Translate

Mostrando las entradas con la etiqueta una pizca de azúcar. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta una pizca de azúcar. Mostrar todas las entradas

jueves, 25 de agosto de 2011

Y DECIR 1O AÑOS ES DECIR AMOR



Verte crecer es como ver la obra maestra tomando forma.

Porque eso sos para mi, una de mis mejores obras maestras. Como siempre te digo, pasamos nueve meses juntos, sólo vos y yo, conversando largas tardes en mi reposo absoluto. Contándote de la batita que había aprendido a tejer y que, aunque no quedara muy bien, por honor nomás la ibas a usar aunque sea un día. Al final quedó linda y la usaste más de una vez.
También te contaba lo aburrida que estaba en esa cama, donde hasta cuando tenía necesidad de ir al baño tenía que llamar a mi madre (tu abuela) para que dejara de hacer lo que estaba haciendo y me trajera la chata para hacer pis. Suerte que vivía un piso más arriba y trabajaba en la misma cuadra donde vivíamos, sino no sé qué hubiéramos hecho. Papá trabajaba más lejos, así que sólo nos ayudaba en la noche.

¡Qué ganas de comer Ricardito que tenía! Y, para colmo, estaban agotados. Tu abuela, tu padre, mi prima … todos buscaban por todas partes el famoso chocolate por fuera, merengue de corazón, pero nada. No había Ricardito en plaza. Me traían todo tipo de sustitutos. Inclusive esos que preparan en las panaderías, tratando de igualar al original. Pero no había caso. Yo quería un Ricardito de verdad. Bueno, por algo tu manchita en la pierna tiene forma de Ricardito. Ahí te quedó, impregnado en la piel.

Nueve meses en casa, luego de casi desangrarme y gracias a la buena voluntad de un médico que, a pesar de la abundancia del sangrado, entendió que igual debería hacerse una ecografía antes que un legrado. Y ahí estabas, pendiendo de un hilo. Yo sé que ni manos formadas tenías por ese entonces, pero la imagen que me queda es que estabas, tipo monito, agarradito con tu mano de mi útero, con el cuerpo en el aire, diciendo “yo de acá no me voy”. Y así fue, no te fuiste, gracias a Dios.

También en el reposo empecé a sentir cómo te movías. ¡Y cómo te movías! Mi panza parecía tener vida propia. Se torcía para un lado, para el otro, asomaba tu puño, tu diminuto pie. Aaaah, cuánto placer me daba verte mover ahí adentro. Sentir que había una vida creciendo y que en unos meses estarías en mis brazos, para llenarte de mimos y abrazos.
Y un día, después de las miles de ecografías que me hicieron para saber que eras el milagro vivo, que estabas bien, que nada iba a pasar, que eras varón y era raro que estuvieras sano (a pesar de que se lo dije mil veces a los médicos, ellos tan científicos tenían que comprobarlo igual, jiji), finalmente me dijeron (creo que de tanto que insistía con verte) “está bien, señora, intérnese hoy de tarde. Le hacemos la cesárea”.
Saltábamos en una pata con tu padre. Bueno, él, yo no saltaba porque la verdad que tenía una barriga enorme y un número innombrable de kilos de más, porque el reposo me había “obligado” a consumir más alimentos de los necesarios.

Y allá nos fuimos, con los bolsos prontos desde hacía tiempo, a internarnos para recibirte.
He de contarte que mamá tiene una característica: nada le resulta por el camino fácil. Con los años he aprendido que esto tiene un por qué, pero por aquel entonces la ansiedad me ganaba y yo quería que nacieras ya. Pero claro, lo mío no era urgente, sino de ansiosa, que para eso bastante corte ya me habían dado y me tenían ahí. Así que pasaron todas las parturientas doloridas primero más todas aquellas cesáreas que resultaron ser urgentes, para que finalmente, después de una larga espera de 8 horas en ese hospital, vinieran a decirme, “bueno, ya es la hora”. Y de repente, me dio miedo. Miedo a que este mundo no te gustara. Ha que te hayamos formado para entregarte a una sociedad que no era de lo mejorcito que había en plaza. Miedo al mundo en el que tocaba vivir. Te sentía ahí dentro, en mi panza, tan inquieto pero feliz, que de verdad me dio mucho temor a entregarte a este mundo. Sabía que no podías seguir ahí dentro, pero la verdad que en ese momento lo prefería.

Volví a tener mi dosis de realismo y me subí a la camilla que me llevaría a la sala de operaciones. La anestesia fue raquídea. La mejor opción que pude tener. Para variar (te dije que nada es fácil en mi vida), costó mucho sacarte dada unas adherencias uterinas que no sé bien qué rol cumplen. Eso hizo que tu primer apgar fuera muy bajo (3) pero un minuto después estabas a los chillidos (ya el segundo fue de 10), todo sucio, peludo, pero tan lleno de amor y vida que nada de eso importaba. Te pusieron al ladito de mi cabeza, para que te pudiera ver. Y te dije “Hola, mi amor, hola Dieguito de mi corazón” (ah, sí, porque también fue un dilema con el nombre. Un mes antes decidimos que te llamaras Juan Diego, cuando durante todo el embarazo fuiste solamente Diego). Y fui la mamá más feliz del mundo. No lloré como lo hacen muchas, o casi todas diría yo. Pero sí estaba radiante de felicidad.

Afuera, a pesar de ser las 2:22 de la mañana, todos esperaban ansiosos la noticia. Tu padre, por supuesto el principal, pero estaban tus abuelos y tíos, que al saberlo lloraron de alegría, se abrazaron y felicitaron entre todos. Claro que todo esto me lo contaron, yo seguía en la sala esperando me volvieran el cuerpo a la normalidad (o sea, lo cerraran). Es que fuiste un niño tan esperado, que la alegría se multiplicó. Qué digo multiplicó, ¡se elevó a la enésima potencia!
Papá te vio al ratito, desesperado de hambre, con todo tu puño dentro de la boca (puño enorme, porque tenías y tenés unas manotas gigantes!).

Y así, comenzó nuestra vida en familia. Vos viniste a formar esta familia, a consolidarla como tal. A llenar aquellos espacios de amor que habían quedado truncos y vacíos. A alegrar el hogar y que éste oliera a aroma a bebé. Vos viniste a darnos felicidad.

Miles de cosas pasaron en estos diez años que parecen tan pocos y sin embargo son un montón.
Hoy sólo voy a destacar que te has convertido en un niño increíble. Inteligente, astuto, audaz, complejo. Un niño seguro de sí mismo, que tiene claro lo que quiere y va tras sus ideales. Un niño que nos da un trabajo bárbaro por ser así, pero que es un orgullo tener en esta casa. Un niño que nos hace razonar, que nos enseña a ser padres, que nos demuestra que las cosas no son lineales (bueno, yo ya lo sabía, esto lo heredaste de mi, el problema es reeducar a tu hermano y a tu padre, jaja). Un niño rezongón por demás, que tendrá que aprender muchas cosas en la vida, pero que la vida misma se va a encargar de enseñarle. Un niño que de a poco deja de ser niño, que entra en la pre adolescencia y que crece, crece y crece.

Amor, quiero que sepas que tu padre y yo intentamos ser tus guías y espero que siempre puedas ver la luz que alumbra tu camino. Y cuando no logres verla, no temas preguntar, porque aquí estaremos para que nunca te pierdas en tu andar.

Y también tendrás que comprender que cometemos errores, pero que cada uno de ellos no son con la intención de dañarte o hacerte sufrir. Jamás haríamos algo así. Simplemente estamos aprendiendo a ser padres, tanto como vos a ser hijo. Hay una parte que es natural. Otra, que no está en ningún manual, así que es todo a prueba y error.

Gracias por darnos estos 10 años para desplegar todo nuestro amor. Espero poder estar muchos años más en tu vida, muchísimos. Hasta cuando seas viejito y yo siga diciéndote “mi bebé”. Porque siempre serás mi bebé adorado, sin importar los años que tengamos encima ni vos ni yo.

Te amo, mi bella obra maestra. FELICES 10 AÑOS DE VIDA, HIJITO DE MI CORAZÓN.

jueves, 9 de junio de 2011

ESA BENDITA MANIA DE SONREIR



Como siempre, el tiempo no me rinde. Es por eso que generalmente termino armando viandas para el cole, acomodando uniformes para el día siguiente o poniendo un poco de orden en el tiradero que van dejando mis niños a horas poco propicias, léase entre la 1 y 2 de la mañana. Por supuesto que a esa hora ya ellos duermen cual angelitos, por lo tanto, antes de retirarme de sus habitaciones, los arropo y les doy un beso de buenas noches en sus mejillas calentitas.
A veces, en ese afán de ordenar, me encuentro con cosas tiradas en el piso que me malhumoran un poco, como pedazos de papeles recortados por todas partes, origamis a medio hacer desparramados en el piso o con la manía de mi hijo menor de dejar pijamas de días anteriores tirados, ya que el niño decide usar uno diferente cada día, si no lo controlo.
Anoche, casi lo despierto de tanto que me enojé. Lo primero que vi fue un marcador indeleble metálico tirado en el piso y todo aplastado, seguramente con sus dientes. Había también algunas hojas escritas con dicho marcador. Hasta ahí, todo más o menos normal. Pero al llegar a la guitarra (esa de verdad que los Reyes Magos le trajeron en enero), la encuentro fuera de funda y ESCRITA con ese marcador.
No sé nada de guitarras, así que no puedo describir exactamente dónde estaba escrito, pero para para poder transmitir un poco la idea, en la parte de adelante, arriba (donde sale el "brazo" de la guitarra) estaba escrito de un lado la palabra CARLOS y del otro algo así como UEATER, aunque no era muy legible. Más abajo, unas rayas que supongo yo simularían rayos.
Corrí al baño en busca de alcohol y un poco de algodón, a ver si así la podía limpiar. Algo salió, pero igual quedó un sombreado del CARLOS y algunas líneas más.
Decidí reservarme el rezongo para esta mañana. A pesar del enojo, me dio lástima despertarlo. Total, lo hecho hecho estaba.
Esta mañana, entre corridas al trabajo y salidas al colegio, olvidé por completo el hecho. Pero, al llegar a casa en la tarde, no se salvó.
Le pregunto, con voz seria y firme, si recuerda qué había hecho con el marcador. Con carita de pollo mojado, me dice que había rayado su mesa (ya la había visto, pero tiene tantas rayas que eso no me preocupaba). Le respondo que sí, que está mal, que el marcador es sólo para escribir en hojas o cuadernos, no en cualquier lado. Pero que había algo más que había escrito y no debía haberlo hecho. Le volví a pedir que hiciera memoria. Entonces respondió: "la guitarra". "Exacto!", dije yo, con voz más enojada aún. Allí comenzó mi verborragia: "el marcador no es para usarlo en cualquier cosa, cómo vas a hacer eso!, además, lo destrozaste después de usarlo, ahora no sirve para nada. Y la guitarra, Renzo?? La guitarra?? A vos te parece andar escribiendo en la guitarra??" (seguía mirándome con esa carita de pollito mojado o Gato con Botas de Shrek que tan bien sabe poner). "Decime, qué quisiste escribir en la guitarra? Quién es Carlos? De dónde sacaste eso?". Entonces me dice "CARLOS WALTER". Ya sólo sentir la combinación del nombre Carlos Walter me dio gracia. Pero más aún cuando Juan Diego entró al cuarto y contó: "lo que pasa que en la tele están pasando una publicidad que te regalan la guitarra autografiada de CARLOS BAUTE, se ve que eso fue lo que quiso poner".
Listo. Se terminó el rezongo. Todos nos tentamos, excepto Renzo, claro, que no sabía si al reír iba a mejorar o empeorar la cosa.
Igual terminé mi discurso de buenos modales y de lo que puede escribir y lo que no, pero ya la autoridad, penitencia y todo lo que podía venir después, se desvaneció con la risa.
Este niño es la bendición de esta casa. Es el niño chispita. El niño que nos hace reír, aún cuando se porta mal.
Entonces, me quedo con eso, con la plenitud de tener un niño que haga lo que haga siempre logra arrancarle una sonrisa a los demás, ya sea con su cara de Gato con Botas de Shrek, con un autógrafo en una guitarra o con lo que se le dé la gana. Lo cierto es que no hay un sólo día que Renzo no nos haga reír. No en vano, como dice en el post que una vez escribí
LA VERDAD DE LA MILANESA él decide siempre sonreir.
Amo a mi niño como cualquier padre o madre ama a los suyos. Pero particularmente lo amo por la maravillosa forma que tiene de enseñarme día a día a ser feliz.

domingo, 7 de noviembre de 2010

AY HIJO, QUE ME HACES LLORAR!


Hoy es un día de júbilo en lo de los Fernández-Pérez. Es que nació Julieta, la primer hija de Sebastián y Florencia. Todo salió mejor de lo esperado. Es que los nervios de Florencia le jugaban una mala pasada y la hacían imaginarse un parto interminable. Por su parte, Sebastián, ya se estaba preparando para despertar de golpe una madrugada y repasar la lista que tenía escrita para no olvidarse de nada.

Pero no. Julieta no vino a las apuradas ni en el medio de la noche. Dejó que sus padres descansaran, se despertaran como cada mañana (aunque Flor ya despertó con contracciones a las 5 y no pudo dormir más) y, unos minutos después fue cuando decidió empujar un poquito y romper la bolsa que hasta entonces había sido su morada. Flor le indicó tranquilamente a Sebastián dónde estaba su bolso y el de Julieta y unos instantes más tarde salieron para el hospital.

Inmediatamente los instalaron en la sala de pre-parto, porque Julieta no dejaba de empujar, por lo cual las contracciones eran cada vez más y más seguidas. Y más y más dolorosas.

Pero Julieta es una buena niña y decidió no hacer sufrir demasiado a su madre. Así que una hora y media después de haber llegado, Julieta largaba su primer grito al mundo.

Flor y Seba no paraban de sonreír y por supuesto alguna que otra lagrimita de felicidad también largaron.

Julieta estaba con ellos. Después de nueve largos meses de espera, de los preparativos, de comprar ropita diminuta, de leer libros de embarazo y los primeros meses de vida del niño, de ver que la piel de la panza se estira hasta el punto de llegar a un tamaño jamás imaginado, la bella niña de sus sueños se hizo realidad. Happy ending. Or beginning.

Porque lo cierto es que no hay nada más lindo que escuchar el llanto de un bebé ... en el preciso momento que nace. Este es el UNICO momento que el llanto de nuestros hijos nos da felicidad hasta las lágrimas. No es necesario pensar demasiado para darse cuenta que esto es verdad.

Pasado el momento del parto, nos vamos a la sala, a alojarnos con nuestro niño o niña recién nacido. Todo hinchadito de tanta fuerza que tuvo que hacer para salir, dormidito, chiquito, frágil, tierno, comestible. Es nuestra creación y aún no podemos creer que ese ser tan perfecto haya salido de nosotros.

Pasa un rato, unas horas quizás para las más afortunadas, y el primer llanto suena (en realidad, ya es el segundo). Hora de comer. La criaturita comienza con su proceso alimenticio y ahí empiezan las primeras complicaciones de esta vida. Hasta hace unas horas no tenía la menor idea de lo que era el hambre, ya que su alimento venía a través de un cordón. Ahora deberán proveerle el alimento y, para eso, deberá llorar. La madre acomoda al niño/a en su pecho, pensando que la criatura con su pequeña boquita succionará y sacará leche de su interior. Minutos más tarde se dormirá (si no lo hace mientras toma) y el proceso seguirá sin problemas. Pero no es tan sencillo. El bebé intenta desesperadamente poner su boca en la teta de la madre, la madre no sabe muy bien cómo acomodarlo, el bebé cada vez está más desesperado porque no deja de ser un cachorrito en busca de alimento, así que se prende rápidamente del pezón materno, como puede, y empieza a chupar. La madre, en un grito desesperado, pide a su esposo-compañero-padre de la criatura, que llame a la enfermera porque le va a arrancar la teta. La enfermera, paciente y master en el tema, ayuda a la madre a acomodarse y al niño/a succionar fervientemente, dándole el tan esperado alivio a la mamá.

Una vez finalizado este proceso, ya la criatura de panza llena, como era de esperarse, se duerme. Pero es hora de cambiar el pañal. Lo cual hace que el pequeño pimpollito se despierte y vuelva a llorar. La madre, con toda su ternura, tratará de consolarlo, sin importarle los dolores post-parto que tiene o si la cortaron de lado a lado, por haber tenido una cesárea. El dolor de una mujer, a partir del nacimiento de su hijo, quedará relegado por muchísimos años. Tantos, que cuando nos demos permiso para sentir dolor, nos daremos cuenta que no hay pedacito del cuerpo que no nos duela. Finalmente logramos que la criatura caiga nuevamente en brazos de Morfeo y nos permita tener unas dos-tres horas de descanso hasta que el proceso vuelva a empezar.

Lo cierto es que ya no lloramos más de felicidad ante el llanto de nuestro hijo, pero de aquí en más es muy probable que sí lloremos en muchas oportunidades en que los escuchemos llorar. Esto ocurrirá por primera vez cuando comience con sus cólicos y no sepamos lo que hacer, cuando el cansancio nos gane y el niño no nos deje dormir, cuando veamos a nuestro esposo-compañero-padre de la criatura dormir plácidamente y nosotras estemos paseándonos de lado a lado de la habitación con el niño en brazos. Y más adelante, quizás por no haber podido evitar que se cayera y se pegara o raspara, por no ser capaces de estar las 24 horas con el ojo encima de ellos (lo cual ya hubiera acabado con nuestras vidas, sin dudas) , cuando lo dejemos por primera vez en el jardín de infantes o cuando llore por alguna injusticia y tengamos que explicarle algo que ni nosotras mismas nos creemos, pero que es necesario para que confíe en la vida y tome valor para enfrentar más adelante desafíos mayores.

También lloraremos muchas otras veces sin que su llanto nos provoque el nuestro, aunque sí su ser sea el motivador del mismo. Cuando nos regale su primer sonrisa, le salga el primer diente, diga su primer palabra (que en raras ocasiones es "mamá"... el muy cretino) o dé su primer paso. Cuando lo veamos armar su primer puzzle de 4 piezas ("¡mi hijo es un genio!"), cuando comience a razonar y sacar sus primeras conclusiones para actuar en consecuencia, cuando escriba su nombre, empiece a leer o traiga su primer carné escolar.

Cuando nos vea llorar y no nos pregunte nada, sólo nos consuele con besos y abrazos, cuando vaya a su primer baile, tenga su primer novia o novio, con el cual seguro nos encariñaremos y de un día para el otro dejaremos de ver, cuando pierda su primer examen, por el cual pasó noches estudiando sin dormir, cuando tenga otra novia o novio y la cosa vaya "en serio" y decidan dejar el hogar y partir.

Y entonces, llegará el día en que volveremos a llorar de felicidad ante el llanto de un niño, cuando veamos a nuestros nietos nacer.

Lo cierto es que desde que tenemos hijos las lágrimas se hacen moneda corriente en la vida de una mujer (que si de por sí es sensible, deberá por el resto de su vida recordar tener pañuelos en su cartera).

Pero no por eso cambiaría jamás nada de lo sucedido ni de lo que vendrá. Porque prefiero derramar litros de lágrimas como para llenar una piscina de 100.000 litros antes que vivir en el árido desierto de no ser mamá.

jueves, 15 de abril de 2010

LA VERDAD DE LA MILANESA


Hoy soné antigua con esta frase y mi primo, muy moderno y joven él, enseguida me lo hizo notar.

Y sí, estoy vieja. Mis canas que estos días han brotado como árbol en primavera me lo hacen saber. También el cansancio que llevo encima, el cual pinta unas ojeras espantosas en mi rostro.

La angustia y desesperación supieron visitarme de nuevo y esa es "la verdad de la milanesa".

Siempre es horrible ver a un niño enfermo. Pero nada es peor que ver a uno propio. La buena onda y el positivismo parecen desaparecer como arte de magia y la paciencia no es una aliada, sino enemiga.

Pero en todo este milagro de vida que es verlos crecer, aprender y salir adelante, aparecen las enseñanzas en el camino. Para todos. A veces, muy difíciles de visualizar. Otras, no tanto. Ayer, en medio de su llanto, vía en la mano, otra en su pecho, alimentos artificiales y antibióticos, me dijo "mami, yo hoy voy a hacer todo lo posible por sonreír". Y lo logró. Pasó todo el día sonriendo. A veces, forzadamente, pero jamás abandonó su sonrisa. Y yo lo miraba y pensaba: "cómo no ser positiva cuando un niño de 5 años se propone serlo?".

La sabiduría que me transmite estos días es incalculable.

También antes de su segunda operación, mientras él lloraba y yo también, preguntó a su padre qué le pasaba a mami. Juan le explicó que yo estaba cansada y me dolía la espalda. Y mi pequeño niño dijo: "y por qué entonces no se va a casa un rato y se acosta en su cama?". Nunca le importó su dolor, sino el mío. Cómo no esperar que salga adelante una personita tan noble como lo es él?

Entonces, creo que por su nobleza y poder de recuperación fue que hoy finalmente le retiraron su sonda gástrica. Y comenzó a tomar jugos y comer gelatinas. Aún falta para decir que está bien, pero su esfuerzo y voluntad han hecho que su mejoría se haga notar (sin quitarle crédito a los médicos que hicieron su parte, por supuesto).

Aún estaré ausente unos días, internada a su lado, pero cuando volvamos a casa empezaremos todos a respirar mejor. De verdad. Y en la mesa sin dudas que habrá milanesas.

viernes, 18 de diciembre de 2009

AMOR PERFECTO


Hoy hace ya diez años que conocí al amor perfecto. Ese amor que no tiene barreras, que es incondicional, el amor que nos lleva a dar la vida por alguien o hasta implorar por su muerte si eso es lo mejor para el ser amado. El amor que todo lo puede, que nos hace sentir vivos cada día, que nos llena con su luz. El amor de madre.
Hoy hace diez años que fui mamá. Que sentí lo maravilloso de crear a un ser y llevarlo durante casi nueve meses dentro mío y que al verlo el mundo tomara otro sentido.
Hoy hace diez años que nació Agustín, mi hijo.
Agustín llegó a mi vida pendiendo de un hilo y me llenó de un amor hasta entonces desconocido. Al verlo, poco me importó la decena de cables que tenía conectados. Todos fueron invisibles para mis ojos. Sólo veía a un niño hermoso descansando en una cuna, no a un niño enfermo.
Hoy soy lo que soy gracias a los 17 días que vivió Agustín. Hoy me siento una luchadora porque no hacerlo sería una deshonra, habiendo sido testigo directo de cómo un bebé luchaba tanto por su supervivencia. Hoy entiendo que no podemos interferir en el Plan Divino. Que el mapa de nuestras vidas ya está trazado y que lo único que podemos hacer es aceptarlo o morirnos de una depresión si es que no lo hacemos.
Hoy mi vida es plena con mis dos soles y estoy convencida que la Luz de Agustín los guía en cada paso que dan, que los cuida y protege. Que mis hijos de verdad tienen un Angel de la Guarda.
Hoy visitamos el cementerio. Sólo voy una vez por año, porque sé que mi hijo no está allí. Sin embargo, estar allí me acerca un poco más a él, a lo que quedan de su cenizas, y me tomo el tiempo para meditar y reflexionar con él.
Fuimos los cuatro. Renzo preguntó: “por qué vinimos aquí?”, dejándonos sin palabras tanto a Juan como a mi. Pero Juan Diego, ante la falta de respuesta, le dijo “vinimos a rezar”, y a Renzo lo conformó. Luego, en la preocupación de decirle algo, Juan le preguntó: “vos sabías que tenías un hermano mayor?” y mi cara lo dijo todo, porque aún no quiero que se entere. Entonces, otra vez Juan Diego me miró y le dijo a su hermano: “sí, soy yo tu hermano mayor”.
No puedo sentirme más que orgullosa de la familia que hemos formado. Con Juan, Juan Diego, Renzo … y Agustín. Porque sin él yo no hubiera podido hacer todo esto ni ser quien soy hoy.
Así que, hijo mío, sea donde sea que estés, gracias por venir a mi vida, por ser el ángel que me visitó en la tierra, por darme fuerzas para seguir, por enseñarme sobre ese amor incondicional y único, por hacerme crecer.
Te amo, como sólo una mamá puede amar a un hijo. Presente o ausente, con vida o sin ella, cuando se ama incondicionalmente el amor nunca se va.

viernes, 25 de setiembre de 2009

NOCHE DE TESOROS


Es semana de vacaciones de primavera y, si bien los niños de casa están felices de que hayan llegado, no es fácil complacerlos en estos días.
Aún el tiempo está frío como para que jueguen tanto rato afuera. Es cierto que el sol ya empieza a calentar un poco más que hace apenas unas semanas atrás, lo cual permite que se salgan y se oxigenen un poco, más que nada en horas del mediodía; pero después no sólo se aburren de andar en sus bicicletas y patinetas sino que ya es hora de ponerse una camperita o entrar. Generalmente terminan optando por lo segundo.
Uno a la computadora. Otro al playstation. La tecnología ayuda, no hay dudas, pero como madre me entra la culpa de ver a esos niños alienados con los aparatos. Claro, qué ejemplo puedo darles cuando yo hago lo mismo, ¿no?. Mala madre, mala madre, mala madre, me castigo. Se terminó. Hoy decidí que el día fuera diferente. Bueno, al menos la noche.
Aprovechando que mi marido no volvería hasta tarde, empezamos la fiesta. Primero fuimos a comprar unos pegotines nuevos para las bicicletas. Aunque parezca algo muy banal, tiene su explicación para que resulte atractivo.
Salimos de casa y enfilaron para el auto. “No niños, hoy vamos caminando”. Increíble aventura traspasar las rejas que amurallan nuestro hogar y caminar una cuadra por el barrio. Iban contentos, felices, ¡libres!. Llegamos a la bicicletería y tuvieron durante 5 minutos al pobre hombre que paró su trabajo de reparación de pinchaduras para atender a mis lindos solcitos. Miraron los stickers, eligieron, se arrepintieron y volvieron a elegir. Pagaron (cada uno llevaba su propio dinero) y volvimos a casa por el mismo camino que habíamos trazado a la ida.
Apenas entraron corrieron hacia sus bicis a pegarles sus nuevas adquisiciones y después a andar en ellas. Seguro que rodaban mejor con los nuevos calcos. ¡Habían quedado super!
Luego de jugar un rato, volvimos a salir. Esta vez a la peluquería a hacer los cortes típicos de vacaciones para que el lunes vuelvan prolijos a la escuela.
Ya cansada de las dos míseras cuadras que caminamos, decidí que iríamos en el auto. Caminar 10 cuadras más (en total, de ida y vuelta), no estaba en mis planes del día.
Por suerte cuando llegamos no había nadie, así que en menos de media hora ya estábamos rumbo a casa y de pelos cortos. Quedaron preciosos y, lo que es muchísimo mejor, conformes.
Ya casi era hora de cenar, por lo tanto pedimos empanadas que demoraron apenas una media hora en traer. Mientras tanto, cada uno volvió a sus aparatos electrónicos.
Lo bueno es que mantenemos ciertas tradiciones. Es por eso que una vez que la cena llegó, nos sentamos los tres a comer y a compartir una linda charla donde el humor como siempre fue abundante, gracias al menor de la familia.
La cena transcurrió sin discusiones y con una motivación, lo cual hizo que los platos se vaciaran más rápido que lo normal: se venía la búsqueda del tesoro.
Dibujé un mapa de la casa y marqué ciertos puntos en dorado, identificados con distintos símbolos. En cada punto había una pista que los llevaba a la siguiente, no sin antes cumplir una prenda para poder acceder. Las mismas consistían en lavarse los dientes, levantar los platos de la mesa, ponerse el pijama, razonamientos lógicos y bailar. Si lograban pasarlas, debían avanzar hasta la siguiente de un modo especial (en un pie, en cuatro patas, cangrejo, una mano en la cabeza y la otra en la cola del compañero, etc), hasta llegar a la última que los llevaría al GRAN TESORO, dos Super Push Pop (chupetines triples, hablando en español).
Se divirtieron enormemente, haciendo lo que hacen todos los días pero con un desafío por cumplir, además de bailar al ritmo de Daddy Yankee y su “Llamado de emergencia” o de jugar al cine mudo para conseguir su siguiente pista.
Ya con los super chupetines en su poder, me invitaron a ver una película: Open Season. Nos acurrucamos los tres en la cama grande, apagamos las luces y nos pusimos a mirar al oso y al alce de un solo cuerno hacer sus locuras por el bosque.
Al terminar, cada uno se fue a su cuarto, los arropé y nos dimos el beso y abrazo de buenas noches.
Hoy se fueron a dormir sin pelear, sin rezongar, sin gritar. Hoy se durmieron plenos de felicidad.
Y todo porque logramos salir un rato de la tecnología y disfrutar de mimos, juegos y diversión.
Ojalá volvamos a repetirla. Con vacaciones o sin ellas. Seguro que ellos lo recuerdan. Generalmente somos los adultos que nos olvidamos pronto de todo esto.

sábado, 24 de febrero de 2007

JAQUE MATE, MAMA

Aquí está el azúcar:
Mi hijo de 5 años suele obsesionarse con el aprendizaje. Por estos días, su obsesión pasó a ser el ajedrez. Como soy la única persona de esta casa que sabe mover las piezas (no jugar, porque de estrategias no sé nada), me ha tocado compartir este espacio lúdico y de aprendizaje con él. No me quejo, por el contario, nada más lindo que compartir con los hijos.

Es así que a pesar de tener un precioso y preciado ajedrez tallado en piedra en el cual jugamos por primera vez, hoy le compré uno acorde a su edad, o sea de plástico. Fue uno de los regalos que más feliz lo ha hecho. Ver su carita de felicidad al recibirlo me regocija.

El problema es que mis tiempos son siempre muy ajustados, por lo cual recién a última hora de la noche logré sentarme a jugar nuevamente con él. Es increíble la capacidad de aprendizaje que tienen estos niños. No dejo de sorprenderme. El primer día conocía algunos movimientos (como ser el de la Reina o los Peones ... aún me pregunto cómo aprendió, ya que ni él mismo sabe responderme). Ese día estuve explicándole cómo debían moverse las demás piezas y, a pesar de su corta edad, ha retenido bastante los movimientos. Por supuesto que esa noche el Jaque Mate lo hice yo.

Hoy "la clase" fue más que nada sobre atención en los movimientos del otro jugador. Ver en forma estratégica cuál era el mejor movimiento para evitar perder piezas. Aunque a veces uno esté tentado de "comer" al oponente, es probable que luego él te haga perder una de las tuyas.

Así venía desarrollándose el juego, entre Caballos, Torres y Alfiles, cuando de repente mueve una de sus piezas y dice: "Jaque Mate, mamá". Acababa de jaquearme al Rey con su Reina. Mi Rey no tenía escapatoria. Era un Jaque Mate real.

Entre derrotada y abatida, también me sentí plena de orgullo. Mi hijo de 5 años me derrotó en su segundo partido de ajedrez.

Se fue a dormir con una sonrisa de felicidad en su rostro. Mañana seguro me espera un nuevo "duelo", como lo llama él. Por mi parte intentaré defender el reino, porque es la mejor forma de que pueda aprender. Pero lo cierto es que siempre estaré deseando escuchar "Jaque Mate, mamá", y sin dudas me volveré a sentir orgullosa y feliz cuando MI REY logre derrotar al Rey de un juego de ajedrez.