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viernes, 25 de setiembre de 2009

NOCHE DE TESOROS


Es semana de vacaciones de primavera y, si bien los niños de casa están felices de que hayan llegado, no es fácil complacerlos en estos días.
Aún el tiempo está frío como para que jueguen tanto rato afuera. Es cierto que el sol ya empieza a calentar un poco más que hace apenas unas semanas atrás, lo cual permite que se salgan y se oxigenen un poco, más que nada en horas del mediodía; pero después no sólo se aburren de andar en sus bicicletas y patinetas sino que ya es hora de ponerse una camperita o entrar. Generalmente terminan optando por lo segundo.
Uno a la computadora. Otro al playstation. La tecnología ayuda, no hay dudas, pero como madre me entra la culpa de ver a esos niños alienados con los aparatos. Claro, qué ejemplo puedo darles cuando yo hago lo mismo, ¿no?. Mala madre, mala madre, mala madre, me castigo. Se terminó. Hoy decidí que el día fuera diferente. Bueno, al menos la noche.
Aprovechando que mi marido no volvería hasta tarde, empezamos la fiesta. Primero fuimos a comprar unos pegotines nuevos para las bicicletas. Aunque parezca algo muy banal, tiene su explicación para que resulte atractivo.
Salimos de casa y enfilaron para el auto. “No niños, hoy vamos caminando”. Increíble aventura traspasar las rejas que amurallan nuestro hogar y caminar una cuadra por el barrio. Iban contentos, felices, ¡libres!. Llegamos a la bicicletería y tuvieron durante 5 minutos al pobre hombre que paró su trabajo de reparación de pinchaduras para atender a mis lindos solcitos. Miraron los stickers, eligieron, se arrepintieron y volvieron a elegir. Pagaron (cada uno llevaba su propio dinero) y volvimos a casa por el mismo camino que habíamos trazado a la ida.
Apenas entraron corrieron hacia sus bicis a pegarles sus nuevas adquisiciones y después a andar en ellas. Seguro que rodaban mejor con los nuevos calcos. ¡Habían quedado super!
Luego de jugar un rato, volvimos a salir. Esta vez a la peluquería a hacer los cortes típicos de vacaciones para que el lunes vuelvan prolijos a la escuela.
Ya cansada de las dos míseras cuadras que caminamos, decidí que iríamos en el auto. Caminar 10 cuadras más (en total, de ida y vuelta), no estaba en mis planes del día.
Por suerte cuando llegamos no había nadie, así que en menos de media hora ya estábamos rumbo a casa y de pelos cortos. Quedaron preciosos y, lo que es muchísimo mejor, conformes.
Ya casi era hora de cenar, por lo tanto pedimos empanadas que demoraron apenas una media hora en traer. Mientras tanto, cada uno volvió a sus aparatos electrónicos.
Lo bueno es que mantenemos ciertas tradiciones. Es por eso que una vez que la cena llegó, nos sentamos los tres a comer y a compartir una linda charla donde el humor como siempre fue abundante, gracias al menor de la familia.
La cena transcurrió sin discusiones y con una motivación, lo cual hizo que los platos se vaciaran más rápido que lo normal: se venía la búsqueda del tesoro.
Dibujé un mapa de la casa y marqué ciertos puntos en dorado, identificados con distintos símbolos. En cada punto había una pista que los llevaba a la siguiente, no sin antes cumplir una prenda para poder acceder. Las mismas consistían en lavarse los dientes, levantar los platos de la mesa, ponerse el pijama, razonamientos lógicos y bailar. Si lograban pasarlas, debían avanzar hasta la siguiente de un modo especial (en un pie, en cuatro patas, cangrejo, una mano en la cabeza y la otra en la cola del compañero, etc), hasta llegar a la última que los llevaría al GRAN TESORO, dos Super Push Pop (chupetines triples, hablando en español).
Se divirtieron enormemente, haciendo lo que hacen todos los días pero con un desafío por cumplir, además de bailar al ritmo de Daddy Yankee y su “Llamado de emergencia” o de jugar al cine mudo para conseguir su siguiente pista.
Ya con los super chupetines en su poder, me invitaron a ver una película: Open Season. Nos acurrucamos los tres en la cama grande, apagamos las luces y nos pusimos a mirar al oso y al alce de un solo cuerno hacer sus locuras por el bosque.
Al terminar, cada uno se fue a su cuarto, los arropé y nos dimos el beso y abrazo de buenas noches.
Hoy se fueron a dormir sin pelear, sin rezongar, sin gritar. Hoy se durmieron plenos de felicidad.
Y todo porque logramos salir un rato de la tecnología y disfrutar de mimos, juegos y diversión.
Ojalá volvamos a repetirla. Con vacaciones o sin ellas. Seguro que ellos lo recuerdan. Generalmente somos los adultos que nos olvidamos pronto de todo esto.

miércoles, 23 de setiembre de 2009

ALAS AL VIENTO


Pies para que los quiero si tengo alas para volar?
Frida Kalho


Es difícil cuando se conjugan tantas emociones dentro nuestro.
Saber qué está bien o qué está mal.
Saber usar la culpa como herramienta de nuestra conciencia y no como una malvada villana que nos acecha y atormenta, alimentándose de nuestro ego.
Es difícil ser positivo en un mundo lleno de pesimismo y cargar nuestra mente de asuntos bellos, en vez de hacer de nuestros pensamientos una procesión y vivir con el dolor que nos destruye poco a poco.
Es difícil vivir siempre en el amor en un mundo donde el odio libra una batalla permanente contra éste.
Es difícil sentirse vivo cuando lo que nos rodea parece estar tan muerto.
Y aún mucho más difícil es no dejarse vencer en el intento de lograrlo, no caer, no sentirse derrotado, abandonado, perdido.
Es nuestra ardua tarea sacar fuerzas de donde sea.
De nuestros amigos, que estarán allí siempre para brindarnos su mano firme, segura y desinteresada. Para escucharnos, para entendernos o contenernos.
De nuestros ancestros, que lucharon en medio de las peores guerras y sobrevivieron.
De nuestra pareja quien la tenga, que aunque muchas veces los problemas parezcan superar los idilios, permanecen allí, a nuestro lado, a pesar de los pesares.
De nuestros hijos, que nos aman por encima de todo. Que nos regalan sus lágrimas para consolarlos o sus sonrisas para deleitarnos.
O de aquel con el que "de casualidad" nos cruzamos y, sin embargo, nos brinda quizás la palabra justa en el momento perfecto.
Pero principalmente, saquemos fuerza de nosotros mismos.
Disfrutemos y vivamos el día a día, realmente como si no nos quedara otro instante por vivir.
Disfrutemos de nuestras emociones, porque son las que nos recuerdan que estamos vivos.
Aprendamos a vivir en y desde el amor por cada acción que llevemos a cabo.
El presente es ahora, es este preciso momento. No nos aferremos al pasado ni dibujemos un futuro. Creemos el mundo ahora, este es el instante al que pertenecemos. Creemos nuestro propio Universo.
Agradezcamos por cada día que hemos respirado el aliento de esta tierra y de todo lo que habita en ella.
Sonriamos al mundo, a nuestro mundo interior, para poder regalar sonrisas a todo el resto.
Animémonos, tomemos riesgos y aprendamos a volar.
Emprendamos el vuelo fantástico de la vida sin temor a desplegar nuestras alas al viento.

martes, 15 de setiembre de 2009

¿ORDEN U OBSESION?


No podía concentrarme en la conversación que estábamos teniendo mi primo y yo. Mientras me hablaba, trataba de llevar un pedacito de su tarta de manzana a la cuchara, sin éxito. El utensilio (y es así, sin ll, ya hace tiempo que me saqué la duda consultando la RAE) iba y venía en el plato, empujando el pedacito de tarta de un lado para el otro, pero nunca llegaba a destino. A él parecía no importarle, sin embargo para mi ya se había transformado en una obsesión. Tuve que interrumpirlo y pedirle que si no podía empujara con el dedo pero que por favor pusiera ese pedacito de alimento donde iba, porque sino lo iba a terminar haciendo yo. Se empezó a reír. No tanto por lo que acababa de decirle, sino porque unos minutos antes me había estado observando y se había percatado que una vez que terminaba de tomar algo tenía su misma costumbre, limpiar el borde del vaso con mis dedos. Ese día nos dimos cuenta que somos obsesivos.

No sé si es tanto obsesión o simplemente orden, hacer que todo esté prolijo y en donde tiene que estar, pero lo cierto es que somos un poquito más histéricos que la normalidad de gente que nos ronda.
No voy a hablar de sus asuntos, a eso lo dejo a él que sabe hacerlo muy bien también. Pero entre los míos se encuentra por ejemplo la costumbre de tener un lugar exacto para cada cosa.
Los adornos en el mueble del living, los perfumes en mi cómoda, las porquerías que tengo sobre la mesada del baño. Todo tiene que estar en su exacto lugar, y esto a veces se transforma en una lucha callada pero eterna con mi prima que ordena mi casa a su gusto y yo luego vuelvo todo a su lugar de origen.
¡Los libros! Todos están ordenados por tema en la biblioteca. Todos con sus lomos visibles y para el mismo lado (detesto los que vienen con el lomo para el otro lado pues hace que los tenga que poner al revés en el estante).
La ropa también no sólo tiene que estar doblada de una manera especial, sino que a su vez está ordenada por tipo: musculosas, remeras de manga corta, manga tres cuartos, manga larga, buzos de lana, pantalones, todo doblado en diferentes pilas. Y la colgada también: primero las polleras (faldas), luego los vestidos, las camisas, los trajes, las camperas, los tapados más largos.
Los zapatos están en cajas, todas con nombre y, si no es así, por tipo también: en una caja grande los que no tienen talón y en otras los que sí. Los deportivos con los deportivos y los de vestir con los de vestir.
Las facturas pagas descansan en un cajón por un par de meses (y esto sucede únicamente por falta de tiempo) y luego un día terminan todas en un biblorato con separaciones de colores bien destacados por empresa.
Los colgantes, las pulseras, los anillos, los relojes. Todo tiene su cajita y su lugar.
En el trabajo soy igual. Todos los papeles en orden y el material de trabajo separado. Cuando trabajaba en la oficina, mis cajones parecían más cajones de exhibición de materiales de oficina que de un trabajador.

Me pregunto cuándo fui que me puse tan histéricamente ordenada, porque recuerdo mis años de juventud donde todo quedaba donde caía. Y por supuesto nunca sabía dónde estaba nada. Pero no me importaba.
Tal vez la falta de tiempo es que hace que tenga todo así, tan prolijito, cosa de ir rápidamente por lo que quiero sin tener que perder minutos buscando.
Podría decir que mi vida está en orden.
Pero hay una trampa.
Es sólo la que se ve.
La otra, la que sólo veo yo y algunos pocos … privilegiados?, tiene matices, altibajos, idas y venidas.
Esa no es tan fácil de controlar.
Y tal vez este sea otro de los motivos por el que mantengo lo de afuera tan ordenadito. Porque lo de adentro es pura revolución.
Lo más cómico es que me gusta ser así, desordenada por dentro, porque es un desafío diario, un encuentro eterno con mi ser, un descubrimiento y una aventura.

Así que podría concluir diciendo que mientras tenga vida tendré desafíos, encuentros y desencuentros, búsquedas y hallazgos, orden y caos.
Mientras tenga vida tendré asegurado el eterno encanto de la seducción por aquellas cosas en las que creo con pasión que me brindarán ese orden interior.
Lo cierto es que mientras tenga vida, viviré persiguiendo mi obsesión.

domingo, 6 de setiembre de 2009

DESMEMORIADA


Con los años me he dado cuenta que he perdido una de mis más destacadas virtudes: la memoria.

Soy una convencida que hay una parte del cerebro que se conecta directamente con el útero. Cuando la mujer queda embarazada, no sé que tipo de transición sucede que algunos de esos recuerdos tan bien guardados pasan directamente a la placenta donde, una vez retirada del cuerpo, se va con nuestras memorias a perderse en el olvido (literalmente).

Porque lo cierto es que desde que nació Juan Diego mi memoria se redujo, digamos, un 25%. Y con la llegada de Renzo, otro 25% más.

Bien, aún conservaba un 50%. Esto me permitía atender las actividades de mis hijos sin usar un lápiz. Tenía clarísimo sus horarios, aunque no así los míos que ya se iban acumulando en mi agenda o papelitos o listas que hacía en un cuaderno cualquiera y guardaba en algún bolsillo (el cual por supuesto olvidaba revisar). Por ejemplo, si tenía que comprar champú, la única forma de recordarlo era ir rotando el frasco de lugar en lugar una vez que se había acabado. Esto significaba sacarlo de la ducha y tirarlo en la pileta del baño. Una vez que salía de la ducha y lo veía, debía colocarlo en el piso, al lado de la puerta del baño. Al salir, levantarlo y llevarlo conmigo hasta la cocina. Y así, hasta que llegara a anotarlo en alguna listita o tirar el frasco dentro del auto en el asiento del acompañante, cosa que cuando subiera recordara que tenía que comprar champú. Hoy ya no hago esas locuras. Primero que compro 2 frascos de un litro cada uno (cosa que me dure muchísimo) y segundo que cuando empiezo el primero ya me recuerdo que tengo que comprar más (probablemente lo haga cuando me quede la mitad del segundo, pero al menos no me quedo sin champú).

Pero me fui de tema. A lo que voy es que mi memoria en ese entonces era precaria pero aún recordaba ciertos detalles cuando, puf!, me llegó la quimio y con ella otro 25% de memoria perdida.

La adriamicina y la ciclofofamina que me administraron mató al bicho, neuronas y sin dudas las conexiones sinápticas del cerebro, o sea aquello que nos permite recordar.

Pero, sin embargo, y paradójicamente, me quedan recuerdos de cuando tenía buena memoria (o sea, puedo recordar que tenía buena memoria), entonces me niego a agendar las cosas, apelando a que pronto todo volverá a la normalidad. Pero no, no hay caso, me olvido.

Y lo peor, no es sólo de lo que no me interesa de lo que me olvido. También me olvido de cosas importantes, como cobrar un alquiler (sí, cobrar no pagar), de reuniones laborales o de llamar a alguna amiga.

Sin embargo, puedo recordar por ejemplo haber ido a tal o cual lugar hace años atrás. Recuerdo el lugar con total claridad y hasta recuerdo haber estado con un grupo de gente allí. Pero jamás de los jamases recordaré con quién.

Y ni que hablar de las personas que me cruzo continuamente a quienes saludo con entusiasmo (respondiendo el saludo del otro, claro) sin saber de dónde la o lo conozco ni tampoco su nombre. Yo sé, esto ocurre. A veces. No siempre, como es mi caso. Lamentablemente, fracaso con total éxito urgando en mi memoria. Nunca sé de dónde me resulta conocido.

En definitiva, soy una desmemoriada, mi sinapsis actúa a corto plazo y tengo memoria selectiva (pero como a ella se le ocurre, tampoco es cuestión de que yo elijo qué recordar, eh?).

Como verán, totalmente justificado todo. Tan pero tan justificado como para que nadie venga ahora a decirme que todo esto ocurre porque ya tengo 37 años. Quedó claro, ¿no?

jueves, 3 de setiembre de 2009

UN CUENTO DEL CUENTO


Había una vez un cuento que quería crecer.
Un día, salió con sus tapas y sus páginas en blanco a recorrer renglones en busca de nuevas frases para llenarlas.
En su camino, se encontró entonces con palabras feas que querían quedarse en él.
A pesar que lo que más deseaba en la vida era ser grande, sabía que las palabras feas a nadie le iban a gustar, por lo cual siguió por su ruta y sin ellas se quiso quedar.
Más adelante, encontró palabras tristes que también pidieron permiso para entrar en sus hojas.
Pero el cuento sólo quería tener alegría en su interior. Por lo cual, apretando fuertemente sus tapitas, continuó en su andar.
Siguió recorriendo y se topó con palabras enojadas, a quienes ni siquiera miró y apuró su paso hasta el próximo renglón.
Fue así como el cuento caminó y caminó hasta que un día con palabras lindas se encontró.
Y cuando sus páginas por fin abrió, a pesar de creer haber estado cerrado todo el tiempo, encontró palabras feas, tristes y enojadas. Entonces, el cuento entendió que no sólo de palabras lindas sería hecho, sino que también necesitaba de las otras para que sus hojas tuvieran todas las emociones que el corazón del hombre solía sentir.
Y ese fue el día que el cuento se dio cuenta que creció y que así en historia se transformó.

Y colorín colorado este cuento ha terminado ... y ahora la historia ha comenzado.