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lunes, 18 de enero de 2010

ROCIO Y EL MAR


(de mi carpetita de cuentos, ya que las musas algún día lo dejaron
y ahora vaya uno a saber por dónde andan)

Rocío había nacido una madrugada de un frío invierno, mientras la luna se despedía dejando paso al sol en el cielo.
Su cuna había sido una hermosa hoja verde de un árbol perenne que crecía a orillas de un lago. A pesar de ser una gotita pequeñita, hacía que ese pedacito de hoja donde reposaba, tuviera un brillo especial.
Había apenas una pequeña brisa que la mecía de un lado a otro en la hoja y, con cada balanceo y el trinar de los pájaros que comenzaban a despertar, Rocío se sentía feliz de haber llegado a este mundo.
A medida que los minutos pasaban, el cielo iba dejando su color rosa del amanecer para convertirse en el celeste que acompañaría el día, con un sol que poco a poco comenzaba a dar brillo y calidez en cada rincón donde le era posible llegar.
Rocío bailaba y bailaba sobre la hoja y no fue hasta entrada ya la primera hora de la mañana que se dio cuenta del peligro que correría.
El sol comenzó a entibiarla. A decir verdad, al principio disfrutó de esa suave calidez, se sentía reconfortada. Pero unos minutos más tarde, el calor comenzó a resultarle insoportable y fue entonces cuando se percató que su vida en este mundo no sería muy larga.
Entonces tuvo una brillante idea. Si lograba balancearse con más fuerza, ¡lograría caer en el lago y, de esa forma, pasaría a ser parte de él! Estaba segura que muchas de sus hermanas estaban allí. Necesitaba llegar, fuera como fuera.
Pero por más que lo intentaba, no lograba caer. Además, ya la brisa comenzaba a amainar y eso hacía que sus movimientos comenzaran a escasear.
Rocío estaba triste, muy triste. Pensaba que jamás podría unirse a su familia (porque seguía segura que ésta se encontraba allí abajo, en el lago). Pero de repente escuchó ciertos sonidos que llamaron su atención. No era el de los pájaros, a los cuales ya estaba acostumbrada, pero eran ruidos agradables que poco a poco parecían acercarse al árbol donde estaba la rama con la hermosa hoja verde donde Rocío reposaba.
Lo que escuchaba no era ni más ni menos que la risa de unos niños que correteaban junto a su abuelo. Llevaban camperas muy abrigadas, gorros de lana y bufandas de muchos colores.
Comenzaron a cantar y bailar alrededor del árbol donde Rocío se encontraba. Escuchó atenta el canto de los niños y por unos instantes olvidó el destino que para ella imaginaba.
El abuelo, feliz de verlos jugar pero preocupado porque los minutos pasaban tan rápidos como una estrella fugaz, les dijo: - Niños, dejen los juegos para la tarde. Ahora, ¡apúrense!. O llegaran tarde al colegio. Vamos, vamos, sigan caminando.
Los niños, entre alegres risotadas, rodearon un par de veces más el árbol y, con un pequeño salto, tocaron la rama donde la hermosa hoja verde en la cual Rocío reposaba estaba y de esa forma se despidieron de sus juegos hasta la tarde.
Lo que los niños jamás imaginaron fue lo que acababan de lograr en Rocío: su libertad. La rama que tocaron se movió, la hoja se inclinó y lentamente Rocío comenzó a resbalar por ella cayendo lentamente en el lago que a los pies de aquel frondoso y hermoso árbol fluía.
Rocío se colmó de felicidad. En milésimas de segundo, se unió a esa gran familia con la cual no había dejado de soñar y, en breves instantes comenzó a recorrer kilómetros que la llevaron a un enorme río el que más tarde se fundía en un mar.
Rocío, esa pequeña gota que sobre una hermosa hoja de un árbol perenne un día nació, pasó a ser parte de una unidad, de un mar que la llevaba por lugares que jamás hubiera podido imaginar, reconociendo en su paso risas como las de aquellos niños que un día le dieron su libertad.
Y es así que cada madrugada fría de invierno, los árboles se llenan de gotas de rocío que sueñan con ser parte del mar.

martes, 29 de diciembre de 2009

RECUERDO DESDE EL MAR


(Luego de leer Táctica y Estrategia, de M. Benedetti)

Hoy partí de tu puerto.
Una vez más.
Como tantas ... tantas otras.

Me sumergí en la furia de tus olas,
en tu mar profundo de vaivenes y mareas alteradas,
dejándome arrastrar por la corriente hacia donde me llevara,
porque a tu lado no temo donde mi barco encalla.

Es por eso que ahora decido quedarme aquí,
en el instante que me habita tu recuerdo.
Con la sensación de tus besos en mi cuerpo,
con tus manos recorriendo de principio a fin mi espalda.

Me quedo aquí,
con tu alma y sin la mía.
Una vez más.
Como tantas ... tantas otras.

viernes, 18 de diciembre de 2009

AMOR PERFECTO


Hoy hace ya diez años que conocí al amor perfecto. Ese amor que no tiene barreras, que es incondicional, el amor que nos lleva a dar la vida por alguien o hasta implorar por su muerte si eso es lo mejor para el ser amado. El amor que todo lo puede, que nos hace sentir vivos cada día, que nos llena con su luz. El amor de madre.
Hoy hace diez años que fui mamá. Que sentí lo maravilloso de crear a un ser y llevarlo durante casi nueve meses dentro mío y que al verlo el mundo tomara otro sentido.
Hoy hace diez años que nació Agustín, mi hijo.
Agustín llegó a mi vida pendiendo de un hilo y me llenó de un amor hasta entonces desconocido. Al verlo, poco me importó la decena de cables que tenía conectados. Todos fueron invisibles para mis ojos. Sólo veía a un niño hermoso descansando en una cuna, no a un niño enfermo.
Hoy soy lo que soy gracias a los 17 días que vivió Agustín. Hoy me siento una luchadora porque no hacerlo sería una deshonra, habiendo sido testigo directo de cómo un bebé luchaba tanto por su supervivencia. Hoy entiendo que no podemos interferir en el Plan Divino. Que el mapa de nuestras vidas ya está trazado y que lo único que podemos hacer es aceptarlo o morirnos de una depresión si es que no lo hacemos.
Hoy mi vida es plena con mis dos soles y estoy convencida que la Luz de Agustín los guía en cada paso que dan, que los cuida y protege. Que mis hijos de verdad tienen un Angel de la Guarda.
Hoy visitamos el cementerio. Sólo voy una vez por año, porque sé que mi hijo no está allí. Sin embargo, estar allí me acerca un poco más a él, a lo que quedan de su cenizas, y me tomo el tiempo para meditar y reflexionar con él.
Fuimos los cuatro. Renzo preguntó: “por qué vinimos aquí?”, dejándonos sin palabras tanto a Juan como a mi. Pero Juan Diego, ante la falta de respuesta, le dijo “vinimos a rezar”, y a Renzo lo conformó. Luego, en la preocupación de decirle algo, Juan le preguntó: “vos sabías que tenías un hermano mayor?” y mi cara lo dijo todo, porque aún no quiero que se entere. Entonces, otra vez Juan Diego me miró y le dijo a su hermano: “sí, soy yo tu hermano mayor”.
No puedo sentirme más que orgullosa de la familia que hemos formado. Con Juan, Juan Diego, Renzo … y Agustín. Porque sin él yo no hubiera podido hacer todo esto ni ser quien soy hoy.
Así que, hijo mío, sea donde sea que estés, gracias por venir a mi vida, por ser el ángel que me visitó en la tierra, por darme fuerzas para seguir, por enseñarme sobre ese amor incondicional y único, por hacerme crecer.
Te amo, como sólo una mamá puede amar a un hijo. Presente o ausente, con vida o sin ella, cuando se ama incondicionalmente el amor nunca se va.

domingo, 13 de diciembre de 2009

MATILDE Y MARIANA


Matilde y Mariana eran dos jóvenes muy diferentes. Y no tanto. Habían nacido en familias con culturas distintas, fueron criadas bajo reglas diferentes y educadas en colegios con diferentes religiones. Pero aún así las unían muchas cosas en común. Cosas tal vez sin importancia para tantos otros, cosas sencillas, cotidianas, como fumar la misma marca de cigarrillos, comprarse carteras iguales y sorprenderse al verlas, intentar hablar en el mismo instante para decir la misma cosa y reírse a carcajadas de ello, ser mujeres emprendedoras, por donde se las mirase, ser seductoras de cuerpo y mente y -aún más importante- dejarse seducir por el intelecto.

Todo eso, entre tantas otras cosas.

Y es probable que esos hayan sido factores más que suficientes para que entablaran una amistad, para que se quisieran con todo el corazón y para que, a pesar del tiempo y la distancia, sigan sintiendo lo mismo hasta hoy.
Porque resulta ser que algunos meses después de tan intensa amistad Matilde decidió ir tras sus raíces, en busca de un sueño, de un futuro, de un descubrimiento de sí misma y de un amor que ni siquiera ella imaginó iba a encontrar. Decidió salir en busca de su ser mujer, dejando atrás a sus padres y hermano -que no tardaron en unírsele- y a sus amigos, algunos que sabía no volvería a saber de ellos y a otros que miles de kilómetros no serían capaz de separar. Entre ellos, estaba Mariana, que lloró su partida como si una parte de ella también se fuera en ese avión. Y pensándolo bien, probablemente fue así.
Mariana continuó su vida aquí y Matilde allá.
Mariana se casó con el hombre que Matilde había conocido, aunque el tiempo hizo que éste cambiara tanto -no sólo físicamente, claro- que con seguridad Matilde no lo reconocería.
Matilde se casó con ese amor que conoció y la hizo tan feliz.
Ambas tuvieron dos hijos. Por supuesto que cuando Matilde llamó a Mariana para contarle de su primer embarazo, Mariana estaba embarazada.
Ambas, cada cual en su país, salió adelante, triunfó, cayó y se levantó. Quizás hoy ninguna se siente completamente realizada. Ambas tienen sueños que han quedado en el camino y otros que se vislumbran en el futuro, pero las dos saben que eso mismo hace que la vida valga la pena vivirla.
Hace unos años se reencontraron en lo que yo llamaría "país neutral". Matilde fue al casamiento de un amigo e invitó a Mariana a pasar un par de días con ella. Mariana no quiso perder la oportunidad.
Luego del abrazo apretado, los dos días transcurrieron como si nunca se hubieran separado. Hablaron horas, tomaron café en un shopping luego de hacer varias compras y disfrutaron de las instalaciones del hotel. Fueron dos días cargados de emociones y sensaciones, de esos que uno no se arrepiente de vivir.
El tiempo siguió su paso y a pesar de la lejanía, de vivir en continentes diferentes, de criar a sus hijos en distintas culturas, una vez más encontraron un punto de contacto: la escritura.
Matilde y Mariana son dos mujeres que aman vivir. Que saben vivir. Que sienten, que sufren, que lloran, que ríen, que sueñan. Dos mujeres distintas pero con muchas cosas en común. Cosas sin importancia, cosas cotidianas, cosas sencillas, pero que hoy al leerse pueden seguir descubriéndose, día tras día.

Matilde y Mariana son amigas que saben que un "hasta siempre" es algo que se dice, pero que también es algo que se puede cumplir.

domingo, 29 de noviembre de 2009

AH! - POLITICA!


Ah! La política!

Harta. Así estoy de los temas políticos de mi país. Harta de escuchar discusiones. Harta de que la gente se pelee. Harta del banderazo, de los cañones, del arsenal de armas, de acusaciones, de encuestas verdaderas o truchas, de si es más de lo mismo, de si es distinto, del IRPF, del NO IRPF, del país mejor.

Me había dicho a mi misma que no iba a opinar de nada, pero ya a pocas horas de las elecciones me venció la campaña.

Siempre he sido apolítica. No soy ni seré jamás partidaria de ningún partido. Ni de blancos, ni colorados, ni frenteamplistas, ni rosados, ni independientes, ni nada.

Claro que con los años he logrado entender algunas cosas porque no me ha quedado más remedio, al punto de encontrarme hablando de política en más de una oportunidad, cuando toda mi vida evité el tema. Supongo que la madurez (dice un amigo que esto suena mejor que decir la vejez, lo cual es cierto) hace que me replantee ciertas cosas.

Igual no deja de sorprenderme que la gente siga luchando por cosas que no me parecen del todo lógicas.

¡Hay tantas otras cosas por las que luchar! Por el amor, por la libertad, por la igualdad, por ejemplo. Y esto, no se logra con la política, aunque muchos puedan retrucarme que sí. Un presidente no hará que seamos mejores seres humanos. Por el contrario, hoy por hoy, los están degenerando. Crean rivalidades y enemistades varias, fanatismos, desprecio, egocentrismo …

No es así como nos hacemos mejores cada día.

No es así como haremos un país mejor. Y mucho menos, un mundo mejor.

Mañana elegiremos presidente.

Mañana muchos sentirán que eligieron lo mejor. Otros, se quedarán tristes, no entendiendo por qué pasan estas cosas.

Por mi parte, seguiré siendo apolítica toda mi vida.

Por supuesto que mañana sufragaré como corresponde que lo haga. No soy indecisa. No voy a votar en blanco ni anulado. Elegiré a quien considero debo elegir, a pesar de los pesares.

Pero sin importar quien sea electo, seguiré trabajando para que mi propia lucha continúe.

Sin fanatismos, ni enemistades, ni desprecios.

Seguiré luchando para combatir mi ego, bregando por la libertad, la igualdad y el amor desinteresado hacia el otro.

Por suerte tengo un esposo que me acompaña en esta ruta, lo cual me asegura que nuestros hijos crecerán bajo estos ideales, entendiendo que en la vida no se es mejor o peor según el presidente que tengamos, sino por el mundo que construimos nosotros mismos.

¿Utópico mi pensamiento? Sólo si todos seguimos pensando de esa manera. El día que dejemos de pensar que es una utopía es cuando lo convertiremos en realidad.

Buen sufragio para los ciudadanos de mi país.

Por mi parte, el voto más valedero ya fue puesto en casa.