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viernes, 2 de mayo de 2014

DUELE, PERO AGRADEZCO RESPIRAR

Seguramente seré tildada como “mal de la cabeza” y algún otro improperio mayor quizás por lo que voy a escribir. También es probable que me digan “porque a vos no te pasó entonces no entendés nada” y están todos en su derecho de expresar lo que se les dé la gana, de la misma forma que lo voy a hacer yo ahora.
El asunto es que no paro de leer noticias sobre robos, asesinatos, violaciones y, lo que es peor aún, muchas no las leo, sino que me las cuentan en vivo y en directo aquellos a los que conozco, incluyendo a mi propia familia. Que el auto, que las garrafas, que el perro, que la invasión al hogar, que destrozos por aquí, destrozos por allá, que un fulano lo sigue, que otro lo intercepta y lo roba, que a uno lo amenazan con un fierro por reclamar lo propio, que se bajan de un auto para pegarles por tocarle bocina … en fin. Gracias a Dios ninguno de los cuentos que me llegan de las personas a las que quiero y tengo en mi círculo de amigos y familia le ha sucedido nada físico. Están todos en muy buen estado de salud y por ahora sólo debemos lamentar pérdidas materiales. Por ahora. Porque luego de someterse a este tipo de violencia, temo por la seguridad de todos. Incluyendo la mía.
Nadie está a salvo de nada. Y la impotencia que se genera es mucha. Y la rabia, frustración y dolor (porque detrás de todo siempre está el dolor) es aún mayor.
¿Y qué hacer nosotros, estos pobres cuatro gatos locos que somos, para cambiar en algo esta situación? ¿Hay realmente algo que podamos hacer? “Bunkearnos” en casa no podemos. Ya bastante entre rejas vivimos y tampoco funciona. No salir nunca más del hogar es algo totalmente inviable e imposible. Dejar siempre a alguien al cuidado de nuestras pertenencias, no asegura nada. Los ocupamientos ocurren con gente adentro, como le acaba de suceder a una amiga. No tener auto para que no te roben la nafta o te rompan los vidrios y andar en ómnibus todo el día, tampoco te da ninguna certeza, porque también allí te roban, te empujan, te tiran, te patean y hasta corrés el riesgo de que te atropellen cuando bajás o subís, porque también ha ocurrido en mi círculo, y esto sí con consecuencias gravísimas. Irreversibles.
Entonces, bajamos la cabeza y seguimos laburando. Y arreglamos los autos, compramos la garrafa de nuevo, esperamos que el auto que robaron no aparezca nunca más para poder recuperar algo con el seguro, ordenamos la casa y desinfectamos todo porque nos da asco pensar que estuvieron allí, lavamos el auto y lo ordenamos con la misma intención (sacar el olor a orina no es fácil, pero se puede con un buen limpiador de tapizados, lo garantizo), dejamos que nuestro ex socio se quede con lo que no le corresponde antes que nos parta un fierro en la cabeza, tomamos mayores precauciones en autos y hogares (sin estar seguros de que sean inviolables), confiamos ciegamente en que nuestros hijos están cuidados y guiados por seres celestiales y rezamos cada vez que salen para que nada les suceda y empezamos de a poquito a retomar nuestra vida lo mejor posible hasta que la rutina vuelve a ser la misma de antes. Hasta que otra vez pase algo y nos recuerde todo esto de nuevo.

Y sí, yo también estoy harta y cansada de todo esto. Y lo único que se me ocurre es que acá se aplique la maravillosa ley de Rudolph Giuliani, quien fuera alcalde de Nueva York, que impuso en una ciudad donde el robo y asesinato estaba al orden del día la tolerancia cero. Y funcionó. Y bajar la ley de imputabilidad que tanto discuten, porque los pastabaseros son niños que deberían estar estudiando igual que el tuyo o el mío pero, ¿sabés qué? Está robando porque esa es la educación que ha tenido de generación en generación. Porque ya debemos ir por la tercera generación de ladrones, donde en esa casa el abuelo (si es que está) cuenta de lo fantástico que le fue en el robo allá por el 68 (porque mucho más viejos no son). Y porque en la casa ya no educan, porque las madres van y le pegan una piña a la maestra y ese es el ejemplo que recibe el niño, que pegar y agredir está bien (el hijo de esa madre y otros tantos que andan en la vuelta y lo ven).
Entonces, bajá la ley y no lo metas en una cárcel donde supuestamente, como dice el Dr. Tabaré Vázquez, lo van a violar. Creá una cárcel de educación. Pero que estén encerrados estudiando, no en la calle robando. Y enséñales en el medio un oficio también, de paso. Y sé que todo es plata y que “no hay presupuesto”. Pero sí para las campañas políticas, sí para hacer boludeces como poner unas hermosas letras en la rambla o crear un parque de deportes o cualquier otra cosa. Todo queda divino, pero lo cierto es que a esta altura ya no me importa nada de eso. Me importa la educación. Y me importa sacar a toda esta gente de la calle, que no conoce otra cosa que robar o asesinar. EDUCACION y TOLERANCIA CERO. Cárceles educativas y los adultos a recoger la basura cuando los municipales están de paro, por ejemplo, o cualquier otra de las tantas cosas que hay para hacer. Ah, sí, me olvidaba de los derechos humanos. Pero si en medio del trabajo además les enseñamos también un oficio, ¿no cuenta? Porque los derechos humanos son unilaterales. Resulta que el que está en la cárcel por matar tiene más derecho humano que el pobre muerto que no tuvo ninguno al momento de ser asesinado por ese. Porque lo cierto es que mata porque ni su propia vida tiene valor para sí mismo, como ese que por no ser atrapado por la policía se pegó un tiro en medio de la calle hace unos días.
Sólo quiero un mundo mejor. Un país mejor. Un país donde los que aquí vivimos entendamos que vale la pena vivir y lo hagamos con alegría. Leí una nota el otro día de un haitiano que vino porque acá podía hacer algo por su vida. Y lo hizo. Y se graduó en Relaciones Internacionales. Y piensa volver a su país en un año para ayudar a niños y niñas de allá. Otro de República Dominicana (y a este lo conozco) vino porque tenía cuatro horas de luz por día en su casa, entre otras carencias. Vivía en situación deplorable. Acá es guardia de seguridad y es feliz con lo que gana (algo de lo que se quejan tantos). Y piensa hacer una sociedad con otros dominicanos para abrir un restaurante comunitario, donde todos ellos tengan qué comer, y a su vez tener venta de comidas típicas de su país.
Oportunidades hay, sólo que los de aquí no las ven. Ya están ciegos de odio y resentimiento. Para qué trabajar si es mejor robar al que trabaja. Para qué trabajar si tienen dinero fácil de vos, de mí y de todos.
La cosa está difícil, pero no imposible. Y si se hace bien, va a llevar su tiempo acomodar todo esto. Pero nos estamos convirtiendo en algo que no éramos y no me gusta nada. No quiero temer por la vida de mis hijos, mi familia, mis amigos, mi propia vida o mis pertenencias. No quiero vivir asustada.

Y acá entra mi discurso tan bonito de “todos somos uno” en el que tanto me cuesta creer cuando pasan estas cosas. Pero no reniego de él tampoco. Ese que mata también soy yo vibrando en una energía totalmente opuesta a la mía. Y contagia. Y el otro vibra en esa misma energía también. Me acuerdo de la película “Pecados Capitales”, donde el protagonista, Brad Pitt, hace todo lo posible por no verse afectado por los pecados que van sucediéndose. Se mantiene firme a pesar de que hay momentos que parece que fuera a dominarlo el odio. Pero no, banca bien. Hasta que en el último, sucumbe: la ira. Si esto sigue así, vamos a vibrar todos en la misma energía y se va a convertir en una ciudad al mejor estilo del país descripto en “Ensayo sobre la ceguera” de José Saramago, donde algo epidémico terminó sacando lo peor de cada uno. 
Sigo creyendo que en esencia “todos somos uno” y que lo que nos “contamina” es el entorno, el ambiente, los malos consejos, la envidia, los celos y, sin duda alguna como componente principal, la falta de amor y contención. Probablemente otros factores que me estoy olvidando pero que no es lo que hacen esta historia. Todavía creo en el ser humano, pero no en las personas. No en esa máscara que se usa para ser malo, ladrón, asesino y, por ende, deshumanizado. Me cuesta mucho igual llegar a esta conclusión, pero así desperté hoy, pensando en todo esto y tratando de no llenarme yo también de odio, porque no gano nada y pierdo mucho. Soy amor y vibro en amor. Y voy a seguir intentándolo, aunque me incendien la aldea, como al cura bueno en “La Misión”. Yo creo. Así soy.

Me duele el alma ver a mi país así. No sé qué hacer más que proponer, porque no tengo herramientas a mi alcance para que se lleve a cabo nada de lo que propongo.
A quien quiera, lo invito a vibrar en positivo. Por favor, no se contaminen con ira porque no les hace nada bien y se logra el cometido del deshumanizado. Sigan siendo amor, perdonando y agradeciendo por lo que tienen en vez de lamentar lo que no. Sé que es super difícil, pero inténtenlo. Por favor.
Y dejo constancia que no escribo desde lo fácil de “a mi no me pasó nada”. Porque aunque no lo haga público, como a todos a mí también me pasó.


miércoles, 24 de octubre de 2012

VOS ... YO ... VOS

Estoy cansada de ser tan importante para los demás. Y no lo digo con orgullo ni soberbia, sino con hastío. Porque me parece increíble que la gente no tenga nada mejor que hacer que hablar de los problemas ajenos, que juzguen al otro como si sus vidas fueran inmaculadas, que no tengan la menor idea de lo que uno ha vivido como para venir a decir si lo que uno pudo (o no) haber hecho lo hizo bien o lo hizo mal. Que en pro del bien, hagan mal. Y que, gratuitamente, se sientan dioses o semidioses por haber obrado dentro de sus conceptos de bien.
Ya no sé si es grato o ingrato el saber que soy tema de conversación en las mesas. Lo cierto es que hubiera deseado escribir la historia de mi vida en papel. Sin dudas que el libro se vendería como agua en todas las librerías -más allá de que fuera interesante o no, verdad o mentira. Eso no es importante cuando de hablar del otro se trata. Luego de leerlo quizás la opinión no fuera buena, porque en definitiva no era tan interesante como se pensaba, pero el hecho real sería que el libro se vendería y el dinero estaría inflando mi flaquísima cuenta del banco-. Los programas de chismes de la tarde estarían sacando su buena y jugosa tajada si fuera famosa -y, otra vez, mi cuenta del banco creciendo-.
Pero lo cierto es que no, no lo soy, y la plata (al igual que a la mayoría), no me alcanza.
Simplemente soy una mujer como cualquiera, con miles de problemas resueltos y ocupándome de resolver las cosas día a día, sin pre-ocuparme por lo que vendrá. 
Soy una mujer que toma decisiones, en el acierto o en el error, pero que no se queda parada mirando pasar la vida, porque me gusta que la vida pase siempre a través de mí. 
Soy alguien que se cae y se levanta mil veces y lo hará mil veces más si es necesario.
No soy un ángel. 
Tampoco un demonio. 
Soy un ser humano en vías de extinción, como cualquiera de nosotros. 
Soy quien se equivoca y aprende. 
Soy quien reconoce que aún le queda mucho por entender y hacer carne sobre un montón de cosas, algunas que ya se visualizan y otras que aún no. 
Soy la que busca soluciones para sí misma, porque sabe que mejorarán su entorno. Quien va a terapia para entenderse y quien hace yoga para distenderse.
Esta soy yo. La que sobrevivió a la muerte propia y ajena, la que lloró pérdidas en incansables ocasiones, la que deseó morir y agradeció por vivir, la que se ciega de orgullo y también la que aprende a aceptar, la que muchos hablan porque conocen y de la que otros hablan porque desconocen, la que decide y se hace cargo. La que opta por lo positivo y desecha lo negativo. La que aún tiene mucho por pulir para construir, pero que sabe que será tarea de toda la vida, porque la luz llega en cuentagotas y, cuanto más consciente  se hace uno de la oscuridad, mayores son las posibilidades de que la luz se revele.
No soy nadie y soy todo. 
Soy amada y odiada, pero por suerte para mi, muchísimo más amada. 
Basta de hablar de mi. Sería muchísimo mejor si me hablan a mi.
Y por cierto, no me olvido que somos espejo. Reflejémonos.

domingo, 9 de setiembre de 2012

DOLOR NO AJENO

La muerte de un hijo no tiene consuelo. Sea como sea, no lo hay. Si es que está enfermo, tenemos siempre la esperanza y fe de que mejore. Si es una muerte inesperada, de esas que aparecen de golpe, los primeros instantes parecen surrealistas, algo que no nos está sucediendo a nosotros.
No importa la edad que tenga. No estamos preparados ni programados psicológicamente para ver morir a nuestra descendencia. Lo lógico y normal indica que por edad cronológica primero nos toca a nosotros.
Sin embargo, los hijos mueren. Y los padres quedamos sin consuelo. Es cierto que muchas veces, en caso de enfermedades me refiero, el amor nos gana y deseamos su descanso, pero eso para nada significa que el dolor se reduzca. Sólo se trata de amor.
En estos días tuve que escuchar sobre dos muertes de niños, de las miles que ocurren en el mundo. 
Debo ser sincera y confesar que cuando me entero de la enfermedad, como fue el caso de Blanca Vicuña, si bien no soy ajena a la noticia porque resuena por todas partes, trato de no buscar información, de no indagar, de no saber más de lo que de rebote me entero. Sólo veía su foto circular por Facebook, pidiendo oraciones por ella y las pasaba muy rápido. Y pensaba: "Dios ya sabe que ha de hacer", ya fuera que siguiera viviendo o no. Realmente no podía quedarme leyendo o mirando esa carita angelical y pensando cómo estaría pasando. No podía ni quería.
Algo similar me pasó con el caso del bombero. Una noticia que circuló por aquí estos días: al bombero se le incendió la casa. Salvaron a dos de sus hijos, pero su beba de 11 meses murió  calcinada. Traté de no imaginar nada. No quise pensar en nada.
Pedidos de ayuda para esa familia que está hoy en la calle me han llegado por varias vías. Y sí, necesitan todo para reconstruirse. Inclusive y principalmente a su bebé. Pero ella no volverá cuando los muros de la vivienda vuelvan a levantarse.
Sé del dolor que estas muertes provocan. Lamentablemente lo sé y eso me permite comprender a estos padres y a tantos otros que no conozco porque no fueron noticia.
El dolor viene con o sin dinero. Siendo famoso o un simple bombero. El dolor por la muerte de un hijo no tiene consuelo. Se debe vivir el duelo, sufrirlo, llorarlo y no comprenderlo en esos momentos.
No hay otra forma de pasarlo.
Luego dependerá de cada ser el valor que le dé a la muerte de su hijo. 
Hay una parte que queda sin respuestas. De hecho, está escrito en el libro de "Preguntas sin contestar" con el que pienso irme cuando me muera.
Otra parte, uno trata de ir encontrándole el sentido y, si logramos encontrarlo, vivimos con un poco más de paz.
Igual esos ángeles no se olvidan. Nunca. Son seres de luz que impregnaron nuestras vidas. 
Yo no voy a dar cátedra de cómo y por qué estas cosas suceden ni de cómo hacer para superarlas. Vivo mi experiencia y, a la distancia, comprendo que tanto los papás famosos como el bombero y su esposa, o como cualquier otro papá y mamá que estén o hayan pasado por eso, tendrán un arduo camino por recorrer. Algunos podrán hacerlo. Otros quizás no. Y ambos merecen todo mi respeto.
Lo más tal es desearles paz eterna especialmente a estos dos angelitos que en estos días han sido noticia, al igual que a todos aquellos que se han calzado sus alas y emprendido vuelo. Y extender mi consuelo a todos los padres del mundo que sufren la pérdida de lo más preciado que la vida nos otorga, nuestros hijos.
Que la paz colme los corazones de todos. Que así sea.

lunes, 13 de febrero de 2012

UNO CON EL TODO

Estoy con un grave bloqueo creativo. Llevo casi 4 meses sin publicar nada en este blog y recién hoy me percaté de eso. Me asustó un poco ver que había pasado tanto tiempo. El otro día, escuchando un disco de Calle 13, pensaba en René Pérez, su cantante, tan emblemático él, y pensaba en la vida conflictiva que habrá llevado pero que, aún así, en su alma había amor. Y escuché una frase en uno de sus temas musicales que dice: "No se puede escribir sobre el dolor cuando se escribe con miedo". Y me quedé pensando bastante en eso, concluyendo que era totalmente cierto. Quizás haya sido un poco de ambas cosas, de dolor y miedo, lo que me haya paralizado. No lo sé. Pero lo cierto es que hoy, después de tanto tiempo, surgió algo sobre qué escribir. No significa que la parálisis haya pasado, simplemente que hoy aparecieron algunas letras para plasmar, nada más. Dejemos fluir, que esa es la mejor forma de ser, al menos la que he descubierto hasta el momento.

En fin, lo que quería comentar, es que en esto de la espiritualidad y todo lo que tanto tiempo lleva rodeándome, he sentido que es muy difícil ser Uno con el Todo, algo que digo continuamente pero que experimento muy poco. Es más intelecto que espíritu lo que expreso cuando lo digo y, claro, el intelecto sólo me lleva a un análisis muy crítico y eficaz de que eso es algo maravilloso, pero no me permite realmente sentir qué es.

Puedo darme el lujo de decir que en momentos de meditación lo he logrado. En esos momentos donde mi concentración en el centro de mi ser es extrema y en donde mi mente se calla, me he sentido fusionada en la tierra en que me apoyo, he sentido que el aire que entra y sale de mis pulmones es parte del Universo, por lo cual también estoy siendo parte del mismo y, cuando he entrado en contacto con otros (ejercicios de meditación conjunta), me ha pasado de perder la noción de dónde comienza uno y dónde termina el otro. Es una sensación maravillosa. Pero sí, generalmente sólo lo he logrado en estados meditativos o en momentos de muchísima paz, donde mi alma parecía salida de mi cuerpo.

En las mañanas suelo ser más sensible que en el resto del día. No sé por qué. Quizás mi cuerpo aún no se contamina de rutina y eso me hace percibir las cosas tal cual son. O lo más cerca posible, al menos. Puedo ir escuchando algún tema musical y llorar emocionada con la dedicatoria de él a ella, o viceversa, pensando en lo lindo que se deben haber sentido ambos, tanto el que dedicó la canción como el que la recibió. Me los imagino, cada uno en su casa, hablando por teléfono, diciéndose cuánto se aman. Y me emociona. Porque a mi el amor me emociona, sea el formato que sea que tenga.

Así iba yo a trabajar esta cálida mañana de febrero, conduciendo por las mismas calles de todos los días, cuando de repente miré por mi espejo retrovisor, lo vi y, una vez más, me enamoré. Ese Río de la Plata super tranquilo, dorado por los rayos de sol matutinos. Tan fascinada quedé con la imagen que agradecí por estar allí en ese preciso instante y no haberme perdido ese instante de paz que me había sido transmitido.

Pero al mirar al frente (porque fueron tan sólo unos escasos segundos, el tránsito en la mañana es bien complicado), empecé a percibir otras cosas, como por ejemplo, las aves que revoloteaban sobre la costa. Y sentí la libertad que debían estar sintiendo en ese preciso momento.

Volteé la cabeza hacia el otro lado y descubrí el verde de las copas de los árboles y sentí su oxígeno, la fragancia fresca que poseen y, cómo describirlo, una frescura que sólo un árbol puede sentir a esas horas de la mañana.

En ese momento, felizmente sorprendida, me dije: "esto es ser Uno con el Todo". Pero entonces, empecé a observar a los otros seres humanos que pasaban caminando o que, al igual que yo, conducían sus vehículos. Y no sentí lo mismo. No me sentí Uno con ellos. Y pensé entonces que algo estaba mal. Que podía hacerlo con la naturaleza, pero no así con un igual a mi. Y me pregunté, "¿por qué es que siempre los veo como 'otros', no como la Unidad que somos? ¿Por qué me cuesta tanto si somos el mismo género?". Y de repente, lo entendí. Es que yo no veo su alma. Veo su ego. Veo su mente. Veo su accionar a partir de su raciocinio o de su personalidad. Nunca desde su niño interior, desde su inocencia, desde ese lugar que habita en ellos y que está puro, aunque ni ellos lo vean. Por eso, es que es muchísimo más difícil. Porque en la mayoría de los casos, ni ellos lo perciben. No se ven como seres de luz, sino como el más fuerte, el más débil, el más alto, el más bajo, el más bueno, el más malo, el más víctima, el más victimizado, el más irrespetuoso, el más encolerizado, el más arrogante, el más tímido, el más frágil, el más desprotegido, el más protector ... siempre los veo desde "su" personalidad, nunca desde "nuestro" centro compartido. Porque nunca se muestran así. Es difícil despojarse de toda vestidura y quedar desnudo frente al otro. Desde los tiempos de Adán y Eva que esto es difícil. No en vano tuvieron que usar una hoja para ocultar algo. Tuvimos la sabiduría del árbol y la vergüenza de quedar expuestos. Pero también tenemos la inteligencia suficiente como para saber que quedar expuestos nos va a lastimar sólo si nuestro ego así lo permite.

Tras ese cuerpo que camina o maneja a mi lado, reside un alma, que está unida a mi. Tras el violador, el indigente, el amargado, el deprimido, el asesino, el drogadicto, el ladrón o el vendedor del quiosco de la esquina, hay un alma que está unida a mi. Lo que le haya tocado vivir y cómo lo haya manejado en este plano, no es asunto mío. O sí, si es que me toca ayudar en su evolución, como a otros les toca en la mía, porque a veces también pasa a ser asunto de uno. Pero a veces es asunto de otro. Y otras veces, no es asunto de nadie, porque es lo que tiene que vivir. Pero el alma está allí, aunque nos cueste horrores aceptar su pureza. No es el alma lo que está impura, es su razón en desequilibrio con su corazón. Muchas veces las circunstancias sociales llevan a actuar de cierta manera. Y no lo digo como justificación, porque también sé de casos de gente brillante en todo sentido que sale de lugares de los cuales nadie imaginaría que alguien bueno podría salir de allí.

El alma es lo que conecta contigo y conmigo. Lo que hace el nosotros. Lo que nos hace ser Uno con el Todo. El alma y todo lo que nos rodea. Es difícil, muy difícil dejar de mirar con estos ojos que se nos han dado y llevamos en el rostro y ver con los otros, que también se nos han dado y hemos ido cubriendo de velos al punto de quedarnos ciegos.

Ojalá algún día, ese estado que sentí hoy, pueda ser permanente y no sólo me pase de vez en cuando, que no sea sólo cuando los rayos de sol matutinos se desplieguen sobre el mar.

Por el momento, seguiré agradeciendo cada vez que esto suceda, pero también deseando que el correr los velos que tapan mi visión comience a volverse algo natural, como parte de mi diario vivir.

(Un especial agradecimiento a los pajaritos que cantan mientras escribo)


domingo, 30 de octubre de 2011

EL CANDADO ESTA ABIERTO


El dolor viene en varios formatos y la realidad es inevitable.
Dicen que aprendemos tanto del dolor como del placer (o sea, el generador de buenos momentos) y, luego de haber escuchado esa frase por primera vez hace ya algunos años, comprendí que era real.
Si no conocía aquello que me causara dolor, jamás valoraría realmente lo bueno con tanto ahínco.
El problema radica cuando el dolor se convierte en sufrimiento. Ahí sí, estamos fritos. Y sólo nos queda una alternativa: superarlo. Si se trata de un dolor físico, nos sentimos el ser más desdichado del mundo entero y, para peor, nuestro ego trata de asegurarse de que así sea, con frases del estilo "te merecías esto", "dudo que algún día te sientas lo suficientemente bien", "capaz que te volvés a enfermar de alguna otra porquería, porque además, estás con las defensas bajas, de seguro te vas a agarrar alguna otra peste", y etc, etc. Pero por suerte, hay una luz al final de camino, el sufrimiento cede y seguimos adelante, inclusive perdonando a nuestro ego, olvidándonos de aquello con lo que nos atormentaba. ¿Y con qué más seguimos adelante? Con la experiencia del dolor experimentado.
Si el dolor es emocional, el sufrimiento se torna aún peor. Porque no se calma quizás con un analgésico, sino que hay que usar otros métodos. Y el ego, otra vez en juego "nadie me quiere", "no valgo lo suficiente", "no soy digno de vivir en este mundo", "soy un maldito fracasado", "jamás podré volver a salir adelante", etc, etc. O sea, que además, tenemos que enfrentarnos con nuestros miedos. Miedos a lo que vendrá, miedos a los cambios, a las pérdidas, a la soledad, a nuestra propia capacidad de acción ...
Y al ego, y al miedo, se le suma la mente. La mente que piensa y piensa y nos pone en los peores escenarios. Nos lleva a las más crueles situaciones. Se aliena con el ego y nos hace sentir que somos los seres más incapaces del Universo.
Porque lo cierto es que estamos acostumbrados a vivir sumidos en la rutina, en la comodidad, en el conformismo. Es lo que nos enseñaron y nosotros aceptamos y hemos vivido así desde entonces.
Nuestra mente proyecta nuestro futuro y nuestro ego es el que se encarga de crearnos los peores escenarios.
Entonces, yo pregunto a todos los que nos jactamos de ser seres libres (me incluyo, obviamente) ¿No se trata justamente de todo lo contrario a esto la libertad? ¿No se trata de dejar fluir, de dar paso a lo que tenga que venir sin siquiera pensar en lo que tenga que venir?
Yo sé, hay estructuras inamovibles. Hay rutinas que deben cumplirse. Debemos trabajar para mantenernos y para ello se nos exige un horario. Aunque no se nos exige ir siempre por el mismo camino a trabajar ni subir el mismo ascensor, ni hacer las cosas habituales de la manera habitual.
También tenemos que alimentar a nuestros niños quienes los tenemos y llevarlos al colegio para que aprendan. ¿Pero no está bueno también darle momentos diferentes cada vez que podamos? ¿Que hayan momentos que no sean rutinarios para ellos?
Hoy escribí esto sentada frente a un sol radiante con un cielo totalmente despejado, escuchando el canto de los pájaros, algún perro ladrar que no era el mío, unos niños un poco más lejos jugando, un avión que pasaba cerca y la brisa primaveral dándome en la cara.
Ese momento fue libertad. Eso fue sin saber si terminaría de escribir estas letras o no. Simplemente estaba allí, en ese momento presente, sin saber qué sucedería el próximo instante.
Amo la vida. Amo esos momentos. Y de eso se trata, de vivir lo que me queda así, con esa libertad.
Sé que esto no es fácil de entender para todos, porque no se racionaliza. Se siente. Y sé también que en el medio me encontraré con muchos momentos que tratarán de volverme al lugar anterior, al cómodo, al que antes solía tener. Muchas de esas actitudes saldrán de un ego herido. Y yo las aceptaré, intentaré comprenderlas y bendeciré con amor cada acción que determine esta búsqueda desesperada de mi antiguo yo.
Pero no vuelvo atrás. Sólo espero a aquellos que quieran venir, avanzar, llegar. Quizás algún día el tiempo por sí mismo permita que esto se haga carne en todos los corazones.
Y, finalmente, la libertad de vivir sin miedos, sin estructuras y con la aceptación de lo que maktub* tiene para nosotros, será manifestada y aceptada.

*maktub= está escrito

jueves, 11 de agosto de 2011

LA ERA DEL ROJITO




Esta entrada es sumamente materialista, pero así y todo, no puedo obviarla porque también ha sido y es parte de mi. También vivo en este planeta, al fin de cuentas.
Llegó el día de recibir al Rojito de la familia. Chiquito pero confortable, de diseño anatómico y, por qué no, divertido. Será quien nos lleve y nos traiga de aquí para allá, idas al Colegio de los niños, paseos varios y, principalmente, instrumento de trabajo.
Pero no estoy tan emocionada como quisiera estarlo. Si bien es algo que se viene planificando hace ya un tiempo, si bien el pequeño Celta ya necesitaba muchos arreglos que para el uso tan cotidiano no justificaba hacerle, me dio pena dejarlo en la automotora hoy.
Sí, ya sé, es un bien material viejo que se fue para que entre uno nuevo, para ganar confort y, más que nada, ahorrar. Pero así y todo, sentí que parte de mi vida quedaba allí.
Fueron 6 años en los que mi querido grisecito me acompañó en duras luchas, pero que también supo darme hermosos momentos.
Mi auto es como mi segunda casa, paso demasiadas horas sobre él y muchas veces se convierte en mi espacio de lectura, meditación, es el que me acerca rápidamente a quienes quiero, en el que llevo y traigo a lo más preciado de mi vida, mis hijos, el que me permite trabajar, el que me cobija del frío en invierno y el que me refresca en verano. El que paro bajo una sombra para comer y escuchar un poco de música en mitad de mi jornada. Es el que me cubre de la lluvia, tanto externa como interna y en donde he sabido reír a carcajadas.
No es que nada de esto no lo haga en otros ámbitos, pero mi auto es como mi escudo protector en muchos sentidos.
Fue el auto donde llevamos a mi más pequeñito a casa, luego de nacer.
Fue el auto donde tantas lágrimas derramé, haciendo el duelo de mi mamá.
En ese auto dejé pelos de mi quimio y fue el lugar donde decidí que un pañuelo me quedaba mejor que una peluca.
Fue en ese auto desde donde miré muchísimas veces el mar, desde distintos ángulos, en donde nacieron muchos versos y cuentos, algunos de ellos colgados en este blog.
En ese auto iba y venía cuando mi hijo estaba enfermo.
En ese auto viajaron todos mis amigos, o casi todos. Y con muchos de ellos compartí risas por doquier y charlas profundas durante horas, muchas de ellas hasta la madrugada.
En ese auto pasé horas y horas de mi vida. Cientos de ellas.
En ese auto, increíblemente, crecí.
Y aunque sé, sé y sé que no es más que un lugar físico de los muchos que he dejado atrás y dejaré en el futuro, estos años en los que pasé allí dentro fueron intensamente ricos.
Por eso me costó tanto desprenderme de él (no hice escándalo en la automotora, lo dejé como una lady, pero en el camino le dejé alguna que otra lágrima en su interior).
Hoy comienza la Era del Rojito. Mi nuevo Chevrolet Spark LS, donde hasta el nombre es divertido. Y estoy segura que tendré millones de gratificaciones más estando en él, de la misma forma que también será cobijo en muchísimos días de mi vida. Este auto tiene chispa desde el nombre mismo (spark=chispa) y en su color.
Así que a ajustarse el cinturón, que de aquí en más, un nuevo comienzo lleno de nuevas aventuras espera por delante, para que dentro de él el mundo se siga abriendo ante mis ojos y la vida siga sorprendiéndome, como lo ha hecho hasta el día de hoy.
Bienvenido, Spark. Desde hoy y por unos años, me camuflo de rojo y me lleno de chispa. Veamos qué tal me va ...

domingo, 17 de julio de 2011

CANCIONES DE AMOR


Soy romántica. De eso no caben dudas. Y lo aclaro porque lo que voy a escribir a continuación puede suponer lo contrario, pero para mi nada tiene que ver con el romanticismo.

Ser romántico tiene que ver con ser sentimental, según la RAE con tener sentimientos tiernos y amorosos. Así siento que soy cuando digo que soy romántica.

Ultimamente las supuestas canciones de amor me rechinan. Porque parece ser que el amor siempre debe pasar por el otro. Y no específicamente por amar al otro, sino por la necesidad del otro: las canciones hablan de que uno se va a morir si el otro no está, de que la felicidad no existe si no está a su lado, que la vida no tiene sentido, etc, etc.

También yo he pecado (por ponerle un nombre). He escrito poemas o cuentos -algunos de los cuales se pueden leer en este blog- que hablan de esa forma de amor. Aunque muchos, muchísimos de mis escritos, terminan con la seguridad personal más que con la dependencia de ese amor. Quizás han sido parte de la evolución para llegar a donde me encuentro hoy.

Hoy puedo asegurar que soy una enamorada de la vida en sí misma, en todas sus formas. Pero no soy dependiente de ningún tipo de amor. Ni siquiera del que recibo de mis hijos, que son lo más maravilloso que me ha sucedido en esta vida. Amo vivir, amo a mi familia, a mis amigos, a lo que la vida me dio y a lo que la vida se llevó. Cada cosa está en su lugar. Cada cosa está en donde debe estar. Y cada cosa estuvo en el preciso lugar que tuvo que estar.

No fue fácil para mi entender esto. Me llevó años comprenderlo y, más que comprenderlo desde la razón, hacerlo carne. Sin embargo, hoy me siento feliz de estar donde estoy, sintiendo con plenitud y sabiendo que nada, absolutamente nada, es permanente.

Pero volviendo a las canciones de amor, entiendo que este concepto que he incorporado a mi vida cueste tanto lograr que nos atraviese el alma. Y es porque todo lo que escuchamos o leemos o vemos nos lleva a pensar que la vida debe ser así. Que uno debe depender de un amor externo al de nuestra alma. Que hay alguien ahí afuera que debe hacernos felices. Que todo depende del otro y poco de nosotros. Es lo que nos inculcan y lo que día a día escuchamos cuando encedemos la radio para alegrarnos con alguna canción y, muchas veces, surten el efecto contrario. Si no estamos en pareja morimos de envidia por aquellas canciones que dicen que el/ella es la persona más maravillosa del mundo, entonces queremos que venga alguien a decirnos lo maravilloso que somos. Si estamos en pareja, podemos o bien sentirnos identificados porque "oh! ya lo encontramos" o bien, si justo discutimos o no tuvimos la mejor noche, podemos decir "todo es mentira, la vida no es así". O también podemos pensar que algún error debemos haber cometido, porque esas maravillas no nos suceden a nosotros.

Pero lo cierto es que es mentira lo que dicen, pero también es verdad. Hay una parte donde se puede sentir esa plenitud, sin dudas. Porque si nos sentimos completos y conformes con nosotros mismos, el mundo que gira a nuestro alrededor se puede transformar en algo maravilloso. Entonces, el ser que está a nuestro lado se convierte en parte de ese mundo fantástico, pero sin perder la individualidad. El/ella es él/ella y yo soy yo. Y cada uno aporta la magia que el otro necesita como ser humano e individuo, sin necesidad de depender, porque sabemos que este aprendizaje puede ser de toda la vida o puede terminar en algún momento.

Y es mentira porque no debemos perder jamás nuestra individualidad. Depender del otro es alienarse con el otro. Entonces sí, cuando parte o no está, parece que nuestra vida se desmorona.

Quizás no es fácil entender lo que quiero transmitir. Quizás no me esté explicando lo suficientemente bien. No sé. Ya me lo dirán ustedes.

Lo que quiero dejar en claro es que la felicidad pasa por uno mismo. Dejemos de buscarla fuera de nosotros. Dejemos de buscar culpables para no alcanzar nuestra plenitud. Tenemos todo para lograrlo. Simplemente se trata de centrarse en uno mismo. Y amar. Por sobre todas las cosas, amar sin prejuicios ni preconceptos. Somos Luz. Permitámonos brillar solitos. Y recibamos la Luz del otro para que también nos ilumine cuando tenemos oscuridad, pero no para que sea nuestro foco principal.

jueves, 7 de julio de 2011

OVERFLOWING!


“En el fondo de nosotros mismos, siempre tenemos la misma edad” – Graham Greene
“Quiero creer que voy a mirar este nuevo año como si fuera la primera vez que desfilan 365 días ante mis ojos” – Paulo Coelho




Así me vengo sintiendo estos días, overflowing. Desbordante de mimos. Aunque, para hablar con total sinceridad, a mi nunca me sobran y siempre son y serán bienvenidos.

Desde todas partes han llegado mensajes de texto, llamados, gratas compañías, mensajes en mi muro de Facebook, correos electrónicos, todos ellos colmados de deseos de felicidad y de que mis sueños se hagan realidad, de besos y abrazos, de dulces palabras y caricias al alma. Así es como se ha llenado de amor mi corazón, que hoy se encuentra tan pero tan colmado, que parece que va a explotar de alegría.

Cuando en mi foto de perfil de FB coloqué la imagen que acompaña este texto, lo hice pensando en todo lo que me estaba costando asumir los treinta “y todos”. Porque ya no habrá unidades para sumar a esta decena. La próxima vez que cumpla años, habrá que cambiar ambos dígitos.

Pero, pensando en eso de que si uno se repite a sí mismo las cosas es más fácil asumirlas, decidí poner esa imagen, como una forma de verla durante todo el día y, de alguna manera, comenzar a enamorarme de mis años. Esto iba bien en el orden de cómo desde hace un tiempo he decidido vivir esta vida. Sin prisa y sin descanso. Observando y esperando. Dejando ser lo que tenga que ser. Dejándome ser.

Pero así es como la vida también me sorprende y lo cierto es que no hubo necesidad de repetirme nada. Me enamoré más rápido de lo que esperaba. Porque todos y cada uno de los que han dicho "presente", de una u otra forma, me han hecho AMAR cumplir un año más de vida. Parece ser que cuanto más años cumplo, más amor me rodea, y eso es lo que hace que cada año disfrute, siempre de manera diferente pero con creces, el cumplir un año más.

De muchísimos rinconcitos de mi país me ha llegado el cariño de mis amigos, de mi familia -"la chica", mi esposo y mis hijos, que me soportan cada día y hoy más que nunca me han llenado de besos, abrazos y mimos, y la "grande", primos, tíos, cuñados, suegros, sobrinos-, de mis hermanos y hermanas que me he ido encontrando en el transitar de esta ruta, de aquellos con los que he compartido algún momento a lo largo de mi vida y que, por algún motivo- grande o pequeño, no importa la magnitud-, volvemos hoy a estar unidos, de algunos que conozco muy poquito, pero que también cariñosamente pararon a desearme felicidades y regalarme alegrías. Gente que conozco personalmente y gente que no vi jamás en mi vida, pero que sé que me quieren bien porque así me lo hacen sentir, no un día, sino muchos, y sé que sus deseos nacen del corazón. De la misma forma y de la misma magnitud he recibido saludos desde Israel, Venezuela, España, USA, Argentina, Panamá, México … y espero no haberme olvidado de nadie porque, sinceramente, me resulta increíble en todos los lugares donde (ya sea por un recordatorio en una red social, en una agenda, en un celular o en donde sea) se han acordado de dejar un mensaje para mi. Uy! Se me llena el alma de emoción! Overflowing again!

Gracias a todos por celebrar conmigo un año más. Gracias por permitirme sentir y recibir tanto AMOR. Gracias por permitirme seguir vibrando en tan bella sintonía.
Repito las palabras de un tal Jorge Torres, que desconozco quien es, pero que aplican completamente a mi sentir: “AMAR NO ES UNA IDEA, UN CONCEPTO, UN PARADIGMA. AMAR ES UN ESTADO DEL SER. NO SE FOCALIZA EN ALGUIEN O ALGO, SOLO FLUYE CON TODO LO QUE TE RODEA. AMAR ES MI ESTILO DE VIDA”.

Gracias … TOTALES!!

miércoles, 16 de marzo de 2011

AFECTADA, COMO MUCHOS


Hace años que no leo periódicos ni escucho ni veo informativos. La realidad es que las noticias me deprimen, pero en serio. Me habían llegado a afectar al punto de llorar muchas veces por las cosas que sucedían. Entonces, un día decidí ser semi ignorante de este mundo que me rodea.

Quizás piensen que niego la realidad. No, no la niego. Sólo trato de vivir lo más en paz posible con mi entorno y, si eso implica que me mantenga al margen, bueno, me mantengo.

De todas formas, hay noticias a las que no les escapo. Por ejemplo, recibo los titulares a diario de lo que sucede en el mundo, pero no siempre los leo. Y desde que soy usuaria de Facebook éste se ha convertido en la principal fuente de información que mantengo con el mundo. No sólo por los comentarios de amigos, sino también por los titulares de ciertos portales a los cuales estoy suscripta. Es así que encontré un término medio. Me informo de lo prinicipal que pasa en mi país y en el mundo sin tener que ver los policiales, cuánta gente murió en el accidente tal o cual o cómo salió Manchester vs. Chelsea, por ejemplo.

Cuando una noticia me interesa más, profundizo en ella. Y, obviamente, cuando algo mueve al mundo, como lo es Japón en este momento, averiguo todo lo que está a mi alcance para comprender mejor cada aspecto de lo que sucede.

Lo que me asombra mucho de todo lo ocurrido es, principalmente, que no hay fotos de personas en las calles. O sea, hay muchas fotos circulando de los desastres que dejó el terremoto y el posterior tsunami, pero gente presente en esas fotos, poco y nada. Tengo imágenes mentales del terremoto de Haití que jamás olvidaré. Y lo que más recuerdo, es a la gente. En este caso, está deshumanizado.

Y, bueno, el tema de los reactores nucleares nos tiene en vigilia a todos. Tanto es así, que nos olvidamos casi que esto fue a causa de un terremoto y tsunami que dejó a miles y miles de víctimas. Y sí, yo sé que el tema actual es muy preocupante, pero no dejo de pensar en dónde está toda la gente que sobrevivió (por ahora).

Me he dado cuenta que no puedo (porque no me sale) poner ninguna frase alentadora en mi estado de FB, como suelo hacerlo casi a diario, o hablando de lo maravilloso que es este mundo o que el amor todo lo puede o etc, etc, etc.

Siento que cualquier cosa que escriba será una burla, una cachetada a Japón o al mundo, una tomadura de pelo. Este mundo se está cayendo a pedazos. Y sí puedo pensar que el amor todo lo puede, que Todos somos Uno, que tenemos que unirnos en oración, que nuestro poder puede cambiar las cosas, que si unimos energías tiene que funcionar. Sí puedo pensarlo. Y creerlo. Pero en este momento estoy de duelo por los sucesos y no puedo comunicarlo.

Por otro lado, yo no creo que nada pase porque sí. Quizás también suene un poco volada, pero la realidad es que si creo esto para las cosas buenas, también lo creo para las malas. Y las cosas pasan porque tienen que pasar. No sé por qué, con qué intención, cuál es el motivo, pero este Universo es perfecto y por algo suceden. Aunque duelan mucho, por algo son.

Esta vez, mi entrada es un descargue. Y también sé que muchos no estarán de acuerdo con algunas de las cosas que digo, pero es mi modo de ver, sentir y percibir.

Lamento no traer ni cuentos ni escribir poesías, pero hoy a la ficción le ganó la realidad. Así, toda desordenada, sin mucha relación una frase con otra. Sin medir si escribí las palabras correctas, sin corregir la semántica. Así salió porque así es como me siento hoy con lo que estamos viviendo. Así es como necesitaba expresarlo. A veces, cuando las palabras salen, dejan de oprimir el pecho. Espero al menos poder respirar un poquito mejor. Y hasta eso me genera sentimiento de culpa, el poder respirar mientras tantos otros dejan de hacerlo ...

martes, 18 de enero de 2011

RINCON MAGICO


Como todo lo mío, si algo no es perfecto entonces, no es.
Si lo que escribo no alcanza mis estándares de exigencia, queda archivado en algún espacio del disco duro, entreverado en un cajón con facturas ya pagas o escondido sin salir jamás a la luz en las entradas no publicadas de mi blog.
Si no alcanza mis estándares pero se aproxima bastante, entonces puede llegar a ser público y las letras pueden ser leídas en mi ciber-rincón.
Y, si por alguna loca razón, las palabras se conjugan de forma audaz con otras logrando sorprenderme, es probable entonces que puedan llegar a participar de algún concurso. Pero no siempre. Si el concurso no se vislumbra en el horizonte es casi un hecho que en una semana, como mucho, cambie de parecer y el texto ya no me parezca tan bueno como para participar de nada.
Con la escuela filosófica a la cual asisto, me sucede lo mismo. Si realizo algún trabajo, éste deberá ser aprobado casi como sale del horno. De lo contrario, nadie llegará nunca a enterarse siquiera de su existencia.
Con la pintura, exactamente igual. La exigencia de colores, detalles y contornos es tanta que muy rara vez termino disfrutando del logro obtenido. No miro con lupa, pero casi.
Y así, en todos los órdenes de mi vida y con todos los cursos que he ido realizando. Masajes terapéuticos, reiki, maginified healing, Tarot, etc. Todo lo sé y nada sé, o al menos, así lo creo.
Pero, bien dicen que más vale tarde que nunca, he descubierto al culpable de toda esta situación. Se escondía detrás de mi alma y la machacaba sin parar. Entonces, me paré a observar. Suena bastante tormentoso el hecho de que algo o alguien esté continuamente dándole duro a mi más libre expresión, sin embargo, cuando eso convive con uno desde su más temprana infancia, se vuelve parte del ser. O eso parece. Por este motivo, es que cuesta tanto identificarlo.
Gracias a mi amiga-artista Cala, que la mimoseé con mi corazón y mis brazos por sus logros, sumado al silencio que hice en mi interior, terminé por descubrir al arquetipo que me ha complicado tanto la existencia: el Juez.
Si tuviera que describir a mi Juez, diría que es alguien que mira con recelo, se regodea con mis angustias, se frota una mano con la otra en posición semi encorvada y sonríe malévolamente cada vez que logra su cometido, que no es otro que sabotear todo aquello que nace desde mi centro y me hace sentir tan bien.
Mi Juez no deja que me divierta ni permite que disfrute en lo más mínimo de mi creatividad. Transforma cada acción en una exigencia.
Hasta ahora, se la ha dado de ganador, pues siempre termino frustrada y abandonando todo aquello que tantas horas me llevó.
Pero esta vez, lo descubrí. Logré sorprenderlo antes que la desazón me volviera a visitar. Esta vez, le hice frente y lo agarré tan desprevenido que no supo cómo reaccionar.
Allí está, aún lo veo y siento su presencia, pero estoy segura que una vez descubierto pierde poder.
Hoy comencé con el acondicionamiento de mi rincón MAGico. Aún le faltan algunas cosas, pero ya el proceso comenzó. Ese es el lugar que tantas noches me ha acobijado en mis desvelos de escritura. Es el rincón donde el calor de la chimenea en invierno me cobija y donde el aire fresco del verano puede sentirse entrar por el ventanal. Es donde cuelgan mis cuadros favoritos que alguna vez pinté. Es donde la copa de vino me hace compañía en las noches ni en que los grillos cantan pero en las que la luna se levanta.
El rincón MAGico está tomando forma. Se parece a mí. Poco a poco se llenará de energía y tanto las letras de mis cuentos como los colores de mi paleta comenzarán a surgir.
Y si por esas cosas de la vida a este Juez se le ocurre la espeluznante idea de volver a atacar, he prometido no cometer el mismo error que él. No juzgaré su comportamiento ni lo señalaré con el dedo acusador con el que suele señalarme.
Simplemente lo miraré con ternura y, con todo el amor del mundo, le contaré un pequeño cuento para tranquilizarlo o tomaré uno de mis pinceles e intentaré pintarle su nariz.

domingo, 9 de enero de 2011

GRATITUD


Dar las gracias es un acto simple y sencillo. Sin embargo, a no todos le resulta tan fácil de hacer. O, en otros casos, damos las gracias sin el sentimiento de gratitud que la palabra conlleva. Se nos vuelve tan común que ya se nos hace corriente.
No escapo de este último concepto. Muchas veces doy las gracias sin pensar realmente que estoy de verdad agradecida. Lo hago como un acto de educación, como un impulso natural que nace de los buenos modales que me han enseñado y que como buena aprendiz he incorporado.
Pero a veces, realmente estoy agradecida de corazón. Ojalá todos los días lo recordara, pero aún me olvido. Me olvido cada día de agradecer.
Me olvido que cada segundo es un regalo, que los pájaros cantan felices y yo puedo escucharlos. Me olvido que siento el fresco de la brisa, que veo el azul del cielo o el verde que me rodea.
Me olvido de disfrutar de la risa de mis hijos a cada instante, de verlos crecer a través del juego o las peleas. Me olvido de escucharlos atentamente o de rezongarlos menos. Me olvido que son niños y los trato como adultos y luego como niños de nuevo. Me olvido que son lo más preciado que tengo.
Me olvido que estoy rodeada de seres que me aman, todos a su manera y no a la mía, pero que eso no significa que no me brinden amor. Me olvido que antepongo mis expectativas cuando en realidad no debería esperar nada y sólo recibir.
Me olvido de vivir despreocupadamente, de atender lo inmediato y no estar pendiente de lo que vendrá.
Me olvido de todo.
Pero por suerte, hay momentos como este en que lo recuerdo. Entonces, digo gracias.
Gracias por estar viva. Por mis hijos hermosos que me llenan el alma. Por mi marido que me mima con detalles mínimos como una taza de desayuno en la cama o, como hoy, con una mesa al aire libre con café con leche y tostadas. Por mis amigos que me cuidan, escuchan y, aunque no comprenden, me aceptan. Por mi familia, que es incondicional. Por mis brujitas que me ayudan a descubrir mis propios dotes brujeriles. Por la tierra, el sol, la luna, la lluvia, el viento. Por los árboles que me dan sombra. Los pájaros, los insectos, los animales domésticos y los que no lo son. Por cada segundo que respiro en este planeta que tanto me olvido de cuidar y al que tanto le debo. Por el Universo y sus estrellas. Por lo que conozco y no. Por mi despertar y por mi sueño.
Gracias, gracias, gracias.
Gracias le doy al Gran Arquitecto del Universo.
Sat Nam.

lunes, 25 de octubre de 2010

A VECES VUELVO


(tomo título prestado para esta entrada del blog con ese nombre
de mi amigo cuasi virtual Rodrigo ... permisito!)

Es cierto que a veces vuelvo. Algunas veces a escribir, como es este el caso.

Pero también a veces vuelvo de mi. O a mi. Voy y vengo, como en un columpio que parece llegar al cielo. Me balanceo incansablemente, a veces hasta sentir mareo.

Escapar de uno mismo es fácil. Uno puede alienarse con lo que encuentra en el camino y volar al infinito y más allá. El viaje puede ser placentero en algunos casos y, al tocar con la punta de los pies la realidad, la vibración de energía que sentimos es tan magnífica que nos sentimos grandes, crecidos de espíritu, plenos y con las maletas llenas de maravillas que fuimos guardando en ellas en el recorrido por otros mundos.

Otras veces, sin embargo, ese vuelo nos lleva a lugares oscuros, tenebrosos, a descubrir rincones que no nos gustan, cargados de dolor. Es así que en estos casos, cuando pisamos tierra firme, parece que todo se nos tambalea, que caeremos en un abismo imaginario y que en este caso las maletas que traemos sólo acarrean angustias y llantos. Entonces, intentamos aferrarnos con uñas y dientes al principio del hoyo, para sentirnos seguros, para no sentir un miedo inconmesurable y no tener que enfrentarnos a aquello que indefectiblemente deberemos enfrentar.

Y sí, el miedo al cambio existe. El miedo a lo desconocido es real y normal. Y sólo cuando no tenemos más remedio que dejarnos caer por ese túnel que parece ser inacabable, como en el cuento de Alicia, cuando realmente nos animamos a atravesar ese abismo, sólo entonces nos damos cuenta que hemos llegado a un destino mejor. Pero, claro, hay que animarse, como se animó Alicia a llegar al País de las Maravillas.

Cuando terminamos de columpiarnos y llegamos a nuestro lugar, ya sea que el viaje haya sido placentero o no (que no es otra cosa que el viaje hacia uno mismo), podemos mirar atrás y ver el bagaje de experiencias que ese tour nos dejó. Aprender de ellas es el gran desafío. Volver a sentir, a gozar, a disfrutar, a percibir los pequeños placeres que nos da la vida y a definirnos cada vez más como los seres humanos que somos, es maravilloso. Ese es nuestro País de las Maravillas. Nosotros mismos.

Yo a veces vuelvo. Y otras me voy a viajar. Nunca sé cuál será mi destino, pero a esta altura de mi vida he aprendido que de ambos traigo cosas interesantes. Y también sé que siempre la tierra firme está y que el vacío en algún momento termina. No sé si terminaré siempre en este planeta o plantando mis pies en otro. Pero hay algo de lo que sí estoy segura: nunca jamás dejaré de subirme al columpio, sin importar a dónde mi ser me quiera llevar.

sábado, 24 de julio de 2010

MI MUCHOSIDAD

Hay momentos en la vida que parece que uno va por el camino equivocado. Y digo parece, porque yo soy una convencida (desde hace ya un tiempo) que los rumbos nunca están equivocados, en el sentido que las cosas que nos pasan nos tienen que pasar. Ya sé, muchos discutirán conmigo al respecto, pero realmente es mi forma de ver la vida. Y vaya que hablo con propiedad de causa. He vivido momentos muy duros que con toda sinceridad no deseo que nadie los tenga que sortear. Sin embargo, no reniego de ellos, porque han hecho de mí quien soy hoy. Con mis defectos y virtudes, sin dudas, pero soy lo que soy. Y sí, tampoco soy tan tonta como para decir “si viviera otra vez quisiera pasar por todo esto de nuevo”. No. Realmente si pudiera poner marcha atrás y no vivir determinadas situaciones, lo haría. Pero no puedo. Y esto es lo que hay. Entonces, no queda más que mirar hacia adelante y arremeter con todo a esta vida.

Y hoy me encuentro con mis ya 38 tratando de encontrar mi muchosidad. No tengo a un sombrero loco como Alicia que me diga que se me ha ido, ni tampoco he visitado el País de las Maravillas (aunque sí he visto Maravillas en mi país). Sin embargo, siento que algunas cosas no están como deberían estar.

Entonces, me arriesgo a vivir con plenitud, con sinceridad, con intimidad con mi ser. A conocerme, a buscarme, a encontrarme, a desafiarme, a mirarme en el espejo, a descubrirme, a sonreírme y a aceptarme, entre otras cosas. A encontrar la esencia de mi ser, a ser genuina conmigo, a vivir mi propia felicidad sumida por elección en el amor hacia los demás, a aceptar lo que viene y a agradecer por lo que tengo y por lo que no. A descubrir los instantes mágicos que me brinda esta vida y no dejarlos pasar, sino a vivirlos con toda la pasión que ellos merecen. A llorar cuando se me da la gana y a reír cuando se me da la gana, sin importar quién mira o quién no. A ser un modelo original, no repetible. A que mis hijos se enorgullezcan de mí, pero no por ego, sino por amor.

Quizás esté loca por querer vivir en la muchosidad. Pero realmente siento que se puede. Que podemos ser seres esencialmente puros y originales. Que todos podemos recuperar nuestra inocencia y vivir una vida plena, a pesar de los pesares.

Estoy segura y convencida que estoy yendo por donde debo ir. Lo sé, porque las bifurcaciones jamás me llevaron a caminos inseguros o sin salida. Siempre, al final, descubrí el premio que me esperaba, aunque otra bifurcación se abriera.

Quizás esté loca, sí, pero prefiero morir en esta locura que en la de no haber podido soñar con mi mundo mejor. Y si en algún momento pierdo el rumbo hacia mi muchosidad, ya lo saben, están todos autorizados a tocar la campanita, darme un golpe en la frente, rezongarme, gritarme o alertarme que estoy por el camino incorrecto. Porque también necesito que de vez en cuando me sacudan un poco y me muestren por dónde voy.

sábado, 3 de julio de 2010

MEA CULPA


Lo confieso, estoy arrepentida.

Si bien por lo general trato de actuar y hablar sólo cuando me siento con plena seguridad de mis acciones y declaraciones, esta vez, debo guardarme las palabras en el bolsillo (para ser delicada).
Y quizás mis palabras hayan sido por falta de confianza, por incrédula o, inclusive, porque desde que nací jamás vi algo así.

Probablemente digan que es una exageración de mi parte, pero lo cierto es que de todo se aprende. Soy congruente en este sentido. Si considero que la vida es aprendizaje siempre, entonces sí, esta vez también lo fue.

Hubo dos hechos puntuales. Uno fue cuando Uruguay clasificó para el Mundial. De atrás, haciendo todo lo posible e imposible, dejando afuera a Costa Rica, siendo los últimos que lográbamos entrar. Y yo dije “como siempre, remando… nunca por jugar bien”. Después, cuando le tocó el grupo que le tocó. Pensé en México, con quienes hacía un tiempito habíamos perdido. Pensé en Francia, el campeón del mundo. Y pensé en Sudáfrica, locatario. Y dije: “no sé para qué vamos … vamos, jugamos y nos volvemos”.

Y no. Resulta que no. Resulta que le ganamos a los tres cómodamente y quedamos primeros en la serie. Por primera vez en años sin calculadora en mano a ver cómo nos iba. Fuimos derribando uno a uno a nuestros oponentes. Y así, nos ganamos merecidamente un lugar en octavos.

El país explotó de alegría. El fútbol es una pasión popular. Si bien la mayoría de las mujeres quedamos excluidas de estos eventos (por elección, por supuesto), cuando juega Uruguay, todo es diferente. No hay distinción de sexo. Todos nos unimos a alentar a nuestro país. La alegría es generalizada.

Luego, vencimos a Japón y pasamos a cuartos de final. Otra vez este pequeño país con sus 3 millones de habitantes salió a la calle a festejar. La alegría ya se nos estaba haciendo costumbre, cosa rara por estos lados. Uruguay se dio cuenta que se puede ser feliz.

Entonces, se vino Ghana, con sus golpes, con un arbitraje espantoso siempre a favor de los ghaneses, con lesiones varias a nuestros jugadores, con Fucile que casi nos infarta a todos cuando cayó y quedó quieto en el piso, con Forlán que nos devolvió la esperanza, con un gol que no quería ser y, para confirmar que no fuera, Suárez se encargó de atajarlo, con Muslera que le tiraba besos al travesaño después que el ghanés errara el penal, con Muslera de nuevo atajándose todo, con un loquito Abreu que la picó en el último penal y todos los uruguayos gritamos GOOOOOOOOOL, felices de la vida. Y con todo el equipo festejando allá, en Sudáfrica y nosotros acá, haciéndole honores a sus festejos y victoria. Uruguay mereció ganar y ganó.
Así, es que llegamos a tener un puesto en la semifinal. El puesto en el que ya somos los mejores 4 del mundo.
Y sí, me arrepiento de no haber confiado en estos chicos, en no haber confiado en la selección de mi país, ni en Tabárez ni en nada.
Mi aprendizaje es ese, “no juzgues al libro por su portada”. No siempre las cosas son como “se supone” que van a ser. Uruguay ha demostrado ser un equipo, con todo lo que la palabra significa. Han demostrado ser buenos jugadores, unidos, compañeros y con un espíritu único. Han demostrado que se puede. Que la confianza es lo último que se pierde. Que las esperanzas siempre deben estar vigentes.
Y, principalmente, han devuelto la alegría a este país. Así que pido perdón por mi falta de confianza y agradezco enormemente que hayan teñido mi corazón y el de tantos otros de Celeste.

¡Arriba Uruguay! ¡Vamos por más! Y si no es más, siempre igual ¡Arriba Uruguay!

miércoles, 9 de junio de 2010

SABER ESPERAR

Hace días que vengo huyéndole a mi sentir. Porque yo me conozco y, cuando hay cierta información en algún rinconcito de mi alma que sé que me producirá dolor, angustia o preocupación, trato de eludirla y hacer como si nada pasara. Pero también sé que eso dura un suspiro (o varios en pocos días), porque es como si tuviera a alguien golpeando una puerta sin parar. Al final, por cansancio, porque no tolero más escuchar el golpeteo, abro y dejo entrar.

Bueno, algo así funciona el asunto dentro mío. El dolor, la angustia o la preocupación están ahí, yo los siento, pero los ignoro. Sin embargo, al principio los lapsos de tiempo en que se hacen notar son más extensos entonces no me molesta tanto. Pero a medida que pasan los días, es como si los golpes se hicieran más fuertes, más intensos, en todo sentido, hasta que llega un momento que entiendo que tengo que tomarme el tiempo para escucharme, aunque no me guste lo que vaya a oír.

Algunas veces lo que me motiva a escucharme son situaciones externas, como lo fue esta vez.
Hace ya un tiempo que estoy preocupada por mi, por mi futuro personal, por mis sueños, por mi camino en esta vida. Y hace un tiempo bastante más largo que he decidido buscar. Primero empecé por afuera. Error. La búsqueda debía ser por dentro. No tardé mucho en darme cuenta de esto. Entendí que si no me “arreglaba” por dentro, poco podía hacer hacia afuera, hacia los demás. Me llevó un buen período encontrar los caminos adecuados. La oferta es mucha y todos tratan de “vender” sus principios, su religión, su espiritualidad, como “esto es lo mejor”. Hay muchos que aprovechan toda esta movida de la “Era de Acuario”, por ejemplo, para hacer dinero. No digo que no sean seres espirituales también. Creo que sí, que lo son, pero sin dudas que si pueden “currar”, también lo harán. Entonces, encontrar a las personas apropiadas, que sean guías verdaderas en este camino, no es tarea fácil. Con el tiempo, uno aprende a descubrirlos. Pero insisto, lleva su tiempo.

En principio hice cursos varios: armonización de chakras, Magnified Healing, dos niveles de Reiki, Hoponopono, masajes terapéuticos. Más cerca en el tiempo, Numerología Tántrica y últimamente me dediqué a los Registros Akáshicos. Todos estos me brindaban (y me brindan) la posibilidad de ayudar a otros y, si bien con algunos me puedo ayudar a mí misma, aún me faltaba encontrarme conmigo, en mi interior. Hice entonces, ya hace un tiempo, un curso de Kabbalah y más tarde aprendí Tarot, no como método adivinatorio, sino como método de autoconocimiento. También practiqué yoga durante mucho tiempo y, no fue hasta encontrarme con Kundalini Yoga que empecé a encontrar mi lugar. Allí sentí que algo dentro de mi hacía “click”. Practicar Kundalini Yoga y aprender a meditar me ayudó muchísimo a ir encontrándome conmigo, a solucionar cosas que parecían no tener solución. A dejar de decir “soy así y chau”. Darme cuenta que uno es como es pero puede cambiar. Y cuando se producen cambios dentro nuestro, nuestro entorno también cambia. En fin, fue el camino para mi encuentro. También la escritura ha sido un gran descubrimiento personal. Hace poco me dijeron que era “el encuentro con mi alma” y sí, creo que así lo es.

Más tarde, pasé a reunirme con mujeres con las cuales tenemos el mismo fin: el crecimiento personal a través de la filosofía y otras artes y la búsqueda constante e incesante de nuestra esencia. Ese fue el otro “click” de mi vida (hasta ahora, claro). Empecé a descubrir aún más de mi ser. A entender que el ego es el que nos domina tantas veces. A descubrirlo cuando se exalta, cuando aparece. Y, una vez que lo reconozco, puedo dominarlo. O al menos intentarlo.

Es así que creo que tanto el tiempo como los seres que me rodean hoy en día hacen que mi crecimiento sea constante y que el descubrimiento de mi ser se haya vuelto tan transparente para mi en el último tiempo. Empecé a intimar conmigo misma.

Entonces, motivada por el autodescubrimiento, es que surge en mi la necesidad de algo nuevo (y aquí está lo que golpea la puerta). Llega un momento que, si bien la búsqueda interior no cesa y seguiré descubriéndome hasta el último día de mi vida, el descubrimiento traspasa ciertos límites y surgen nuevas necesidades, la de compartir. Compartir ese amor que va surgiendo en mi ser con y para otros. No con los seres que me rodean, que ya saben que los amo (y si no lo saben, entérense: ¡los amo!). Sino de brindar ese amor hacia otro tipo de situaciones y personas. A seres que hoy no conozco, pero que sé que necesitan sentirse amados y cuidados. Y mi angustia surge por el mismo problema de siempre: falta de tiempo. No tengo tiempo para dedicarme como quisiera a nada de eso. Trabajo todo el día y tengo dos niños aún pequeños. A eso le sumo mis actividades y reuniones, que si bien sólo son dos veces por semana, me llevan su tiempo y necesito de ellas para continuar en este camino. Dos días que mi marido tiene sus actividades sumado a la atención que debo darle a mis pequeños … en fin, que me quedo sin tiempo para dedicarme a nada de lo que realmente quisiera hacer.

Entonces, me empieza a preocupar. Porque yo sé que mi alma siente esa necesidad y, sin embargo, no la puedo cubrir. Y al sentir que no puedo cubrirla, me siento un poco vacía interiormente, siento que no estoy cumpliendo con lo que debo hacer.

Pero el destino se encarga de ponerme en el camino las respuestas. Lo primero fue escucharme, ver qué sucedía ahí dentro y, unos días después, tomar conciencia de que ahora no podía, que el momento llegaría después. Para convencerme aún más, llegó a mi vida la historia de unos seres con mucha luz que tuve la suerte de conocer hace poquito. Su misión de vida trajo a flote una historia de amor incondicional hacia la humanidad pero que conllevó cierto descuido hacia su propia familia.

Fue así que entendí que debo esperar, ser paciente (sigo trabajando en esto, que tanto me cuesta) y dar lo que puedo dar ahora, desde donde estoy. Mis niños me necesitan y allí está mi energía puesta ahora. Por supuesto que las herramientas que he ido recolectando en el camino me “ayudan a ayudar”, pero el resto deberá esperar. Me duele también posponer, porque siento que lo que pospongo es amor, pero no me queda más que esperar. Elegí formar una familia, tener hijos, criarlos y educarlos. Eso ya es toda una tarea. Y allí es donde debo estar. Allí es donde estoy ahora. Y porque me comprometo a hacer las cosas con todo mi corazón, es que estoy segura que cuando pueda brindarme como deseo, mi alma me regalará risas y sonrisas, de esas que provocarán que mis ojos se nublen y las lágrimas que caerán serán la mejor forma de expresar felicidad. Estoy segura que lo voy a lograr, sólo debo saber esperar.

domingo, 30 de mayo de 2010

V.I.T.R.I.O.L.

"Visita Interiora Terras Retificatur Invenies Ocultum Lapidum"
("Visita el interior de la tierra y rectificando encontrarás la piedra oculta")

Soñando con tu Luz, en la oscuridad de la noche, te oí llegar.
Con tres golpes en el vidrio de la sala, te hiciste sentir e interrumpiste mis sueños.
Todos dormían, nadie parecía haberse alterado con el golpeteo, sólo yo. Sentí miedo de ir a ver si allí estabas, quién eras, por qué llegabas.
Con un poco de valor decidí ir a mirar. Me moví sigilosamente. Arrastré conmigo la manta para que me cubriera más que del frío, del temor que me invadía. Con pasos tímidos me acerqué a la puerta de entrada.
No me animé a hablar, a preguntar.
Arrimé mi ojo a la cerradura con el fin de descubrir tu presencia del otro lado.
Nada. La oscuridad era casi absoluta.
Retiré mi ojo de allí y di un paso atrás. Supuse que no había luz en la casa, que nos habíamos quedado en penumbras.
Sin embargo, el ruido del motor del refrigerador me anunció lo contrario. Volví a acercarme a la puerta. Miré de nuevo y otra vez oscuridad.
Aún temerosa, me acerqué a la ventana y, con una precaución de espía, corrí la cortina, esperando encontrarme con tu rostro, con tu forma, con tu luz. Algo que me indicara que estabas allí. Lo único que pude distinguir fueron dos vehículos estacionados en la casa vecina.
Tratando de convencerme que sin dudas el ruido había provenido de allí, me retiré lentamente.
No había dado ni dos pasos cuando escuché unas voces. Agudicé mi oído. Se trataba de la televisión encendida en la habitación de uno de mis niños. No entendía por qué estaba encendida, si mi marido la había apagado antes de dormir. Otra vez volvió a invadirme el miedo a lo desconocido. Otra vez avancé. Al llegar a su dormitorio, la luz del artefacto tampoco era distinguible. Entre oscuridad y sonidos apagué la TV y entonces el silencio se apoderó de la casa.
Ya no estabas. Te habías ido.
Comencé a flotar, como si no existiera una fuerza de atracción hacia esta tierra, como si la gravedad se hubiera visto alterada.
Me dirigí a mi cama en esa nube invisible, un poco desilusionada de no verte, de no haber llegado a tiempo para encontrarte, pero tratando de refugiarme, segura de que ya nada alteraría mis sueños.
Habité el cuerpo que allí había quedado.
Poco tardé en dormirme. Y menos aún en volver a soñar con tu Luz.
Algo despertó mi cuerpo. Entonces, lo entendí todo.
Entendí que no eras más que yo quien allí había estado, que no debía buscarte fuera de mí, sino dentro.
Que los ojos sólo me sirven para ver la realidad. Y mi alma, para ver aquello que tanto deseo descubrir.

domingo, 28 de marzo de 2010

LA MEJOR VERSION


Ojalá ser feliz sólo dependiera de una simple ecuación, como sumar 2+2 y que siempre nos diera 4. O que se hubiera inventado lo que tanta gente ansía, la pastillita mágica que nos da la felicidad.

Pero no, no hay pastillas en farmacias. Ni siquiera en el mercado negro se puede conseguir. A nadie aún se le ha ocurrido tal invento. Tampoco es algo tan simple como sumar 2+2, porque somos tan complejos que siempre vamos por el absurdo y termina dándonos 5 en este caso.

Por ahí tenemos destellos de felicidad. Momentos en nuestra vida en los que nos sentimos tan pero tan bien que hasta nos parece que el corazón tiene pintada una sonrisa. Pero aunque intentemos preservar el momento, no hay caso, comienza a pasar el tiempo y esa felicidad se acaba, para dejarnos sólo con el recuerdo de que una vez fuimos felices.

También podemos tener una vida medianamente feliz. O sea, no es que seamos infelices ni mucho menos, pero para mi va más con el conformarnos con lo que tenemos, y no me refiero a un conformismo resignado, sino a un conformismo aceptado. Quiero decir que nos propusimos metas, las soñamos, fuimos super felices cuando las logramos y hoy vivimos con esos sueños materializados los cuales, al haber contenido felicidad al cumplirlos, nos permiten vivir en un estado de completa armonía.

Pero la felicidad, esa felicidad enorme que sentimos en determinados momentos de la vida, se termina diluyendo siempre.

En estos días pasados escuché algo que me dejó pensando. La primer frase, que acusaba el “sé feliz a como dé lugar” no me convenció del todo, o mejor dicho, pensé: “otra vez con el cantito de sé feliz. ¡Como si fuera tan fácil!”, pero después venía “y si puedes sentir amor (que es más divino que la felicidad), mejor”, y en ese momento lo entendí.

Todo el tiempo fuimos tras la felicidad, buscando la pastillita, la ecuación perfecta, y estaba tan cerca que no lo veíamos. El amor ES felicidad. Y cuando digo “amor” no me refiero a encontrar a la pareja perfecta que nos complete. Nosotros YA somos completos. Somos nosotros los que debemos amar, no esperar que nos amen. Somos nosotros los que tenemos y debemos sentir ese amor, en cada acto que llevemos adelante. Amor hacia nuestros pares, hacia la naturaleza, hacia las acciones que emprendemos, hacia el mundo todo.

Tampoco es tarea fácil, pero sí creo que lo es mucho más que ir tras algo que en realidad no existe como tal, sino que está contenida dentro del amor.

Entonces, me descubrí encontrando la fórmula de la felicidad, finalmente. Y pensé en todos esos momentos en los que me sentí completamente feliz y percibí que estaba llena de amor. Me di cuenta que soy feliz cuando hago lo que me gusta, lo que mi corazón realmente siente, cuando logro mis sueños, cuando me entrego por completo a los demás, pero de corazón. Y así en muchas otras acciones que emprendo a diario.

Por lo cual, dejemos de ir tras la zanahoria, no busquemos más la felicidad, sino el amor. Llenemos nuestra vida de amor, del más puro amor, del que nos regocija el alma, porque intrínseco encontraremos la felicidad. Hagamos lo que nos gusta, lo que nos hace bien. Abandonemos aquello que nos hace daño, porque de esta forma nunca lograremos nuestro cometido.

Yo sé que es más fácil decirlo que hacerlo, pero no debemos abandonarnos nunca en el intento.
La frase terminaba con "deja de hacer y de ser lo que no es la mejor versión de ti", por lo cual concluyo que sólo siendo la mejor versión de uno mismo podemos amar y, por lo tanto, finalmente encontrar la tan ansiada felicidad.

lunes, 8 de marzo de 2010

Y APENAS POR UNA SONRISA


La creatividad surge de momentos inesperados. Quienes la expresamos a través de la escritura, podemos motivarnos con una situación personal o ajena. También podemos hacerlo con algo que vemos, escuchamos o sentimos. O, a veces, sólo con la imaginación. Tan siquiera debemos prestar atención a cualquiera de esos momentos, tomar un lápiz (laptop o PC) y escribir.
A veces surgen cosas hermosas, que luego releemos y ni siquiera tenemos claro de dónde vinieron. Otras, letras que se unen y forman palabras y luego frases que, si bien no tienen un contenido literario importante, dejan huella en alguna parte, aunque tan sólo sea en uno mismo.
Hoy fue la sonrisa, esa que muestra la foto. Una sonrisa que, para descubrirla, tuve que inclinar mi cabeza y, una vez que la vi, también yo sonreí. Y luego pensé que es fácil alegrarnos el día. Todo depende si estamos con los ojos bien abiertos para descubrir aquello que nos haga bien o no.
Luego de varios meses (muchos) de huir de mi misma, me di cuenta que “sufro” (y lo pongo así, entre comillas, porque no sé si realmente se cataloga como tal) de ansiedad. Muchas cosas me la provocan, aunque todas terminan en la obsesión por el orden (interno y externo, aunque mucho más lo primero). Si bien esto es algo que lo traigo desde niña (no me recuerdo no siendo obsesiva, realmente), con el paso del tiempo, de los años, se ha hecho aún más fuerte, al punto tal de provocarme malestar físico. Hace apenas un par de semanas que lo reconocí en mi cuando de repente un día me desperté a las 6 de la mañana y mi cabeza no paraba por el desorden que tenía (y aún tengo) con varias cosas que no vienen al caso. El asunto es que me costó mucho reconocerlo frente a otros. Reconocer el “yo no puedo”, el que no soy invencible, que lo que me sucede me afecta más de lo que yo pensaba. Y reconocer que los golpes de mi vida me han dejado ciertas secuelas que me pesan a la hora de afrontar los problemas cotidianos.
Pero lo importante es que pude reconocerlo, finalmente. Y pedir ayuda para un lado y para el otro, lo cual me costó una enormidad. Sin embargo, me di cuenta que quienes nos quieren bien siempre están dispuestos a ayudar. Que no molestamos si decimos “necesito”. Que para eso estamos en este mundo, para tender manos y dejarnos tender aquellas cuando las necesitamos. No hay crecimiento sin intercambio. No podemos aprender a caminar sin alguien que nos sostenga y nos dé seguridad.
Tal vez por eso es que vuelvo a ver cosas que hace un tiempo ya no veía y puedo de a poco reencontrarme con mi centro, con la esencia de mi ser y descubrir, en algo tan sencillo como ir a arreglar una pinchadura del neumático de mi auto, una sonrisa que tímidamente se dibujaba en el guardabarros trasero. El rayón que tiene no es más que eso para muchos. Para mí, fue un nuevo motivo para sonreír.