS y del otro algo así como UEATER, aunque no era muy legible. Más abajo, unas rayas que supongo yo simularían rayos.
Corrí al baño en busca de alcohol y un poco de algodón, a ver si así la podía limpiar. Algo salió, pero igual quedó un sombreado del CARLOS y algunas líneas más.
Decidí reservarme el rezongo para esta mañana. A pesar del enojo, me dio lástima despertarlo. Total, lo hecho hecho estaba.
Esta mañana, entre corridas al trabajo y salidas al colegio, olvidé por completo el hecho. Pero, al llegar a casa en la tarde, no se salvó.
Le pregunto, con voz seria y firme, si recuerda qué había hecho con el marcador. Con carita de pollo mojado, me dice que había rayado su mesa (ya la había visto, pero tiene tantas rayas que eso no me preocupaba). Le respondo que sí, que está mal, que el marcador es sólo para escribir en hojas o cuadernos, no en cualquier lado. Pero que había algo más que había escrito y no debía haberlo hecho. Le volví a pedir que hiciera memoria. Entonces respondió: "la guitarra". "Exacto!", dije yo, con voz más enojada aún. Allí comenzó mi verborragia: "el marcador no es para usarlo en cualquier cosa, cómo vas a hacer eso!, además, lo destrozaste después de usarlo, ahora no sirve para nada. Y la guitarra, Renzo?? La guitarra?? A vos te parece andar escribiendo en la guitarra??" (seguía mirándome con esa carita de pollito mojado o Gato con Botas de Shrek que tan bien sabe poner). "Decime, qué quisiste escribir en la guitarra? Quién es Carlos? De dónde sacaste eso?". Entonces me dice "CARLOS WALTER". Ya sólo sentir la combinación del nombre Carlos Walter me dio gracia. Pero más aún cuando Juan Diego entró al cuarto y contó: "lo que pasa que en la tele están pasando una publicidad que te regalan la guitarra autografiada de CARLOS BAUTE, se ve que eso fue lo que quiso poner".
Listo. Se terminó el rezongo. Todos nos tentamos, excepto Renzo, claro, que no sabía si al reír iba a mejorar o empeorar la cosa.
Igual terminé mi discurso de buenos modales y de lo que puede escribir y lo que no, pero ya la autoridad, penitencia y todo lo que podía venir después, se desvaneció con la risa.
Este niño es la bendición de esta casa. Es el niño chispita. El niño que nos hace reír, aún cuando se porta mal.
Entonces, me quedo con eso, con la plenitud de tener un niño que haga lo que haga siempre logra arrancarle una sonrisa a los demás, ya sea con su cara de Gato con Botas de Shrek, con un autógrafo en una guitarra o con lo que se le dé la gana. Lo cierto es que no hay un sólo día que Renzo no nos haga reír. No en vano, como dice en el post que una vez escribí
LA VERDAD DE LA MILANESA él decide siempre sonreir.
Amo a mi niño como cualquier padre o madre ama a los suyos. Pero particularmente lo amo por la maravillosa forma que tiene de enseñarme día a día a ser feliz.

martes, 18 de enero de 2011

RINCON MAGICO


Como todo lo mío, si algo no es perfecto entonces, no es.
Si lo que escribo no alcanza mis estándares de exigencia, queda archivado en algún espacio del disco duro, entreverado en un cajón con facturas ya pagas o escondido sin salir jamás a la luz en las entradas no publicadas de mi blog.
Si no alcanza mis estándares pero se aproxima bastante, entonces puede llegar a ser público y las letras pueden ser leídas en mi ciber-rincón.
Y, si por alguna loca razón, las palabras se conjugan de forma audaz con otras logrando sorprenderme, es probable entonces que puedan llegar a participar de algún concurso. Pero no siempre. Si el concurso no se vislumbra en el horizonte es casi un hecho que en una semana, como mucho, cambie de parecer y el texto ya no me parezca tan bueno como para participar de nada.
Con la escuela filosófica a la cual asisto, me sucede lo mismo. Si realizo algún trabajo, éste deberá ser aprobado casi como sale del horno. De lo contrario, nadie llegará nunca a enterarse siquiera de su existencia.
Con la pintura, exactamente igual. La exigencia de colores, detalles y contornos es tanta que muy rara vez termino disfrutando del logro obtenido. No miro con lupa, pero casi.
Y así, en todos los órdenes de mi vida y con todos los cursos que he ido realizando. Masajes terapéuticos, reiki, maginified healing, Tarot, etc. Todo lo sé y nada sé, o al menos, así lo creo.
Pero, bien dicen que más vale tarde que nunca, he descubierto al culpable de toda esta situación. Se escondía detrás de mi alma y la machacaba sin parar. Entonces, me paré a observar. Suena bastante tormentoso el hecho de que algo o alguien esté continuamente dándole duro a mi más libre expresión, sin embargo, cuando eso convive con uno desde su más temprana infancia, se vuelve parte del ser. O eso parece. Por este motivo, es que cuesta tanto identificarlo.
Gracias a mi amiga-artista Cala, que la mimoseé con mi corazón y mis brazos por sus logros, sumado al silencio que hice en mi interior, terminé por descubrir al arquetipo que me ha complicado tanto la existencia: el Juez.
Si tuviera que describir a mi Juez, diría que es alguien que mira con recelo, se regodea con mis angustias, se frota una mano con la otra en posición semi encorvada y sonríe malévolamente cada vez que logra su cometido, que no es otro que sabotear todo aquello que nace desde mi centro y me hace sentir tan bien.
Mi Juez no deja que me divierta ni permite que disfrute en lo más mínimo de mi creatividad. Transforma cada acción en una exigencia.
Hasta ahora, se la ha dado de ganador, pues siempre termino frustrada y abandonando todo aquello que tantas horas me llevó.
Pero esta vez, lo descubrí. Logré sorprenderlo antes que la desazón me volviera a visitar. Esta vez, le hice frente y lo agarré tan desprevenido que no supo cómo reaccionar.
Allí está, aún lo veo y siento su presencia, pero estoy segura que una vez descubierto pierde poder.
Hoy comencé con el acondicionamiento de mi rincón MAGico. Aún le faltan algunas cosas, pero ya el proceso comenzó. Ese es el lugar que tantas noches me ha acobijado en mis desvelos de escritura. Es el rincón donde el calor de la chimenea en invierno me cobija y donde el aire fresco del verano puede sentirse entrar por el ventanal. Es donde cuelgan mis cuadros favoritos que alguna vez pinté. Es donde la copa de vino me hace compañía en las noches ni en que los grillos cantan pero en las que la luna se levanta.
El rincón MAGico está tomando forma. Se parece a mí. Poco a poco se llenará de energía y tanto las letras de mis cuentos como los colores de mi paleta comenzarán a surgir.
Y si por esas cosas de la vida a este Juez se le ocurre la espeluznante idea de volver a atacar, he prometido no cometer el mismo error que él. No juzgaré su comportamiento ni lo señalaré con el dedo acusador con el que suele señalarme.
Simplemente lo miraré con ternura y, con todo el amor del mundo, le contaré un pequeño cuento para tranquilizarlo o tomaré uno de mis pinceles e intentaré pintarle su nariz.

domingo, 9 de enero de 2011

GRATITUD


Dar las gracias es un acto simple y sencillo. Sin embargo, a no todos le resulta tan fácil de hacer. O, en otros casos, damos las gracias sin el sentimiento de gratitud que la palabra conlleva. Se nos vuelve tan común que ya se nos hace corriente.
No escapo de este último concepto. Muchas veces doy las gracias sin pensar realmente que estoy de verdad agradecida. Lo hago como un acto de educación, como un impulso natural que nace de los buenos modales que me han enseñado y que como buena aprendiz he incorporado.
Pero a veces, realmente estoy agradecida de corazón. Ojalá todos los días lo recordara, pero aún me olvido. Me olvido cada día de agradecer.
Me olvido que cada segundo es un regalo, que los pájaros cantan felices y yo puedo escucharlos. Me olvido que siento el fresco de la brisa, que veo el azul del cielo o el verde que me rodea.
Me olvido de disfrutar de la risa de mis hijos a cada instante, de verlos crecer a través del juego o las peleas. Me olvido de escucharlos atentamente o de rezongarlos menos. Me olvido que son niños y los trato como adultos y luego como niños de nuevo. Me olvido que son lo más preciado que tengo.
Me olvido que estoy rodeada de seres que me aman, todos a su manera y no a la mía, pero que eso no significa que no me brinden amor. Me olvido que antepongo mis expectativas cuando en realidad no debería esperar nada y sólo recibir.
Me olvido de vivir despreocupadamente, de atender lo inmediato y no estar pendiente de lo que vendrá.
Me olvido de todo.
Pero por suerte, hay momentos como este en que lo recuerdo. Entonces, digo gracias.
Gracias por estar viva. Por mis hijos hermosos que me llenan el alma. Por mi marido que me mima con detalles mínimos como una taza de desayuno en la cama o, como hoy, con una mesa al aire libre con café con leche y tostadas. Por mis amigos que me cuidan, escuchan y, aunque no comprenden, me aceptan. Por mi familia, que es incondicional. Por mis brujitas que me ayudan a descubrir mis propios dotes brujeriles. Por la tierra, el sol, la luna, la lluvia, el viento. Por los árboles que me dan sombra. Los pájaros, los insectos, los animales domésticos y los que no lo son. Por cada segundo que respiro en este planeta que tanto me olvido de cuidar y al que tanto le debo. Por el Universo y sus estrellas. Por lo que conozco y no. Por mi despertar y por mi sueño.
Gracias, gracias, gracias.
Gracias le doy al Gran Arquitecto del Universo.
Sat Nam.

domingo, 7 de noviembre de 2010

AY HIJO, QUE ME HACES LLORAR!


Hoy es un día de júbilo en lo de los Fernández-Pérez. Es que nació Julieta, la primer hija de Sebastián y Florencia. Todo salió mejor de lo esperado. Es que los nervios de Florencia le jugaban una mala pasada y la hacían imaginarse un parto interminable. Por su parte, Sebastián, ya se estaba preparando para despertar de golpe una madrugada y repasar la lista que tenía escrita para no olvidarse de nada.

Pero no. Julieta no vino a las apuradas ni en el medio de la noche. Dejó que sus padres descansaran, se despertaran como cada mañana (aunque Flor ya despertó con contracciones a las 5 y no pudo dormir más) y, unos minutos después fue cuando decidió empujar un poquito y romper la bolsa que hasta entonces había sido su morada. Flor le indicó tranquilamente a Sebastián dónde estaba su bolso y el de Julieta y unos instantes más tarde salieron para el hospital.

Inmediatamente los instalaron en la sala de pre-parto, porque Julieta no dejaba de empujar, por lo cual las contracciones eran cada vez más y más seguidas. Y más y más dolorosas.

Pero Julieta es una buena niña y decidió no hacer sufrir demasiado a su madre. Así que una hora y media después de haber llegado, Julieta largaba su primer grito al mundo.

Flor y Seba no paraban de sonreír y por supuesto alguna que otra lagrimita de felicidad también largaron.

Julieta estaba con ellos. Después de nueve largos meses de espera, de los preparativos, de comprar ropita diminuta, de leer libros de embarazo y los primeros meses de vida del niño, de ver que la piel de la panza se estira hasta el punto de llegar a un tamaño jamás imaginado, la bella niña de sus sueños se hizo realidad. Happy ending. Or beginning.

Porque lo cierto es que no hay nada más lindo que escuchar el llanto de un bebé ... en el preciso momento que nace. Este es el UNICO momento que el llanto de nuestros hijos nos da felicidad hasta las lágrimas. No es necesario pensar demasiado para darse cuenta que esto es verdad.

Pasado el momento del parto, nos vamos a la sala, a alojarnos con nuestro niño o niña recién nacido. Todo hinchadito de tanta fuerza que tuvo que hacer para salir, dormidito, chiquito, frágil, tierno, comestible. Es nuestra creación y aún no podemos creer que ese ser tan perfecto haya salido de nosotros.

Pasa un rato, unas horas quizás para las más afortunadas, y el primer llanto suena (en realidad, ya es el segundo). Hora de comer. La criaturita comienza con su proceso alimenticio y ahí empiezan las primeras complicaciones de esta vida. Hasta hace unas horas no tenía la menor idea de lo que era el hambre, ya que su alimento venía a través de un cordón. Ahora deberán proveerle el alimento y, para eso, deberá llorar. La madre acomoda al niño/a en su pecho, pensando que la criatura con su pequeña boquita succionará y sacará leche de su interior. Minutos más tarde se dormirá (si no lo hace mientras toma) y el proceso seguirá sin problemas. Pero no es tan sencillo. El bebé intenta desesperadamente poner su boca en la teta de la madre, la madre no sabe muy bien cómo acomodarlo, el bebé cada vez está más desesperado porque no deja de ser un cachorrito en busca de alimento, así que se prende rápidamente del pezón materno, como puede, y empieza a chupar. La madre, en un grito desesperado, pide a su esposo-compañero-padre de la criatura, que llame a la enfermera porque le va a arrancar la teta. La enfermera, paciente y master en el tema, ayuda a la madre a acomodarse y al niño/a succionar fervientemente, dándole el tan esperado alivio a la mamá.

Una vez finalizado este proceso, ya la criatura de panza llena, como era de esperarse, se duerme. Pero es hora de cambiar el pañal. Lo cual hace que el pequeño pimpollito se despierte y vuelva a llorar. La madre, con toda su ternura, tratará de consolarlo, sin importarle los dolores post-parto que tiene o si la cortaron de lado a lado, por haber tenido una cesárea. El dolor de una mujer, a partir del nacimiento de su hijo, quedará relegado por muchísimos años. Tantos, que cuando nos demos permiso para sentir dolor, nos daremos cuenta que no hay pedacito del cuerpo que no nos duela. Finalmente logramos que la criatura caiga nuevamente en brazos de Morfeo y nos permita tener unas dos-tres horas de descanso hasta que el proceso vuelva a empezar.

Lo cierto es que ya no lloramos más de felicidad ante el llanto de nuestro hijo, pero de aquí en más es muy probable que sí lloremos en muchas oportunidades en que los escuchemos llorar. Esto ocurrirá por primera vez cuando comience con sus cólicos y no sepamos lo que hacer, cuando el cansancio nos gane y el niño no nos deje dormir, cuando veamos a nuestro esposo-compañero-padre de la criatura dormir plácidamente y nosotras estemos paseándonos de lado a lado de la habitación con el niño en brazos. Y más adelante, quizás por no haber podido evitar que se cayera y se pegara o raspara, por no ser capaces de estar las 24 horas con el ojo encima de ellos (lo cual ya hubiera acabado con nuestras vidas, sin dudas) , cuando lo dejemos por primera vez en el jardín de infantes o cuando llore por alguna injusticia y tengamos que explicarle algo que ni nosotras mismas nos creemos, pero que es necesario para que confíe en la vida y tome valor para enfrentar más adelante desafíos mayores.

También lloraremos muchas otras veces sin que su llanto nos provoque el nuestro, aunque sí su ser sea el motivador del mismo. Cuando nos regale su primer sonrisa, le salga el primer diente, diga su primer palabra (que en raras ocasiones es "mamá"... el muy cretino) o dé su primer paso. Cuando lo veamos armar su primer puzzle de 4 piezas ("¡mi hijo es un genio!"), cuando comience a razonar y sacar sus primeras conclusiones para actuar en consecuencia, cuando escriba su nombre, empiece a leer o traiga su primer carné escolar.

Cuando nos vea llorar y no nos pregunte nada, sólo nos consuele con besos y abrazos, cuando vaya a su primer baile, tenga su primer novia o novio, con el cual seguro nos encariñaremos y de un día para el otro dejaremos de ver, cuando pierda su primer examen, por el cual pasó noches estudiando sin dormir, cuando tenga otra novia o novio y la cosa vaya "en serio" y decidan dejar el hogar y partir.

Y entonces, llegará el día en que volveremos a llorar de felicidad ante el llanto de un niño, cuando veamos a nuestros nietos nacer.

Lo cierto es que desde que tenemos hijos las lágrimas se hacen moneda corriente en la vida de una mujer (que si de por sí es sensible, deberá por el resto de su vida recordar tener pañuelos en su cartera).

Pero no por eso cambiaría jamás nada de lo sucedido ni de lo que vendrá. Porque prefiero derramar litros de lágrimas como para llenar una piscina de 100.000 litros antes que vivir en el árido desierto de no ser mamá.

lunes, 25 de octubre de 2010

A VECES VUELVO


(tomo título prestado para esta entrada del blog con ese nombre
de mi amigo cuasi virtual Rodrigo ... permisito!)

Es cierto que a veces vuelvo. Algunas veces a escribir, como es este el caso.

Pero también a veces vuelvo de mi. O a mi. Voy y vengo, como en un columpio que parece llegar al cielo. Me balanceo incansablemente, a veces hasta sentir mareo.

Escapar de uno mismo es fácil. Uno puede alienarse con lo que encuentra en el camino y volar al infinito y más allá. El viaje puede ser placentero en algunos casos y, al tocar con la punta de los pies la realidad, la vibración de energía que sentimos es tan magnífica que nos sentimos grandes, crecidos de espíritu, plenos y con las maletas llenas de maravillas que fuimos guardando en ellas en el recorrido por otros mundos.

Otras veces, sin embargo, ese vuelo nos lleva a lugares oscuros, tenebrosos, a descubrir rincones que no nos gustan, cargados de dolor. Es así que en estos casos, cuando pisamos tierra firme, parece que todo se nos tambalea, que caeremos en un abismo imaginario y que en este caso las maletas que traemos sólo acarrean angustias y llantos. Entonces, intentamos aferrarnos con uñas y dientes al principio del hoyo, para sentirnos seguros, para no sentir un miedo inconmesurable y no tener que enfrentarnos a aquello que indefectiblemente deberemos enfrentar.

Y sí, el miedo al cambio existe. El miedo a lo desconocido es real y normal. Y sólo cuando no tenemos más remedio que dejarnos caer por ese túnel que parece ser inacabable, como en el cuento de Alicia, cuando realmente nos animamos a atravesar ese abismo, sólo entonces nos damos cuenta que hemos llegado a un destino mejor. Pero, claro, hay que animarse, como se animó Alicia a llegar al País de las Maravillas.

Cuando terminamos de columpiarnos y llegamos a nuestro lugar, ya sea que el viaje haya sido placentero o no (que no es otra cosa que el viaje hacia uno mismo), podemos mirar atrás y ver el bagaje de experiencias que ese tour nos dejó. Aprender de ellas es el gran desafío. Volver a sentir, a gozar, a disfrutar, a percibir los pequeños placeres que nos da la vida y a definirnos cada vez más como los seres humanos que somos, es maravilloso. Ese es nuestro País de las Maravillas. Nosotros mismos.

Yo a veces vuelvo. Y otras me voy a viajar. Nunca sé cuál será mi destino, pero a esta altura de mi vida he aprendido que de ambos traigo cosas interesantes. Y también sé que siempre la tierra firme está y que el vacío en algún momento termina. No sé si terminaré siempre en este planeta o plantando mis pies en otro. Pero hay algo de lo que sí estoy segura: nunca jamás dejaré de subirme al columpio, sin importar a dónde mi ser me quiera llevar.

domingo, 22 de agosto de 2010

AKAL


¡Ay, no! Otra vez acecha. Y sé que es natural que lo haga. Lo hace a cada instante, a cada minuto, en cada lugar del planeta. Pero cuando llega, se instala y parte el corazón de algún ser querido, se siente demasiado cercana, molesta más de la cuenta, más de lo normal o de lo que estamos acostumbrados a percibirla.
Igual, no deja de sorprenderme cómo el Universo se las arregla para hacernos llegar los mensajes en el momento adecuado y, si estamos atentos y vemos las señales, permite que el alma de los que siguen transcurriendo en esta tierra guarde cierta paz. Y es algo que no se puede definir con palabras. En mi caso, sólo siento agradecimiento de que así sea y no puedo dejar de emocionarme hasta las lágrimas por ello.
Pero duele, siempre duele, para mí aún es inevitable que cuando la muerte llega no deje dolor. Entiendo sí que sea la ley natural, que todo tiene un por qué y un momento, pero aún no logro que por ello no me provoque dolor.
Un Akal* para el alma que trasciende a un lugar desconocido por nosotros, pero estoy segura que es un lugar sin tiempos, sin pausas, sin dolor, donde conoceremos finalmente las preguntas sin contestar y sentiremos el amor como jamás lo hemos sentido. Sin dudas, un lugar mejor, aunque ahora nos cueste entenderlo como tal.
Y para la fragilidad de quienes aquí quedan, sólo puedo brindarles el alma abierta para abrazarlos, los brazos tendidos para sostenerlos y esperar ser guiada sabiamente hacia las palabras justas, para saber cúando decirlas y cuándo callarlas.
Aquí estaré, cuando así sea necesario. Y cuando no, también.

(*) Akal es una palabra sánscrita que designa Eternidad. Se suele pronunciar (la segunda “a” más larga) ante el desprendimiento del alma del cuerpo con el fin de que ésta trascienda con mucha paz.

martes, 17 de agosto de 2010

PAUSADA

Hay días que estoy con Fast Foward (FF) y otros que simplemente estoy en PLAY.
Hay días en los que escribo sin parar, que las palabras surgen de no sé dónde y forman relatos que hasta yo misma me sorprendo de haberlos escrito. Otros, con un poco más de tranquilidad, salen con algo de meditación y reflexión de por medio, quizás motivados por experiencias que vivo o en otras oportunidades por situaciones que me rodean, el punto es que me provoca estampar historias mías o ajenas en forma de letras y colgarlas en este blog.
Últimamente he notado que estoy en PAUSA. Y al principio, me preocupó el hecho de que esto fuera así. Porque disfruto mucho de los vaivenes que me llevan a la escritura, de los disparadores que la motivan, de crear historias y de desnudar mi alma. Entonces, me puse a pensar qué estaría sucediendo, por qué no podía escribir, qué era lo que me tenía tan atada a lo terrenal y no me dejaba perderme en mi mundo sutil.
Cuando las respuestas no eran respuestas sino que se formulaban nuevas preguntas, me di cuenta que en realidad estaba en un estado introspectivo. Que hay momentos que debo pausar mi andar y mirar mi interior, pero en silencio. Recurrir a mi intimidad y escribir para adentro.
Fue así que comencé a hacerlo. Empecé a dedicarme tiempo para mi misma, no para hacer nada en especial aunque sí para escucharme y no juzgarme, que ya es bastante especial.
Desde entonces es que vengo reorganizando mi ser, buscando, acomodando, guardando en cajoncitos, archivando, sacando a luz lo que es verdaderamente importante, marcando prioridades, dándome cuenta quién soy y hacia dónde voy y prestando atención a las piedras en mi camino, en vez de seguir tropezándome con ellas. Estoy atrapando sueños y guardándolos en mi alma, desenredando madejas y tejiendo nuevos abrigos, permitiendo que el sol entre pero que no me encandile, tomándome un descanso en la luna cuna, permitiendo que las gotas de lluvia refresquen mis ideas, disfrutando del frío porque gracias a él conozco lo que es la calidez.
Me estoy dejando fascinar por todo lo que veo a diario. Por un pedacito de cielo celeste, por una bandada de pájaros que vuelan por la ciudad, por las copas de los árboles que se mueven con el viento invernal, por las grietas del cemento que permiten ver la tierra, por cada instante mágico y único que descubro en cada amanecer.
En síntesis, este es el motivo de mi desmotivo de bloguear estos días. Quizás necesite alimentar mi alma de todos estos pedacitos de luz que voy descubriendo en mi andar y entonces después esté tan nutrida y rebosante que será preponderante compartirlo. Mientras tanto, me lo voy quedando, porque por ahora lo necesito para mi. De todas formas, comparto con ustedes algunos de esos instantes mágicos que me vienen deslumbrando. No pretendo que se emocionen como yo, pero al menos de esta forma se les hará más tangible mi realidad pausada.
Supongo que pronto estaré de vuelta, así que les dejo un beso que dure hasta que vuelva a poner PLAY.