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martes, 11 de octubre de 2016

DESPERTAS Y YA SABES, NO ES UN DIA MAS

Estás junto al fuego, disfrutando el calor de tu hoguera. Le echás un leño para reavivarla. Soplás. Vuelan cenizas. Intentás que no se dispersen. Te asombra ver cómo parecen pequeñas estrellitas flotando en el aire. El sonido de fondo te molesta. Intentás tocarlas y se desvanecen. El ruido se vuelve un poco más intenso y molesto. Tenés que apartar la vista de tu lindo espectáculo. Te das cuenta que lo que suena es la alarma de tu celular y abrís los ojos para apagarla. Ya es hora de despertarte aunque para vos sea de madrugada. Porque no lo es. La gente ya está en movimiento desde hace rato. Pero tu cuerpo no lo entiende y tu cerebro no logra procesarlo con buen humor.
Mirás dormir plácidamente a tu esposo. Sabés que es el único momento del día que no lo amás con la intensidad que lo hacés el resto de la jornada. Sentís envidia porque se queda un rato más en la cama. Y sabés que la envidia nunca puede ser amor. Entonces te sentís mal por esto.
Ponés los pies sobre el piso, que por suerte no está frío porque tenés alfombra, para luego calzarte las pantuflas e ir arrastrándote hasta el baño. Mirás el reflejo de tu imagen en el espejo. En una hora será totalmente diferente pero, por ahora, es deplorable. Mojás un poco tu rostro para despejarte. El agua está helada y te preguntás por qué no sos capáz de esperar a que caliente un poco. Recordás la necesidad de algunas partes del mundo de algo tan esencial para vos como abrir una canilla y por eso es que no la desperdiciás.
Vas a despertar a tu hijo adolescente para que se vaya aprontando. Intentás entrar al cuarto sin tropezarte con nada. Antes de enojarte por el desorden, volvés a poner en funcionamiento tus neuronas (con mucho esfuerzo) y recordás que vos eras igual a su edad.
Seguís arrastrando los pies y, con la poca energía de tu cuerpo aún dormido, vas a la cocina a preparar el desayuno. Preparás el de todos: el de tu hijo adolescente, tu hijo menor que también duerme, tu esposo y el tuyo. Lo hacés de forma automática, aunque lenta.
Le dejás su taza de leche caliente y un sandwich sobre la mesa mientras vas a acomodarte un poco. El pelo lavado de la noche anterior parece la melena despeinada de un león. Te va a llevar más tiempo del habitual sacarle el frizz y dejarlo un poco lacio. Empezás a usar tu infaltable planchita cuando tu hijo te avisa que ya está pronto y que se va en su bicicleta. Volvés a la puerta de entrada a despedirlo, desearle un buen día y decirle que lo amás. No podés dejar que salga de casa sin estas palabras. Es casi un ritual.
Volvés a tus quehaceres. Terminás con el planchado de tu pelo y te vestís con el mismo traje negro de todos los días y una polera de lana. No te molesta. Más te molestaría pensar qué ponerte cada día.
Te maquillás discretamente pero lo mejor posible para disimular las ojeras (que gracias a los consejos de tu amiga aprendiste a ocultar) y destacar los puntos fuertes, como tus ojos y labios. Aunque tus ojos ya están perdiendo poder. Alrededor se están notando más tus arrugas que el tamaño de estos. El paso del tiempo comenzó a aparecer y a pasos agigantados.
Te perfumás con tu perfume favorito. Estás lista. Le das un beso a tu esposo que entre las sábanas murmura un te amo y respondés que vos también. Pasás por el dormitorio de tu hijo menor, lo acariciás y besás su cabeza. También le decís que lo amás, aunque lo decís bajito para no despertarlo.
Salís de tu casa y te subís a tu auto. El tiempo está horrible. No llueve, pero hay mucha humedad y las calles están mojadas del día anterior.
Es temprano, no tenés por qué apurarte por llegar al trabajo.
El tránsito está muy pesado. Te lo tomás con calma. Veinte minutos después de salir te das cuenta que vas hablando contigo misma. Decidís prender la radio. La música es mejor que tus pensamientos. O que alguien afuera piense que estás loca, lo cual no sería tan disparatado.
Buscás la radio que no está puesta, porque todavía tenés uno de esos autos que no tiene la radio incorporada. La guardaste en la gaveta la noche anterior. La sacás y abrís su caja. Te distraés un instante. Sentís un golpe fuerte. Tu cuerpo se mueve hacia delante y enseguida hacia atrás. El auto de adelante parece estar demasiado cerca. El de atrás también. No entendés nada. Estás aturdida. Los sonidos se sienten lejanos. Sentís correr un líquido caliente por tu rostro recién maquillado. Hay mucho ruido pero no distinguís nada. No entendés nada. De a poco los sonidos se apagan. Se alejan. Sólo escuchás el latido de tu corazón. Cada vez más rápido, más fuerte. Hasta que en cierto momento, también eso dejás de sentir.

мαgǝcн

domingo, 15 de julio de 2012

anA


Cuando yo era niña no ponía mucha atención a mi cuerpo. Bueno, es que por ese entonces no estaba siquiera segura si tenía cuerpo o no. Quiero decir, sabía que existía, pero no lograba comprender si en realidad mi existencia ocurría en el mundo en el que supuestamente vivía o en aquel que transcurría del otro lado del espejo. Me llamo Ana, y eso me daba la facilidad de ser la misma aquí que allá, porque el palíndromo de mi nombre era el mismo.

Así transcurría mi vida, entre Ana y anA, esperando que algún día y de alguna forma lograra averiguar cuál era el mundo real. Claro, esto sucedía de pequeña. No los dos mundos, sino el querer saber cuál era el de verdad. Con el paso del tiempo eso dejó de ser algo que me cuestionara y pasé a vivir y disfrutar de tener una doble vida.

No recuerdo exactamente cuándo nos conocimos, pero mis recuerdos se remontan a los 4 o 5 años, cuando cada mañana me paraba frente al ventanal y la veía reflejada, dándome los buenos días. Nos saludábamos y empezábamos a comunicarnos con un lenguaje que sólo ella y yo comprendíamos, que principalmente se refería a gestos faciales. Pasábamos los primeros minutos del día en eso, haciendo muecas y viendo a quién le salían mejor.

Luego me retiraba a hacer mis cosas, como vestir a una muñeca o a andar en bicicleta, suponiendo que anA haría algo similar. Más tarde solíamos encontrarnos en el baño, generalmente a la hora de ducharnos, y otra vez nos volvíamos a comunicar. Ocasionalmente conversaba con ella, aunque no la viera. Me sentaba en el escalón de casa a comer un huevito pasado por agua y nos poníamos a charlar, esta vez con una charla a viva voz, como me comunicaba con el resto de la gente. A veces también jugaba conmigo, hacía de alumna, de hija o de oficinista. anA siempre estaba dispuesta a jugar y compartir mis ratos de soledad. Es que muy probablemente ella también ella estaba sola. O era tan rara como yo, no sé.
Fue una linda compañía durante mi primera infancia. Crecer con ella me hizo sentir acompañada, sentir que tenía una amiga o una hermana en algún lugar, con la diferencia que no me molestaba y siempre estaba dispuesta a compartir conmigo lo que fuera.

Los años pasaron y ambas crecimos, pero eso no hizo que me olvidara de ella. Ni ella de mí. Seguimos siendo compinches y amigas, aunque las cosas ya empezaron a tomar otro color. Es que anA por ese entonces empezó a desarrollar un defecto bastante cruel: el juicio. Durante la adolescencia, pasó a ser mi juez. No había cosa que yo hiciera que anA no juzgara. Y ahí, comenzaron los problemas. Todo parecía estar mal, absolutamente nada de lo que yo hacía parecía estar dentro de los cánones correctos de ella. Nos peleábamos mucho, discutíamos y rara vez nos poníamos de acuerdo. A veces pasábamos días sin hablarnos, pero siempre terminaba precisando de ella, de algún consejo, de alguna palabra, y volvía a buscarla, como un pollo mojado. Estoy segura que ella también necesitaba de mí, porque sin mí, no era nadie. Fue una época dura de sobrellevar y muchas veces no la escuché. Y hasta el día de hoy a veces me reprocha por no haberlo hecho.

Llegó mi juventud y la de ella. Su defecto se hizo cada vez más fuerte, más potente, fue cobrando vida propia. No había cosa que yo hiciera que no pasara bajo su meticulosa lupa. A todo le medía el riesgo. Desconfiaba de todo el mundo. Nadie le venía bien. A cada novio le vio un pero. A cada actitud que yo tomaba le parecía o muy puta o muy santa. Tuve que callarla cuando conocí a mi marido, porque si fuera por ella, aún seguiría soltera. Bueno, no voy a opinar hoy al respecto …

Fuimos madres al mismo tiempo y compartimos la dicha de ver crecer a nuestros hijos. Compartimos dudas, sueños, alegrías y preocupaciones. Comentamos cómo haríamos esto o aquello. Nos reímos juntas de las gracias de nuestros pequeños. Sufrimos cuando se enfermaban y lloramos de alegría cuando dijeron mamá.
Hoy anA sigue siendo parte de mi vida. Sigue siendo juez, aunque con los años he aprendido a no prestarle tanta atención a su defecto. O mejor dicho, a entender que esa es su naturaleza y que a través de su juicio muchas veces logro pensar, razonar y llegar a conclusiones que si ella no me lo hubiera hecho ver, no lo hubiera logrado. Creo que ella también ha aprendido de mí y desde hace ya un tiempo cree más en la gente, lo que la ha vuelto más amigable.

anA vive en su mundo y yo en el mío, pero a veces nos cambiamos de lugar. Nos dimos cuenta que no importa donde estemos, siempre algo de la otra nos acompaña, así que nos resulta divertido cruzar la barrera y vivir un poco diferente de lo que estamos acostumbradas. Ya no me pregunto cuál mundo es el real, porque con el tiempo me di cuenta que existen los dos.

Sé que estaremos juntas hasta el final de nuestros días y a Dios le pido que nunca me devuelva la cordura porque si anA desaparece, estoy segura que también desaparezco yo. 

miércoles, 27 de junio de 2012

101 COSAS QUE ODIO


Me quedo dormida (1) como todos los días. Me cuesta mucho levantarme temprano (2). Es que el despertador (3) no para y yo quiero desafiarlo, pero no puedo (4). Me levanto tumbándome (5).Parece que hubiera tomado alcohol la noche anterior, pero no, nada de eso, simplemente me doy tumbos por mi desincronización (6). Intento coordinar mis movimientos pero no lo logro (7), menos cuando la gata se antepone (8) en mi camino. Como sea, llego al baño, pero son tantas las ganas de orinar (9) que unas gotitas mojan mi ropa interior (10) antes de que logre bajarla. Me siento y saco del revistero viejo (11) que está al costado del WC  una revista también vieja que he mirado unas quince veces ya (12). Creo que he leído todos los artículos (13), pero igual sigo mirándola para entretenerme. Hace frío (14). Me quito la ropa interior y la pongo a lavar. Decido bañarme aunque tenga poco tiempo (15). Abro la ducha y el agua empieza a calentar. Me meto y comienzo a enjabonarme. El agua se enfría(16). En principio no entiendo qué pasa, pero en eso me acuerdo que el día anterior había desenchufado el calefón (17) porque estaba haciendo un ruido extraño. Cierro el grifo, muerta de frío (18), y descubro que me quedaron restos de jabón en los pies. Rezo por no ser alérgica (19) al jabón seco en la piel. Me lo limpio con la toalla y sigo como si nada. Miro el reloj. No entiendo cómo pasaron veinte minutos (20) si ni siquiera completé el baño. Sigue haciendo frío (21). Muchísimo frío (22). Me visto rápidamente. No tengo mucho tiempo para peinarme como quisiera (23). Tendré que salir con los rulos a la calle (24) y renunciar a mi planchita (25). Me paso un poco el secador de todas formas. Me pongo un brillo en los labios y un poco de delineador negro en los ojos, el cual se me corre (26) y debo arreglar. No tengo tiempo de desayunar (27), así que apenas si me perfumo, me enfundo en mi tapadito gris y salgo rápido de casa, no sin antes tropezar con una piedra que está en el camino (28) que me hace avanzar como tres pasos juntos. Intento abrir el portón y no puedo (29). Recuerdo que tengo que llamar a un cerrajero porque la llave anda mal (30), pero sé que en instantes volveré a olvidarme (31). Luego de darle de un lado para el otro varias veces, logro abrirla. Miro de nuevo el reloj. En treinta minutos debería estar en el trabajo (32). Llegaré tarde (33), como siempre (34). Por decimoctava vez maldigo no tener auto (35). Ya llevo todos esos días desde que choqué (36). Los repuestos siguen sin aparecer (37). Nadie se hace responsable (38) y yo que sigo a pie (39). Camino un par de cuadras y llego a la parada. El primer ómnibus que llega, no para (40). Viene demasiado lleno (41). Atrás viene otro. Ese sí se apiada. Igual falta poco para ir colgada (42). La gente me aprieta (43) y las ventanas están cerradas (44). No puedo respirar bien (45). Se entreveran los olores humanos (46) y trato de pensar en otra cosa, porque voy a terminar vomitando (47). A los quince minutos de viaje me empieza a doler la pierna derecha (48). Hace días que me duele, pero no quiero ir al médico (49). No quiero que me diga algo que no quiero escuchar(50). Es que en momentos así, me atacan los miedos (51). Miedo al cáncer que ya tuve (52), al que tuvo mi madre con su metástasis en los huesos (53), miedo a la vejez (54) y a la prótesis de cadera (55). La edad está haciendo estragos en mi (56). No porque se me note. Aún puedo lidiar con eso. Quiero decir, aún puedo disimular los achaques. Pero ya está haciendo estragos psicológicos (57). Me enfurece envejecer (58). Quiero conservar la eterna juventud, no sólo de espíritu sino de cuerpo. Quiero sentirme bella y, más que sentirme, verme. Pero ninguna de las dos cosas ocurre (59). No me siento (60) ni me veo (61). Y eso hace que me duela el alma (62) y que mi psiquis se deteriore (63) día a día y me gane la depresión (64). Yo no era una piba depresiva, me volví así con los años (65). Uno de los tantos terapeutas a los que fui  me dijo que no sufro de depresión, sino de angustia (66). Igual probé con la psiquiatra, porque yo estaba segura que era depresión. A la segunda consulta me recetó las mismas pastillas que en la primera y me despidió deseándome mucha suerte en lo que fuera a hacer con mi vida (67). Asumí que no me quería ver más (68). Lo que no entendí si era por mí o porque no estaba para psiquiatra. Por supuesto que en medio de mi depresión entendí que era por mí (69). Sólo el tiempo me podrá convencer de lo contrario. Supongo.
Cansada del largo trayecto que tuve que hacer en bus (70),me voy a la puerta para finalmente bajarme de ese hervidero de olores desagradables (71). Por supuesto que cuanto más apurada estoy (72), más rápido pasa el tiempo (73)  y más contratiempos se interponen en mi camino (74). El ómnibus no llega a la parada donde habitualmente me deja (75) y toma un desvío, parando a cinco cuadras más lejos de donde en realidad debe parar (76). Voy con el paso muy apurado, casi corriendo (77), respirando mitad por la boca, mitad por la nariz (78). Llego al trabajo. El ascensor no funciona (79). Subo tres pisos por escalera (80). Marco tarjeta veinticinco minutos tarde (81). Suspiro. Por fin llegué. Saludo a mis compañeros de trabajo y me dirijo a mi lugar. Mis dos compañeros de escritorio están malhumorados (82). Parece que en la noche entraron a nuestra oficina y usaron nuestros escritorios como comedero (83), además de dejar nuestras sillas sucias(84). Dejo la cartera y voy a buscar un trapo y unos productos de limpieza.Vuelvo y limpio mi silla (85). Creo que finalmente es un buen momento para empezar a trabajar. Prendo el PC. La clave de acceso al sistema caducó (86). Ya no sé qué clave elegir (87). Todos los meses debo cambiarla (88) y la creatividad se me está agotando (89). Decido que sea Nosequemas, porque realmente no sé qué más poner. Abro el mail. Tengo treinta y cinco mails sin leer (90). No entiendo cómo pueden entrar tantos de un día para el otro (91).Me doy cuenta que la mitad no sirven para nada. Los borro. Leo los de mi jefe(92). Empiezo a pensar que hoy hubiera sido un día ideal para quedarme en casa(93). Tengo que organizar mi agenda (94). Visitas al Prado, Ciudad Vieja, Pocitos y Malvín.  Se suma una más, La Teja (95). No logro imaginar cómo voy a hacer todo esto sin auto (96). Estoy pensando seriamente en alquilar uno (97). Reviso mentalmente mi economía (98) y enseguida me arrepiento. Tomo nota en mi agenda de todo. Hago algunas llamadas a gente que no me interesa (99). Coordino las visitas a las zonas más pobladas.El resto quedarán para otro día. Llamo a Johnny, el remisero, para que me venga a buscar. Justo hoy no puede (100).  Me pongo el saco, me llevo la agenda y me voy otra vez a la maldita parada (101).

martes, 10 de mayo de 2011

DESPERTAR



Era un día como cualquier otro en la vida de Analía. Esa mañana despertó con el mismo sonido de su despertador como todos los días, demóró unos minutos en abrir los ojos mientras hundía un poco más su cabeza en la almohada aún rememorando el último sueño sin sentido que había soñado.

Con pereza y los ojos apenas si abiertos ya, puso un pie fuera de la cama y después el otro. Estaba frío. No el piso, que lo cubría una mullida alfombra de lana gris, sino el día. Fue derecho al baño, abrió la ducha, se quitó el pijama y se dio un rápido baño, de esos que despejan la modorra mañanera.

Ya un poco más despabilada fue a su vestidor y, sin pensar demasiado, se puso lo primero que encontró y combinara, porque a pesar de la hora tampoco era cuestión de salir a la calle hecha un mamarracho.

Ya con su traje negro y las botas en los pies, se preparó un café que aseguraría finalmente su despertar. Mientras tanto, chequeó el correo y leyó los titulares de esa mañana, que no traían ninguna noticia ni tan alentadora ni tan trágica.

Lavó sus dientes, puso un poco de maquillaje en su rostro, unas gotas de perfume en su cuello, cerró la puerta con tres cerraduras y subió a su auto que la conduciría al centro de la ciudad, donde la oficina ya esperaba su llegada.

A las 8 estaba allí, tomando otro café y encendiendo su PC.

El día transcurrió como cualquier otro, sin grandes sorpresas ni para un lado ni para el otro.

Al mediodía se juntó a comer con sus compañeras de trabajo, conversaron sobre sus hijos, maridos, ex maridos, amantes. Rieron un poco y la jornada continuó como siempre, sin altos, sin bajos.

Ya sobre las 5 de la tarde, Analía daba por finalizada la labor del día. Apagó su PC, ordenó su escritorio, se despidió con un "hasta mañana" y otra vez se dirigió a su vehículo, cansada de escuchar clientes quejosos y jefes impertinentes.

Manejó hacia su casa y mientras estacionaba su vehículo frente a la misma algo sucedió. Algo extraño, fuera de lo común. Algo que la dejó paralizada y sin saber muy bien cómo actuar, pues en ese preciso instante su rutina de cada día se modificó. En vez de pensar en qué iba a cenar, como todos los días, Analía pensó en su soledad. Pensó que llegaba a su casa y que ni un perro la esperaba. Pensó en que el sonido que la recibiría no sería el de un niño feliz diciendo "mamá!!" ni la voz de un esposo diciéndole "cómo te fue, amor?". Pensó en su día triste, sola, aburrido. En la película de turno que estaría en el cable esa noche. En las amigas que estaban ocupadas y no podían atenderla en ese momento. En su madre que ya no estaba. En la tristeza de una vida opacada por su guardarropas y bijou.

Pensó en quién era. En qué tenía. Hacia dónde iba. Pensó en los sueños que se le habían destruído. Pensó en el amor de su vida que una vez la dejó. En la carrera universitaria que abandonó. En el aborto que hacía 6 años se practicó. En los cuentos que nunca escribió. En la falta de voluntad para los deportes que nunca jugó.

Pensó en los libros que dormían en su biblioteca y que nunca leyó. En los besos que nunca dio. En los abrazos que rechazó. En los suspiros que contuvo y en los llantos que no lloró.

Esa tarde, al volver a su casa, se asustó. No sabía exactamente qué hacer. Ni qué decir. Ni qué decirse. Todo era demasiado extraño. Su calle, su gente, su trabajo. Ella misma.

Pasaron una, dos, cuatro horas. Analía seguía sentada en su auto, frente a su casa, con la mente en otro lugar, aunque tampoco estaba segura que ese fuera el lugar equivocado.

El frío la hacía temblar. O quizás el temor, no había forma de distinguir cuál de las dos cosas le provocaba escalofríos en ese momento.

Sólo quedaba una opción. Su vida acababa de perder todo sentido. No podía abrir la puerta de su casa como si nada hubiera sucedido. No podía siquiera abandonar su auto sin que nada hubiera sucedido.

Finalmente, se durmió.

Sobre las 4 de la mañana, despertó. Tomó las llaves de su portafolio y entró a su hogar. Lo encontró diferente. Ya nada de lo que allí estaba le pertenecía.

Fue derecho a su dormitorio y llenó un bolso con ropa para unos días. Lo primero que encontró, esta vez, sin importar el color. Se dio un baño, se vistió con ropa cómoda, llenó su cartera con documentos y billetes que guardaba para comprar vaya uno a saber qué y, sin dar una última mirada hacia atrás, se marchó.

El destino la llevaría donde este quisiera. Por lo pronto, al llegar al aeropuerto, tomó el primer vuelo que encontró. Ya no serían días como cualquier otro. A partir de esa mañana, ya nunca más fue Analía la que despertó.

sábado, 9 de octubre de 2010

EL PENULTIMO CAFE


A nadie parecía importarle mi presencia allí. Tampoco yo conocía a nadie, excepto al difunto, claro, pero eso ya no era relevante.
La sala, como siempre lúgubre, ambientada con el llanto desesperado de quienes supuestamente más lo habían sabido querer en vida.
Tímidamente me fui moviendo hasta estar cerca del cajón donde Carlos yacía muerto. Para mi regocijo, si es que se puede tener alguno en esas circunstancias, estaba cerrado. La madera de su ataúd de un roble oscuro labrado con rosas y las asas de un bronce reluciente, hacían que de alguna manera su muerte fuera tan elegante como solía serlo en vida.
El típico olor a velorio me descompuso un poco, aunque en realidad no sabía bien si eran los claveles o la muerte lo que me provocaba náuseas.
Permanecí inmóvil en un rincón, observando todo como la extraña que era.
De repente se me ocurrió pensar que el cajón estaba vacío y que cada suceso que ocurría allí dentro no era más que un engaño. Que las lágrimas no tenían ningún sentido, que la tierra las absorbería y desaparecerían en el olvido, que los Padre Nuestro que dos señoras ancladas a las cuentas de un rosario murmuraban en forma continua, eran dirigidas hacia un alma que se reía de ellas.
Salí de esa pequeña salita un poco abrumada por mis pensamientos y me dirigí al salón central.
Un grupo pequeño de mujeres cuchicheaban y reían por lo bajo. Era evidente que les importaba más la vida que la muerte en esos momentos. Y supongo que hacían bien.
Un mozo se acercó a ofrecerme un pocillo de café del cual estuve tentada de aceptar. El aroma casi me conquistó, pero los recuerdos que me embriagaron en ese preciso instante me llevaron a rechazarlo. Es que con Carlos solíamos despedirnos siempre con la promesa de un próximo café. Esta vez, no habría promesas. Ni más Carlos. Por lo tanto, tampoco habría café.
Mi tiempo allí había terminado. Me acerqué al libro de visitas que permanecía con sus hojas en blanco. Guiada por un impulso tomé el bolígrafo y las palabras comenzaron a fluir como solía sucederme cuando pensaba en él. La estrofa de una canción que habíamos hecho nuestra y una pequeña lágrima quedaron estampados en el recuerdo de algo que sólo Carlos podría entender pero que ya nunca podría leer.
Que descanse en paz, me dije. Me dirigí con cierta ligereza hacia la escalera, afirmando mis tacos en cada escalón que bajaba. Al llegar a la calle el viento me obligó a envolverme en mi chaquetón gris, aquel que una vez escondió mi desnudez ante su mirada de deseo. No pude evitar sonreír y apretarme más en mi abrigo, como si fueran sus brazos los que me estuvieran dando cobijo. Respiré hondo, dejando que el aire frío penetrara en mis pulmones. Sentí el cemento duro bajo mis pies. Con una rapidez innecesaria la urbanidad comenzaba a apoderase de mí. El rugir de los motores y la bocina de algún conductor impertinente me resultaban aturdidores. Las voces anónimas de la ciudad retumbaban en mi cabeza como gritos desgarrados. Escapé corriendo hacia mi automóvil y me encerré en él. Las lágrimas no tardaron en aparecer y rodar por mis mejillas, en silencio. Fue entonces cuando me di cuenta que la ciudad seguiría existiendo sin que ni siquiera por un instante alguien se percatara de que para mí ya todo sería diferente y que en esa fría mañana de agosto parte de mi alma había quedado muerta en un cajón.

lunes, 17 de mayo de 2010

MIS DIALOGOS INTERNOS (I)

- Dale, levantate
- Uf, tengo modorra, no tengo ganas ...
- No te pregunté si tenías ganas, te dije que te levantes
- Mirá, estoy cansada de que me mandes y me digas lo que tengo que hacer
- Es que si no te lo digo yo, ¿quién te lo va a decir?
- ¡Nadie! ¿No pensaste en la opción de que NADIE me diga lo que tengo que hacer?
- Aaah, si, claro, ¡vos siempre tan independiente!
- Ojalá pudiera ser tan independiente y hacer lo que se me diera la gana
- Por eso mismo. Vos siempre necesitás que alguien te diga lo que tenés que hacer
- Bueno, pero hoy resulta que no tengo ganas
- Y a mi no me importa si tenés ganas o no. Te levantás y punto. No podés seguir ahí tirada, revolcándote en la tristeza, como si fueran amantes. ¡Por favor! ¡Sabés perfectamente que en lo cotidiano ustedes no se llevan nada bien! Haceme el favor y olvidate de una vez de la frasecita "pobrecita yo", que ni siquiera te creés. Dale, levantate que hay un montón de cosas por hacer.
- Pero qué cosita caprichosa sos, ¿eh? Sigo insistiendo, ¡NO TENGO GANAS! ¿Es tan grave que un día quiera tomármelo libre? ¿Que un día quiera disfrutar de MI? Y sí, si hoy es un día para estar tirada, si es un día para que venga el llanto, la risa, o el sueño ¿no es posible darle espacio también a que surjan? ¿Tan grave es que me tome el día libre?
- Bueno, no voy a analizar la gravedad del asunto. Eso lo dejo para cuando decidan llevarte al psicólogo. Pero sí sé cual es la realidad y lo cierto es que no podés, querida. Hay demasiadas cosas por atender ... si vivieras en otra parte las cosas serían diferentes.
- Está bien, está bien. Con tal de que me dejes de hinchar, me levanto. Eso sí te pido, dejame un rato sola. Ya vas a ver que en un ratito todo vuelve a la normalidad. Andá tranquila. Andá nomás. Más tarde nos vemos.

A todo esto, mi conciencia se queda tranquila -aunque alerta, porque nunca confía del todo-, pensando que una vez más le ganó a mi voluntad. Sin embargo, mi voluntad sabe que a ella nadie le gana, que ni aunque la invada mi locura da el brazo a torcer. Y sí, al final actúa y termino levantándome, ordenando mi casa y un rato después vistiéndome con ropa linda para salir rauda y veloz al encuentro con mi amiga. PARECE que mi conciencia salió triunfante. De hecho, parece que la viera ahí, en un rincón, con una sonrisa amplia y cruzada de brazos. Pero no. Lo cierto es que tomo conciencia para tener voluntad. Otras veces, voluntad para tener conciencia. Mi vida no tendría sentido sin ninguna de ellas. Necesito de ambas para poder vivir ...

sábado, 3 de abril de 2010

2012


Tengo miedo. Sí, miedo de dormirme y no despertar. O aún peor, despertar en un mundo desconocido, como si estuviera soñando despierta pero sin saber en realidad si soy parte de un sueño.
La paranoia colectiva es brutal. Yo sabía que a la larga me iba a terminar afectando. Pensé que no, que iba a poder quedar por fuera de toda esta historia, pero aquí estoy, la noche antes de que el momento llegue, carcomida por la duda de que todo esto sea cierto.
Hay personas que hoy dormirán en las Iglesias. Otras que meditarán toda la noche hasta que se convierta en mañana. Y también habrán algunos cuantos que sin dudas acabarán con sus vidas antes que el supuesto demonio se apodere de ellos (¡ilusos! El demonio acabará apoderándose de ellos en el momento que disparen la bala).
No pertenezco a ninguno de esos grupos, por eso es que estoy sola en mi casa con el pijama puesto, como cualquier otra noche. Pero es mentira que estoy como si nada sucediera.. Hace tiempo que vengo diciendo que todo esto son tonterías y que nada va a ocurrir. Algunos me miraban como si estuviera loca. Otros se acoplaban a mi idea. Y otros tantos veían en mí una luz de esperanza. Uno se aferra a lo que tiene ganas, de eso no me caben dudas.
Por eso es que también, esta noche me aferro al miedo, que se ve que es a lo que tengo ganas de aferrarme hoy. O, mejor dicho, es el miedo el que se está aferrando a mí. Porque el miedo es uno de esos sentimientos que se te pegan y son bien difíciles de sacar. Como los celos, la envidia, el dolor o tantos otros. Son de esos que pasan y se hacen sentir y uno sin querer (y otras queriendo) los alimenta y ellos crecen y crecen. ¡Ah, si será traicionero el miedo!
¿Y si los líderes espirituales tienen razón y esto se trata sólo de un cambio de actitud para ver el mundo y la vida con otros ojos? Igual, no sé, porque no creo que mañana todo sea tan diferente a hoy. No en ese sentido.
Poco importa lo que piense o trate de adivinar. Si realmente no hay un mañana, da igual.
Decido irme a la cama como cualquier otra noche.
Me acuesto en mi colchón de siempre, con mi almohada de siempre. Afuera, el ruido de los autos se escucha, igual que siempre. Me concentro en el aquí y ahora.
Tomo conciencia de mi cuerpo, largo y pesado. De mi corazón, que late rítmicamente. Aún respiro y expiro. La sangre corre por mis venas. Mi mente comienza a estar calma y mis pensamientos de a poco me llevan a algún valle de ensueño. Mi valle, mi sueño.
Permanezco quieta, inmóvil, pero más viva que nunca … y entonces, me duermo ....

miércoles, 31 de marzo de 2010

PIROPEADA


Ir al supermercado con niños es todo un desafío. Es trabajar la paciencia, la tolerancia y el autocontrol. Ninguno de mis dos hijos pueden estar en un super sin pedir algo a cambio (léase caramelos, un juguete, un libro o cualquier objeto que capte su atención y que ellos consideren valga la pena ante la tortuosa ida al supermercado). Sumado a esto, cuando son más de uno, además las madres o padres debemos lidiar con las peleas de quién lleva el carro. ¡Toda una aventura!
Ese día, no sólo tenía que soportarlos a ambos, sino que había decidido más que nunca aplicar los objetivos del desafío, por lo tanto, hacía oídos sordos ante cualquier pedido desesperado. Ya quedaba poco para irnos e hicimos nuestra última parada en la rotisería. Después de haber tolerado el estrés del “paseo”, había decidido no cocinar. Me lo tenía merecido.
Esperé paciente que llamaran al número que tenía en mis manos. Por suerte, sólo dos personas estaban antes que yo.
Llegado mi turno, la chica de la rotisería me sonrió y de inmediato miró a mis hijos, que no dejaban de discutir sobre quién jugaría primero al playstation al llegar a casa. Volvió a mirarme, le sonreí de forma despreocupada, como si los infantes no existieran, y pedí las empanadas que iba a llevar. Antes que me las envolviera le solicité que me las calentara. Los llevaría comiendo en el auto así al llegar a casa sería un problema menos. Ya no tenía ganas de soportarlos por muchas horas más.
La chica colocó las empanadas en el microondas y me dijo que en unos instantes estarían prontas, mientras llamaba al próximo número para atender.
A mi izquierda, un hombre de unos setenta y algo de años les comenzó a hablar a mis hijos. No sé muy bien qué les decía, pero ambos le prestaron la atención suficiente como para no hablar durante unos minutos. El hombré me miró y sonrió. Le devolví la sonrisa.
Mientras tanto, la mujer que estaba a mi derecha solicitaba una tarta de jamón y queso y preguntaba si había milanesas de pescado.
El hombre se dirigió hacia la chica de la rotisería, tratando de averiguar si sus milanesas estaban prontas. La chica le respondió que ya se las iba a entregar.
El viejo volvió a mirarme y yo a él y esta vez fue a mi a la que se dirigió:
- ¿Sabe por qué la miro tanto?
Debo decir que me sorprendió la pregunta. Tanto a mi como a mis hijos que quedaron callados, esperando que respondiera.
- La verdad que no - le dije un poco a la defensiva, esperando me llamara la atención por algo que era evidente no estaba cumpliendo bien en mi rol de madre.
Miró hacia el frente y estiró su mano para tomar el paquete que la chica de la rotisería le alcanzaba. De inmediato volvió a mirarme y dijo :
- Porque si hubiera nacido en París 60 años atrás, Brigitte Bardot no le hubiera llegado ni a los talones con esos ojos que tiene. La verdad, la felicito.
Tal fue mi sorpresa que lo único que atiné a decir - un poco sonrojada, lo confieso - fue un "muchas gracias", mientras el hombre me daba la espalda y se alejaba.
Por su parte, mis hijos, al ver que lo que el hombre dijo no hacía referencia a ellos, comenzaron de nuevo a discutir por algo que sinceramente ya me importaba bastante menos que antes. Pero tanto la chica de la rotisería como la señora que pedía la tarta de jamón y queso estaban muy sonrientes y ambas, a pesar que se notaba cierta envidia en su tono de voz, igualmente concordaron en que era un piropo excepcional el que el hombre me había dicho. Yo no paraba de sonreír.
La chica de la rotisería me alcanzó las empanadas, la otra se llevó su tarta y yo me dirigí a la caja, mientras mis hijos ya habían empezado a preguntarme si podía comprarles un chicle o un bombón.
Al llegar al auto, se me ocurrió pensar que ya nadie recordaría el piropo. Tal vez ni el mismo viejo. Sin embargo, a pesar de cumplir con mi rol de madre y esposa el resto de la jornada, no fue hasta la mañana siguiente que logré volver de París.

miércoles, 10 de marzo de 2010

DESEO


Su mirada era de deseo. Cualquiera podría haberlo notado, pero tal vez por estar sentado frente a ella hacía que en ese preciso instante la observara con tanto detenimiento.

Fue entonces cuando su lengua recorrió tímidamente sus labios, empapándolos y dejándolos con un brillo sexy y peculiar.

Sus ojos se detuvieron en mi entrepierna. El roce fue casi imperceptible cuando un instante después sus dedos tocaron mi muslo izquierdo y comenzaron a deslizarse con delicadeza pero firmeza sobre lo que muchas veces ha sabido tener entre sus manos.

Duro. Así fue con lo que se encontró. Por mi parte, no podía quitar mi vista de su rostro. Me encantaba observarla, en toda su magnitud.

Se afianzó con cierta desesperación, pero siempre siendo cuidadosa. Sus ganas locas hicieron que pronto se lo llevara a su boca, dejando que su saliva se entreverara con el fluido que nada tardó en emanar de allí, llenándola completamente, como una fuente de placer para saciar sus ansias.

Volcó su cabeza hacia atrás y sus ojos se entrecerraron. Tras detener su respiración durante unos segundos, separó sus labios y dejó salir un pequeño gemido de satisfacción.

Mientras tanto, yo seguía mirándola, sonriendo.

Reposó un instante y creo haber escuchado de sus labios un “mmh, qué rico”.

Volvió a deslizar su mano por mi entrepierna con la misma delicadeza y firmeza del principio, esta vez para dejar allí el envase de Coca-Cola que había saciado su sed.

domingo, 7 de marzo de 2010

DESDE EL DIVAN


Sofía no tenía la menor idea de qué hacía allí. Sin embargo, sentía felicidad. Era extraño, pues nunca había estado sentada en una habitación tan grande y sola. Las cuatro paredes que la rodeaban no tenían ni ventanas ni cuadros ni nada. Estaban pintadas de un azul tenue, patinadas a pinceladas con un tono ocre. En el medio, un sillón cómodo, como una especie de diván de cuero, color negro y del techo colgando una lámpara de siete luces que, probablemente ajustadas con un dimmer, dejaban en penumbras la habitación. Detrás suyo, una puerta de madera por donde minutos antes había ingresado a la sala ahora permanecía cerrada. Por algún motivo que ella desconocía, luego de la ansiedad que le provocó llegar allí, ahora la invadía una paz interior que sólo durante su relax en las clases de yoga había logrado sentir.
Cerró sus ojos y disfrutó del silencio y del aroma a lavanda que de algún rincón provenía, aunque ella no lograba visualizar de dónde. Dejó de cuestionarse cómo, cuándo o por qué. Simplemente disfrutó de su propia compañía, de su corazón latiendo a ritmo tranquilo. Se concentró en el sonido de los latidos de su corazón. Pensó que era increíble que en ningún momento del día se detuviera a escucharlo, teniendo en cuenta que eso era lo que la mantenía viva. Escuchó y sintió cómo el aire entraba y salía de su cuerpo. Sintió su lengua descansando sobre su paladar, mientras sus labios se entreabrían y sus dientes se separaban un poco. Sintió el peso de su cuerpo, cómo se apoyaba cada parte sobre el lugar donde estaba tendida. Y así, poco a poco, comenzó a distenderse, a desestresarse, a encontrarse con su mundo interior.
Viajó al lugar de sus sueños. Sola. Sin su marido, sin sus hijos, sin amigos, sin nadie. Corrió praderas, se bañó en mares, se empapó con el sol y se refrescó con la brisa. Fue a Paris y vio la torre Eiffel. Estuvo en Venecia y se subió a una góndola. Se fue a Australia y saltó junto a un canguro. En la India, visitó el Templo Dorado y en Estados Unidos el Gran Cañon.
Y cuando estaba a punto de viajar a la luna y conocer sus cráteres de cerca, sonó el despertador, recordándole que los chicos debían ir al colegio y ella a trabajar. Como siempre. Como cada jornada, intentando encontrar en el día un rato de paz.

lunes, 18 de enero de 2010

ROCIO Y EL MAR


(de mi carpetita de cuentos, ya que las musas algún día lo dejaron
y ahora vaya uno a saber por dónde andan)

Rocío había nacido una madrugada de un frío invierno, mientras la luna se despedía dejando paso al sol en el cielo.
Su cuna había sido una hermosa hoja verde de un árbol perenne que crecía a orillas de un lago. A pesar de ser una gotita pequeñita, hacía que ese pedacito de hoja donde reposaba, tuviera un brillo especial.
Había apenas una pequeña brisa que la mecía de un lado a otro en la hoja y, con cada balanceo y el trinar de los pájaros que comenzaban a despertar, Rocío se sentía feliz de haber llegado a este mundo.
A medida que los minutos pasaban, el cielo iba dejando su color rosa del amanecer para convertirse en el celeste que acompañaría el día, con un sol que poco a poco comenzaba a dar brillo y calidez en cada rincón donde le era posible llegar.
Rocío bailaba y bailaba sobre la hoja y no fue hasta entrada ya la primera hora de la mañana que se dio cuenta del peligro que correría.
El sol comenzó a entibiarla. A decir verdad, al principio disfrutó de esa suave calidez, se sentía reconfortada. Pero unos minutos más tarde, el calor comenzó a resultarle insoportable y fue entonces cuando se percató que su vida en este mundo no sería muy larga.
Entonces tuvo una brillante idea. Si lograba balancearse con más fuerza, ¡lograría caer en el lago y, de esa forma, pasaría a ser parte de él! Estaba segura que muchas de sus hermanas estaban allí. Necesitaba llegar, fuera como fuera.
Pero por más que lo intentaba, no lograba caer. Además, ya la brisa comenzaba a amainar y eso hacía que sus movimientos comenzaran a escasear.
Rocío estaba triste, muy triste. Pensaba que jamás podría unirse a su familia (porque seguía segura que ésta se encontraba allí abajo, en el lago). Pero de repente escuchó ciertos sonidos que llamaron su atención. No era el de los pájaros, a los cuales ya estaba acostumbrada, pero eran ruidos agradables que poco a poco parecían acercarse al árbol donde estaba la rama con la hermosa hoja verde donde Rocío reposaba.
Lo que escuchaba no era ni más ni menos que la risa de unos niños que correteaban junto a su abuelo. Llevaban camperas muy abrigadas, gorros de lana y bufandas de muchos colores.
Comenzaron a cantar y bailar alrededor del árbol donde Rocío se encontraba. Escuchó atenta el canto de los niños y por unos instantes olvidó el destino que para ella imaginaba.
El abuelo, feliz de verlos jugar pero preocupado porque los minutos pasaban tan rápidos como una estrella fugaz, les dijo: - Niños, dejen los juegos para la tarde. Ahora, ¡apúrense!. O llegaran tarde al colegio. Vamos, vamos, sigan caminando.
Los niños, entre alegres risotadas, rodearon un par de veces más el árbol y, con un pequeño salto, tocaron la rama donde la hermosa hoja verde en la cual Rocío reposaba estaba y de esa forma se despidieron de sus juegos hasta la tarde.
Lo que los niños jamás imaginaron fue lo que acababan de lograr en Rocío: su libertad. La rama que tocaron se movió, la hoja se inclinó y lentamente Rocío comenzó a resbalar por ella cayendo lentamente en el lago que a los pies de aquel frondoso y hermoso árbol fluía.
Rocío se colmó de felicidad. En milésimas de segundo, se unió a esa gran familia con la cual no había dejado de soñar y, en breves instantes comenzó a recorrer kilómetros que la llevaron a un enorme río el que más tarde se fundía en un mar.
Rocío, esa pequeña gota que sobre una hermosa hoja de un árbol perenne un día nació, pasó a ser parte de una unidad, de un mar que la llevaba por lugares que jamás hubiera podido imaginar, reconociendo en su paso risas como las de aquellos niños que un día le dieron su libertad.
Y es así que cada madrugada fría de invierno, los árboles se llenan de gotas de rocío que sueñan con ser parte del mar.

domingo, 13 de diciembre de 2009

MATILDE Y MARIANA


Matilde y Mariana eran dos jóvenes muy diferentes. Y no tanto. Habían nacido en familias con culturas distintas, fueron criadas bajo reglas diferentes y educadas en colegios con diferentes religiones. Pero aún así las unían muchas cosas en común. Cosas tal vez sin importancia para tantos otros, cosas sencillas, cotidianas, como fumar la misma marca de cigarrillos, comprarse carteras iguales y sorprenderse al verlas, intentar hablar en el mismo instante para decir la misma cosa y reírse a carcajadas de ello, ser mujeres emprendedoras, por donde se las mirase, ser seductoras de cuerpo y mente y -aún más importante- dejarse seducir por el intelecto.

Todo eso, entre tantas otras cosas.

Y es probable que esos hayan sido factores más que suficientes para que entablaran una amistad, para que se quisieran con todo el corazón y para que, a pesar del tiempo y la distancia, sigan sintiendo lo mismo hasta hoy.
Porque resulta ser que algunos meses después de tan intensa amistad Matilde decidió ir tras sus raíces, en busca de un sueño, de un futuro, de un descubrimiento de sí misma y de un amor que ni siquiera ella imaginó iba a encontrar. Decidió salir en busca de su ser mujer, dejando atrás a sus padres y hermano -que no tardaron en unírsele- y a sus amigos, algunos que sabía no volvería a saber de ellos y a otros que miles de kilómetros no serían capaz de separar. Entre ellos, estaba Mariana, que lloró su partida como si una parte de ella también se fuera en ese avión. Y pensándolo bien, probablemente fue así.
Mariana continuó su vida aquí y Matilde allá.
Mariana se casó con el hombre que Matilde había conocido, aunque el tiempo hizo que éste cambiara tanto -no sólo físicamente, claro- que con seguridad Matilde no lo reconocería.
Matilde se casó con ese amor que conoció y la hizo tan feliz.
Ambas tuvieron dos hijos. Por supuesto que cuando Matilde llamó a Mariana para contarle de su primer embarazo, Mariana estaba embarazada.
Ambas, cada cual en su país, salió adelante, triunfó, cayó y se levantó. Quizás hoy ninguna se siente completamente realizada. Ambas tienen sueños que han quedado en el camino y otros que se vislumbran en el futuro, pero las dos saben que eso mismo hace que la vida valga la pena vivirla.
Hace unos años se reencontraron en lo que yo llamaría "país neutral". Matilde fue al casamiento de un amigo e invitó a Mariana a pasar un par de días con ella. Mariana no quiso perder la oportunidad.
Luego del abrazo apretado, los dos días transcurrieron como si nunca se hubieran separado. Hablaron horas, tomaron café en un shopping luego de hacer varias compras y disfrutaron de las instalaciones del hotel. Fueron dos días cargados de emociones y sensaciones, de esos que uno no se arrepiente de vivir.
El tiempo siguió su paso y a pesar de la lejanía, de vivir en continentes diferentes, de criar a sus hijos en distintas culturas, una vez más encontraron un punto de contacto: la escritura.
Matilde y Mariana son dos mujeres que aman vivir. Que saben vivir. Que sienten, que sufren, que lloran, que ríen, que sueñan. Dos mujeres distintas pero con muchas cosas en común. Cosas sin importancia, cosas cotidianas, cosas sencillas, pero que hoy al leerse pueden seguir descubriéndose, día tras día.

Matilde y Mariana son amigas que saben que un "hasta siempre" es algo que se dice, pero que también es algo que se puede cumplir.

miércoles, 25 de noviembre de 2009

LIBERTAD


El insecto avanzaba con gran dificultad por la alfombra de lana. Sus patas parecían enredarse, confundiéndose con los largos pelos negros de ésta.

En el silencio y oscuridad de la noche nadie percibía su presencia, ni siquiera el pequeño niño que había salido de su habitación y se había acostado sobre el negro tapete del living, donde poco a poco iba a cayendo en los brazos de Morfeo.

Vaya uno a saber cuál sería el destino de la cucaracha, que seguía su lucha desenfrenada con los flecos de lana, intentando seguir adelante.

Era probable que ya no tuviera ningún destino fijo. Su leitmotiv en ese instante tan solo era escapar, liberarse de esa prisión en la cual se había sumergido, seguramente en busca de las migajas de galletita que el niño más temprano había desperdigado por allí.

El bicho era desagradable, pero el instinto de supervivencia de cualquier ser vivo, hasta el de esta cucaracha, debería ser admirado.

Como en tantos órdenes de nuestra vida, deberíamos observar estas actitudes instintivas para poder hacer un paralelismo con nuestro transcurrir. En este caso, la lucha por la libertad.

Vivimos luchando por la libertad de acción, de movimiento, de pensamiento, de expresión. Todos en algún momento libramos una lucha contra aquello que perseguimos y, como los pelos de la alfombra, nos encontramos con el miedo, la culpa, el dolor, la frustración, el resentimiento. Encontramos los largos pelos que no nos permiten avanzar.

A veces llegamos a saborear esa libertad. Parece que la tocamos con la punta de nuestros dedos, sin embargo muchas de esas veces se nos escabulle entre ellos.

Pero también es cierto que en ocasiones hay quienes nos oprimen, nos aplastan y no permiten que la alcancemos.

No nos permiten ser libres pensadores ni accionar según nuestra voluntad. No siempre depende sólo de nosotros lograrlo.

Esta vida está llena de opresores. Podemos verlos o no.

Como el insecto, que tuvo un atisbo de esperanza para alcanzarla.

La madre del niño encendió la luz, se acercó a la criatura, se agachó a su lado y besó su frente. Lo tomó entre sus brazos e incorporándose caminó unos pasos con el niño en alza hasta desaparecer del living.

Del insecto y su lucha no se supo más.

A la mañana siguiente, la señora de la limpieza enchufó la aspiradora y comenzó a aspirar la alfombra, limpiando así no sólo los restos de galletita que el niño había desperdigado por allí sino también los restos de la pobre cucaracha.

miércoles, 4 de noviembre de 2009

EL ABUELO PANCHO



- ¡No vas a creer la noticia que te traemos, viejito! - le dijo Agustín a su abuelo, mientras Betina acomodaba las rosas en el jarrón.

Por suerte siempre llevaban alguna flor que quitaba ese olor a moho insoportable que había en el ambiente. No entendía cómo podía alguien vivir allí. Claro, si es que a eso se le podía llamar vivir.

- Vení Betina, quiero que estés a mi lado para esto - le dijo Agustín, mientras le estiraba la mano para que se sentara a su lado.

Betina no tenía mucho cariño por el abuelo Pancho. A decir verdad, no tenía nada de cariño por él. Cuando lo conoció ya estaba así, como un vegetal, sentado en esa silla vaya a uno a saber desde hacía cuánto tiempo, con sus ojos tristes, con oídos sordos, una cabeza casi pelada, apenas adornada por unos pocos pelos blancos, y su vejez completamente encima. No entendía por qué Agustín insistía tanto en ir a visitar a ese viejo todas las semanas, que más que una persona parecía una planta, pero así y todo, de vez en cuando si él se lo pedía, lo acompañaba.
No era que ella fuera insensible, pero realmente el viejo no le inspiraba ternura alguna. Sin embargo, Agustín hablaba maravillas de él, de cuando estaba bien, de cuando lo cuidaba de pequeño, de las idas a pescar juntos, en fin, de su abuelo con vitalidad. Podía respetar el cariño que su novio sentía por su antecesor, pero no había forma que ella generara al menos simpatía por él. Más bien que hasta le daba un poco de miedo verlo con esa mirada tan perdida y encima con una verruga tan grande en la cara. El pobre hombre no sólo era viejo, sino que la vida había hecho de él un tipo físicamente desagradable.

Betina se acercó a Agustín y se sentó a su lado, frente al viejo. Miró al abuelo un instante, que ni si inmutó de su presencia. Volvió su mirada hacia Agustín, levantó las cejas y apenas si sonrió diciendo: -Bueno, ¿se lo decís pronto así nos vamos? -.
Agustín sabía que Betina no se sentía nada cómoda allí. De todas formas, ese día para él era especial y le molestó un poco la actitud de su prometida.

- ¿Tan apurada estás? - le dijo, con un tono un poco irónico.

- ¡Ay, Agustín! Ya sabés lo que me incomoda estar acá. Además- dijo, bajando un poco la voz, aunque estaba segura que no era necesario pues el viejo estaba en otro mundo hacía rato -no sé para que insistís tanto, si ya no entiende ni escucha nada. Terminala de una vez y salgamos pronto de acá, por favor.
Agustín sabía que en el fondo Betina tenía razón. El viejo Pancho ya no era su abuelo, el abuelo que él conoció. Se había transformado en un ser completamente diferente. A no ser porque se meaba y cagaba encima, daría para pensar que el hombre estaba muerto hacía rato. Al final de cuentas, Betina estaba en lo cierto. Ya no tenía mucho sentido ir a visitarlo. Tal vez, esta nueva decisión en su vida traería consigo el desprendimiento final de su abuelo. Cerrar una etapa para comenzar otra. Dejar atrás su pasado y abrirse camino hacia un nuevo ser.

Respiró profundo, tomó entre sus manos la mano de piel frágil y huesuda de su abuelo. Lo miró directo a los ojos, sin encontrar respuesta alguna. Largó el aire con desilusión pero aún así le dijo:
- Abuelo querido, hoy vinimos a decirte que Betina y yo decidimos formar una familia. En una semana nos casamos. Sé que no me podés escuchar, pero estoy seguro que te sentirías muy orgulloso de mi, de ver que todo lo que me explicaste ... - Agustín no pudo continuar. Miraba a su abuelo, que seguía con la mirada perdida y se dio cuenta que todas sus palabras serían en vano.

Se levantó, besó la frente del viejo, tomó a Betina de la mano y salió de la habitación, no sin antes mirar atrás y decir sus últimas palabras: - Gracias abuelo por todo. Te veré del otro lado, donde seguro ya estás.-
Cerró la puerta y caminó con su prometida por el pasillo de ese viejo hospital, seguro de que la próxima vez que lo pisaría sería para enterrar el cuerpo de su querido abuelo, pues ese día entendió que Pancho no habitaba más allí.

En la habitación quedó el viejo solo, en la misma pose de siempre, con sus ojos tristes y mirada perdida, con la verruga que se destacaba en su mejilla izquierda. Pero con la diferencia que esta vez un par de lágrimas habían comenzado a recorrer los muy marcados surcos de su cara.

lunes, 2 de noviembre de 2009

¿DONDE CONSIGO MI CUENTO ANIMADO?


Desde pequeña vengo escuchando historias mágicas:

A Blancanieves, que se comió la manzana y durmió hasta que su príncipe azul la despertó.
A La Bella Durmiente, que se pinchó el dedo y le ocurrió algo similar.
A Los Tres Chanchitos, que pudieron construir una casa contra su peor enemigo, el lobo.
A Pinocho, que si mentía le crecía la nariz.
A Juan y sus habichuelas, que logró llegar al cielo ...

Ahora, ya con mis años a cuestas, me pregunto: ¿dónde consigo una casa tan sólida donde no entren más malhechores?; ¿dónde están los príncipes que no se convierten en sapos (ni las princesas en sapas, para ser justos)?; ¿cómo identificar a los que nos mienten si identificarlos no es algo tan sencillo como mirarlos a la cara?; ¿dónde está el fabuloso bosque con habichuelas mágicas que nos permite tocar el cielo con las manos cuando se nos da la gana?

Si, ya sé que son cuentos fántásticos. Pero a veces me dan ganas que se conviertan en realidad.

lunes, 19 de octubre de 2009

MI LUGAR EN EL MUNDO


A medida que iba cayendo la tarde, la sombra de los edificios anunciaban el final de la jornada laboral. Las luces comenzaban a encenderse en los mismos y la gente transitaba en las calles con paso apresurado, huyendo de la noche que pronto se apoderaría de Manhattan.

Era raro, pero a mi la ciudad me gustaba tanto de día como en la noche. Ya hacía un año que vivía allí y aún no me había acostumbrado a ese ritmo alocado y a la vez estructurado que tienen los neoyorquinos. Para mi Nueva York era como vivir siempre dentro de una película hollywoodense. Donde fuera que fuera recordaba algo de algún film: el Central Park, el Empire State, el Chrysler Building, la Biblioteca Nacional, los museos, los hoteles, la 5ta Avenida, la 42th, Saks, Macys, Bloomingdale’s, el Madison Square Garden, el Rockefeller Center con su pista de patinaje que majestuosamente se baña en oro cada noche, los pretzels recién hechos en las esquinas, el aroma al café de los Starbucks, el vapor de los subtes subiendo desde el piso que, increíblemente en la noche, le daba hasta un aspecto siniestro a la ciudad.

Ya no era una turista, sin embargo, el vivir cada instante con tanta pasión me hacía sentir como tal. Yo no corría a Grand Central por el primer tren que me llevara a mi humilde departamento en las afueras de la ciudad. Por el contrario, me quedaba disfrutando de ver correr a los demás.
El frío en invierno parecía cortar la piel, es verdad. Ni que hablar si nevaba. Pero con mi nariz casi congelada a pesar de estar cubierta con una buena bufanda, llegaba a eso de las cinco de la tarde a la estación y sólo me sentaba a mirar pasar a los pasajeros.

Nueva York es una ciudad muy heterogénea y no hay más que tomarse algunos minutos para darse cuenta de la variedad no sólo de razas y culturas, sino de locuras que hay por allí.
Estaba el violinista con su melodía a veces triste y otras más alegres. Algunos pocos dejaban caer dos o tres monedas, pero sin siquiera escuchar qué notas salían de su violín.
Estaban los maquinistas, con sus gorras azules bien armadas, que iban de un andén a otro, tratando de que sus vagones salieran en tiempo y forma. Atrasarse un minuto puede llevar a una demanda en esa ciudad.

Y también estaba la señora negra, alta, delgada, con su pelo corto y encrespado, de unos cuarenta y cinco años, que cargaba una bolsa azul. Lo particular era que ella nunca iba apurada. Su paso era lento y pausado, y su destino siempre el mismo. Iba hasta los asientos siempre vacíos al costado del andén 4. Con un suave movimiento giraba y se sentaba en el primero, a la derecha del andén, lugar que parecía estar reservado para ella. Una vez allí, parecía desinflarse. Permanecía estática por algunos segundos. Luego de recuperar energías, supongo, aún sentada doblaba su cuerpo hacia delante y abajo y colocaba la bolsa bajo el asiento. Volvía a incorporarse y permanecía quieta allí, esperando. Nunca supe qué ni a quién. Jamás me fui después que ella.

Me gustaba Nueva York. En especial me gustaba Manhattan. A pesar del frío tan frío en invierno. A pesar del calor tan caluroso en verano. Me gustaban los tulipanes en primavera en cada vidriera, en cada esquina. El otoño con su desfile de Saint Patrick por la 5ta. Avenida. El Soho, China Town y el Bronx, aunque este último sólo de día.
Me gustaba ser John Lennon y Yoko Ono paseando por el Central Park, Madonna de compras por las mejores tiendas, Al Pacino comiendo pasta en Little Italy o desayunar con Truman Capote cerca de Tiffany’s.
Me gustaba el arte que encontraba en lugares comunes pero también en rincones inimaginables. Ser Andy Warhol y tener mis 15 minutos de fama.

En Nueva York me sentía como en casa.
Y hasta el día de hoy me pregunto si realmente no lo sería. No sé por qué siempre tengo la bendita o maldita manía de volar. Mi falta de estabilidad conmigo misma hizo que un día me fuera por otros cielos, buscando nuevas ramas donde parar. No sé por qué me soy tan infiel. Aunque pensándolo bien y hablando de infidelidades, tal vez fue porque Manhattan es la Gran Manzana, y hasta a mi me superó el hecho de imaginarme pecando con algo de semejante magnitud.

jueves, 3 de setiembre de 2009

UN CUENTO DEL CUENTO


Había una vez un cuento que quería crecer.
Un día, salió con sus tapas y sus páginas en blanco a recorrer renglones en busca de nuevas frases para llenarlas.
En su camino, se encontró entonces con palabras feas que querían quedarse en él.
A pesar que lo que más deseaba en la vida era ser grande, sabía que las palabras feas a nadie le iban a gustar, por lo cual siguió por su ruta y sin ellas se quiso quedar.
Más adelante, encontró palabras tristes que también pidieron permiso para entrar en sus hojas.
Pero el cuento sólo quería tener alegría en su interior. Por lo cual, apretando fuertemente sus tapitas, continuó en su andar.
Siguió recorriendo y se topó con palabras enojadas, a quienes ni siquiera miró y apuró su paso hasta el próximo renglón.
Fue así como el cuento caminó y caminó hasta que un día con palabras lindas se encontró.
Y cuando sus páginas por fin abrió, a pesar de creer haber estado cerrado todo el tiempo, encontró palabras feas, tristes y enojadas. Entonces, el cuento entendió que no sólo de palabras lindas sería hecho, sino que también necesitaba de las otras para que sus hojas tuvieran todas las emociones que el corazón del hombre solía sentir.
Y ese fue el día que el cuento se dio cuenta que creció y que así en historia se transformó.

Y colorín colorado este cuento ha terminado ... y ahora la historia ha comenzado.

martes, 19 de agosto de 2008

MUJERES CON HORMONAS



Así se llamaba el concurso que un 8 de marzo del 2007 convocaba a todo aquel que deseara escribir sobre alguna "mujer con hormonas", de esas que hay en todas las familias, de esas que todos conocemos.

El cumpleaños nro. 100 de mi abuela se aproximaba y yo siempre había querido escribir la historia de su vida. Venía pensando en hacerlo para regalarle el relato el día de su cumpleaños. El concurso fue la excusa perfecta.

Escribí el relato en plena mudanza, sentada en un colchón que estaba sobre el piso frío del invierno que venía aproximándose. A la derecha mi esposo dormía plácidamente. A mi izquierda, mi pequeño de apenas 2 años y poco también sobre un colchón descansando, y a los pies, otro colchón con mi otro niño de 5.

En esas circunstancias, rodeada de cuatro paredes en un diminuto apartamento transitorio, comencé a escribir mi relato. Lo leí y corregí varias veces. Pasó por el ojo crítico de mi esposo y algunos amigos. Alguna otra corrección y allá fue, al concurso. Por otro lado, lo imprimí (ya estando instalada en mi nueva casa) y lo encuaderné en tapas duras para regalárselo a mi abuela. El relato se tituló "Cien años sin soledad".

Me sentí muy orgullosa de poder darle ese regalo. Era su historia contada por mi, según mis ojos, pero escrita en primera persona, como si fuera ella. Sin dudas que faltaban miles de detalles, pero lo más elemental estaba: el genocidio armenio, la muerte de su padre, la peregrinación a refugios, la inmigración a Uruguay. Y lo más bello de todo fue descubrir a mi bisabuela, que nada sabía de ella y me encontré que, si mi abuela es con sus 101 años ya una mujer con hormonas, mi bisabuela lo había sido mucho más.

El cuento quedó finalista en el concurso. Fue una de las mejores noticias que recibí en mi vida. No por publicar el relato, que también me ponía muy feliz, sino y principalmente porque la historia de mi abuela iba a trascender más allá de mi familia. Porque es una historia que muchos deben conocer.

Es así que mañana por la mañana tengo un desayuno con los autores del libro que ya está impreso. Es la primera vez que lo voy a ver y estoy de lo más emocionada. El trabajo llegó a su fin y pronto el libro estará circulando por las librerías del país y más.

Nunca hice mucho por mi abuela. Nunca estuve muy cerca de ella. Sin embargo, es la mujer con más hormonas que conocí jamás. Y es un honor tenerla en mi vida aún. Aunque ella no lo sepa, aunque no sea la nieta ideal, esta publicación es para mi la mejor muestra de amor, tal vez indirecta, pero sí la mejor muestra que le puedo dar. Porque, mi querida abuela Makrouhi, esas páginas te otorgan la inmortalidad!!

domingo, 27 de abril de 2008

ENTRE MITOS Y PERSONAJES

Este también es un ejercicio de mi taller literario. Debía escribir una historia donde claramente se pudiera distinguir uno de los tres mitos propuestos. He aquí la historia que salió, a ver si descubren a quien me estoy refiriendo. Es demasiado fácil.



No recordaba jamás la falta de nada. Desde pequeño, sus padres le habían dado todo lo que quería. Y lo que no, también.
Era hijo único y eso, no sólo lo beneficiaba para obtener lo que quisiera, sino que además descendía de ciertos Condes y Condesas, por lo cual el dinero nunca fue un problema en su hogar.
Esto hizo que siempre viviera con cierta pedantería y que se lo considerara altanero. No tenía muchas amistades, más bien que sólo una, y era la sirvienta que desde siempre había estado a su disposición. A ella le contaba historias, tanto inventadas como vividas, con ella satisfacía a veces también sus deseos sexuales, aunque la pobre no estuviera muy de acuerdo, y también a ella la trataba como si fuera una alfombra vieja que ya hasta asco daba pisotear.
Pero Sebasthian tenía una vida social bastante activa. Visitaba clubes nocturnos, se daba el gusto de estar con cada hermosa mujer que se le precipitara y disfrutaba de los lujos materiales que este mundo le daba.
Vivía así y, a su manera, era feliz. Estaba seguro que llegaría el día en el que elegiría a alguna de las bellezas que lo acompañaba en las noches (tal vez la que demostrara ser más inteligente, aunque no había mucha elección en este caso) y finalmente formaría una familia. No era que esto le interesaba mucho, pero sentía que de alguna manera esto se lo debía a sus padres, por haberles dado una vida tan maravillosa y llena de lujos. Tampoco le importaba demasiado la felicidad de ellos, pero en fin, la fortuna que había amasado hasta ahora y seguiría amasando en el futuro, sería gracias a ellos, así que hacerles este pequeño favor (porque su vida no cambiaría en demasía, él no dejaría de darse todos esos gustos que se había dado hasta ahora), le aseguraba una vida rica y feliz.
Todo esto estaba muy bien para Sebasthian, que creía tener todo bajo control, hasta sus propios sentimientos (que a veces hasta él dudaba que los tuviera).
En una tarde de abril, su madre le anunció la visita de unos Nobles, por lo que pudo entender eran holandeses, y que requería su presencia esa tarde allí. Sebasthian odiaba este tipo de eventos sociales, aunque entendía que por sus padres se debía a ellos. Era por eso que con su mejor cara, bajaba las escaleras de su casa para recibir a aquellas visitas que para sus padres eran importantes.
Al llegar a la sala principal, llena de cuadros con figuras de antepasados y unos muebles más que envidiables para todo mortal, su madre le anunció que en pocos minutos los invitados llegarían y que esta vez había una particularidad. Sebasthian miró a su madre con cierto recelo, porque estaba seguro que esa particularidad tenía que ver con él. Cuando comenzaba a explicarle que debía dedicar un día completo para que uno de los invitados conociera la ciudad, fue cuando no tuvo tiempo de replicar, pues los agasajados estaban ingresando al salón.
Sebasthian, en su actitud de siempre, esperó a que sus padres se adelantaran y no fue hasta unos segundos después que sus ojos brillaron y su boca dejó de emitir tan siquiera una sola palabras, hecho que hizo que su padre lo mirara, pues entendía que Sebasthian acababa de cometer una de las peores faltas sociales, no recibir a los invitados con el saludo que el protocolo describía. Es que Sebasthian había quedado embelesado por el ser más bello que jamás había conocido. Una linda holandesa veinteañera, de largos rizos rubios y una mirada que iba más allá de lo que cualquier mortal podía ver. No sólo era perfecta físicamente, sino que, aunque no sabía cómo, estaba convencido que lo era también por dentro.
El protocolo social se cumplió tal cual estaba previsto, pero Sebasthian no pudo dejar en toda la noche de mirar a Sophie. Así era su nombre.
Cuando sus padres le indicaron socialmente que al día siguiente debía llevar a Sophie a conocer los lugares más importantes de la ciudad. Sebasthian, aceptó el encargo en forma inmediata. Pensó que nada mejor podía sucederle. Por primera vez en su vida estaría al lado de la mujer que, para él, ya era la elegida.
Esa noche no durmió. Sus nervios no se lo permitieron. Sophie era la mujer más hermosa, con la que jamás había soñado. Aunque acababa de darse cuenta que en ningún momento de sus veintitrés años recordaba haber jamás soñado con alguna.
A la mañana siguiente y según lo pactado, Sebasthian acudió al recinto donde Sophie se alojaba, a fin de cumplir con el mandato de su familia, el cual por vez primera sería hecho con mucho gusto.
Sophie ya lo estaba esperando y, por más que Sebasthian la recibió con su mejor sonrisa, ella no le dio mayor importancia.
Los planes de Sebasthian eran hacer un pequeño recorrido por la ciudad y, al mediodía llevarla a almorzar a un lujoso restaurante, el mejor del lugar, para así poder conversar de forma larga y tendida, sobre él y sobre ella. En fin, conocerse. No lograba salir de su fascinación pensando que su futura esposa estaba frente suyo.
Pero los planes de Sophie eran otros. Conocía por cuentos que le habían llegado a Sebasthian y le parecía un ser absolutamente repulsivo y desagradable. Sólo verlo le generaba rechazo. Así que recorrería rápidamente algunos rincones de la ciudad para cumplir con el mandato de sus padres y se marcharía lo antes posible de allí.
Era tanta la ansiedad de Sophie por retirarse que apenas si escuchaba lo que Sebasthian le relataba sobre monumentos, museos y lugares de interés público.
Ya sobre el mediodía, Sebasthian le propuso tomarse un descanso e ir a almorzar. Ella lo miró como si éste hubiera enloquecido.
- De ninguna manera iré a almorzar contigo a ninguna parte. Lo que quiero es volver al hotel donde m estoy hospedando para aprovechar la tarde en compras.
- Pero ya he hecho reservaciones … por favor, permíteme llevarte a uno de los mejores restaurantes y hacerte conocer la comida típica de aquí. Y si quieres luego te acompaño de compras. Es algo que disfruto mucho hacer también, por lo menos, más que mirar monumentos – bromeó, y creo que por última vez, Sebasthian.
Sophie continuó mirándolo con un desprecio tal que hasta vergüenza ajena daba verle el rostro.
- No me interesa ni conocer restaurantes, ni comidas típicas, ni tu país, ni hacer una sola compra a tu lado y, por si no lo has entendido, ni siquiera me interesas tú. Esto lo hago pura y exclusivamente por mis padres, pues me libera luego de otros compromisos protocolares en mi país, pero quiero que te quede claro que mi interés en todo lo que te rodea, incluso en ti, es nulo, vacío, no existe.
Sebasthian no podía creer lo que oía. Nunca le había sucedido algo así. Las chicas caían rendidas a sus pies, ya fuera por su dinero, encanto y hasta se animaba a pensar que por su belleza, pues se sabía lo suficientemente lindo como para agradar a cualquier mujer. A cualquiera, pero menos a Sophie.
Era tal su orgullo que no lograba aceptar el rechazo en su interior. No lo aceptaba.
Sin embargo, Sophie comenzó a caminar unos pasos más adelante que Sebasthian, y éste a seguirla. No estaba dispuesto a dejarla partir, pero a Sophie poco le importaban las intenciones de Sebasthian.
- Sólo te pido una oportunidad, sólo una … para que me conozcas, para que sepas quien soy en realidad – y al decir esto, sin saber por qué, Sebasthian comenzó a reflexionar respecto a su vida, a todo lo que había vivido hasta ahora. Las chicas, las drogas, los clubes nocturnos, el sexo desenfrenado, el gasto desmesurado. Y hasta la violación que solía tener con su propia sirvienta. Acababa de darse cuenta que no había nada interesante para relatar. Que su vida siempre había sido frívola y aburrida para cualquiera a quien se la tuviera que contar. Nada trascendente ni destacable había ocurrido en todos estos años, sólo asuntos protocolares, que justamente no era lo que conquistaría a Sophie. No existía nada de lo cual se pudiera enorgullecer o destacar.
Vio como Sophie, la única mujer que le había provocado un sentimiento agradable, tal vez hasta amor, se alejaba.
La dejó ir. No encontraba nada en su interior que pudiera retenerla.
Miró cómo se perdía por las calles de su ciudad, cómo otros hombres giraban para verla, cómo la belleza de esa mujer le era inalcanzable.

Sebasthian no llegó a su casa ese día. Ni el siguiente. Ni tampoco al otro. Fue encontrado muerto, en uno de los hoteles de lujo que solía frecuentar, semidesnudo, junto a dos bellas mujeres, también muertas. La habitación estaba llena de envases vacíos y la cocaína era la gran vedette alrededor de ellos.

La historia fue muy dolorosa, principalmente para sus padres, que además debían justificar su muerte. Más allá del duelo interno que debían hacer para la sociedad la muerte de Sebasthian fue contada como asesinato. No podía trascender de ninguna manera el hecho real.
Pero de alguna forma, no estaba lejos de la realidad. Nadie lo sabía, pero Sebasthian había sido asesinado por el amor irreal, por algo oculto que jamás se conocerá.
Por otra parte, Sophie, esa tarde ni siquiera acudió a su funeral. Debía tomarse medidas con su modista para una fiesta Real.