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domingo, 20 de enero de 2013

LATIDOS AUSENTES

Desgarradora ausencia
que se cuela entre mis poros,
como sangre
que entra por la arteria incorrecta,
causando estragos
en todos mis órganos;
principalmente en aquellos
que aún algunos médicos entienden
que no existen como tales,
que son sólo inventos
de románticos empedernidos,
alimentados por poetas
a los que les sobra el tiempo.
Mientras los días pasan y determinan
lo más adecuado 
para terminar de una vez
con tanto sufrimiento,
la ansiedad hace estragos
a las eternas horas 
que separan tu boca
de mi cuerpo.
Quiero quitarme esta carga,
dejar de lado los prejuicios ajenos.
Encerrar los sueños en una caja, 
vivir la realidad sin contratiempos.
Porque me lleva la muerte
poco a poco
si no te tengo, amor,
si no te tengo.

lunes, 24 de diciembre de 2012

NAVIDAD, RARA NAVIDAD

Cuando decidí poner punto final a mi relación matrimonial de casi 15 años, muchas cosas pasaron. Intentos de reconstruir lo ya roto, sentimientos de culpa, desolación, miedos, angustias. Y mucho de todo eso se debía por los niños. Que cómo lo iban a tomar, cómo se iban a sentir, qué les iba a ocurrir, lo mala madre que sería por quebrar su familia, etc. Luego me di cuenta que quizás algunas cosas ocurrieran y otras no, que estaba especulando y sacando conclusiones por mis miedos, inseguridades y sentimiento de culpa, pero que no necesariamente debía ser así. Tenía que darme la oportunidad. La oportunidad de entender que yo no puedo controlar sus vidas, de que por más que son chicos, sacan sus propias conclusiones, que no importa cuántas palabras use, mis hijos no son fáciles de influenciar. Tienen una gran personalidad.
Así que me armé de valor y en febrero tomé la gran decisión de mi vida, pero no fue hasta setiembre cuando finalmente nos mudamos. Desde entonces muchas cosas han pasado. Muchísimas. Algunas muy feas y otras divinas. Y llegamos a diciembre, donde siento que se me ha tomado el examen final de las materias cursadas este año: paciencia y tolerancia. Y estoy segura que las apruebo con buena nota. Eso sí, son materias que uno no debe descuidar, quiero decir, son ese tipo de materias que se actualizan todo el tiempo, como la economía y sus índices, por ejemplo. No hay que perderles el rastro. En fin, creo que me gané el merecido pase para comenzar a transitar el perdón y el agradecimiento. Pero eso es digno de otra entrada al blog.
Hoy me trajo la Navidad. Esa fecha tan especial que reúne a la familia, que a los cristianos nos recuerda el nacimiento de Jesús, que es un día donde los niños son felices con sus regalos, que congrega a todos alrededor de un árbol, que nos permite brindar por el amor, la paz y la felicidad.
Mi familia hoy está reducida a tres: mis hijos y yo. No tengo padres ni hermanos con quien compartir este día. Sí amigos, muchos, que no han dejado de invitarme a sus casas a quienes se los agradezco infinitamente. También tengo tías y primos que estoy segura no tendrían el más mínimo problema de recibirme. Pero lo cierto es que mi familia, esa íntima que todos tenemos, se reduce a mis dos pequeños.
En el momento de la separación, mi hijo mayor nos pidió si podíamos pasar las fiestas todos juntos que, según dijo, no debiera ser complicado que compartiéramos dos días al año. No le prometí nada cuando lo dijo mientras todos aún vivíamos bajo el mismo techo porque si hay algo que no hago son promesas que no sé si pueda cumplir. Yo me esperaba una tormenta complicada luego de mudarnos pero fue peor, el volcán entró en erupción. Y por más que hoy puedo perfectamente vivir con las cenizas volcánicas, la lava no me va, así que imposible compartir esos días.
Ambos comprendieron (porque no son ajenos a las circunstancias) que no era apropiado y que yo no me sentiría cómoda. Fue así que surgió que el 24 pasaban conmigo y el 31 con su papá.
Mis hijos no creen en Papá Noel, pero sí sienten la magia de la Navidad. Entonces, volví a anteponerlos, como lo hago siempre. Les pregunté qué preferían, sabiendo la respuesta. No les iba a quitar la posibilidad de estar con sus únicos abuelos, tíos y primos en esa noche especial.
Es por eso que esta Navidad será extraña. Sé que no estaré sola, pero hay algo, dos algos en verdad, que me van a faltar y extrañaré mucho esa noche. Pensaré en ellos a las 12 y les mandaré un beso a distancia. Les pondré los regalos en el árbol y los abrirán al otro día, donde almorzaremos los tres juntos.
Esta Navidad será rara. Sé también que aunque callen me extrañarán. Pero también sé que ni una noche ni un día especial cambiará el amor que revolotea en este hogar.
Tomo decisiones y eso me da plenitud y felicidad. Mis hijos también toman las suyas. Y por eso somos una bella familia, porque nos sabemos respetar.
Los amo, niños. Feliz Navidad.

miércoles, 24 de octubre de 2012

VOS ... YO ... VOS

Estoy cansada de ser tan importante para los demás. Y no lo digo con orgullo ni soberbia, sino con hastío. Porque me parece increíble que la gente no tenga nada mejor que hacer que hablar de los problemas ajenos, que juzguen al otro como si sus vidas fueran inmaculadas, que no tengan la menor idea de lo que uno ha vivido como para venir a decir si lo que uno pudo (o no) haber hecho lo hizo bien o lo hizo mal. Que en pro del bien, hagan mal. Y que, gratuitamente, se sientan dioses o semidioses por haber obrado dentro de sus conceptos de bien.
Ya no sé si es grato o ingrato el saber que soy tema de conversación en las mesas. Lo cierto es que hubiera deseado escribir la historia de mi vida en papel. Sin dudas que el libro se vendería como agua en todas las librerías -más allá de que fuera interesante o no, verdad o mentira. Eso no es importante cuando de hablar del otro se trata. Luego de leerlo quizás la opinión no fuera buena, porque en definitiva no era tan interesante como se pensaba, pero el hecho real sería que el libro se vendería y el dinero estaría inflando mi flaquísima cuenta del banco-. Los programas de chismes de la tarde estarían sacando su buena y jugosa tajada si fuera famosa -y, otra vez, mi cuenta del banco creciendo-.
Pero lo cierto es que no, no lo soy, y la plata (al igual que a la mayoría), no me alcanza.
Simplemente soy una mujer como cualquiera, con miles de problemas resueltos y ocupándome de resolver las cosas día a día, sin pre-ocuparme por lo que vendrá. 
Soy una mujer que toma decisiones, en el acierto o en el error, pero que no se queda parada mirando pasar la vida, porque me gusta que la vida pase siempre a través de mí. 
Soy alguien que se cae y se levanta mil veces y lo hará mil veces más si es necesario.
No soy un ángel. 
Tampoco un demonio. 
Soy un ser humano en vías de extinción, como cualquiera de nosotros. 
Soy quien se equivoca y aprende. 
Soy quien reconoce que aún le queda mucho por entender y hacer carne sobre un montón de cosas, algunas que ya se visualizan y otras que aún no. 
Soy la que busca soluciones para sí misma, porque sabe que mejorarán su entorno. Quien va a terapia para entenderse y quien hace yoga para distenderse.
Esta soy yo. La que sobrevivió a la muerte propia y ajena, la que lloró pérdidas en incansables ocasiones, la que deseó morir y agradeció por vivir, la que se ciega de orgullo y también la que aprende a aceptar, la que muchos hablan porque conocen y de la que otros hablan porque desconocen, la que decide y se hace cargo. La que opta por lo positivo y desecha lo negativo. La que aún tiene mucho por pulir para construir, pero que sabe que será tarea de toda la vida, porque la luz llega en cuentagotas y, cuanto más consciente  se hace uno de la oscuridad, mayores son las posibilidades de que la luz se revele.
No soy nadie y soy todo. 
Soy amada y odiada, pero por suerte para mi, muchísimo más amada. 
Basta de hablar de mi. Sería muchísimo mejor si me hablan a mi.
Y por cierto, no me olvido que somos espejo. Reflejémonos.

domingo, 9 de setiembre de 2012

DOLOR NO AJENO

La muerte de un hijo no tiene consuelo. Sea como sea, no lo hay. Si es que está enfermo, tenemos siempre la esperanza y fe de que mejore. Si es una muerte inesperada, de esas que aparecen de golpe, los primeros instantes parecen surrealistas, algo que no nos está sucediendo a nosotros.
No importa la edad que tenga. No estamos preparados ni programados psicológicamente para ver morir a nuestra descendencia. Lo lógico y normal indica que por edad cronológica primero nos toca a nosotros.
Sin embargo, los hijos mueren. Y los padres quedamos sin consuelo. Es cierto que muchas veces, en caso de enfermedades me refiero, el amor nos gana y deseamos su descanso, pero eso para nada significa que el dolor se reduzca. Sólo se trata de amor.
En estos días tuve que escuchar sobre dos muertes de niños, de las miles que ocurren en el mundo. 
Debo ser sincera y confesar que cuando me entero de la enfermedad, como fue el caso de Blanca Vicuña, si bien no soy ajena a la noticia porque resuena por todas partes, trato de no buscar información, de no indagar, de no saber más de lo que de rebote me entero. Sólo veía su foto circular por Facebook, pidiendo oraciones por ella y las pasaba muy rápido. Y pensaba: "Dios ya sabe que ha de hacer", ya fuera que siguiera viviendo o no. Realmente no podía quedarme leyendo o mirando esa carita angelical y pensando cómo estaría pasando. No podía ni quería.
Algo similar me pasó con el caso del bombero. Una noticia que circuló por aquí estos días: al bombero se le incendió la casa. Salvaron a dos de sus hijos, pero su beba de 11 meses murió  calcinada. Traté de no imaginar nada. No quise pensar en nada.
Pedidos de ayuda para esa familia que está hoy en la calle me han llegado por varias vías. Y sí, necesitan todo para reconstruirse. Inclusive y principalmente a su bebé. Pero ella no volverá cuando los muros de la vivienda vuelvan a levantarse.
Sé del dolor que estas muertes provocan. Lamentablemente lo sé y eso me permite comprender a estos padres y a tantos otros que no conozco porque no fueron noticia.
El dolor viene con o sin dinero. Siendo famoso o un simple bombero. El dolor por la muerte de un hijo no tiene consuelo. Se debe vivir el duelo, sufrirlo, llorarlo y no comprenderlo en esos momentos.
No hay otra forma de pasarlo.
Luego dependerá de cada ser el valor que le dé a la muerte de su hijo. 
Hay una parte que queda sin respuestas. De hecho, está escrito en el libro de "Preguntas sin contestar" con el que pienso irme cuando me muera.
Otra parte, uno trata de ir encontrándole el sentido y, si logramos encontrarlo, vivimos con un poco más de paz.
Igual esos ángeles no se olvidan. Nunca. Son seres de luz que impregnaron nuestras vidas. 
Yo no voy a dar cátedra de cómo y por qué estas cosas suceden ni de cómo hacer para superarlas. Vivo mi experiencia y, a la distancia, comprendo que tanto los papás famosos como el bombero y su esposa, o como cualquier otro papá y mamá que estén o hayan pasado por eso, tendrán un arduo camino por recorrer. Algunos podrán hacerlo. Otros quizás no. Y ambos merecen todo mi respeto.
Lo más tal es desearles paz eterna especialmente a estos dos angelitos que en estos días han sido noticia, al igual que a todos aquellos que se han calzado sus alas y emprendido vuelo. Y extender mi consuelo a todos los padres del mundo que sufren la pérdida de lo más preciado que la vida nos otorga, nuestros hijos.
Que la paz colme los corazones de todos. Que así sea.

lunes, 27 de agosto de 2012

No quiero

No quiero tantas cosas
que con eso debiera bastar
para decir basta.
Pero no siempre suficiente
es una palabra que contenga magia
y transforme lo real en lo imaginario.
O viceversa.

Pero hoy no quiero;
y digo basta.
Y aunque ese basta no baste,
esta noche ya me alcanza.