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domingo, 1 de julio de 2012

101 COSAS QUE AMO


Respiro el aire que trae el mar (1). Es fresco y su aroma salado renueva mi espíritu.  Me encanta despertar en Punta del Este (2) y disfrutar de la mañana sin apuro (3). Especialmente hoy, que Pedro (4) vendrá a visitarme (5). Hace días que no nos vemos y estoy ansiosa por encontrarme con él. Seguro caeré en sus brazos (6) como la niña enamorada en la que suelo transformarme (7) cada vez que estamos juntos.
Comienzo a caminar hacia el departamento donde me hospedo (8). El sol me da en la cara (9) y sonrío levemente (10) ante el placer de sentir la naturaleza en mi piel. Ya el día comienza a calentar (11). Hoy va a hacer mucho calor, al menos eso anunciaban en la TV (12) esta mañana.
Llego al departamento, saludo con una sonrisa a José, el portero, (13) que solo por guardar el secreto (14) de la madrugada en que abrió la puerta del ascensor porque yo desconocía el lugar de los botones, se ganó mi respeto. Quizás lo hace porque el margarita de frutilla (15) que traía en la mano terminó en las suyas. No lo sé.
Mientras espero el ascensor, escucho que uno de mis vecinos entra al edificio. Por el rabillo del ojo creo adivinar quién es y mi corazón se acelera (16). Miro de reojo, porque me pongo nerviosa. Sí, es él (17). ¡Gabriel Peluffo viajaría conmigo en el ascensor! Trae una bolsa llena de naranjas (18). Supongo esta mañana desayunará jugo natural (19). Se me ocurre que podríamos compartirlo (20). El jugo, digo. Bueno, quizás también algo más que el jugo (21). Pero no me animo a pedirle que venga a mi departamento. Apenas si me animo a mirarlo (22) y a decirle tímidamente “hola” (23). Me responde también tímidamente “hola” (24), no porque tenga ningún interés. Está claro. Sino porque es tímido nomás. Mis manos transpiran y delatan mis nervios. Gabriel es lindo (25), quizás el más lindo de los rockeros más bonitos que jamás haya visto.  Bueno, no es que haya visto demasiados, en realidad, personalmente creo que es al único que vi. También conocí a Lou Reed (26), pero fue en un concierto, así que no cuenta.
Pero Gabriel canta, es pediatra y lindo (27). Esta combinación no es fácil de encontrar (28).
Subimos al ascensor en silencio. El va dos pisos más arriba que yo. Ya lo sé. Igual se lo preguntó, para poder hablar aunque sea dos palabras con él (29). Me responde mientras estira el brazo por delante de mío (30) para apretar el botón. Disimuladamente intento olerlo (31). Trae olor a mar (32). Seguro estuvo allí antes de ir al supermercado. Me gustaría escucharlo tararear algo mientras subimos (33). “La copa”, por ejemplo, o la que él tuviera ganas (34). Pero parece que no tiene ganas de ninguna y yo tampoco se lo pido. Llego a mi piso y al bajar me despido con un escueto “chau”. Me saluda con un “chau, que pases bien” (35). La puerta del ascensor se cierra y yo doy saltitos de felicidad (36). Tomo conciencia que no vivo sola en el piso y miro en el corredor por si alguien está mirando. La mucama parece estar en uno de los departamentos al final del pasillo pero no me  ve (37).
Abro la puerta y el viento que me embolsa (38) hace sonar las campanitas (39) que cuelgan en la pared.
Voy a la cocina y preparo café (40). Mientras se hace, tomo el libro que dejé anoche en el piso del living, “Majareta” (41), de John Waters (42), que oportunamente me recomendara leer Patricia, la bruja que me pincha continuamente para hacerme producir (43). Me siento junto a la ventana (44) en un sillón de cuero (45) que huele muy bien (46). Ya el aroma a café (47) también empieza a inundar la habitación. Leo algunas páginas mientras termina de prepararse. Me río (48) de las ocurrencias de Waters. Me levanto y me sirvo una taza grande (48) de moka.
Vuelvo al sillón y manoteo el teléfono celular Nokia de última generación (49). Sí, me encanta tener lo último en tecnología (50). Llamo a Pedro. Contesta con su voz aún adormilada (51). Me recuerda a un osito de peluche (52). Mi gran osito de peluche. Le pregunto si es seguro que viene. Me dice que sí, que ya compró el pasaje (53). Me emociona y le digo que lo amo (54). Me responde que lo sabe y que él también (55) y agrega que me extraña horrores (56).
Al cortar, me muero de ganas de que llegue. Lo extraño demasiado. Planifico la tarde. No sé si ir con él a la playa (57), perdernos un rato en algún rincón agreste de este lugar (58) o reclutarlo en el departamento hasta que nuestros cuerpos digan basta (59). Le daré a elegir, pero estoy segura que al igual que yo terminará optando por la última opción.
Me levanto otra vez del sillón. Estoy inquieta y ansiosa. Prendo un incienso de canela (60). Enciendo el equipo de audio (61) y pongo un CD de salsa (62).  Me pongo a bailar (63). Invento pasos y coreografías (64). Uso un cepillo de pelo como micrófono (65). Y pienso que es fantástico que Gabriel Peluffo viva dos pisos más arriba (66), para que nunca en la vida me vea así.
Luego de un rato termino agotada y bajo un poco el volumen (67). Vuelvo al sillón a descansar un poco (68). Tengo mi laptop delante (68). La enciendo y chequeo mail (69). Entro a mi cuenta de facebook (70). Tengo 5 notificaciones: 2 juegos, un “me gusta”, una notificación de una publicación de un amigo que figura en mi lista de favoritos (71) y una publicación de Pedro en mi biografía (72). Es la única que me importa, a decir verdad (73). Cliqueo y se abre la foto publicada: una tira de Liniers que es entre cómica y tierna (74). Sabe que me gusta Liniers y su humor inteligente. Sonrío por su ocurrencia y su forma de demostrarme amor (75). Le pongo un “me gusta” (76) y dejo un comentario debajo que sólo él entenderá (77). No es por escribir en clave, es que no me interesa demostrarle nada a nadie tampoco. Con que él lo entienda, es suficiente (78). Soy feliz sabiéndolo en mi vida (79). Me encanta cuánto me hace sonreír (80). Me ilumina (81).
Cierro el facebook y termino mi café  que ya está medio frío a esta altura, pero igual sabe rico (82). Miro por la ventana. Se ve el mar (83). Ya hace más calor, así que me cambio de ropa, me pongo algo más liviano (84). Me gusta el verano porque no me pesa lo que llevo puesto (85). Cuanto menos ropa tenga, mejor (86).
Abro la heladera. No hay mucha cosa. Preparo una lista para el surtido del fin de semana (87). Lo voy a sorprender con un rico plato elaborado con mis propias manos (88). Podría ir hasta el puerto y comprar unos mejillones (89). Vuelvo a salir del departamento. Llamo al ascensor. Esta vez viene vacío. Salgo a la calle y me encuentro con Lara, mi amiga (90). Le cuento que estoy yendo al super y hasta el puerto. Decide acompañarme (91). Me gusta que el trayecto se me haga más entretenido (92). Lara me hace reír mucho (93). Me siento privilegiada de estar rodeada de personas que me contagien su buen humor (94). Me cuenta sobre su fracaso en la noche anterior con un tipo que conoció en un bar. Le pone tanta onda que no hay forma de no reírse (95). Lara es exigente y eso descoloca un poco a los hombres que se le acercan. También es inteligente, y eso la hace ser tan estricta a la hora de elegir. Por suerte, se toma la vida con humor (96). Yo le cuento sobre Pedro y lo bien que estamos (97). No me veo, pero sé que me brillan los ojos (98). Hablar de Pedro me emociona (99). Lara lo sabe, así que se ríe, me da un abrazo y me dice que está feliz por mi (100). Yo le creo. Y una lágrima de felicidad así lo demuestra (101).

miércoles, 27 de junio de 2012

101 COSAS QUE ODIO


Me quedo dormida (1) como todos los días. Me cuesta mucho levantarme temprano (2). Es que el despertador (3) no para y yo quiero desafiarlo, pero no puedo (4). Me levanto tumbándome (5).Parece que hubiera tomado alcohol la noche anterior, pero no, nada de eso, simplemente me doy tumbos por mi desincronización (6). Intento coordinar mis movimientos pero no lo logro (7), menos cuando la gata se antepone (8) en mi camino. Como sea, llego al baño, pero son tantas las ganas de orinar (9) que unas gotitas mojan mi ropa interior (10) antes de que logre bajarla. Me siento y saco del revistero viejo (11) que está al costado del WC  una revista también vieja que he mirado unas quince veces ya (12). Creo que he leído todos los artículos (13), pero igual sigo mirándola para entretenerme. Hace frío (14). Me quito la ropa interior y la pongo a lavar. Decido bañarme aunque tenga poco tiempo (15). Abro la ducha y el agua empieza a calentar. Me meto y comienzo a enjabonarme. El agua se enfría(16). En principio no entiendo qué pasa, pero en eso me acuerdo que el día anterior había desenchufado el calefón (17) porque estaba haciendo un ruido extraño. Cierro el grifo, muerta de frío (18), y descubro que me quedaron restos de jabón en los pies. Rezo por no ser alérgica (19) al jabón seco en la piel. Me lo limpio con la toalla y sigo como si nada. Miro el reloj. No entiendo cómo pasaron veinte minutos (20) si ni siquiera completé el baño. Sigue haciendo frío (21). Muchísimo frío (22). Me visto rápidamente. No tengo mucho tiempo para peinarme como quisiera (23). Tendré que salir con los rulos a la calle (24) y renunciar a mi planchita (25). Me paso un poco el secador de todas formas. Me pongo un brillo en los labios y un poco de delineador negro en los ojos, el cual se me corre (26) y debo arreglar. No tengo tiempo de desayunar (27), así que apenas si me perfumo, me enfundo en mi tapadito gris y salgo rápido de casa, no sin antes tropezar con una piedra que está en el camino (28) que me hace avanzar como tres pasos juntos. Intento abrir el portón y no puedo (29). Recuerdo que tengo que llamar a un cerrajero porque la llave anda mal (30), pero sé que en instantes volveré a olvidarme (31). Luego de darle de un lado para el otro varias veces, logro abrirla. Miro de nuevo el reloj. En treinta minutos debería estar en el trabajo (32). Llegaré tarde (33), como siempre (34). Por decimoctava vez maldigo no tener auto (35). Ya llevo todos esos días desde que choqué (36). Los repuestos siguen sin aparecer (37). Nadie se hace responsable (38) y yo que sigo a pie (39). Camino un par de cuadras y llego a la parada. El primer ómnibus que llega, no para (40). Viene demasiado lleno (41). Atrás viene otro. Ese sí se apiada. Igual falta poco para ir colgada (42). La gente me aprieta (43) y las ventanas están cerradas (44). No puedo respirar bien (45). Se entreveran los olores humanos (46) y trato de pensar en otra cosa, porque voy a terminar vomitando (47). A los quince minutos de viaje me empieza a doler la pierna derecha (48). Hace días que me duele, pero no quiero ir al médico (49). No quiero que me diga algo que no quiero escuchar(50). Es que en momentos así, me atacan los miedos (51). Miedo al cáncer que ya tuve (52), al que tuvo mi madre con su metástasis en los huesos (53), miedo a la vejez (54) y a la prótesis de cadera (55). La edad está haciendo estragos en mi (56). No porque se me note. Aún puedo lidiar con eso. Quiero decir, aún puedo disimular los achaques. Pero ya está haciendo estragos psicológicos (57). Me enfurece envejecer (58). Quiero conservar la eterna juventud, no sólo de espíritu sino de cuerpo. Quiero sentirme bella y, más que sentirme, verme. Pero ninguna de las dos cosas ocurre (59). No me siento (60) ni me veo (61). Y eso hace que me duela el alma (62) y que mi psiquis se deteriore (63) día a día y me gane la depresión (64). Yo no era una piba depresiva, me volví así con los años (65). Uno de los tantos terapeutas a los que fui  me dijo que no sufro de depresión, sino de angustia (66). Igual probé con la psiquiatra, porque yo estaba segura que era depresión. A la segunda consulta me recetó las mismas pastillas que en la primera y me despidió deseándome mucha suerte en lo que fuera a hacer con mi vida (67). Asumí que no me quería ver más (68). Lo que no entendí si era por mí o porque no estaba para psiquiatra. Por supuesto que en medio de mi depresión entendí que era por mí (69). Sólo el tiempo me podrá convencer de lo contrario. Supongo.
Cansada del largo trayecto que tuve que hacer en bus (70),me voy a la puerta para finalmente bajarme de ese hervidero de olores desagradables (71). Por supuesto que cuanto más apurada estoy (72), más rápido pasa el tiempo (73)  y más contratiempos se interponen en mi camino (74). El ómnibus no llega a la parada donde habitualmente me deja (75) y toma un desvío, parando a cinco cuadras más lejos de donde en realidad debe parar (76). Voy con el paso muy apurado, casi corriendo (77), respirando mitad por la boca, mitad por la nariz (78). Llego al trabajo. El ascensor no funciona (79). Subo tres pisos por escalera (80). Marco tarjeta veinticinco minutos tarde (81). Suspiro. Por fin llegué. Saludo a mis compañeros de trabajo y me dirijo a mi lugar. Mis dos compañeros de escritorio están malhumorados (82). Parece que en la noche entraron a nuestra oficina y usaron nuestros escritorios como comedero (83), además de dejar nuestras sillas sucias(84). Dejo la cartera y voy a buscar un trapo y unos productos de limpieza.Vuelvo y limpio mi silla (85). Creo que finalmente es un buen momento para empezar a trabajar. Prendo el PC. La clave de acceso al sistema caducó (86). Ya no sé qué clave elegir (87). Todos los meses debo cambiarla (88) y la creatividad se me está agotando (89). Decido que sea Nosequemas, porque realmente no sé qué más poner. Abro el mail. Tengo treinta y cinco mails sin leer (90). No entiendo cómo pueden entrar tantos de un día para el otro (91).Me doy cuenta que la mitad no sirven para nada. Los borro. Leo los de mi jefe(92). Empiezo a pensar que hoy hubiera sido un día ideal para quedarme en casa(93). Tengo que organizar mi agenda (94). Visitas al Prado, Ciudad Vieja, Pocitos y Malvín.  Se suma una más, La Teja (95). No logro imaginar cómo voy a hacer todo esto sin auto (96). Estoy pensando seriamente en alquilar uno (97). Reviso mentalmente mi economía (98) y enseguida me arrepiento. Tomo nota en mi agenda de todo. Hago algunas llamadas a gente que no me interesa (99). Coordino las visitas a las zonas más pobladas.El resto quedarán para otro día. Llamo a Johnny, el remisero, para que me venga a buscar. Justo hoy no puede (100).  Me pongo el saco, me llevo la agenda y me voy otra vez a la maldita parada (101).

martes, 5 de junio de 2012

XV HAIKUS Y II MAS

I
Las golondrinas
decoran el cielo.
Tristes días son.

II
Los tulipanes
adornan los balcones;
cuanta soledad.

III
La maldad tiene
fecha de caducidad.
La estupidez, no.

IV
Desnuda el viento
tanto al árbol caduco
como a mi alma.

V
Las flores sufren
por abandonar el árbol
que las vio nacer.

VI
El olmo llora
cuando pasan las peras
recién cortadas.

VII
El Sol alumbra
a la grandiosa Luna.
La Tierra la cela.

VIII
La brisa trae
aroma y frescura.
Recuerdo tu piel.

IX
Puedes buscarme
donde el cielo y el mar
acaban juntos.

X
Cambia de rumbo
el pájaro que canta.
La rama cruje.

XI
Café caliente
en la taza de siempre.
Despierta, vida.

XII
Leo las noticias
esperando que anuncien
excesos de risa.

XIII
Camino lento
sobre las hojas secas.
Suena el cielo.
   
XIV
Despierta, amor.
La vida no es real;
vive tus sueños.

XV
Las acuarelas
mezclan sus tonos tristes.
Caen lágrimas.

XVI
El atardecer
cobija nuestros cuerpos.
De noche, muero.

XVII
Conserva el lago
las memorias perdidas.
Búscalas, amado.

martes, 3 de abril de 2012

VERLOS CRECER


Hace años que me convertí en madre y es por eso que hace años que disfruto de mis hijos de diferente forma.
Cuando eran bebés, me deleitaba dándoles mordisquitos a los talones de sus diminutos pies, haciéndolos estallar en carcajadas, conviertiéndose esas risas en mi mayor deleite.
Ya más grandes, cuando comenzaron a dar sus primeros pasos, disfrutaba de verlos tambalearse, temerosos de sostenerse por sí mismos, o quizás temerosos de abandonar la dependencia total y absoluta de mamá o papá. Pero una vez que se cargaron de confianza, ya no había quien parara esos pasos que los llevarían a descubrir las maravillas del mundo. Amaba verlos huir rápidamente cuando tocaban algo que no debían (y sabían). Ver alejarse a esas colitas regordetas con pañales me daba mucha gracia y ternura.
Más tarde las palabras sueltas comenzaron a transformarse en oraciones, en largas charlas a veces sin sentido pero muchas otras veces se trataba de razonamientos complejos y elaborados. Me fascinaba escuchar cómo habían llegado a tal o cual conclusión -acertada o no, eso no era lo importante- y cómo descubrían la importancia de decir la palabra correcta en el momento adecuado.
Luego fue la lectura y escritura. Comenzar a descifrar todas esas letras que hasta ahora no eran más que dibujos extraños y empezar a materializar cosas que hasta ahora ni siquiera existían. Muchas veces sólo al decir algo esto se vuelve real y encontrar palabras nuevas hizo y hace que el mundo se vuelva cada vez más y más grande.
Las peleas por su lugar en su aún pequeña sociedad. Comenzar a descubrir las habilidades, los puntos fuertes, y aferrarse a ellos para no sentirse una isla desierta. Afirmar la autestima, buscar la palabra de mamá o papá que les diga lo fabulosos que son, buscar amor en cualquiera de sus formas, generar el abrazo o rechazarlo pero siempre necesitarlo.
Así son los niños. Frágiles, sensibles, divertidos, maravillosos, sorprendentes ... así son mis hijos.
Hoy soy madre de un niño de 7 y otro de 1o, y cada uno desde su edad y su lugar me llenan la vida. Sé que no son míos, aunque nacieron de mi. Sé que se me ha otorgado el derecho, la responsabilidad y la felicidad de criarlos, para que algún día ellos hagan lo propio también, con bases sólidas que les permitan ser mucho mejor seres humanos de lo que intento ser yo.
Sin embargo, no puedo sentirlos fuera de mi. Son mis generadores de amor, de dulzura, de risas, de sorpresas. Son mis grandes maestros en esta vida.
Mi peque me divierte con sus bailes, sus cantos y sus payasadas. Me conquista desde el alma, me llena de amor, de besos y mimos a cada instante. Su vocecita fina a veces me taladra los oídos, pero siempre contiene una ternura especial difícil de igualar.
Mi niño mayor me tiene encantada con sus charlas ya casi adultas, con su sarcasmo e ironía, con sus razonamientos inteligentes. Su intelecto me fascina y él lo sabe. A veces también me cuesta soportar su exigencia de perfección y esa superioridad que suele tener, la cual trato de bajarle de un hondazo cada vez que aflora. Así y todo, hoy siento que tengo a un gran niño, responsable de sí mismo, de su hermano muchas veces y, si bien suele demostrar frialdad y distancia, su sensibilidad y fragilidad son extremas. Y por suerte yo lo sé.
Me divierto entonando "estoy cantando mi garabato musical" o viendo ICarly y compartiendo risas y comentarios. Que me expliquen cosas que yo ya no entiendo y que me dejen entrar a su pequeño mundo.
Sé que dentro de no mucho las cosas cambiarán un poco, cuando llegue la adolescencia, pero también sé que lo que hoy se siembra en el futuro lo veré con creces.
Amo a mis hijos más que nada en este mundo. Como cualquier mamá o papá a los suyos.
Pero estos son míos. Y ninguna mamá los ama más.

lunes, 2 de abril de 2012

SIN DESTINO


No estoy dispuesta a dejarme morir

mucho menos a que me tortures,

me ataques o me dispares

con tu arma letal:

tu palabra.

No estoy dispuesta a vivir muriendo,

porque no permitiré

que ni tú ni yo ni nadie

me echen el aliento de la muerte,

mientras respiro.

No estoy dispuesta ni quiero ni permito

pasar de largo como si nada pasara.

Mi disposición es completa y absoluta

sólo para ir tras los pasos

de mi escueta felicidad.

Pero para eso

no necesito

más que hurgar en el fondo de mi alma.

Porque intentar ir tras uno mismo

es una cuestión de actitud.

Soy la hacedora y destructora de mi destino.

Llegó el momento de decir:

basta de destrucción.

Es tiempo de construcción.

De poner en fisioterapia a mis alas

y, sin prisa pero sin pausa,

re-aprender a despegar del suelo

y volar.