lunes, 13 de febrero de 2012

UNO CON EL TODO

Estoy con un grave bloqueo creativo. Llevo casi 4 meses sin publicar nada en este blog y recién hoy me percaté de eso. Me asustó un poco ver que había pasado tanto tiempo. El otro día, escuchando un disco de Calle 13, pensaba en René Pérez, su cantante, tan emblemático él, y pensaba en la vida conflictiva que habrá llevado pero que, aún así, en su alma había amor. Y escuché una frase en uno de sus temas musicales que dice: "No se puede escribir sobre el dolor cuando se escribe con miedo". Y me quedé pensando bastante en eso, concluyendo que era totalmente cierto. Quizás haya sido un poco de ambas cosas, de dolor y miedo, lo que me haya paralizado. No lo sé. Pero lo cierto es que hoy, después de tanto tiempo, surgió algo sobre qué escribir. No significa que la parálisis haya pasado, simplemente que hoy aparecieron algunas letras para plasmar, nada más. Dejemos fluir, que esa es la mejor forma de ser, al menos la que he descubierto hasta el momento.

En fin, lo que quería comentar, es que en esto de la espiritualidad y todo lo que tanto tiempo lleva rodeándome, he sentido que es muy difícil ser Uno con el Todo, algo que digo continuamente pero que experimento muy poco. Es más intelecto que espíritu lo que expreso cuando lo digo y, claro, el intelecto sólo me lleva a un análisis muy crítico y eficaz de que eso es algo maravilloso, pero no me permite realmente sentir qué es.

Puedo darme el lujo de decir que en momentos de meditación lo he logrado. En esos momentos donde mi concentración en el centro de mi ser es extrema y en donde mi mente se calla, me he sentido fusionada en la tierra en que me apoyo, he sentido que el aire que entra y sale de mis pulmones es parte del Universo, por lo cual también estoy siendo parte del mismo y, cuando he entrado en contacto con otros (ejercicios de meditación conjunta), me ha pasado de perder la noción de dónde comienza uno y dónde termina el otro. Es una sensación maravillosa. Pero sí, generalmente sólo lo he logrado en estados meditativos o en momentos de muchísima paz, donde mi alma parecía salida de mi cuerpo.

En las mañanas suelo ser más sensible que en el resto del día. No sé por qué. Quizás mi cuerpo aún no se contamina de rutina y eso me hace percibir las cosas tal cual son. O lo más cerca posible, al menos. Puedo ir escuchando algún tema musical y llorar emocionada con la dedicatoria de él a ella, o viceversa, pensando en lo lindo que se deben haber sentido ambos, tanto el que dedicó la canción como el que la recibió. Me los imagino, cada uno en su casa, hablando por teléfono, diciéndose cuánto se aman. Y me emociona. Porque a mi el amor me emociona, sea el formato que sea que tenga.

Así iba yo a trabajar esta cálida mañana de febrero, conduciendo por las mismas calles de todos los días, cuando de repente miré por mi espejo retrovisor, lo vi y, una vez más, me enamoré. Ese Río de la Plata super tranquilo, dorado por los rayos de sol matutinos. Tan fascinada quedé con la imagen que agradecí por estar allí en ese preciso instante y no haberme perdido ese instante de paz que me había sido transmitido.

Pero al mirar al frente (porque fueron tan sólo unos escasos segundos, el tránsito en la mañana es bien complicado), empecé a percibir otras cosas, como por ejemplo, las aves que revoloteaban sobre la costa. Y sentí la libertad que debían estar sintiendo en ese preciso momento.

Volteé la cabeza hacia el otro lado y descubrí el verde de las copas de los árboles y sentí su oxígeno, la fragancia fresca que poseen y, cómo describirlo, una frescura que sólo un árbol puede sentir a esas horas de la mañana.

En ese momento, felizmente sorprendida, me dije: "esto es ser Uno con el Todo". Pero entonces, empecé a observar a los otros seres humanos que pasaban caminando o que, al igual que yo, conducían sus vehículos. Y no sentí lo mismo. No me sentí Uno con ellos. Y pensé entonces que algo estaba mal. Que podía hacerlo con la naturaleza, pero no así con un igual a mi. Y me pregunté, "¿por qué es que siempre los veo como 'otros', no como la Unidad que somos? ¿Por qué me cuesta tanto si somos el mismo género?". Y de repente, lo entendí. Es que yo no veo su alma. Veo su ego. Veo su mente. Veo su accionar a partir de su raciocinio o de su personalidad. Nunca desde su niño interior, desde su inocencia, desde ese lugar que habita en ellos y que está puro, aunque ni ellos lo vean. Por eso, es que es muchísimo más difícil. Porque en la mayoría de los casos, ni ellos lo perciben. No se ven como seres de luz, sino como el más fuerte, el más débil, el más alto, el más bajo, el más bueno, el más malo, el más víctima, el más victimizado, el más irrespetuoso, el más encolerizado, el más arrogante, el más tímido, el más frágil, el más desprotegido, el más protector ... siempre los veo desde "su" personalidad, nunca desde "nuestro" centro compartido. Porque nunca se muestran así. Es difícil despojarse de toda vestidura y quedar desnudo frente al otro. Desde los tiempos de Adán y Eva que esto es difícil. No en vano tuvieron que usar una hoja para ocultar algo. Tuvimos la sabiduría del árbol y la vergüenza de quedar expuestos. Pero también tenemos la inteligencia suficiente como para saber que quedar expuestos nos va a lastimar sólo si nuestro ego así lo permite.

Tras ese cuerpo que camina o maneja a mi lado, reside un alma, que está unida a mi. Tras el violador, el indigente, el amargado, el deprimido, el asesino, el drogadicto, el ladrón o el vendedor del quiosco de la esquina, hay un alma que está unida a mi. Lo que le haya tocado vivir y cómo lo haya manejado en este plano, no es asunto mío. O sí, si es que me toca ayudar en su evolución, como a otros les toca en la mía, porque a veces también pasa a ser asunto de uno. Pero a veces es asunto de otro. Y otras veces, no es asunto de nadie, porque es lo que tiene que vivir. Pero el alma está allí, aunque nos cueste horrores aceptar su pureza. No es el alma lo que está impura, es su razón en desequilibrio con su corazón. Muchas veces las circunstancias sociales llevan a actuar de cierta manera. Y no lo digo como justificación, porque también sé de casos de gente brillante en todo sentido que sale de lugares de los cuales nadie imaginaría que alguien bueno podría salir de allí.

El alma es lo que conecta contigo y conmigo. Lo que hace el nosotros. Lo que nos hace ser Uno con el Todo. El alma y todo lo que nos rodea. Es difícil, muy difícil dejar de mirar con estos ojos que se nos han dado y llevamos en el rostro y ver con los otros, que también se nos han dado y hemos ido cubriendo de velos al punto de quedarnos ciegos.

Ojalá algún día, ese estado que sentí hoy, pueda ser permanente y no sólo me pase de vez en cuando, que no sea sólo cuando los rayos de sol matutinos se desplieguen sobre el mar.

Por el momento, seguiré agradeciendo cada vez que esto suceda, pero también deseando que el correr los velos que tapan mi visión comience a volverse algo natural, como parte de mi diario vivir.

(Un especial agradecimiento a los pajaritos que cantan mientras escribo)