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domingo, 24 de agosto de 2014
TENGO UN HIJO ADOLESCENTE
Pero resulta que ésta es MI primera vez.
Y más allá de enfrentarme a los olores que un varón adolescente trae consigo, a caras de hastío por tener que dar un paso más de lo previsto para hacer algo, al hecho de vivir cansado, estar de malhumor, que el "eh?" sea la respuesta a cualquier comentario o pregunta, o a ver cómo cree que mamá y papá son los seres más despistados, lelos y tontos del mundo entero, lo más terrible de todo esto, es DARME CUENTA que mi hijo realmente creció.
Mañana se conmemora un nuevo año de la Declaratoria de Independencia en Uruguay. Casualmente, hace 13 años, también conmemorábamos la llegada de Juan Diego al mundo. Y en varias oportunidades, como lo es este año, una nueva forma de independencia también en su vida.
Mientras todos salían a bailar y organizaban su noche nostalgiosa, yo esperaba el momento en que el quirófano se desocupara de urgencias y decidieran hacerme la tan esperada cesárea. A las 2:22 de ese 25 de agosto del año 2001, luego de un eterno minuto sin llanto, vi la carita de mi amoroso y regordete niñito llorando a todo pulmón.
Y desde ese día, cada 24 de agosto, mientras todos se preparan para la famosa Noche de la Nostalgia uruguaya para bailar los ritmos de los 70, 80 y 90, yo me pongo a pensar en lo lindo que fue ser mamá después de sentir tanto dolor en el alma. Juan Diego se instaló en mi vida y me dejó finalmente desplegar todo mi amor maternal.
Así, cada día como hoy, pienso en el hermoso bebé que iba a nacer en pocas horas. En esa carita redondita, con todo el puño en la boca de tanto hambre que tenía.
Pienso en los años que vinieron después y en el niño que de a poco dejaba atrás al bebé. El que hacía travesuras y se reía con sus ojitos brillantes y su boquita divina, llena de dientitos de leche. Pienso en las dificultades que con su corta edad logró superar y el orgullo que sentí porque, como sea, lo hizo. Pienso en el pequeño hombrecito que me acompañó y consoló cuando estaba mal, en ese niño de la palabra justa en el momento justo, en ese ser que me cuida a veces más de lo que yo cuido de él.
Mañana cumple 13 años, mi ya no niño, sino adolescente. Mi pequeño al que durante todo este año que pasó vi crecer, no sólo de tamaño sino también emocionamente. Veo cómo repite cosas que yo hice y me causa gracia. Lo veo confundido, por momentos siendo niño y por momentos grande, librando su propia batalla por crecer y salir adelante. Pero no veo mucha cosa más. Porque ya no muestra, ni cuenta, ni comparte ciertas cosas como antes.
Y me emociona, pero me cuesta horrores soltar. Y voy liberando la piola de a poco, a veces más, a veces menos, porque también me cuesta graduar.
Me enoja que no lleve el pantalón adecuado cuando tiene fútbol, pero lo cierto es que no se queda sin jugar porque de alguna forma se las arregla.
O que se saque un 1 por no llevar la tarea pero cuando rezongo recibo como respuesta "es mi responsabilidad".
O que le guste alguien y yo no sepa.
O que no quiera cortarse el pelo y yo ya no pueda incidir.
Pero lo que realmente me hizo tomar conciencia de su edad fue cuando recibió su primer regalo adelantado que fue dinero. Y entonces dijo: "me voy a ir a comprar ropa con esto". ¿Qué? ¿Cómo? ¿Y dónde quedó el dinero para los juegos de play? ¿O ese que seguía ahorrando para una consola nueva? ¿Desde cuando mi hijo quiere comprarse ropa? La respuesta: desde que es un adolescente.
Así que esta noche, cuando llegue de lo de su padre, disfrutaré por última vez de mi niño (ya simbólicamente) para darle paso a las 12AM al adolescente por completo, para enfrentarme a este largo período que me queda por delante, para llenarme de paciencia y tolerancia y aprender a medir la justicia con esos dos pilares sosteniéndola.
Esta noche miraré con nostalgia a mi niño y lo despediré con muchos besos y abrazos (aunque le moleste que le dé tantos) y recibiré con los brazos abiertos para cuando quiera ser abrazado al pequeño jovencito al que disfrutaré, rezongaré y me enorgulleceré en ver crecer.
Por suerte para mí, todavía me queda uno en la niñez.
¡Adolescencia, allá vamos!
¡¡Felices 13 años, mi amor!!!
viernes, 2 de mayo de 2014
DUELE, PERO AGRADEZCO RESPIRAR
miércoles, 24 de octubre de 2012
VOS ... YO ... VOS
lunes, 27 de agosto de 2012
No quiero
que con eso debiera bastar
para decir basta.
Pero no siempre suficiente
es una palabra que contenga magia
y transforme lo real en lo imaginario.
O viceversa.
Pero hoy no quiero;
y digo basta.
Y aunque ese basta no baste,
esta noche ya me alcanza.
miércoles, 27 de junio de 2012
101 COSAS QUE ODIO
martes, 5 de junio de 2012
XV HAIKUS Y II MAS
martes, 3 de abril de 2012
VERLOS CRECER

lunes, 2 de abril de 2012
SIN DESTINO

No estoy dispuesta a dejarme morir
mucho menos a que me tortures,
me ataques o me dispares
con tu arma letal:
tu palabra.
No estoy dispuesta a vivir muriendo,
porque no permitiré
que ni tú ni yo ni nadie
me echen el aliento de la muerte,
mientras respiro.
No estoy dispuesta ni quiero ni permito
pasar de largo como si nada pasara.
Mi disposición es completa y absoluta
sólo para ir tras los pasos
de mi escueta felicidad.
Pero para eso
no necesito
más que hurgar en el fondo de mi alma.
Porque intentar ir tras uno mismo
es una cuestión de actitud.
Soy la hacedora y destructora de mi destino.
Llegó el momento de decir:
basta de destrucción.
Es tiempo de construcción.
De poner en fisioterapia a mis alas
y, sin prisa pero sin pausa,
re-aprender a despegar del suelo
y volar.
lunes, 13 de febrero de 2012
UNO CON EL TODO

jueves, 29 de setiembre de 2011
EQUILIBRIO
Vivo con mis defectos y virtudes, con mi plenitud y arrepentimientos, con mis penas y mis glorias, entre mi intuición y mi intelecto, recibiendo luz y aceptando la oscuridadNo siempre comprendo lo que pasa, sin embargo, el silencio en el que permanezco, despierta preguntas que encuentran su respuesta en la maravilla del Universo.
Hay momentos en los que las lágrimas se vuelven fuente para la tierra que me nutre y otras tantas le devuelvo el amor que cada día vuelve a florecer.
He aprendido a entender cuándo hay más dominio de la emoción sobre la razón. Y viceversa. Reconocer esos momentos me permite volver a mi centro con mayor prontitud
Soy yin. Soy yang.
Soy equilibrio.
Soy.
jueves, 9 de junio de 2011
ESA BENDITA MANIA DE SONREIR

A veces, en ese afán de ordenar, me encuentro con cosas tiradas en el piso que me malhumoran un poco, como pedazos de papeles recortados por todas partes, origamis a medio hacer desparramados en el piso o con la manía de mi hijo menor de dejar pijamas de días anteriores tirados, ya que el niño decide usar uno diferente cada día, si no lo controlo.
Anoche, casi lo despierto de tanto que me enojé. Lo primero que vi fue un marcador indeleble metálico tirado en el piso y todo aplastado, seguramente con sus dientes. Había también algunas hojas escritas con dicho marcador. Hasta ahí, todo más o menos normal. Pero al llegar a la guitarra (esa de verdad que los Reyes Magos le trajeron en enero), la encuentro fuera de funda y ESCRITA con ese marcador.
No sé nada de guitarras, así que no puedo describir exactamente dónde estaba escrito, pero para para poder transmitir un poco la idea, en la parte de adelante, arriba (donde sale el "brazo" de la guitarra) estaba escrito de un lado la palabra CARLOS y del otro algo así como UEATER, aunque no era muy legible. Más abajo, unas rayas que supongo yo simularían rayos.
Corrí al baño en busca de alcohol y un poco de algodón, a ver si así la podía limpiar. Algo salió, pero igual quedó un sombreado del CARLOS y algunas líneas más.
Decidí reservarme el rezongo para esta mañana. A pesar del enojo, me dio lástima despertarlo. Total, lo hecho hecho estaba.
Esta mañana, entre corridas al trabajo y salidas al colegio, olvidé por completo el hecho. Pero, al llegar a casa en la tarde, no se salvó.
Le pregunto, con voz seria y firme, si recuerda qué había hecho con el marcador. Con carita de pollo mojado, me dice que había rayado su mesa (ya la había visto, pero tiene tantas rayas que eso no me preocupaba). Le respondo que sí, que está mal, que el marcador es sólo para escribir en hojas o cuadernos, no en cualquier lado. Pero que había algo más que había escrito y no debía haberlo hecho. Le volví a pedir que hiciera memoria. Entonces respondió: "la guitarra". "Exacto!", dije yo, con voz más enojada aún. Allí comenzó mi verborragia: "el marcador no es para usarlo en cualquier cosa, cómo vas a hacer eso!, además, lo destrozaste después de usarlo, ahora no sirve para nada. Y la guitarra, Renzo?? La guitarra?? A vos te parece andar escribiendo en la guitarra??" (seguía mirándome con esa carita de pollito mojado o Gato con Botas de Shrek que tan bien sabe poner). "Decime, qué quisiste escribir en la guitarra? Quién es Carlos? De dónde sacaste eso?". Entonces me dice "CARLOS WALTER". Ya sólo sentir la combinación del nombre Carlos Walter me dio gracia. Pero más aún cuando Juan Diego entró al cuarto y contó: "lo que pasa que en la tele están pasando una publicidad que te regalan la guitarra autografiada de CARLOS BAUTE, se ve que eso fue lo que quiso poner".
Listo. Se terminó el rezongo. Todos nos tentamos, excepto Renzo, claro, que no sabía si al reír iba a mejorar o empeorar la cosa.
Igual terminé mi discurso de buenos modales y de lo que puede escribir y lo que no, pero ya la autoridad, penitencia y todo lo que podía venir después, se desvaneció con la risa.
Este niño es la bendición de esta casa. Es el niño chispita. El niño que nos hace reír, aún cuando se porta mal.
Entonces, me quedo con eso, con la plenitud de tener un niño que haga lo que haga siempre logra arrancarle una sonrisa a los demás, ya sea con su cara de Gato con Botas de Shrek, con un autógrafo en una guitarra o con lo que se le dé la gana. Lo cierto es que no hay un sólo día que Renzo no nos haga reír. No en vano, como dice en el post que una vez escribí LA VERDAD DE LA MILANESA él decide siempre sonreir.
Amo a mi niño como cualquier padre o madre ama a los suyos. Pero particularmente lo amo por la maravillosa forma que tiene de enseñarme día a día a ser feliz.
martes, 18 de enero de 2011
RINCON MAGICO

Allí está, aún lo veo y siento su presencia, pero estoy segura que una vez descubierto pierde poder.
domingo, 9 de enero de 2011
GRATITUD

Dar las gracias es un acto simple y sencillo. Sin embargo, a no todos le resulta tan fácil de hacer. O, en otros casos, damos las gracias sin el sentimiento de gratitud que la palabra conlleva. Se nos vuelve tan común que ya se nos hace corriente.
No escapo de este último concepto. Muchas veces doy las gracias sin pensar realmente que estoy de verdad agradecida. Lo hago como un acto de educación, como un impulso natural que nace de los buenos modales que me han enseñado y que como buena aprendiz he incorporado.
Pero a veces, realmente estoy agradecida de corazón. Ojalá todos los días lo recordara, pero aún me olvido. Me olvido cada día de agradecer.
Me olvido que cada segundo es un regalo, que los pájaros cantan felices y yo puedo escucharlos. Me olvido que siento el fresco de la brisa, que veo el azul del cielo o el verde que me rodea.
Me olvido de disfrutar de la risa de mis hijos a cada instante, de verlos crecer a través del juego o las peleas. Me olvido de escucharlos atentamente o de rezongarlos menos. Me olvido que son niños y los trato como adultos y luego como niños de nuevo. Me olvido que son lo más preciado que tengo.
Me olvido que estoy rodeada de seres que me aman, todos a su manera y no a la mía, pero que eso no significa que no me brinden amor. Me olvido que antepongo mis expectativas cuando en realidad no debería esperar nada y sólo recibir.
Me olvido de vivir despreocupadamente, de atender lo inmediato y no estar pendiente de lo que vendrá.
Me olvido de todo.
Pero por suerte, hay momentos como este en que lo recuerdo. Entonces, digo gracias.
Gracias por estar viva. Por mis hijos hermosos que me llenan el alma. Por mi marido que me mima con detalles mínimos como una taza de desayuno en la cama o, como hoy, con una mesa al aire libre con café con leche y tostadas. Por mis amigos que me cuidan, escuchan y, aunque no comprenden, me aceptan. Por mi familia, que es incondicional. Por mis brujitas que me ayudan a descubrir mis propios dotes brujeriles. Por la tierra, el sol, la luna, la lluvia, el viento. Por los árboles que me dan sombra. Los pájaros, los insectos, los animales domésticos y los que no lo son. Por cada segundo que respiro en este planeta que tanto me olvido de cuidar y al que tanto le debo. Por el Universo y sus estrellas. Por lo que conozco y no. Por mi despertar y por mi sueño.
Gracias, gracias, gracias.
Gracias le doy al Gran Arquitecto del Universo.
Sat Nam.
domingo, 7 de noviembre de 2010
AY HIJO, QUE ME HACES LLORAR!

Pero no. Julieta no vino a las apuradas ni en el medio de la noche. Dejó que sus padres descansaran, se despertaran como cada mañana (aunque Flor ya despertó con contracciones a las 5 y no pudo dormir más) y, unos minutos después fue cuando decidió empujar un poquito y romper la bolsa que hasta entonces había sido su morada. Flor le indicó tranquilamente a Sebastián dónde estaba su bolso y el de Julieta y unos instantes más tarde salieron para el hospital.
Inmediatamente los instalaron en la sala de pre-parto, porque Julieta no dejaba de empujar, por lo cual las contracciones eran cada vez más y más seguidas. Y más y más dolorosas.
Pero Julieta es una buena niña y decidió no hacer sufrir demasiado a su madre. Así que una hora y media después de haber llegado, Julieta largaba su primer grito al mundo.
Flor y Seba no paraban de sonreír y por supuesto alguna que otra lagrimita de felicidad también largaron.
Julieta estaba con ellos. Después de nueve largos meses de espera, de los preparativos, de comprar ropita diminuta, de leer libros de embarazo y los primeros meses de vida del niño, de ver que la piel de la panza se estira hasta el punto de llegar a un tamaño jamás imaginado, la bella niña de sus sueños se hizo realidad. Happy ending. Or beginning.
Porque lo cierto es que no hay nada más lindo que escuchar el llanto de un bebé ... en el preciso momento que nace. Este es el UNICO momento que el llanto de nuestros hijos nos da felicidad hasta las lágrimas. No es necesario pensar demasiado para darse cuenta que esto es verdad.
Pasado el momento del parto, nos vamos a la sala, a alojarnos con nuestro niño o niña recién nacido. Todo hinchadito de tanta fuerza que tuvo que hacer para salir, dormidito, chiquito, frágil, tierno, comestible. Es nuestra creación y aún no podemos creer que ese ser tan perfecto haya salido de nosotros.
Pasa un rato, unas horas quizás para las más afortunadas, y el primer llanto suena (en realidad, ya es el segundo). Hora de comer. La criaturita comienza con su proceso alimenticio y ahí empiezan las primeras complicaciones de esta vida. Hasta hace unas horas no tenía la menor idea de lo que era el hambre, ya que su alimento venía a través de un cordón. Ahora deberán proveerle el alimento y, para eso, deberá llorar. La madre acomoda al niño/a en su pecho, pensando que la criatura con su pequeña boquita succionará y sacará leche de su interior. Minutos más tarde se dormirá (si no lo hace mientras toma) y el proceso seguirá sin problemas. Pero no es tan sencillo. El bebé intenta desesperadamente poner su boca en la teta de la madre, la madre no sabe muy bien cómo acomodarlo, el bebé cada vez está más desesperado porque no deja de ser un cachorrito en busca de alimento, así que se prende rápidamente del pezón materno, como puede, y empieza a chupar. La madre, en un grito desesperado, pide a su esposo-compañero-padre de la criatura, que llame a la enfermera porque le va a arrancar la teta. La enfermera, paciente y master en el tema, ayuda a la madre a acomodarse y al niño/a succionar fervientemente, dándole el tan esperado alivio a la mamá.
Una vez finalizado este proceso, ya la criatura de panza llena, como era de esperarse, se duerme. Pero es hora de cambiar el pañal. Lo cual hace que el pequeño pimpollito se despierte y vuelva a llorar. La madre, con toda su ternura, tratará de consolarlo, sin importarle los dolores post-parto que tiene o si la cortaron de lado a lado, por haber tenido una cesárea. El dolor de una mujer, a partir del nacimiento de su hijo, quedará relegado por muchísimos años. Tantos, que cuando nos demos permiso para sentir dolor, nos daremos cuenta que no hay pedacito del cuerpo que no nos duela. Finalmente logramos que la criatura caiga nuevamente en brazos de Morfeo y nos permita tener unas dos-tres horas de descanso hasta que el proceso vuelva a empezar.
Lo cierto es que ya no lloramos más de felicidad ante el llanto de nuestro hijo, pero de aquí en más es muy probable que sí lloremos en muchas oportunidades en que los escuchemos llorar. Esto ocurrirá por primera vez cuando comience con sus cólicos y no sepamos lo que hacer, cuando el cansancio nos gane y el niño no nos deje dormir, cuando veamos a nuestro esposo-compañero-padre de la criatura dormir plácidamente y nosotras estemos paseándonos de lado a lado de la habitación con el niño en brazos. Y más adelante, quizás por no haber podido evitar que se cayera y se pegara o raspara, por no ser capaces de estar las 24 horas con el ojo encima de ellos (lo cual ya hubiera acabado con nuestras vidas, sin dudas) , cuando lo dejemos por primera vez en el jardín de infantes o cuando llore por alguna injusticia y tengamos que explicarle algo que ni nosotras mismas nos creemos, pero que es necesario para que confíe en la vida y tome valor para enfrentar más adelante desafíos mayores.
También lloraremos muchas otras veces sin que su llanto nos provoque el nuestro, aunque sí su ser sea el motivador del mismo. Cuando nos regale su primer sonrisa, le salga el primer diente, diga su primer palabra (que en raras ocasiones es "mamá"... el muy cretino) o dé su primer paso. Cuando lo veamos armar su primer puzzle de 4 piezas ("¡mi hijo es un genio!"), cuando comience a razonar y sacar sus primeras conclusiones para actuar en consecuencia, cuando escriba su nombre, empiece a leer o traiga su primer carné escolar.
Cuando nos vea llorar y no nos pregunte nada, sólo nos consuele con besos y abrazos, cuando vaya a su primer baile, tenga su primer novia o novio, con el cual seguro nos encariñaremos y de un día para el otro dejaremos de ver, cuando pierda su primer examen, por el cual pasó noches estudiando sin dormir, cuando tenga otra novia o novio y la cosa vaya "en serio" y decidan dejar el hogar y partir.
Y entonces, llegará el día en que volveremos a llorar de felicidad ante el llanto de un niño, cuando veamos a nuestros nietos nacer.
Lo cierto es que desde que tenemos hijos las lágrimas se hacen moneda corriente en la vida de una mujer (que si de por sí es sensible, deberá por el resto de su vida recordar tener pañuelos en su cartera).
Pero no por eso cambiaría jamás nada de lo sucedido ni de lo que vendrá. Porque prefiero derramar litros de lágrimas como para llenar una piscina de 100.000 litros antes que vivir en el árido desierto de no ser mamá.
lunes, 25 de octubre de 2010
A VECES VUELVO

Es cierto que a veces vuelvo. Algunas veces a escribir, como es este el caso.
Pero también a veces vuelvo de mi. O a mi. Voy y vengo, como en un columpio que parece llegar al cielo. Me balanceo incansablemente, a veces hasta sentir mareo.
Escapar de uno mismo es fácil. Uno puede alienarse con lo que encuentra en el camino y volar al infinito y más allá. El viaje puede ser placentero en algunos casos y, al tocar con la punta de los pies la realidad, la vibración de energía que sentimos es tan magnífica que nos sentimos grandes, crecidos de espíritu, plenos y con las maletas llenas de maravillas que fuimos guardando en ellas en el recorrido por otros mundos.
Otras veces, sin embargo, ese vuelo nos lleva a lugares oscuros, tenebrosos, a descubrir rincones que no nos gustan, cargados de dolor. Es así que en estos casos, cuando pisamos tierra firme, parece que todo se nos tambalea, que caeremos en un abismo imaginario y que en este caso las maletas que traemos sólo acarrean angustias y llantos. Entonces, intentamos aferrarnos con uñas y dientes al principio del hoyo, para sentirnos seguros, para no sentir un miedo inconmesurable y no tener que enfrentarnos a aquello que indefectiblemente deberemos enfrentar.
Y sí, el miedo al cambio existe. El miedo a lo desconocido es real y normal. Y sólo cuando no tenemos más remedio que dejarnos caer por ese túnel que parece ser inacabable, como en el cuento de Alicia, cuando realmente nos animamos a atravesar ese abismo, sólo entonces nos damos cuenta que hemos llegado a un destino mejor. Pero, claro, hay que animarse, como se animó Alicia a llegar al País de las Maravillas.
Cuando terminamos de columpiarnos y llegamos a nuestro lugar, ya sea que el viaje haya sido placentero o no (que no es otra cosa que el viaje hacia uno mismo), podemos mirar atrás y ver el bagaje de experiencias que ese tour nos dejó. Aprender de ellas es el gran desafío. Volver a sentir, a gozar, a disfrutar, a percibir los pequeños placeres que nos da la vida y a definirnos cada vez más como los seres humanos que somos, es maravilloso. Ese es nuestro País de las Maravillas. Nosotros mismos.
Yo a veces vuelvo. Y otras me voy a viajar. Nunca sé cuál será mi destino, pero a esta altura de mi vida he aprendido que de ambos traigo cosas interesantes. Y también sé que siempre la tierra firme está y que el vacío en algún momento termina. No sé si terminaré siempre en este planeta o plantando mis pies en otro. Pero hay algo de lo que sí estoy segura: nunca jamás dejaré de subirme al columpio, sin importar a dónde mi ser me quiera llevar.
domingo, 22 de agosto de 2010
AKAL

Igual, no deja de sorprenderme cómo el Universo se las arregla para hacernos llegar los mensajes en el momento adecuado y, si estamos atentos y vemos las señales, permite que el alma de los que siguen transcurriendo en esta tierra guarde cierta paz. Y es algo que no se puede definir con palabras. En mi caso, sólo siento agradecimiento de que así sea y no puedo dejar de emocionarme hasta las lágrimas por ello.
Pero duele, siempre duele, para mí aún es inevitable que cuando la muerte llega no deje dolor. Entiendo sí que sea la ley natural, que todo tiene un por qué y un momento, pero aún no logro que por ello no me provoque dolor.
Un Akal* para el alma que trasciende a un lugar desconocido por nosotros, pero estoy segura que es un lugar sin tiempos, sin pausas, sin dolor, donde conoceremos finalmente las preguntas sin contestar y sentiremos el amor como jamás lo hemos sentido. Sin dudas, un lugar mejor, aunque ahora nos cueste entenderlo como tal.
Y para la fragilidad de quienes aquí quedan, sólo puedo brindarles el alma abierta para abrazarlos, los brazos tendidos para sostenerlos y esperar ser guiada sabiamente hacia las palabras justas, para saber cúando decirlas y cuándo callarlas.
(*) Akal es una palabra sánscrita que designa Eternidad. Se suele pronunciar (la segunda “a” más larga) ante el desprendimiento del alma del cuerpo con el fin de que ésta trascienda con mucha paz.
martes, 17 de agosto de 2010
PAUSADA
Desde entonces es que vengo reorganizando mi ser, buscando, acomodando, guardando en cajoncitos, archivando, sacando a luz lo que es verdaderamente importante, marcando prioridades, dándome cuenta quién soy y hacia dónde voy y prestando atención a las piedras en mi camino, en vez de seguir tropezándome con ellas. Estoy atrapando sueños y guardándolos en mi alma, desenredando madejas y tejiendo nuevos abrigos, permitiendo que el sol entre pero que no me encandile, tomándome un descanso en la luna cuna, permitiendo que las gotas de lluvia refresquen mis ideas, disfrutando del frío porque gracias a él conozco lo que es la calidez.










