lunes, 30 de mayo de 2011

DE-LIRIOS ENAMORA-DOS



Me gusta ser tu remanso
también eres mi descanso,
en una tarde de hojas caídas
o en una mañana de historias perdidas.

Disfruto con tu sonrisa
me mantiene en la cornisa.
Me conformo con tus besos
pues me llegan hasta los huesos.

Me enternezco con tu llanto,
también eso tiene su encanto;
como curar tus alas rotas,
cuando tu vuelo se agota.

Yo soy vos y vos sos yo.
Somos uno dentro del todo.
Somos parte de cielo y tierra,
quienes caen y luego sueñan.

Estamos aquí y en todas partes,
un lunes, domingo o martes.
Gracias por tu presencia;
sin ti no sabría de ausencias.

Yo soy vos y vos sos yo.
Simplemente eso somos.
Aquí, ahora y después,
no se dónde, cuándo o cómo.

viernes, 27 de mayo de 2011

INFIMA SINFONIA EN SI DE AMOR




En vez de encontrarte
te pierdo
entre mi imaginación y mis sueños.

En vez de tenerte
te suelto
para que vueles más alto que el viento.

En vez de aceptarte
te niego
porque así la vida se me pasa más lento.

En vez de buscarte
añoro tu presencia
y entonces mi piel se impregna de tu ausencia.

En vez de olivdarte
decido amarte
para que mi alma siga viva. Y descanse.

domingo, 15 de mayo de 2011

PARA MI MAMA EN SU YA NO DIA




Si estuvieras aún aquí, hoy hubiera reído y llorado contigo, como hace exactamente 6 años atrás en un domingo 15 de mayo.

Probablemente hubiéramos compartido el almuerzo, o tal vez una pequeña y cálida reunión en la tarde.

Hubiera despertado y te hubiera llamado apenas unos minutos después de que mis hijos me saludaran y me dieran sus regalos.

Si estuvieras aquí, mami, hoy hubiera sido un día muy parecido al que fue, pero a su vez completamente diferente.

Hoy te extraño. Como muchas veces te extraño, pero con el recuerdo que fue tu último día de la madre. Con el recuerdo que un día después dejaste de ser vos y, a pesar de todo, hubo ratitos que lo seguías siendo, porque a pesar de tu dolor te seguías riendo hasta de vos misma.

Desde entonces muchas cosas han sucedido. Estoy segura que muchas hubieras amado ver y otras hubieras detestado tener que soportar. Pero así y todo, también sé que te gustaba vivir, con esos altos y bajos, porque lo que hoy soy, esta persona compleja, que todo se cuestiona, que a todo le busca la vuelta, pero que también ama la vida, las risas, los afectos y al amor, todo eso, es el reflejo de vos. Por eso estoy tan segura que hubieras preferido no perderte nada.

Pero no estás. Y te extraño. Porque no sólo eras mi mamá, eras mi confidente, mi contención, mi resguardo. Con tu fragilidad protegías la mía, en tu regazo me permitías reposar, con tus palabras me hacías pensar, con tu amor me enseñabas a amar.

Pasan los años y la falta sigue persistiendo. No hay caso, hay cosas que no se olvidan y que nadie suplirá.

Eso sí, la vida me ha cruzado con gente encantadora, como la que te rodeaba a vos. Estoy segura que tu influencia desde donde estés es la que hace que los hilos de mi vida se muevan con la sutileza que se logran mover. Sé que es así.

Hace tiempo que no puedo decirte feliz día, ni feliz cumpleaños, ni feliz nada. Sólo puedo tenerte presente en mi corazón. Y a veces duele. Porque nadie podría entenderme mejor que vos. Nadie.

Será una semana difícil, vaya si lo será.

No podés secar mis lágrimas. No podés leer mis letras. No podés abrazarme ni tampoco puedo yo. Pero sí puedo decir "te amo", porque no es un "te amo donde quieras que estés", porque sí sé dónde estás y es aquí, muy resguardadita en mi corazón.

Un día como hoy, fue tu último día siendo vos. Hoy tu fragancia me perfumó.

No es feliz día para vos. Sólo es un día de gracias, por seguir siendo la guía invisible pero siempre perceptible de mis pasos.

Te amo. Hasta el final de mis días, donde sé que me estarás esperando. Gracias por ser siempre, aún sin tu presencia física, mi mamá.

martes, 10 de mayo de 2011

DESPERTAR



Era un día como cualquier otro en la vida de Analía. Esa mañana despertó con el mismo sonido de su despertador como todos los días, demóró unos minutos en abrir los ojos mientras hundía un poco más su cabeza en la almohada aún rememorando el último sueño sin sentido que había soñado.

Con pereza y los ojos apenas si abiertos ya, puso un pie fuera de la cama y después el otro. Estaba frío. No el piso, que lo cubría una mullida alfombra de lana gris, sino el día. Fue derecho al baño, abrió la ducha, se quitó el pijama y se dio un rápido baño, de esos que despejan la modorra mañanera.

Ya un poco más despabilada fue a su vestidor y, sin pensar demasiado, se puso lo primero que encontró y combinara, porque a pesar de la hora tampoco era cuestión de salir a la calle hecha un mamarracho.

Ya con su traje negro y las botas en los pies, se preparó un café que aseguraría finalmente su despertar. Mientras tanto, chequeó el correo y leyó los titulares de esa mañana, que no traían ninguna noticia ni tan alentadora ni tan trágica.

Lavó sus dientes, puso un poco de maquillaje en su rostro, unas gotas de perfume en su cuello, cerró la puerta con tres cerraduras y subió a su auto que la conduciría al centro de la ciudad, donde la oficina ya esperaba su llegada.

A las 8 estaba allí, tomando otro café y encendiendo su PC.

El día transcurrió como cualquier otro, sin grandes sorpresas ni para un lado ni para el otro.

Al mediodía se juntó a comer con sus compañeras de trabajo, conversaron sobre sus hijos, maridos, ex maridos, amantes. Rieron un poco y la jornada continuó como siempre, sin altos, sin bajos.

Ya sobre las 5 de la tarde, Analía daba por finalizada la labor del día. Apagó su PC, ordenó su escritorio, se despidió con un "hasta mañana" y otra vez se dirigió a su vehículo, cansada de escuchar clientes quejosos y jefes impertinentes.

Manejó hacia su casa y mientras estacionaba su vehículo frente a la misma algo sucedió. Algo extraño, fuera de lo común. Algo que la dejó paralizada y sin saber muy bien cómo actuar, pues en ese preciso instante su rutina de cada día se modificó. En vez de pensar en qué iba a cenar, como todos los días, Analía pensó en su soledad. Pensó que llegaba a su casa y que ni un perro la esperaba. Pensó en que el sonido que la recibiría no sería el de un niño feliz diciendo "mamá!!" ni la voz de un esposo diciéndole "cómo te fue, amor?". Pensó en su día triste, sola, aburrido. En la película de turno que estaría en el cable esa noche. En las amigas que estaban ocupadas y no podían atenderla en ese momento. En su madre que ya no estaba. En la tristeza de una vida opacada por su guardarropas y bijou.

Pensó en quién era. En qué tenía. Hacia dónde iba. Pensó en los sueños que se le habían destruído. Pensó en el amor de su vida que una vez la dejó. En la carrera universitaria que abandonó. En el aborto que hacía 6 años se practicó. En los cuentos que nunca escribió. En la falta de voluntad para los deportes que nunca jugó.

Pensó en los libros que dormían en su biblioteca y que nunca leyó. En los besos que nunca dio. En los abrazos que rechazó. En los suspiros que contuvo y en los llantos que no lloró.

Esa tarde, al volver a su casa, se asustó. No sabía exactamente qué hacer. Ni qué decir. Ni qué decirse. Todo era demasiado extraño. Su calle, su gente, su trabajo. Ella misma.

Pasaron una, dos, cuatro horas. Analía seguía sentada en su auto, frente a su casa, con la mente en otro lugar, aunque tampoco estaba segura que ese fuera el lugar equivocado.

El frío la hacía temblar. O quizás el temor, no había forma de distinguir cuál de las dos cosas le provocaba escalofríos en ese momento.

Sólo quedaba una opción. Su vida acababa de perder todo sentido. No podía abrir la puerta de su casa como si nada hubiera sucedido. No podía siquiera abandonar su auto sin que nada hubiera sucedido.

Finalmente, se durmió.

Sobre las 4 de la mañana, despertó. Tomó las llaves de su portafolio y entró a su hogar. Lo encontró diferente. Ya nada de lo que allí estaba le pertenecía.

Fue derecho a su dormitorio y llenó un bolso con ropa para unos días. Lo primero que encontró, esta vez, sin importar el color. Se dio un baño, se vistió con ropa cómoda, llenó su cartera con documentos y billetes que guardaba para comprar vaya uno a saber qué y, sin dar una última mirada hacia atrás, se marchó.

El destino la llevaría donde este quisiera. Por lo pronto, al llegar al aeropuerto, tomó el primer vuelo que encontró. Ya no serían días como cualquier otro. A partir de esa mañana, ya nunca más fue Analía la que despertó.