domingo, 29 de noviembre de 2009

AH! - POLITICA!


Ah! La política!

Harta. Así estoy de los temas políticos de mi país. Harta de escuchar discusiones. Harta de que la gente se pelee. Harta del banderazo, de los cañones, del arsenal de armas, de acusaciones, de encuestas verdaderas o truchas, de si es más de lo mismo, de si es distinto, del IRPF, del NO IRPF, del país mejor.

Me había dicho a mi misma que no iba a opinar de nada, pero ya a pocas horas de las elecciones me venció la campaña.

Siempre he sido apolítica. No soy ni seré jamás partidaria de ningún partido. Ni de blancos, ni colorados, ni frenteamplistas, ni rosados, ni independientes, ni nada.

Claro que con los años he logrado entender algunas cosas porque no me ha quedado más remedio, al punto de encontrarme hablando de política en más de una oportunidad, cuando toda mi vida evité el tema. Supongo que la madurez (dice un amigo que esto suena mejor que decir la vejez, lo cual es cierto) hace que me replantee ciertas cosas.

Igual no deja de sorprenderme que la gente siga luchando por cosas que no me parecen del todo lógicas.

¡Hay tantas otras cosas por las que luchar! Por el amor, por la libertad, por la igualdad, por ejemplo. Y esto, no se logra con la política, aunque muchos puedan retrucarme que sí. Un presidente no hará que seamos mejores seres humanos. Por el contrario, hoy por hoy, los están degenerando. Crean rivalidades y enemistades varias, fanatismos, desprecio, egocentrismo …

No es así como nos hacemos mejores cada día.

No es así como haremos un país mejor. Y mucho menos, un mundo mejor.

Mañana elegiremos presidente.

Mañana muchos sentirán que eligieron lo mejor. Otros, se quedarán tristes, no entendiendo por qué pasan estas cosas.

Por mi parte, seguiré siendo apolítica toda mi vida.

Por supuesto que mañana sufragaré como corresponde que lo haga. No soy indecisa. No voy a votar en blanco ni anulado. Elegiré a quien considero debo elegir, a pesar de los pesares.

Pero sin importar quien sea electo, seguiré trabajando para que mi propia lucha continúe.

Sin fanatismos, ni enemistades, ni desprecios.

Seguiré luchando para combatir mi ego, bregando por la libertad, la igualdad y el amor desinteresado hacia el otro.

Por suerte tengo un esposo que me acompaña en esta ruta, lo cual me asegura que nuestros hijos crecerán bajo estos ideales, entendiendo que en la vida no se es mejor o peor según el presidente que tengamos, sino por el mundo que construimos nosotros mismos.

¿Utópico mi pensamiento? Sólo si todos seguimos pensando de esa manera. El día que dejemos de pensar que es una utopía es cuando lo convertiremos en realidad.

Buen sufragio para los ciudadanos de mi país.

Por mi parte, el voto más valedero ya fue puesto en casa.

miércoles, 25 de noviembre de 2009

LIBERTAD


El insecto avanzaba con gran dificultad por la alfombra de lana. Sus patas parecían enredarse, confundiéndose con los largos pelos negros de ésta.

En el silencio y oscuridad de la noche nadie percibía su presencia, ni siquiera el pequeño niño que había salido de su habitación y se había acostado sobre el negro tapete del living, donde poco a poco iba a cayendo en los brazos de Morfeo.

Vaya uno a saber cuál sería el destino de la cucaracha, que seguía su lucha desenfrenada con los flecos de lana, intentando seguir adelante.

Era probable que ya no tuviera ningún destino fijo. Su leitmotiv en ese instante tan solo era escapar, liberarse de esa prisión en la cual se había sumergido, seguramente en busca de las migajas de galletita que el niño más temprano había desperdigado por allí.

El bicho era desagradable, pero el instinto de supervivencia de cualquier ser vivo, hasta el de esta cucaracha, debería ser admirado.

Como en tantos órdenes de nuestra vida, deberíamos observar estas actitudes instintivas para poder hacer un paralelismo con nuestro transcurrir. En este caso, la lucha por la libertad.

Vivimos luchando por la libertad de acción, de movimiento, de pensamiento, de expresión. Todos en algún momento libramos una lucha contra aquello que perseguimos y, como los pelos de la alfombra, nos encontramos con el miedo, la culpa, el dolor, la frustración, el resentimiento. Encontramos los largos pelos que no nos permiten avanzar.

A veces llegamos a saborear esa libertad. Parece que la tocamos con la punta de nuestros dedos, sin embargo muchas de esas veces se nos escabulle entre ellos.

Pero también es cierto que en ocasiones hay quienes nos oprimen, nos aplastan y no permiten que la alcancemos.

No nos permiten ser libres pensadores ni accionar según nuestra voluntad. No siempre depende sólo de nosotros lograrlo.

Esta vida está llena de opresores. Podemos verlos o no.

Como el insecto, que tuvo un atisbo de esperanza para alcanzarla.

La madre del niño encendió la luz, se acercó a la criatura, se agachó a su lado y besó su frente. Lo tomó entre sus brazos e incorporándose caminó unos pasos con el niño en alza hasta desaparecer del living.

Del insecto y su lucha no se supo más.

A la mañana siguiente, la señora de la limpieza enchufó la aspiradora y comenzó a aspirar la alfombra, limpiando así no sólo los restos de galletita que el niño había desperdigado por allí sino también los restos de la pobre cucaracha.

domingo, 22 de noviembre de 2009

OPERACIONES Y AFINES



Como no me alcanza con las pasadas, voy a intentarlo de nuevo. Digo, en esto de la humillación ya creo que me llevo la medalla de oro.

Yo sé, son asuntos médicos, pero vaya que me siento explorada por todas partes. Después dicen si le doy o no el valor que mi cuerpo se merece.

¿Importa acaso si tengo celulitis y todos la ven cuando me pongo el bikini? ¿Importa acaso si ahora que estoy envejeciendo en mis piernas empiezan a aparecer alguna que otra venita más marcada? ¿Importa acaso si estoy o no bien depilada? Y la verdad es que sí, que a mi me importa a pesar de todo. Por eso mismo, también me importa cuando cada año desde hace ya varios tengo que someterme a algún tipo de cirugía.

"Que las cicatrices son las marcas de la vida". ¡Joder! Que preferiría haber vivido menos, ¿eh?

Pensé que el 2010 sería el año sabático. Pero no. Allá iré a quirófano de nuevo. Vaya que me pongan falta.

Otra vez quitarme mis atuendos para vestir una hermosa bata de hospital, gorrito, zapatones ... todo para llegar a sala de operaciones, me despojen de mis vestiduras como si nada y empiecen a cortar aquí o allá.

Está bien, la mayoría de las veces he estado completamente dormida (algunas fueron con anestesia local), pero eso no hace que no sienta la exposición absoluta de mi cuerpo.

"Relajate, todo va estar bien". Claro, ¡si a estas alturas no hay cirujano, médico o enfermero que no me conozca en bolas! ¡Si hasta el hijo del Presidente de la República me vió! Sólo me faltó salir en Cadena Nacional. Seguro que a mi no me censuraban en ninguno de los canales privados. Eso sí, hubiera salido en "horario de protección al menor".

Tengo 37 años y estoy cansada de que mi cuerpo no se entere de mi edad. Apenas si tengo unas arruguitas. Y las canas se cubren con un buen color chocolate (que dicho sea de paso ya es hora que retoque). Eso hace que muchas veces me gane un "¿¿37?? ¡¡Pensé que tenías mucho menos!!". Precioso comentario que alimenta mi ego, aunque de todas formas el resto de mi físico parece que intenta persuadir todo piropo y decide que es hora de concurrir nuevamente a las instalaciones del Hospital Británico (son muy lindas, pero realmente preferiría no tener que visitarlas con tanta asiduidad).

Humor, humor ... tomemos la vida con humor antes que nos gane la depresión.

Bueno, las cesáreas y legrado podría dejarlos fuera, pero si he de sumar intervenciones debo contarlas.

Lo mismo con las cauterizaciones de la nariz. Una con anestesia local y otra con general. Igual no zafé de la batita (toda abierta de costado, por supuesto, el chiripá, gorro y zapatones).

Luego, las hemorroides (de esta es la que se viene el bis). Y voy a contar sólo la operación, no las 17 personas que me miraron el culo en menos de 36 horas, ¿eh?. Ni tampoco voy a contar que cuando llamé a urgencias vino el médico más guapo de todos y encima era cirujano así que muy orondo él empezó a empujar todo aquello para adentro y yo mientras tanto hundía mi cabeza en la almohada, no sólo por el dolor sino por la humillación de que JUSTO ese médico tenía que venir a verme. Tampoco voy a hablar de lo que fue horas más tarde estar en el hospital, en la sala de emergencias, boca abajo con una mecha y un leuco que atravesaba mis nalgas. Ni cuando el médico retiró después de dos horas la mecha y a mi me poseyó el demonio y maldije a toda su familia, por lo cual el médico concluyó mi repertorio con un "queda ingresada" (que por suerte no fue a un psiquiátrico). Estos son mínimos detalles que no hacen la historia, no señor.

Después, el cáncer de mama. Dos operaciones y encima en la última, antes de irme de alta, entra a sala de nuevo un guapetón (creo que fue el mismo de las hemorroides, pero no lo puedo confirmar con exactitud) a retirar el drenaje. El tipo tiró, tiró, tiró, se apoyó en mi teta tratando de hacer palanca y nada, no hubo forma. No logró retirarlo. Allá me fui a casa con mi carterita roja colgando durante una semana.

Por suerte con la quimio nadie miraba nada, pero las 35 sesiones de radioterapia, otra vez exposición total. Sumado claro a todos los controles que hasta el día de hoy me hago. Ya perdí la cuenta. Pero entre las radio, los controles médicos y mamografías, debo pasar las 100 seguro.

Pero sigo con las operaciones nomás, no sumemos por sumar tampoco.

Un año después, los retoques correspondientes. Dos veces para que la pobre maltratada quedara más o menos bien. Y todos los controles extras, por supuesto con el cirujano de turno. Genio absoluto si los hay, pero no se salva de mi suma de humillaciones.

¡Ah! La fibrogastroscopía y dos fibrocolonoscopía (una fresquita). Anestesia general y vaya uno a saber qué sucedió.

Y finalmente, este año, la vesícula. Operación sencillísma si las hay cuando de laparoscopía se trata, pero que suma a las exposiciones varias.

A ver, mi abuela con 102 años la única que vez que visitó un hospital fue hace poco más de diez años para operarse de cataratas porque no podía enhebrar la aguja (¿?). Y encima parece un chiste que cada vez que cumplo años me diga "ojalá vivas tanto como yo". ¡Ja! ¡Si llego a la mitad ya me siento feliz!

No voy a sacar promedios ni contar las exposiciones-humillaciones que tuve (ya perdí la cuenta), pero sólo de operaciones llevo 12. ¡Uy! ¡Se me viene la 13! Menos mal que no soy supersticiosa, porque sino ...

Dijo el médico ayer que la otra opción eran unas "gomas". No quiero averiguar mucho, porque antiguamente se ataban unas banditas elásticas en las hemorroides hasta que éstas caían. ¡Qué necesidad! Para eso duérmanme y corten todo lo que quieran. ¡¡Total, con un buen calmante y unos días culo pa'rriba seguro voy a ser más feliz!!

Eso sí, miremos siempre el lado positivo del asunto. Capaz que tengo suerte y con tanta exposición logro trascender y entrar en el libro Guiness de los Records!

viernes, 13 de noviembre de 2009

EL DIA EN QUE ANA POR FIN VOLÓ


"¿Por qué?", se había preguntado Ana una, diez y mil veces, pero la respuesta siguió sin aparecer.

Ana conoció a Joaquín un día después de sus 30 y jamás imaginó que se enamoraría de él de la forma en que lo hizo.
No importan ya las circunstancias del encuentro, lo importante es que Ana, sin ser consciente de ello, había esperado por él hasta ese entonces.
Tal vez Cupido había decidido salir a jugar esa noche y tan sólo la voz de Joaquín ya había hecho que ella se fijara en él.
Joaquín tenía una voz dulce, eso era obvio para todo aquel que lo escuchara. Lo extraño era la paz que a ella le generaba.

No supo hasta mucho tiempo después de todos los lugares donde habían coincidido con anterioridad y, sin embargo, nunca jamás habían reparado el uno en el otro.
¿Sería que no era el momento entonces? ¿Y qué, luego sí? Ana seguía con preguntas sin responder.
No entendía. No entendía por qué si Dios existía hacía esas cosas. Por qué se había enamorado de alguien que no podía entregarse por completo a ella. No entendía por qué amar producía dolor. No era lo que le habían dicho. "El amor es lo más maraviloso que te puede suceder", le decían sus amigas, pero Ana seguía creyendo lo contrario.

Es verdad que sólo con él lograba alcanzar estados jamás imaginados. Sólo con él su alma se elevaba. Sólo con él podía sentir ese amor. Pero también sabía lo grande que era su dolor, lo sola que se podía estar en un mundo infinito con infinitos habitantes, lo triste que podía ser vivir con un vacío interior.
Ana sabía que Joaquín la amaba. Jamás dudó de su amor. Lo vio en sus ojos, en su piel, en sus caricias. Lo vio en su alma cuando vibraba al tocar su pecho. Lo vio en sus lágrimas que él tantas veces derramó.
Ana amaba a Joaquín tanto en el ruido como en el silencio, en la sensatez como en la locura, en la cama como en el cemento, en su presencia como en su ausencia.

Ana era fuerte. Siempre había podido luchar contra todo. Pero esta vez y muy a su pesar la había vencido el amor.
Pensó en quitarse la vida. Tal vez así ese dolor que calaba hasta los huesos la dejaría de atormentar. Pero luego se dio cuenta que, si realmente existían otras vidas, eso le imposibilitaría estar a su lado, aunque odiara esperar.
Pensó en rendirse por completo a la infelicidad por el resto de sus días, vivir amargada, sola, desconsolada. Pero tampoco eso era forma de vivir. Como le dijera un amigo una vez: "estarás muerta en vida". ¡Como si existiera alguna otra forma de morir!
Pensó en entregar su cuerpo a otros hombres, pero sabía que eso no la haría más feliz.
Pensó en vender su alma al diablo, pero no era lo suficientemente mala ni siquiera para cumplir con tal fin.

Ana se preguntaba día tras día el por qué. Por qué un amor aunque fuera puro no prosperaba. Por qué los sueños se desvanecían ante sus ojos. Por qué un hombre, su hombre, no la podía hacer feliz. Por qué si se alzaban los brazos al cielo junto a la persona que amaba seguía siendo imposible volar.
Ella había apostado todo y a todo, pero él no pudo seguir.
Ana luchaba con su razón ante el corazón. Y viceversa.

Entre tantas preguntas sin respuestas, entre tantas peleas de su mente contra sus sentimientos, entre tantos "te amo" que se desvanecieron en el tiempo, un día, ya con sus setenta y largos encima y su siempre dibujada sonrisa de Mona Lisa, Ana por fin voló. Dejó este mundo naturalmente, quien sabe si fue para vivir en uno mejor. Lo cierto es que su día llegó. Fue una fresca mañana de abril. La misma mañana que una hora más tarde llegara Joaquín a la casa de Ana, arrastrando su vida, vestido con su ya desteñido traje y sosteniendo entre sus débiles manos el anillo que por fin sellaría su amor.

jueves, 12 de noviembre de 2009

ESCRIBIENDO EN COLORES


El es el sol que alumbra mis días.
El calor que me envuelve en sueños.
Me encandila, me quema, me abraza, me rodea.
También duelen las llagas que deja bajo mi piel, bajo mis sueños, bajo las ilusiones escondidas y sonsacadas.
No puedo vivir sin él pero la intensa exposición me aniquila de a poco.
Mi vida se torna oscura sin su presencia pero mis esperanzas se marchitan con su continuidad.
Qué triste es la vida sin su brillo.
Qué triste es la vida sin un poco de oscuridad.

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Lorca sabía desde que comenzó su poema que llegaría mucho más lejos de lo que pretendía, que las sensaciones que despertaría eran aún mayores de las que él mismo podía percibir.
Pisar un fresco césped y sentir su cosquilleo en una cálida mañana de abril.
Mirar hacia arriba en un bosque tupido y descubrir las copas de los árboles, mientras la suave brisa mueve sus hojas.
Colorear la esperanza para encontrar al amor de nuestras vidas, para moldear nuestros sueños, para saber que un mañana existe gracias al hoy.
Lorca sabía lo que hacía. No en vano eligió pintar el mundo con este color.

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Apasionado el rojo que dibujan los labios que beso.
Ardor que despierta el desenfreno de tu mirada -que se pierde en la mía- y enciende el fuego que nuestros cuerpos avivan.
Me siento guerrera abatida que se vuelve rehén de tu cuerpo.
No tan lejos se vislumbran tierras áridas.
La manzana cae.
La sangre se derrama.
El final feliz no llega.
El cuento concluye inconcluso.
Las rosas pierden sus pétalos.

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Me sumerjo en el mar profundo de tus ojos, a navegar por los destellos de tu mirada.
Me dejo llevar por tu oleaje, como un náufrago en su balsa sin rumbo.
Quiero llegar allí, a donde el cielo se confunde con el mar.
Quiero que tu presencia me guíe a ese mundo sin final.
Quiero tu paz en mi destino, tu dulzura en mis sentidos, tu locura en altamar.

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miércoles, 4 de noviembre de 2009

EL ABUELO PANCHO



- ¡No vas a creer la noticia que te traemos, viejito! - le dijo Agustín a su abuelo, mientras Betina acomodaba las rosas en el jarrón.

Por suerte siempre llevaban alguna flor que quitaba ese olor a moho insoportable que había en el ambiente. No entendía cómo podía alguien vivir allí. Claro, si es que a eso se le podía llamar vivir.

- Vení Betina, quiero que estés a mi lado para esto - le dijo Agustín, mientras le estiraba la mano para que se sentara a su lado.

Betina no tenía mucho cariño por el abuelo Pancho. A decir verdad, no tenía nada de cariño por él. Cuando lo conoció ya estaba así, como un vegetal, sentado en esa silla vaya a uno a saber desde hacía cuánto tiempo, con sus ojos tristes, con oídos sordos, una cabeza casi pelada, apenas adornada por unos pocos pelos blancos, y su vejez completamente encima. No entendía por qué Agustín insistía tanto en ir a visitar a ese viejo todas las semanas, que más que una persona parecía una planta, pero así y todo, de vez en cuando si él se lo pedía, lo acompañaba.
No era que ella fuera insensible, pero realmente el viejo no le inspiraba ternura alguna. Sin embargo, Agustín hablaba maravillas de él, de cuando estaba bien, de cuando lo cuidaba de pequeño, de las idas a pescar juntos, en fin, de su abuelo con vitalidad. Podía respetar el cariño que su novio sentía por su antecesor, pero no había forma que ella generara al menos simpatía por él. Más bien que hasta le daba un poco de miedo verlo con esa mirada tan perdida y encima con una verruga tan grande en la cara. El pobre hombre no sólo era viejo, sino que la vida había hecho de él un tipo físicamente desagradable.

Betina se acercó a Agustín y se sentó a su lado, frente al viejo. Miró al abuelo un instante, que ni si inmutó de su presencia. Volvió su mirada hacia Agustín, levantó las cejas y apenas si sonrió diciendo: -Bueno, ¿se lo decís pronto así nos vamos? -.
Agustín sabía que Betina no se sentía nada cómoda allí. De todas formas, ese día para él era especial y le molestó un poco la actitud de su prometida.

- ¿Tan apurada estás? - le dijo, con un tono un poco irónico.

- ¡Ay, Agustín! Ya sabés lo que me incomoda estar acá. Además- dijo, bajando un poco la voz, aunque estaba segura que no era necesario pues el viejo estaba en otro mundo hacía rato -no sé para que insistís tanto, si ya no entiende ni escucha nada. Terminala de una vez y salgamos pronto de acá, por favor.
Agustín sabía que en el fondo Betina tenía razón. El viejo Pancho ya no era su abuelo, el abuelo que él conoció. Se había transformado en un ser completamente diferente. A no ser porque se meaba y cagaba encima, daría para pensar que el hombre estaba muerto hacía rato. Al final de cuentas, Betina estaba en lo cierto. Ya no tenía mucho sentido ir a visitarlo. Tal vez, esta nueva decisión en su vida traería consigo el desprendimiento final de su abuelo. Cerrar una etapa para comenzar otra. Dejar atrás su pasado y abrirse camino hacia un nuevo ser.

Respiró profundo, tomó entre sus manos la mano de piel frágil y huesuda de su abuelo. Lo miró directo a los ojos, sin encontrar respuesta alguna. Largó el aire con desilusión pero aún así le dijo:
- Abuelo querido, hoy vinimos a decirte que Betina y yo decidimos formar una familia. En una semana nos casamos. Sé que no me podés escuchar, pero estoy seguro que te sentirías muy orgulloso de mi, de ver que todo lo que me explicaste ... - Agustín no pudo continuar. Miraba a su abuelo, que seguía con la mirada perdida y se dio cuenta que todas sus palabras serían en vano.

Se levantó, besó la frente del viejo, tomó a Betina de la mano y salió de la habitación, no sin antes mirar atrás y decir sus últimas palabras: - Gracias abuelo por todo. Te veré del otro lado, donde seguro ya estás.-
Cerró la puerta y caminó con su prometida por el pasillo de ese viejo hospital, seguro de que la próxima vez que lo pisaría sería para enterrar el cuerpo de su querido abuelo, pues ese día entendió que Pancho no habitaba más allí.

En la habitación quedó el viejo solo, en la misma pose de siempre, con sus ojos tristes y mirada perdida, con la verruga que se destacaba en su mejilla izquierda. Pero con la diferencia que esta vez un par de lágrimas habían comenzado a recorrer los muy marcados surcos de su cara.

lunes, 2 de noviembre de 2009

¿DONDE CONSIGO MI CUENTO ANIMADO?


Desde pequeña vengo escuchando historias mágicas:

A Blancanieves, que se comió la manzana y durmió hasta que su príncipe azul la despertó.
A La Bella Durmiente, que se pinchó el dedo y le ocurrió algo similar.
A Los Tres Chanchitos, que pudieron construir una casa contra su peor enemigo, el lobo.
A Pinocho, que si mentía le crecía la nariz.
A Juan y sus habichuelas, que logró llegar al cielo ...

Ahora, ya con mis años a cuestas, me pregunto: ¿dónde consigo una casa tan sólida donde no entren más malhechores?; ¿dónde están los príncipes que no se convierten en sapos (ni las princesas en sapas, para ser justos)?; ¿cómo identificar a los que nos mienten si identificarlos no es algo tan sencillo como mirarlos a la cara?; ¿dónde está el fabuloso bosque con habichuelas mágicas que nos permite tocar el cielo con las manos cuando se nos da la gana?

Si, ya sé que son cuentos fántásticos. Pero a veces me dan ganas que se conviertan en realidad.