domingo, 21 de noviembre de 2010

LUNA DE MIL AMORES


(Esta foto es de hoy, de cómo se ve desde mi casa)


Esta noche de luz indirecta
de sol alumbrando a una luna completa
de estrellas ocultas bajo el embrujo radiante
de un satélite enorme y rebosante,
me encuentra serena, con muy pocas penas
quizás en proceso de cambio, en esta luna llena.


Esta luna que vino sentada en un Toro
trae consigo transformarnos en oro,
conocer nuestra esencia
y transformar nuestra consciencia.

Usemos la alquimia y transmutemos metales
que esta luna viene a curar todos los males
Traigamos pociones, encendamos el fuego
que el alma desesepera por entrar en el juego.
Meditemos profundo, unamos nuestro canto
y observemos lo distinto que será nuestro llanto.

¡Ay, luna de mil amores!
¡Cómo me endulzan todos tus sabores!

¡Ah! ¡Y no olviden el ingrediente de toda las pociones!
Porque, sin amor, no hay embrujo que funcione.

lunes, 15 de noviembre de 2010

ROJO


Labios desgarrados, besos desenfrenados
Ardor de tus heridas, amor que me da vida
Pasión descontrolada, noche de luna inventada
Sangre de tus lamentos, duda de tus tormentos

Cartel de pare en la esquina de tus sueños
Atardeceres de los que me hago dueño
Frutillas en tu piel, amores en un hotel
Corazones que se incineran, recuerdos que condenan

Marea que trae penas, mañanas que nunca llegan
Boca que me excita, lengua que me incita
Tu intimidad siempre en llamas, que me endiabla en esa cama
El roce de tu cuerpo fogoso me hace fluir de gozo

Me convierto en tu color
Me entrevero con tu olor
Me empalaga tu sabor
Y al final, queda el dolor

domingo, 7 de noviembre de 2010

AY HIJO, QUE ME HACES LLORAR!


Hoy es un día de júbilo en lo de los Fernández-Pérez. Es que nació Julieta, la primer hija de Sebastián y Florencia. Todo salió mejor de lo esperado. Es que los nervios de Florencia le jugaban una mala pasada y la hacían imaginarse un parto interminable. Por su parte, Sebastián, ya se estaba preparando para despertar de golpe una madrugada y repasar la lista que tenía escrita para no olvidarse de nada.

Pero no. Julieta no vino a las apuradas ni en el medio de la noche. Dejó que sus padres descansaran, se despertaran como cada mañana (aunque Flor ya despertó con contracciones a las 5 y no pudo dormir más) y, unos minutos después fue cuando decidió empujar un poquito y romper la bolsa que hasta entonces había sido su morada. Flor le indicó tranquilamente a Sebastián dónde estaba su bolso y el de Julieta y unos instantes más tarde salieron para el hospital.

Inmediatamente los instalaron en la sala de pre-parto, porque Julieta no dejaba de empujar, por lo cual las contracciones eran cada vez más y más seguidas. Y más y más dolorosas.

Pero Julieta es una buena niña y decidió no hacer sufrir demasiado a su madre. Así que una hora y media después de haber llegado, Julieta largaba su primer grito al mundo.

Flor y Seba no paraban de sonreír y por supuesto alguna que otra lagrimita de felicidad también largaron.

Julieta estaba con ellos. Después de nueve largos meses de espera, de los preparativos, de comprar ropita diminuta, de leer libros de embarazo y los primeros meses de vida del niño, de ver que la piel de la panza se estira hasta el punto de llegar a un tamaño jamás imaginado, la bella niña de sus sueños se hizo realidad. Happy ending. Or beginning.

Porque lo cierto es que no hay nada más lindo que escuchar el llanto de un bebé ... en el preciso momento que nace. Este es el UNICO momento que el llanto de nuestros hijos nos da felicidad hasta las lágrimas. No es necesario pensar demasiado para darse cuenta que esto es verdad.

Pasado el momento del parto, nos vamos a la sala, a alojarnos con nuestro niño o niña recién nacido. Todo hinchadito de tanta fuerza que tuvo que hacer para salir, dormidito, chiquito, frágil, tierno, comestible. Es nuestra creación y aún no podemos creer que ese ser tan perfecto haya salido de nosotros.

Pasa un rato, unas horas quizás para las más afortunadas, y el primer llanto suena (en realidad, ya es el segundo). Hora de comer. La criaturita comienza con su proceso alimenticio y ahí empiezan las primeras complicaciones de esta vida. Hasta hace unas horas no tenía la menor idea de lo que era el hambre, ya que su alimento venía a través de un cordón. Ahora deberán proveerle el alimento y, para eso, deberá llorar. La madre acomoda al niño/a en su pecho, pensando que la criatura con su pequeña boquita succionará y sacará leche de su interior. Minutos más tarde se dormirá (si no lo hace mientras toma) y el proceso seguirá sin problemas. Pero no es tan sencillo. El bebé intenta desesperadamente poner su boca en la teta de la madre, la madre no sabe muy bien cómo acomodarlo, el bebé cada vez está más desesperado porque no deja de ser un cachorrito en busca de alimento, así que se prende rápidamente del pezón materno, como puede, y empieza a chupar. La madre, en un grito desesperado, pide a su esposo-compañero-padre de la criatura, que llame a la enfermera porque le va a arrancar la teta. La enfermera, paciente y master en el tema, ayuda a la madre a acomodarse y al niño/a succionar fervientemente, dándole el tan esperado alivio a la mamá.

Una vez finalizado este proceso, ya la criatura de panza llena, como era de esperarse, se duerme. Pero es hora de cambiar el pañal. Lo cual hace que el pequeño pimpollito se despierte y vuelva a llorar. La madre, con toda su ternura, tratará de consolarlo, sin importarle los dolores post-parto que tiene o si la cortaron de lado a lado, por haber tenido una cesárea. El dolor de una mujer, a partir del nacimiento de su hijo, quedará relegado por muchísimos años. Tantos, que cuando nos demos permiso para sentir dolor, nos daremos cuenta que no hay pedacito del cuerpo que no nos duela. Finalmente logramos que la criatura caiga nuevamente en brazos de Morfeo y nos permita tener unas dos-tres horas de descanso hasta que el proceso vuelva a empezar.

Lo cierto es que ya no lloramos más de felicidad ante el llanto de nuestro hijo, pero de aquí en más es muy probable que sí lloremos en muchas oportunidades en que los escuchemos llorar. Esto ocurrirá por primera vez cuando comience con sus cólicos y no sepamos lo que hacer, cuando el cansancio nos gane y el niño no nos deje dormir, cuando veamos a nuestro esposo-compañero-padre de la criatura dormir plácidamente y nosotras estemos paseándonos de lado a lado de la habitación con el niño en brazos. Y más adelante, quizás por no haber podido evitar que se cayera y se pegara o raspara, por no ser capaces de estar las 24 horas con el ojo encima de ellos (lo cual ya hubiera acabado con nuestras vidas, sin dudas) , cuando lo dejemos por primera vez en el jardín de infantes o cuando llore por alguna injusticia y tengamos que explicarle algo que ni nosotras mismas nos creemos, pero que es necesario para que confíe en la vida y tome valor para enfrentar más adelante desafíos mayores.

También lloraremos muchas otras veces sin que su llanto nos provoque el nuestro, aunque sí su ser sea el motivador del mismo. Cuando nos regale su primer sonrisa, le salga el primer diente, diga su primer palabra (que en raras ocasiones es "mamá"... el muy cretino) o dé su primer paso. Cuando lo veamos armar su primer puzzle de 4 piezas ("¡mi hijo es un genio!"), cuando comience a razonar y sacar sus primeras conclusiones para actuar en consecuencia, cuando escriba su nombre, empiece a leer o traiga su primer carné escolar.

Cuando nos vea llorar y no nos pregunte nada, sólo nos consuele con besos y abrazos, cuando vaya a su primer baile, tenga su primer novia o novio, con el cual seguro nos encariñaremos y de un día para el otro dejaremos de ver, cuando pierda su primer examen, por el cual pasó noches estudiando sin dormir, cuando tenga otra novia o novio y la cosa vaya "en serio" y decidan dejar el hogar y partir.

Y entonces, llegará el día en que volveremos a llorar de felicidad ante el llanto de un niño, cuando veamos a nuestros nietos nacer.

Lo cierto es que desde que tenemos hijos las lágrimas se hacen moneda corriente en la vida de una mujer (que si de por sí es sensible, deberá por el resto de su vida recordar tener pañuelos en su cartera).

Pero no por eso cambiaría jamás nada de lo sucedido ni de lo que vendrá. Porque prefiero derramar litros de lágrimas como para llenar una piscina de 100.000 litros antes que vivir en el árido desierto de no ser mamá.

lunes, 25 de octubre de 2010

A VECES VUELVO


(tomo título prestado para esta entrada del blog con ese nombre
de mi amigo cuasi virtual Rodrigo ... permisito!)

Es cierto que a veces vuelvo. Algunas veces a escribir, como es este el caso.

Pero también a veces vuelvo de mi. O a mi. Voy y vengo, como en un columpio que parece llegar al cielo. Me balanceo incansablemente, a veces hasta sentir mareo.

Escapar de uno mismo es fácil. Uno puede alienarse con lo que encuentra en el camino y volar al infinito y más allá. El viaje puede ser placentero en algunos casos y, al tocar con la punta de los pies la realidad, la vibración de energía que sentimos es tan magnífica que nos sentimos grandes, crecidos de espíritu, plenos y con las maletas llenas de maravillas que fuimos guardando en ellas en el recorrido por otros mundos.

Otras veces, sin embargo, ese vuelo nos lleva a lugares oscuros, tenebrosos, a descubrir rincones que no nos gustan, cargados de dolor. Es así que en estos casos, cuando pisamos tierra firme, parece que todo se nos tambalea, que caeremos en un abismo imaginario y que en este caso las maletas que traemos sólo acarrean angustias y llantos. Entonces, intentamos aferrarnos con uñas y dientes al principio del hoyo, para sentirnos seguros, para no sentir un miedo inconmesurable y no tener que enfrentarnos a aquello que indefectiblemente deberemos enfrentar.

Y sí, el miedo al cambio existe. El miedo a lo desconocido es real y normal. Y sólo cuando no tenemos más remedio que dejarnos caer por ese túnel que parece ser inacabable, como en el cuento de Alicia, cuando realmente nos animamos a atravesar ese abismo, sólo entonces nos damos cuenta que hemos llegado a un destino mejor. Pero, claro, hay que animarse, como se animó Alicia a llegar al País de las Maravillas.

Cuando terminamos de columpiarnos y llegamos a nuestro lugar, ya sea que el viaje haya sido placentero o no (que no es otra cosa que el viaje hacia uno mismo), podemos mirar atrás y ver el bagaje de experiencias que ese tour nos dejó. Aprender de ellas es el gran desafío. Volver a sentir, a gozar, a disfrutar, a percibir los pequeños placeres que nos da la vida y a definirnos cada vez más como los seres humanos que somos, es maravilloso. Ese es nuestro País de las Maravillas. Nosotros mismos.

Yo a veces vuelvo. Y otras me voy a viajar. Nunca sé cuál será mi destino, pero a esta altura de mi vida he aprendido que de ambos traigo cosas interesantes. Y también sé que siempre la tierra firme está y que el vacío en algún momento termina. No sé si terminaré siempre en este planeta o plantando mis pies en otro. Pero hay algo de lo que sí estoy segura: nunca jamás dejaré de subirme al columpio, sin importar a dónde mi ser me quiera llevar.

sábado, 9 de octubre de 2010

EL PENULTIMO CAFE


A nadie parecía importarle mi presencia allí. Tampoco yo conocía a nadie, excepto al difunto, claro, pero eso ya no era relevante.
La sala, como siempre lúgubre, ambientada con el llanto desesperado de quienes supuestamente más lo habían sabido querer en vida.
Tímidamente me fui moviendo hasta estar cerca del cajón donde Carlos yacía muerto. Para mi regocijo, si es que se puede tener alguno en esas circunstancias, estaba cerrado. La madera de su ataúd de un roble oscuro labrado con rosas y las asas de un bronce reluciente, hacían que de alguna manera su muerte fuera tan elegante como solía serlo en vida.
El típico olor a velorio me descompuso un poco, aunque en realidad no sabía bien si eran los claveles o la muerte lo que me provocaba náuseas.
Permanecí inmóvil en un rincón, observando todo como la extraña que era.
De repente se me ocurrió pensar que el cajón estaba vacío y que cada suceso que ocurría allí dentro no era más que un engaño. Que las lágrimas no tenían ningún sentido, que la tierra las absorbería y desaparecerían en el olvido, que los Padre Nuestro que dos señoras ancladas a las cuentas de un rosario murmuraban en forma continua, eran dirigidas hacia un alma que se reía de ellas.
Salí de esa pequeña salita un poco abrumada por mis pensamientos y me dirigí al salón central.
Un grupo pequeño de mujeres cuchicheaban y reían por lo bajo. Era evidente que les importaba más la vida que la muerte en esos momentos. Y supongo que hacían bien.
Un mozo se acercó a ofrecerme un pocillo de café del cual estuve tentada de aceptar. El aroma casi me conquistó, pero los recuerdos que me embriagaron en ese preciso instante me llevaron a rechazarlo. Es que con Carlos solíamos despedirnos siempre con la promesa de un próximo café. Esta vez, no habría promesas. Ni más Carlos. Por lo tanto, tampoco habría café.
Mi tiempo allí había terminado. Me acerqué al libro de visitas que permanecía con sus hojas en blanco. Guiada por un impulso tomé el bolígrafo y las palabras comenzaron a fluir como solía sucederme cuando pensaba en él. La estrofa de una canción que habíamos hecho nuestra y una pequeña lágrima quedaron estampados en el recuerdo de algo que sólo Carlos podría entender pero que ya nunca podría leer.
Que descanse en paz, me dije. Me dirigí con cierta ligereza hacia la escalera, afirmando mis tacos en cada escalón que bajaba. Al llegar a la calle el viento me obligó a envolverme en mi chaquetón gris, aquel que una vez escondió mi desnudez ante su mirada de deseo. No pude evitar sonreír y apretarme más en mi abrigo, como si fueran sus brazos los que me estuvieran dando cobijo. Respiré hondo, dejando que el aire frío penetrara en mis pulmones. Sentí el cemento duro bajo mis pies. Con una rapidez innecesaria la urbanidad comenzaba a apoderase de mí. El rugir de los motores y la bocina de algún conductor impertinente me resultaban aturdidores. Las voces anónimas de la ciudad retumbaban en mi cabeza como gritos desgarrados. Escapé corriendo hacia mi automóvil y me encerré en él. Las lágrimas no tardaron en aparecer y rodar por mis mejillas, en silencio. Fue entonces cuando me di cuenta que la ciudad seguiría existiendo sin que ni siquiera por un instante alguien se percatara de que para mí ya todo sería diferente y que en esa fría mañana de agosto parte de mi alma había quedado muerta en un cajón.

martes, 14 de setiembre de 2010

AL DECIR ADIOS

y si la muerte acude de repente,
no tendré tiempo de decir adiós.
Entonces, sí, es pertinente que sepas
que todo aquello que en vida quise,
el Universo entero me lo brindó.

Pero si su visita se hace anunciada,
tendré tiempo de ver sonreír.
Miraré los ojos de aquellos que amo,
y partiré con el alma plena
hacia el lugar que más de una vez conocí.

Agradeceré a la muerte por darme ese instante
para amar una vez más y sentirme feliz.

Eso sí, sea como sea, te hago un pedido,
y es que me despidan como me dediqué a vivir.
Sin rosas ni claveles que se marchiten en el olvido,
ni carros fúnebres que lloren mi morir.

Sólo quiero que se alcen espadas
sobre mi féretro lúgubre de esa tarde tal vez gris.
Y que quienes lo hagan griten "eres libre",
porque así me sentiré a la hora de partir.

Mi espíritu dejará las ataduras mundanas
y mi cuerpo como cenizas en el mar se extraviarán.

Sólo quiero que así me despidan,
como la guerrera incansable que libró batallas
en nombre de los sueños que defendí.
Y por aquellos otros que están inconclusos
quienes quedan en este mundo los puedan cumplir.

Así me despido, sin bombos ni platillos,
sólo pido un símbolo de honor.
Por mis hermanos y hermanas esparcidos en la Tierra
que con el choque de metales se llenen de Amor.

domingo, 22 de agosto de 2010

AKAL


¡Ay, no! Otra vez acecha. Y sé que es natural que lo haga. Lo hace a cada instante, a cada minuto, en cada lugar del planeta. Pero cuando llega, se instala y parte el corazón de algún ser querido, se siente demasiado cercana, molesta más de la cuenta, más de lo normal o de lo que estamos acostumbrados a percibirla.
Igual, no deja de sorprenderme cómo el Universo se las arregla para hacernos llegar los mensajes en el momento adecuado y, si estamos atentos y vemos las señales, permite que el alma de los que siguen transcurriendo en esta tierra guarde cierta paz. Y es algo que no se puede definir con palabras. En mi caso, sólo siento agradecimiento de que así sea y no puedo dejar de emocionarme hasta las lágrimas por ello.
Pero duele, siempre duele, para mí aún es inevitable que cuando la muerte llega no deje dolor. Entiendo sí que sea la ley natural, que todo tiene un por qué y un momento, pero aún no logro que por ello no me provoque dolor.
Un Akal* para el alma que trasciende a un lugar desconocido por nosotros, pero estoy segura que es un lugar sin tiempos, sin pausas, sin dolor, donde conoceremos finalmente las preguntas sin contestar y sentiremos el amor como jamás lo hemos sentido. Sin dudas, un lugar mejor, aunque ahora nos cueste entenderlo como tal.
Y para la fragilidad de quienes aquí quedan, sólo puedo brindarles el alma abierta para abrazarlos, los brazos tendidos para sostenerlos y esperar ser guiada sabiamente hacia las palabras justas, para saber cúando decirlas y cuándo callarlas.
Aquí estaré, cuando así sea necesario. Y cuando no, también.

(*) Akal es una palabra sánscrita que designa Eternidad. Se suele pronunciar (la segunda “a” más larga) ante el desprendimiento del alma del cuerpo con el fin de que ésta trascienda con mucha paz.

martes, 17 de agosto de 2010

PAUSADA

Hay días que estoy con Fast Foward (FF) y otros que simplemente estoy en PLAY.
Hay días en los que escribo sin parar, que las palabras surgen de no sé dónde y forman relatos que hasta yo misma me sorprendo de haberlos escrito. Otros, con un poco más de tranquilidad, salen con algo de meditación y reflexión de por medio, quizás motivados por experiencias que vivo o en otras oportunidades por situaciones que me rodean, el punto es que me provoca estampar historias mías o ajenas en forma de letras y colgarlas en este blog.
Últimamente he notado que estoy en PAUSA. Y al principio, me preocupó el hecho de que esto fuera así. Porque disfruto mucho de los vaivenes que me llevan a la escritura, de los disparadores que la motivan, de crear historias y de desnudar mi alma. Entonces, me puse a pensar qué estaría sucediendo, por qué no podía escribir, qué era lo que me tenía tan atada a lo terrenal y no me dejaba perderme en mi mundo sutil.
Cuando las respuestas no eran respuestas sino que se formulaban nuevas preguntas, me di cuenta que en realidad estaba en un estado introspectivo. Que hay momentos que debo pausar mi andar y mirar mi interior, pero en silencio. Recurrir a mi intimidad y escribir para adentro.
Fue así que comencé a hacerlo. Empecé a dedicarme tiempo para mi misma, no para hacer nada en especial aunque sí para escucharme y no juzgarme, que ya es bastante especial.
Desde entonces es que vengo reorganizando mi ser, buscando, acomodando, guardando en cajoncitos, archivando, sacando a luz lo que es verdaderamente importante, marcando prioridades, dándome cuenta quién soy y hacia dónde voy y prestando atención a las piedras en mi camino, en vez de seguir tropezándome con ellas. Estoy atrapando sueños y guardándolos en mi alma, desenredando madejas y tejiendo nuevos abrigos, permitiendo que el sol entre pero que no me encandile, tomándome un descanso en la luna cuna, permitiendo que las gotas de lluvia refresquen mis ideas, disfrutando del frío porque gracias a él conozco lo que es la calidez.
Me estoy dejando fascinar por todo lo que veo a diario. Por un pedacito de cielo celeste, por una bandada de pájaros que vuelan por la ciudad, por las copas de los árboles que se mueven con el viento invernal, por las grietas del cemento que permiten ver la tierra, por cada instante mágico y único que descubro en cada amanecer.
En síntesis, este es el motivo de mi desmotivo de bloguear estos días. Quizás necesite alimentar mi alma de todos estos pedacitos de luz que voy descubriendo en mi andar y entonces después esté tan nutrida y rebosante que será preponderante compartirlo. Mientras tanto, me lo voy quedando, porque por ahora lo necesito para mi. De todas formas, comparto con ustedes algunos de esos instantes mágicos que me vienen deslumbrando. No pretendo que se emocionen como yo, pero al menos de esta forma se les hará más tangible mi realidad pausada.
Supongo que pronto estaré de vuelta, así que les dejo un beso que dure hasta que vuelva a poner PLAY.





miércoles, 4 de agosto de 2010

HERA

El me pega. Pero a mi no me importa. Porque muchas veces tiene razón. Sí, ya sé, otras tantas no. Pero ni loca lo enfrento, porque estoy segura que en vez de pegarme me mataría. Igual, cada vez es menos las veces que lo hace.

Yo le prometí lealtad el día que me casé con él. Y respeto. Dirán que él también, pero yo creo que de alguna manera también me respeta. El me deja hacer y deshacer en casa a mi antojo. Claro que le gusta ver todo limpio y ordenado, pero a mi también, así que en realidad eso no es un problema. Así que cuando llega a casa, sólo me resta atenderlo lo mejor posible. A veces estoy un poco cansada, es verdad, pero trato de esperarlo siempre con mi mejor cara, porque sino ya sé la que se viene. Si no está pronta la comida a la hora estipulada, se arma. Si la ropa no está pronta cuando sale del baño, también. Y si yo no quiero tener sexo con él, ni te cuento.
A veces lloro. Claro que él ni se entera. Pero sí, lloro. No cuando me pega. No. Ya a esta altura ni me duele cuando lo hace. Lloro cuando me duele la cabeza o cuando mi cuerpo se cansa, porque la verdad que hay días que no puedo más. Pero siempre lo hago cuando él no está. No quiero que me vea así. Yo quiero ser siempre su esposa, sin importar lo que suceda. Porque insisto, juré estar a su lado hasta que la muerte nos separe. Sea la mía o la de él. Por un lado preferiría morirme yo primero, porque la verdad que no sé que haría sin él. Mi vida ya no tendría sentido. Pero a veces, cuando se pone loco, me da unas ganas de que le de un infarto y quede ahí tirado en ese instante. Me viene como un odio de adentro que no puedo controlar. Por suerte se me pasa, porque es horrible sentirme así.
Una vez quedé embarazada, pero lo perdí. El nunca quiso que tuviéramos hijos, pero cuando quedé, quedé. Y bueno, lo aceptó. Esos días sí que la pasé bien. Me trataba como una reina. Pero duró poco. Un día me tuvieron que internar de apuro porque no paraba de sangrar y ahí mismo me abrieron y me sacaron todo. Lloré como una loca y él la verdad que se portó muy bien, cuidándome y estando a mi lado. Pero bueno, una vez que llegué a casa, todo volvió a ser como antes.
A veces sueño con ese bebé. Dormida y despierta sueño. Ya he aprendido a no llorar por él, pero me costó bastante. Igual, siempre pienso que si hubiera nacido la cosa hubiera sido muy diferente. Por algo la cosa fue como fue. Capaz que a la larga Omar me hubiera dejado y yo qué iba a hacer sola con un niño en la calle. Me hubiera convertido en una pordiosera, porque no sé hacer otra cosa que cuidar de mi casa. Nadie me iba a dar trabajo con una criatura y, como familia no tengo, no sabría a dónde ir. Las cosas no pasan porque sí, no señor.
Yo no digo que me trate mal. El es cariñoso. Cuando llega me da un beso y a veces hasta me abraza. También me dice palabras lindas y otras veces algunas un poco más atrevidas, que no me animo a repetir pero que también me gustan.
Qué se yo. Yo lo amo. No me imagino mi vida sin él. Vivo por él y para él.
De vez en cuando me trae regalos. A veces porque sí nomás me sorprende con algún chocolate o una flor. Y otras veces, en mi cumpleaños por ejemplo, me lleva al shopping y me compra algún vestido elegante. No sé ni para qué, porque no salimos a ningún lado, pero hay días que me llama y me pide que le prepare una cena especial y yo ya sé que ese día me tengo que vestir bien. Y la verdad que me encanta.
Eso sí, no lo sorprendo más. Porque me ha pasado de prepararle por gusto propio algo especial y vestirme elegante y ya ahí mismo, al entrar a casa y verme así, me zumbó de una cachetada. Porque para qué estaba vestida así, si era para otro, que qué había hecho durante el día cuando él no estaba y todo eso. Ya aprendí que las sorpresas no le gustan, así que mejor hacerlo cuando él me lo pide nomás.
Y bueno, así es mi vida, qué se le va a hacer. A veces me enojo pero me guardo la bronca en el bolsillo del delantal y sigo adelante. Igual, muchas mujeres desearían tener el tiempo que tengo yo para mirar novelas o pintarse las uñas en medio de la tarde sin que el marido se preocupara por eso, ¿no? Y si de algo estoy segura es que sin él yo no podría ser la mujer que soy hoy.

sábado, 24 de julio de 2010

MI MUCHOSIDAD

Hay momentos en la vida que parece que uno va por el camino equivocado. Y digo parece, porque yo soy una convencida (desde hace ya un tiempo) que los rumbos nunca están equivocados, en el sentido que las cosas que nos pasan nos tienen que pasar. Ya sé, muchos discutirán conmigo al respecto, pero realmente es mi forma de ver la vida. Y vaya que hablo con propiedad de causa. He vivido momentos muy duros que con toda sinceridad no deseo que nadie los tenga que sortear. Sin embargo, no reniego de ellos, porque han hecho de mí quien soy hoy. Con mis defectos y virtudes, sin dudas, pero soy lo que soy. Y sí, tampoco soy tan tonta como para decir “si viviera otra vez quisiera pasar por todo esto de nuevo”. No. Realmente si pudiera poner marcha atrás y no vivir determinadas situaciones, lo haría. Pero no puedo. Y esto es lo que hay. Entonces, no queda más que mirar hacia adelante y arremeter con todo a esta vida.

Y hoy me encuentro con mis ya 38 tratando de encontrar mi muchosidad. No tengo a un sombrero loco como Alicia que me diga que se me ha ido, ni tampoco he visitado el País de las Maravillas (aunque sí he visto Maravillas en mi país). Sin embargo, siento que algunas cosas no están como deberían estar.

Entonces, me arriesgo a vivir con plenitud, con sinceridad, con intimidad con mi ser. A conocerme, a buscarme, a encontrarme, a desafiarme, a mirarme en el espejo, a descubrirme, a sonreírme y a aceptarme, entre otras cosas. A encontrar la esencia de mi ser, a ser genuina conmigo, a vivir mi propia felicidad sumida por elección en el amor hacia los demás, a aceptar lo que viene y a agradecer por lo que tengo y por lo que no. A descubrir los instantes mágicos que me brinda esta vida y no dejarlos pasar, sino a vivirlos con toda la pasión que ellos merecen. A llorar cuando se me da la gana y a reír cuando se me da la gana, sin importar quién mira o quién no. A ser un modelo original, no repetible. A que mis hijos se enorgullezcan de mí, pero no por ego, sino por amor.

Quizás esté loca por querer vivir en la muchosidad. Pero realmente siento que se puede. Que podemos ser seres esencialmente puros y originales. Que todos podemos recuperar nuestra inocencia y vivir una vida plena, a pesar de los pesares.

Estoy segura y convencida que estoy yendo por donde debo ir. Lo sé, porque las bifurcaciones jamás me llevaron a caminos inseguros o sin salida. Siempre, al final, descubrí el premio que me esperaba, aunque otra bifurcación se abriera.

Quizás esté loca, sí, pero prefiero morir en esta locura que en la de no haber podido soñar con mi mundo mejor. Y si en algún momento pierdo el rumbo hacia mi muchosidad, ya lo saben, están todos autorizados a tocar la campanita, darme un golpe en la frente, rezongarme, gritarme o alertarme que estoy por el camino incorrecto. Porque también necesito que de vez en cuando me sacudan un poco y me muestren por dónde voy.

jueves, 22 de julio de 2010

POCAS PULGAS


Yo debo ser tarada o algo por el estilo, no hay dudas (con perdón a los tarados y a los algos por el estilo).

Busco y urgo en el pasado, presente y futuro con el fin de lastimarme. Y lo peor de todo es que realmente lo logro. No sé cómo hago pero logro quitarme la sonrisa de los labios, anulo el esfuerzo que hace mi alma por hacerme sentir feliz, apago mi mirada y enlentezco los latidos de mi corazón. Parece que me molestara estar bien. De verdad lo digo.

Debo tener un problema psicológico, más aún que me niego a hacer terapia. Y vayan mis disculpas a todos mis psicólogos amigos. No es que no confíe en ustedes, pero cada vez que he ido, he tirado la plata. Al final me autoanalizo y me doy de alta cuando se me da la gana. Yo no sé si es que los piscólogos quedan sorprendidos ante tal insolencia pero todos coincidieron que estaba bien y que ya no necesitaba seguir concurriendo (o también quizás se alegraban por quitarse a un ser tan cambiante de encima -"¡vaya con su locura a otra parte!"-).

También he notado que tengo un problemita de confianza. No es que no confíe, ¿eh?. No, no. El problema es completamente lo contrario, es que confío de más. Y vuelvo a confiar. Y vuelvo a confiar. Sí, eso que estás pensando. Una tarada. Que conste que lo dije al principio.

Y, finalmente, como para reafirmar mi taradez, un día me enojo, al otro perdono y vuelvo a enojarme y vuelvo a perdonar (o a olvidar, o a reconstruir, o a empezar).

Entonces, ahí me sobreviene la angustia. Y por ahí que se me da por llorar. O gritar. O bailar. O meditar. O hacer nada de nada, alienarme con lo que tenga a mano (generalmente la compu, aunque a veces también puede ser la TV) y olvidarme de que existe el mundo. Por un rato va bien. Puede ser un rato corto o largo. Inclusive puede llegar a durar días. Pero indefectiblmente, tarde o temprano me cae la ficha. Entonces llega el momento en que no tengo más remedio que ponerme a pensar, a encarar, a enfrentar la realidad. Y lo cierto es que le venía huyendo porque me molestaba mucho afrontarla. Pero bueno, es eso o estar al borde del precipicio y, como ahí ya estuve alguna que otra vez, decidí que no quiero volver.

Por suerte, tengo gente que me cuida y me sostiene. Algunos más, otros menos, pero ahí están. Y yo les agradezco infitamente que así sea, porque no se imaginan de la cantidad de porrazos que me han evitado.

Mañana será otro día, dicen. Quizás es hora de irse a dormir, dejar el enojo de lado y esperar que las horas traigan un amanecer más tranquilo. Antes todo era más fácil, hasta vivir en la luna o irse a un rato a ella le daba a una la tranquilidad de retirarse cuando se le diera la gana. Ahora, ya ni eso. No importa, mañana será otro día, dicen. Dejémoslo llegar, a ver qué pasa ...

domingo, 11 de julio de 2010

ORGULLO NACIONAL


Este es Diego. Nuestro Diego. Diego Forlán.

Campeón de nuestra Selección.
Arremetedor.
Comprometido.
Goleador.
Compañero.
Con actitud de equipo.
Con desempeño inigualable.
Excelente jugador.
Diego nos hizo gritar, nos dio felicidad, nos hizo sentir que Uruguay puede.
Diego demostró humildad, nos dio esperanza y nos devolvió la fe.
Y no lo hizo solo. Lo hizo con 22 jugadores más. Algunos dentro de la cancha y otros fuera, pero jamás sintió que Uruguay era él. Sabe que juega en equipo y lo dejó claro en la cancha.
Y es por eso que hoy es reconocido como BALON DE ORO por la FIFA.
Merecido premio, Jugador de Oro.
Y como aprendí a conocer su humildad, estoy segura que lo ha compartido con todos y seguro que están festejando a lo grande, como la Selección merecía. Porque merecían festejar y este premio les dio la oportunidad.
Grande, Diego. Grande, mi Selección.
Gracias por las alegrías que nos dieron durante este mes y pico de Mundial.
Gracias por hacernos sentir tanta felicidad.

¡Salud, Diego!¡ Salud, Uruguay!

sábado, 3 de julio de 2010

MEA CULPA


Lo confieso, estoy arrepentida.

Si bien por lo general trato de actuar y hablar sólo cuando me siento con plena seguridad de mis acciones y declaraciones, esta vez, debo guardarme las palabras en el bolsillo (para ser delicada).
Y quizás mis palabras hayan sido por falta de confianza, por incrédula o, inclusive, porque desde que nací jamás vi algo así.

Probablemente digan que es una exageración de mi parte, pero lo cierto es que de todo se aprende. Soy congruente en este sentido. Si considero que la vida es aprendizaje siempre, entonces sí, esta vez también lo fue.

Hubo dos hechos puntuales. Uno fue cuando Uruguay clasificó para el Mundial. De atrás, haciendo todo lo posible e imposible, dejando afuera a Costa Rica, siendo los últimos que lográbamos entrar. Y yo dije “como siempre, remando… nunca por jugar bien”. Después, cuando le tocó el grupo que le tocó. Pensé en México, con quienes hacía un tiempito habíamos perdido. Pensé en Francia, el campeón del mundo. Y pensé en Sudáfrica, locatario. Y dije: “no sé para qué vamos … vamos, jugamos y nos volvemos”.

Y no. Resulta que no. Resulta que le ganamos a los tres cómodamente y quedamos primeros en la serie. Por primera vez en años sin calculadora en mano a ver cómo nos iba. Fuimos derribando uno a uno a nuestros oponentes. Y así, nos ganamos merecidamente un lugar en octavos.

El país explotó de alegría. El fútbol es una pasión popular. Si bien la mayoría de las mujeres quedamos excluidas de estos eventos (por elección, por supuesto), cuando juega Uruguay, todo es diferente. No hay distinción de sexo. Todos nos unimos a alentar a nuestro país. La alegría es generalizada.

Luego, vencimos a Japón y pasamos a cuartos de final. Otra vez este pequeño país con sus 3 millones de habitantes salió a la calle a festejar. La alegría ya se nos estaba haciendo costumbre, cosa rara por estos lados. Uruguay se dio cuenta que se puede ser feliz.

Entonces, se vino Ghana, con sus golpes, con un arbitraje espantoso siempre a favor de los ghaneses, con lesiones varias a nuestros jugadores, con Fucile que casi nos infarta a todos cuando cayó y quedó quieto en el piso, con Forlán que nos devolvió la esperanza, con un gol que no quería ser y, para confirmar que no fuera, Suárez se encargó de atajarlo, con Muslera que le tiraba besos al travesaño después que el ghanés errara el penal, con Muslera de nuevo atajándose todo, con un loquito Abreu que la picó en el último penal y todos los uruguayos gritamos GOOOOOOOOOL, felices de la vida. Y con todo el equipo festejando allá, en Sudáfrica y nosotros acá, haciéndole honores a sus festejos y victoria. Uruguay mereció ganar y ganó.
Así, es que llegamos a tener un puesto en la semifinal. El puesto en el que ya somos los mejores 4 del mundo.
Y sí, me arrepiento de no haber confiado en estos chicos, en no haber confiado en la selección de mi país, ni en Tabárez ni en nada.
Mi aprendizaje es ese, “no juzgues al libro por su portada”. No siempre las cosas son como “se supone” que van a ser. Uruguay ha demostrado ser un equipo, con todo lo que la palabra significa. Han demostrado ser buenos jugadores, unidos, compañeros y con un espíritu único. Han demostrado que se puede. Que la confianza es lo último que se pierde. Que las esperanzas siempre deben estar vigentes.
Y, principalmente, han devuelto la alegría a este país. Así que pido perdón por mi falta de confianza y agradezco enormemente que hayan teñido mi corazón y el de tantos otros de Celeste.

¡Arriba Uruguay! ¡Vamos por más! Y si no es más, siempre igual ¡Arriba Uruguay!

miércoles, 30 de junio de 2010

ENTRE JORDACHE Y EUCERIN


Hace mucho, pero mucho tiempo, había una publicidad de jeans que decía algo así como “Jordache es el jean tu jean ... Jordache es tu jean!” . Buscando en Youtube, descubrí una publicidad de 1979. En la misma se puede ver a una modelo con su pelo rubio enrulado, al mejor estilo Angeles de Charlie versión años 70 -muy sexy para entonces- llegando a una discoteca. Toca el hombro de un hombre que conversaba animadamente con sus amigos en la barra del pub. Este la mira y, acto seguido, la publicidad muestra una sesión fotográfica de esta chica, con su jean con costuras blancas mostrando la cola de la joven que resulta ser muy pero que muy chata (impensable en estos días). El comercial termina volviendo a la pista de baile donde se puede ver a la muchacha bailar y girar mientras cuatro hombres de pantalón de vestir y camisa la rodean. En eso, el logo de Jordache Jeans en blanco junto a la cabeza amarilla de un caballo (distintivo de la marca) aparece en la mitad de la pantalla. Fin. Patético ahora, precioso entonces, supongo.

Claro que aún más patético es que ese jingle hoy haya decidido instalarse en mi cabeza sin razón alguna. Y, obvio, una vez que digo “sin razón alguna” la razón se hace presente y me dice “¡iujuu! ¡Estoy acá!”. Es entonces cuando tengo que tomar conciencia de algo que en realidad NO QUIERO TOMAR CONCIENCIA.

Sí, ya sé por qué. Esto sucede porque en una semana cumplo años.
Lo cierto es que estoy feliz y agradecida de la vida. He tenido un año interiormente espléndido y exteriormente maravilloso. Si bien no ha sido un año de cumplir sueños, creo que he materializado muchas cosas y eso me gratifica enormemente. Mi salud ha estado bien. La de mi familia con algunos altibajos, pero finalmente ha resultado todo como Dios manda y puedo sentirme dichosa de ello. Económicamente no ha sido un año de florecimiento, más bien ha sido de hojas marchitas, pero no es algo que me preocupe en demasía ya que nunca nos faltó para comer ni para educar a los niños ni nada. En este aspecto ha sido con esfuerzo pero se ha logrado. Vivo más armoniosamente que antes y el amor me circunda, lo cual para alguien como yo es primordial en esta vida.
En fin, que no puedo pedir más, realmente.

Entonces me salta la frivolidad, porque por suerte del resto no tengo de qué quejarme. Pero soy mujer y quejosa por naturaleza. Mala combinación, pero soy así. Por eso es que entiendo por qué canto el jingle de Jordache. Algo tan sencillo, tan simple, tan fácil de expresar con pocas palabras... tan todo que de tan tan le doy mil vueltas y escribo centenares de letras antes de nombrarlo. “¡Coraje, mujer, lárgalo de una vez por todas!”, me digo internamente (y me trato de tú porque soy muy respetuosa). Es que no es falta de coraje, es miedo de asumirlo … pero bueno, ahí va … canto Jordache, una publicidad de hace tantos pero tantos años porque, porque, porque … ESTOY ENVEJECIENDO!!!!!!!

Ahí está, ya lo dije. Dos palabritas nomás y, sin embargo, sólo leerlas me hacen sentir hecha pelota. Pero sí, es la realidad. Y agradezco infinitamente a todos los que alimentan mi ego y me dicen “¡pero si estás bárbara!” o “ay, che, ¡si parecés mucho menor!” o “¿en serio vas a cumplir 38?, yo pensé que tenías 32 o 33”. Gracias, muchas gracias, de corazón. No saben lo bien que me hacen sentir. Aunque sea mentira, no importa, continúen diciéndolo. Mi ego se cree que todo es verdad.

Pero la realidad es que hay algo que no miente (lo más terrible): el espejo.

Todos los años, desde que mi mamá falleció, me compro un regalo en su nombre. Cada mes de julio, para sentirme más joven y bella, acudo a alguna tienda de moda (en ninguna de ellas venden Jordache, por cierto) y me gasto unos pesos en ropa de estación. Generalmente encuentro las primeras liquidaciones, así que salgo contenta y feliz con mi buzo o pantalón nuevo que estreno ese día y siento de alguna manera que mi mamá está conmigo. Sí, soy emotiva hasta para vestirme, qué le voy a hacer.

Pero este año algo cambió. Lo primero fue que hice las compras por anticipado. Y lo segundo, fue el tipo de compra que realice. Este junio y no julio, tomé conciencia (“¡Cáspita! Para qué lo habré hecho?” –sigo hablando conmigo misma en otro idioma que no entiendo) de que los años estaban pasando de verdad. Cuando llegué a casa y abrí mis bolsas de compras, me encontré con:

- Maquillaje para tapar las imperfecciones
- Rizador de pelo, para que el peinado llame más la atención que el resto
- Y, la frutillita de la torta, MI PRIMER TRATAMIENTO ANTIARRUGAS HYALURON-FILLER CONCENTRATE

Con el dolor en el alma me doy cuenta que es momento de empezar a usarlo. Las famosas “patas de gallo” comienzan a asentarse y, cuando estiro la piel de la cara (como cuando decimos con el gesto un “no sé” o damos un beso), me doy cuenta que la piel ya no es la misma.
Es por eso que finalmente entendí que Jordache es una marca de jeans que por allá por los años 70 fue aclamada y comenzaba a imponerse en el mercado mundial. Y yo, allá por los años 70, comenzaba apenas a imponerme en esta vida para llegar al 2010 y cumplir mis 38 con un mundo de gente a mi alrededor. Mi mundo, mi gente.

Para consolarme me gusta pensar que yo sólo tengo arrugas y Jordache, en mi mundo, dejó de existir hace ya tiempo. Que sea una buena marca en otros lados no hace mella en el asunto. Al menos, no en mis asuntos. Pero por las dudas y dadas dichas condiciones (que son reales y muestran a unas preciosas modelos que posan con ya nada de cola chata), es que hoy me siento con todo el derecho del mundo a proclamar, en voz alta y con la crema antiage como estandarte en mi mano:

“¡Muerte a Jordache! ¡Larga vida para mí!”

¡Ma sí, con arrugas o sin ellas!
He dicho.

miércoles, 23 de junio de 2010

EROTIK@

Me gusta saberte mía,
que seas mi gata en celo,
que ronronees y gimas y busques placer.
Que acomodes tu cuerpo, tu abdomen, tu espalda
para sentir, para sentirme.
Me encanta que las yemas de tus dedos
se deslicen por mi espalda
recorriéndome por completo,
descubriendo cada centímetro de mi piel.
Que me hagas vivir
lo que nadie jamás me hizo vivir.
Y que te guste.

Y me guste.
Y me mires.
Y te mire.
Y me sonrías, con tu sonrisa pícara,
para volver a empezar.
Que siempre vuelvas a empezar.
También me gusta perder el juicio
cuando tu boca enamorada
se disipa en mis más bajos instintos.
Y yo, entonces, sólo quiero atraparte,
para siempre,
entre mis piernas.
Me enloquece que tus besos
sepan a miel y a hiel.
Y conocer la diferencia.
Y disfrutar tanto de unos como de otros,
porque lo que disfruto es de vos, mi vida,
de toda vos, como sea que sea.
Y ni que hablar cuando escucho
el hilo de tu voz que susurra
te amo,
en mi oído,
y yo saberlo,
y responderte:
yo también,
y que vos lo sepas.
Para al final

terminar cansado,
pero siempre
deseando más de vos,
porque sí,
siempre te deseo.
Aunque mi cuerpo diga basta,
yo siempre te deseo.

Me gusta saberte mía
y quedarme dormido en tus brazos,
esperando,
paciente,
con los ojos cerrados
y el resto de los sentidos despiertos,
esperando, amor mío,
por un nuevo amanecer.

sábado, 19 de junio de 2010

MI BONNIE & CLYDE

- Documentos, por favor – dijo el policía, mientras yo, entre nerviosa y confundida, bajaba el vidrio del auto.
- ¿Algún problema, oficial? – respondí mientras hurgaba en mi bolso buscando lo que el hombre me pedía.
- Por el momento documentos, señorita.

Antonio ya había bajado del vehículo y conversaba con el otro sujeto que le solicitaba lo mismo. Por mi parte, intentaba mantener la calma y darle al hombre lo que me solicitaba sin que sospechara de mi nerviosismo. También hacía un esfuerzo sobrehumano para escuchar lo que Antonio respondía, para estar en concordancia con su discurso. Aunque nos conocíamos tan bien que aunque no lo escuchara de seguro íbamos a estar de acuerdo.
El hombre se retiró un poco y comenzó a anotar en lo que parecía ser una libreta los datos que iba corroborando con la documentación. Antonio parecía estar desempeñándose muy bien con el otro policía. De todas formas creo que hablaba más de la cuenta, intentando persuadir aquello que la ley tuviera que decir.

- ¿Pasa algo, oficial? – volví a preguntar, esperando que todo estuviera bien.
- Enseguida le explico, señorita … Laura – dijo, mientras miraba el documento para asegurarse de mi nombre y seguía escribiendo en su libretita vaya uno a saber qué.

El otro policía se dirigió a Antonio y le pidió que abriera la valija del coche. En ese preciso instante, mi corazón dio un vuelco. Sabía que si descubrían lo que teníamos oculto allí terminaríamos pronto en un calabozo. Como mínimo.
Traté de mantener la compostura, pero por primera vez en mucho tiempo los nervios me traicionaron y mis manos comenzaron a temblar. Como aún permanecía dentro del auto, las escondí para que el hombre no notara lo que estaba sucediendo. En un momento me vinieron a la cabeza mil imágenes: los planes con Antonio, las reuniones durante tantas tardes, el tan ansiado viaje a Francia, el hermoso departamento que nos había amparado todo este tiempo, los recuerdos que allí quedaron, los momentos vividos con amor y pasión y, como si fuera poco, nuestra boda. ¡Y qué boda! Recordé a nuestros amigos, los pocos que conocían nuestras locuritas y nos aceptaban incondicionalmente, todos juntos en nuestro pequeño hogar decorado con sueños y deseos de felicidad. Nuestro pastel de solo un piso hecho con tanto amor por Andrea, el ramo de violetas que me armó Susana y el velo que me prestó Karina. Recordé a Roberto, cuando le cedió el saco de su traje a Antonio y a Lorenzo, cuando se quitó la corbata para ponérsela a su amigo. Y Sebastián, siempre tan cómico, con su atuendo de sacerdote rentado especialmente para la ocasión, oficiando esa ceremonia no oficial a las 2 de la tarde en aquella diminuta habitación de la calle Fray Bentos. Todo había sido perfecto, como siempre nos solía suceder. Todo hasta este momento, en que Antonio me miró por el espejo retrovisor y me hizo una guiñada, intentando darme la seguridad de siempre, sólo que esta vez no lo lograba.

Cerré mis ojos y respiré hondo. Prefería morir que estar en una celda, lejos de él. Y cuando estaba a punto de romper en llanto, el oficial extendió su mano devolviéndome mis documentos y pidiéndome disculpas, como si quisiera borrar el momento que acababa de suceder. Atónita, vi cómo Antonio se despedía de ambos policías con una sonrisa y un apretón de manos.

Volvió al auto y comenzó a conducir. Yo no salía de mi asombro, tanto así que me había quedado sin palabras. Sólo lo miraba, asombrada. Entonces, me miró, con sus ojitos pícaros de siempre y me dijo con una sonrisa:

- Tontita, ¿realmente creías que nos iban a detener?
- Pero, pero … ¿y cómo? ¿qué pasó?¡No entiendo qué sucedió!

Antonio se echó para atrás y largó una carcajada. Paró el auto al costado del camino y mirándome con el mismo amor que solía hacerlo siempre, respondió:

- Sólo encontraron unas cajas viejas y vacías y el uniforme de mis tiempos en la Fuerza Aérea, que duerme allí hace ya años. Roberto se encargó de todos los detalles. El equipaje ya debe haber llegado a destino. No podía arriesgar ni un segundo el hecho de estar contigo para siempre.

Sabía que era un hombre de recursos, pero no dejaba de sorprenderme. Me abalancé sobre él y lo besé con toda la pasión que sólo él sabía sacar de mi. En pocas horas estaríamos en Francia. En pocas horas la noticia del robo al banco no sería más que eso, una noticia. Sin dudas éramos chicos con suerte. Así nos sentimos hasta el último momento, hasta que llegamos al aeropuerto, donde sonaba una canción de Celia Cruz y nos atrevimos a sentirnos en Cuba por unos instantes y bailar aunque tan solo fueran unos segundos, sin importar quién nos estuviera viendo. Y, como por arte de magia, pero negra, fue en ese instante cuando sentí cómo el calor atravesaba mi cuerpo, cómo Antonio caía sobre mí, cómo mis manos se teñían de rojo, cómo de a poco lo sentía morir. Al levantar mi vista, decenas de policías nos rodeaban, todos armados. No recuerdo más. Sólo sé que desde entonces, vivo en esta celda, sin vista al mar, ni a la torre Eiffel, ni al verde de ningún parque. Y lo peor de todo, sin Antonio. Tengo la mitad de mi cuerpo paralizada por la bala que atravesó mi columna. Y una cuerda sobre mi regazo que he podido conseguir cambiando algunos cuantos cigarrillos con una reclusa. Porque lo cierto es que nadie, pero nadie, me va a quitar la posibilidad de estar con Antonio durante toda la eternidad. París, Francia, cielo o infierno ... esperame, amor mío. Allá voy.

martes, 15 de junio de 2010

LA MISMA PERRA PERO CON DISTINTO COLLAR

Hace pocos días lo vi. Vestía igual que siempre. Se veía igual que siempre. Sin embargo, algo no estaba igual que siempre.

Lo observé detenidamente. Su cabello tenía más canas que cuando lo conocí hace ya unos cuantos años, sin embargo, se veían bien. En su rostro empezaron a surcar unas cuantas arrugas, pero eso tampoco lo hacía lucir menos interesante. Sus ojos tenían el mismo brillo de siempre, con esa mirada que parece disfrutar siempre de lo que ve. Su boca seguía dibujando una sonrisa que estremecía a cualquiera. Sus manos, al apoyarse en las mías, se sintieron tan firmes como la primera vez que me tocó. Sus palabras seguían siendo encantadoras y hasta las serpientes podrían llegar a hipnotizarse con el tono de su voz.
Todo estaba igual. Al menos, todo parecía estar igual.
Comencé a preguntar para ver cómo iba su vida. Si seguía estando con la morocha aquella que una vez le conocí. Me dijo que sí, que todo había cambiado desde entonces, pero que seguía a su lado. Le pregunté por su hijo, que a esta altura ya debe tener como 18 años, qué grande que está, como pasa el tiempo. Sí, está grande, ya empezó la facultad, es todo un hombre, y tiene novia, ¿sabés? Le pregunté por su madre, que por aquel entonces vivía con él. Temía la respuesta, pero la viejita seguía vivita y coleando. Un encanto de mujer, por cierto, lo de viejita fue con todo cariño. El trabajo, ah, eso sí había cambiado. Ahora era todo un hombre de negocios. Del pequeño bar que tenía en la calle Córdoba pasó a tener tres restaurantes de renombre distribuidos por los puntos más importantes de la ciudad. Bueno, quizás eso era lo que lo hacía distinto. Pero no, no me convencía que los negocios hayan hecho de él una persona tan diferente, casi irreconocible.
Seguí mirándolo y preguntando y, sin embargo, no encontraba respuestas a mis dudas.

Decidí ahondar más en la conversación y averiguar cómo estaba su alma. Nada nuevo. Que te quiero, que no te olvido, que la vida sin vos no tiene sentido, que estos años han sido una tortura, que he perdido la alegría de vivir, que aprendí a levantarme cada día sin esperanzas pero encontrarte de nuevo y tan solo verte me hace sentir que el tiempo no ha pasado, que sos la mujer de mi vida, el aire que me oxigena … bla, bla, bla.
Como siempre, volví a conmoverme y a mirarlo con dulzura, creo. Porque poco tiempo pasó, creo, entre que me acarició el rostro e intentó besarme. Y yo, como una tonta, creo, como una tonta dije que no y lo separé de mi. Me miró y me dijo que estaba bien, que no tenía ningún derecho, que me iba a respetar, que no era cuestión de echar de un plumerazo todo lo que habíamos logrado, que con todo lo que nos costó separarnos, que cómo iba a hacer una cosa así, que lo perdonara, que era feliz sólo con poder estar a mi lado de nuevo, de la forma que fuera, como yo quisiera.
Lo miré a los ojos y en ese preciso instante me di cuenta. Me sonreí. Y luego me reí. El me miraba sin entender nada, pero así lo dejé, sin que entendiera nada. Besé su mejilla, le dije que lo quería mucho y que siempre iba a vivir en mi corazón. Y me fui, dejándolo allí parado, solo, con miles de preguntas sin responder. Me fui caminando sin prisa pero sin pausa, pisando firme y cantando bajito “cada vez que pienso en vos, fue amor, fue amor”. Y sí, por fin lo entendí. Fue.

domingo, 13 de junio de 2010

LAMENTOS


No llores corazón mío,
que tus latidos llevan las lágrimas
a la fuente que alimenta mis sueños.

No llores,
que se me nubla el día,
que las noches quedan sin luz
y me dan miedo.

No llores,
que mis mañanas se tornan tristes
y mi andar se hace más lento.

Si lloras
dejas que mi mente
atraviese los espacios efímeros del tiempo.

Si lloras
permites que mi presente
se confunda con el futuro incierto
o, aún peor, con el pasado concreto.

No dejes que me gane la nostalgia
ni que la imaginación me encierre en su templo.

Corazón mío,
mejor es que me brindes
la quietud que necesito en estos momentos.

Calma mis ansiedades,
líbrame de este fuego que incendia mi centro.
Regálame la paz que merezco hace tiempo.

Deja que tu golpeteo sea fuerte,
que la luz te invada,
que la sonrisa te habite,
como tantas veces lo ha hecho.

Corazón mío,
mi alma te pide esta vez de rodillas,
más que nunca,
que dejes de inundarla
en tu río de penas, dolores y duelos.

Corazón mío,
escucha mis plegarias,
que si no logro que tu me escuches,
¿cómo confiar en que otros puedan hacerlo?

miércoles, 9 de junio de 2010

SABER ESPERAR

Hace días que vengo huyéndole a mi sentir. Porque yo me conozco y, cuando hay cierta información en algún rinconcito de mi alma que sé que me producirá dolor, angustia o preocupación, trato de eludirla y hacer como si nada pasara. Pero también sé que eso dura un suspiro (o varios en pocos días), porque es como si tuviera a alguien golpeando una puerta sin parar. Al final, por cansancio, porque no tolero más escuchar el golpeteo, abro y dejo entrar.

Bueno, algo así funciona el asunto dentro mío. El dolor, la angustia o la preocupación están ahí, yo los siento, pero los ignoro. Sin embargo, al principio los lapsos de tiempo en que se hacen notar son más extensos entonces no me molesta tanto. Pero a medida que pasan los días, es como si los golpes se hicieran más fuertes, más intensos, en todo sentido, hasta que llega un momento que entiendo que tengo que tomarme el tiempo para escucharme, aunque no me guste lo que vaya a oír.

Algunas veces lo que me motiva a escucharme son situaciones externas, como lo fue esta vez.
Hace ya un tiempo que estoy preocupada por mi, por mi futuro personal, por mis sueños, por mi camino en esta vida. Y hace un tiempo bastante más largo que he decidido buscar. Primero empecé por afuera. Error. La búsqueda debía ser por dentro. No tardé mucho en darme cuenta de esto. Entendí que si no me “arreglaba” por dentro, poco podía hacer hacia afuera, hacia los demás. Me llevó un buen período encontrar los caminos adecuados. La oferta es mucha y todos tratan de “vender” sus principios, su religión, su espiritualidad, como “esto es lo mejor”. Hay muchos que aprovechan toda esta movida de la “Era de Acuario”, por ejemplo, para hacer dinero. No digo que no sean seres espirituales también. Creo que sí, que lo son, pero sin dudas que si pueden “currar”, también lo harán. Entonces, encontrar a las personas apropiadas, que sean guías verdaderas en este camino, no es tarea fácil. Con el tiempo, uno aprende a descubrirlos. Pero insisto, lleva su tiempo.

En principio hice cursos varios: armonización de chakras, Magnified Healing, dos niveles de Reiki, Hoponopono, masajes terapéuticos. Más cerca en el tiempo, Numerología Tántrica y últimamente me dediqué a los Registros Akáshicos. Todos estos me brindaban (y me brindan) la posibilidad de ayudar a otros y, si bien con algunos me puedo ayudar a mí misma, aún me faltaba encontrarme conmigo, en mi interior. Hice entonces, ya hace un tiempo, un curso de Kabbalah y más tarde aprendí Tarot, no como método adivinatorio, sino como método de autoconocimiento. También practiqué yoga durante mucho tiempo y, no fue hasta encontrarme con Kundalini Yoga que empecé a encontrar mi lugar. Allí sentí que algo dentro de mi hacía “click”. Practicar Kundalini Yoga y aprender a meditar me ayudó muchísimo a ir encontrándome conmigo, a solucionar cosas que parecían no tener solución. A dejar de decir “soy así y chau”. Darme cuenta que uno es como es pero puede cambiar. Y cuando se producen cambios dentro nuestro, nuestro entorno también cambia. En fin, fue el camino para mi encuentro. También la escritura ha sido un gran descubrimiento personal. Hace poco me dijeron que era “el encuentro con mi alma” y sí, creo que así lo es.

Más tarde, pasé a reunirme con mujeres con las cuales tenemos el mismo fin: el crecimiento personal a través de la filosofía y otras artes y la búsqueda constante e incesante de nuestra esencia. Ese fue el otro “click” de mi vida (hasta ahora, claro). Empecé a descubrir aún más de mi ser. A entender que el ego es el que nos domina tantas veces. A descubrirlo cuando se exalta, cuando aparece. Y, una vez que lo reconozco, puedo dominarlo. O al menos intentarlo.

Es así que creo que tanto el tiempo como los seres que me rodean hoy en día hacen que mi crecimiento sea constante y que el descubrimiento de mi ser se haya vuelto tan transparente para mi en el último tiempo. Empecé a intimar conmigo misma.

Entonces, motivada por el autodescubrimiento, es que surge en mi la necesidad de algo nuevo (y aquí está lo que golpea la puerta). Llega un momento que, si bien la búsqueda interior no cesa y seguiré descubriéndome hasta el último día de mi vida, el descubrimiento traspasa ciertos límites y surgen nuevas necesidades, la de compartir. Compartir ese amor que va surgiendo en mi ser con y para otros. No con los seres que me rodean, que ya saben que los amo (y si no lo saben, entérense: ¡los amo!). Sino de brindar ese amor hacia otro tipo de situaciones y personas. A seres que hoy no conozco, pero que sé que necesitan sentirse amados y cuidados. Y mi angustia surge por el mismo problema de siempre: falta de tiempo. No tengo tiempo para dedicarme como quisiera a nada de eso. Trabajo todo el día y tengo dos niños aún pequeños. A eso le sumo mis actividades y reuniones, que si bien sólo son dos veces por semana, me llevan su tiempo y necesito de ellas para continuar en este camino. Dos días que mi marido tiene sus actividades sumado a la atención que debo darle a mis pequeños … en fin, que me quedo sin tiempo para dedicarme a nada de lo que realmente quisiera hacer.

Entonces, me empieza a preocupar. Porque yo sé que mi alma siente esa necesidad y, sin embargo, no la puedo cubrir. Y al sentir que no puedo cubrirla, me siento un poco vacía interiormente, siento que no estoy cumpliendo con lo que debo hacer.

Pero el destino se encarga de ponerme en el camino las respuestas. Lo primero fue escucharme, ver qué sucedía ahí dentro y, unos días después, tomar conciencia de que ahora no podía, que el momento llegaría después. Para convencerme aún más, llegó a mi vida la historia de unos seres con mucha luz que tuve la suerte de conocer hace poquito. Su misión de vida trajo a flote una historia de amor incondicional hacia la humanidad pero que conllevó cierto descuido hacia su propia familia.

Fue así que entendí que debo esperar, ser paciente (sigo trabajando en esto, que tanto me cuesta) y dar lo que puedo dar ahora, desde donde estoy. Mis niños me necesitan y allí está mi energía puesta ahora. Por supuesto que las herramientas que he ido recolectando en el camino me “ayudan a ayudar”, pero el resto deberá esperar. Me duele también posponer, porque siento que lo que pospongo es amor, pero no me queda más que esperar. Elegí formar una familia, tener hijos, criarlos y educarlos. Eso ya es toda una tarea. Y allí es donde debo estar. Allí es donde estoy ahora. Y porque me comprometo a hacer las cosas con todo mi corazón, es que estoy segura que cuando pueda brindarme como deseo, mi alma me regalará risas y sonrisas, de esas que provocarán que mis ojos se nublen y las lágrimas que caerán serán la mejor forma de expresar felicidad. Estoy segura que lo voy a lograr, sólo debo saber esperar.

martes, 8 de junio de 2010

AFRODITA


Dime la verdad, deja de mentir,
quítame las ganas de querer morir.
Lléname de gracia, hazme sonreír,
guarda mis rencores, déjame sentir.

No me mates la ilusión,
no me robes la pasión,
no me dejes en lamentos,
mejor déjame sin aliento.

Alimenta mis tristes sueños,
pero no juegues a ser mi dueño.
Intenta quitarme la razón,
provoca arritmias a mi corazón.
...

Mientras tanto seguiré al instinto,
enredada en mi laberinto,
de pasiones encontradas
y esperanzas desoladas.

Esperaré hasta que llegue el día
en que puedas decir “eres mía”.
Entonces, tengo la sospecha,
que me sentiré satisfecha.

Pero no por poder tenerte,
sino porque me sentiré fuerte,
para decirte frente a frente
que aprendí a vivir sin ti, finalmente.

domingo, 30 de mayo de 2010

V.I.T.R.I.O.L.

"Visita Interiora Terras Retificatur Invenies Ocultum Lapidum"
("Visita el interior de la tierra y rectificando encontrarás la piedra oculta")

Soñando con tu Luz, en la oscuridad de la noche, te oí llegar.
Con tres golpes en el vidrio de la sala, te hiciste sentir e interrumpiste mis sueños.
Todos dormían, nadie parecía haberse alterado con el golpeteo, sólo yo. Sentí miedo de ir a ver si allí estabas, quién eras, por qué llegabas.
Con un poco de valor decidí ir a mirar. Me moví sigilosamente. Arrastré conmigo la manta para que me cubriera más que del frío, del temor que me invadía. Con pasos tímidos me acerqué a la puerta de entrada.
No me animé a hablar, a preguntar.
Arrimé mi ojo a la cerradura con el fin de descubrir tu presencia del otro lado.
Nada. La oscuridad era casi absoluta.
Retiré mi ojo de allí y di un paso atrás. Supuse que no había luz en la casa, que nos habíamos quedado en penumbras.
Sin embargo, el ruido del motor del refrigerador me anunció lo contrario. Volví a acercarme a la puerta. Miré de nuevo y otra vez oscuridad.
Aún temerosa, me acerqué a la ventana y, con una precaución de espía, corrí la cortina, esperando encontrarme con tu rostro, con tu forma, con tu luz. Algo que me indicara que estabas allí. Lo único que pude distinguir fueron dos vehículos estacionados en la casa vecina.
Tratando de convencerme que sin dudas el ruido había provenido de allí, me retiré lentamente.
No había dado ni dos pasos cuando escuché unas voces. Agudicé mi oído. Se trataba de la televisión encendida en la habitación de uno de mis niños. No entendía por qué estaba encendida, si mi marido la había apagado antes de dormir. Otra vez volvió a invadirme el miedo a lo desconocido. Otra vez avancé. Al llegar a su dormitorio, la luz del artefacto tampoco era distinguible. Entre oscuridad y sonidos apagué la TV y entonces el silencio se apoderó de la casa.
Ya no estabas. Te habías ido.
Comencé a flotar, como si no existiera una fuerza de atracción hacia esta tierra, como si la gravedad se hubiera visto alterada.
Me dirigí a mi cama en esa nube invisible, un poco desilusionada de no verte, de no haber llegado a tiempo para encontrarte, pero tratando de refugiarme, segura de que ya nada alteraría mis sueños.
Habité el cuerpo que allí había quedado.
Poco tardé en dormirme. Y menos aún en volver a soñar con tu Luz.
Algo despertó mi cuerpo. Entonces, lo entendí todo.
Entendí que no eras más que yo quien allí había estado, que no debía buscarte fuera de mí, sino dentro.
Que los ojos sólo me sirven para ver la realidad. Y mi alma, para ver aquello que tanto deseo descubrir.

jueves, 20 de mayo de 2010

DESPECHADA


Sácame de esta tortura,
de este lugar de locura.
Quítame la venda que tengo,
desnúdame de este atuendo.

No me dejes sentir dolor,
ayúdame, por favor.
Libérame de esta pena,
permíteme sentir plena.

Quiero dormirme en tus brazos,
despertarme en tu regazo.
Necesito vivir el amor,
ya no quiero sentir temor.

Acaríciame mientras descanso,
siempre serás mi remanso.
Estés donde estés, amado,
contigo todo es apasionado.

Dame vida, dame sueños,
déjame sentirte dueño.
Dame sexo, dame placer,
a tu lado vuelvo a nacer.

Una vez y otra más,
no quiero que pares jamás.
Desliza tus dedos, muerde mi boca,
penétrame, vuélveme loca.

Grita, gime, muévete, goza,
hazme sentir una diosa.
Escúchame, siente, disfruta,
déjame ser tu prostituta.

Sube, baja, muévete, llega,
tócame, rózame, siente mi entrega.
Toma mi cuerpo, elévalo al cielo,
hazlo tu altar, tu cáliz, tu desvelo.

Ahora descansa, toma aire, respira ...
ya llegó el tiempo de la mentira.
Dime que me amas, que sin mi no existirías,
total, después de mañana, serán nuevos días.

No importa si vuelves en tres horas o en cinco,
yo te esperaré como siempre, con ahínco.
Hasta pronto, querido. ¡Ah! y no te sorprendas,
si tu mujer encuentra manchas de rouge en tus prendas.

lunes, 17 de mayo de 2010

MIS DIALOGOS INTERNOS (I)

- Dale, levantate
- Uf, tengo modorra, no tengo ganas ...
- No te pregunté si tenías ganas, te dije que te levantes
- Mirá, estoy cansada de que me mandes y me digas lo que tengo que hacer
- Es que si no te lo digo yo, ¿quién te lo va a decir?
- ¡Nadie! ¿No pensaste en la opción de que NADIE me diga lo que tengo que hacer?
- Aaah, si, claro, ¡vos siempre tan independiente!
- Ojalá pudiera ser tan independiente y hacer lo que se me diera la gana
- Por eso mismo. Vos siempre necesitás que alguien te diga lo que tenés que hacer
- Bueno, pero hoy resulta que no tengo ganas
- Y a mi no me importa si tenés ganas o no. Te levantás y punto. No podés seguir ahí tirada, revolcándote en la tristeza, como si fueran amantes. ¡Por favor! ¡Sabés perfectamente que en lo cotidiano ustedes no se llevan nada bien! Haceme el favor y olvidate de una vez de la frasecita "pobrecita yo", que ni siquiera te creés. Dale, levantate que hay un montón de cosas por hacer.
- Pero qué cosita caprichosa sos, ¿eh? Sigo insistiendo, ¡NO TENGO GANAS! ¿Es tan grave que un día quiera tomármelo libre? ¿Que un día quiera disfrutar de MI? Y sí, si hoy es un día para estar tirada, si es un día para que venga el llanto, la risa, o el sueño ¿no es posible darle espacio también a que surjan? ¿Tan grave es que me tome el día libre?
- Bueno, no voy a analizar la gravedad del asunto. Eso lo dejo para cuando decidan llevarte al psicólogo. Pero sí sé cual es la realidad y lo cierto es que no podés, querida. Hay demasiadas cosas por atender ... si vivieras en otra parte las cosas serían diferentes.
- Está bien, está bien. Con tal de que me dejes de hinchar, me levanto. Eso sí te pido, dejame un rato sola. Ya vas a ver que en un ratito todo vuelve a la normalidad. Andá tranquila. Andá nomás. Más tarde nos vemos.

A todo esto, mi conciencia se queda tranquila -aunque alerta, porque nunca confía del todo-, pensando que una vez más le ganó a mi voluntad. Sin embargo, mi voluntad sabe que a ella nadie le gana, que ni aunque la invada mi locura da el brazo a torcer. Y sí, al final actúa y termino levantándome, ordenando mi casa y un rato después vistiéndome con ropa linda para salir rauda y veloz al encuentro con mi amiga. PARECE que mi conciencia salió triunfante. De hecho, parece que la viera ahí, en un rincón, con una sonrisa amplia y cruzada de brazos. Pero no. Lo cierto es que tomo conciencia para tener voluntad. Otras veces, voluntad para tener conciencia. Mi vida no tendría sentido sin ninguna de ellas. Necesito de ambas para poder vivir ...

jueves, 6 de mayo de 2010

VENITE Y SEGUIME

Dale, seguime, venite a mi lado,
sabés que aquí tu deseo es colmado.

Soñemos juntos esta aventura,
que en este lugar nada nos apresura.

Vivamos los dos esta vida encantada,
en donde los besos son mermelada.

Bebamos juntos la miel de esta fuente
y saltemos de la mano desde el puente.

Hagámonos uno en cuerpo y alma,
que sólo así estaremos en calma.

Rompamos estructuras y metodologías,
hagamos nuevas genealogías.

Contemos uno, dos o un millón,
lleguemos al infinito de un tirón.

Toquemos el cielo, la luna y el mar,
y que esto sea de nunca acabar.

Dale, seguime, quedate a mi lado.
Subite y venite en tu caballo alado.

Dale, seguime, no te pierdas en las estrellas,
que sin vos no sé el camino para llegar a ellas.

Dale, venite, y ojalá nunca despierte.
Porque entonces mi sueño nos otorgó la muerte.

miércoles, 5 de mayo de 2010

DESNUDA


Una sonrisa permanente,
una tristeza intermitente.
Un puñado de temores,
un alma llena de amores.

Obsesiva sin retorno,
enamorada de su entorno.
A veces queja pasajera
y otras tantas luz compañera.

Eterna y empecinada aprendiz
que trata de ser feliz.
Jardinera de su hiedra,
pulidora de su piedra.

Miedosa, audaz, atrevida,
pasional y divertida.
La que calla por opción,
la que habla con corazón.

Alguien que quiere que la vida
no le pase inadvertida.
Y aunque le provoque temblores
prefiere los sinsabores.

Emotiva y muy llorona
también algo rezongona,
Deja de lado la rigidez
y comparte su desnudez.

martes, 27 de abril de 2010

RECETAS ANTIGRIPALES


Buenas y santas, damas y caballeros. En el día de hoy, vengo a entregarles un recetario muy útil, práctico y necesario en los tiempos que se avecinan en las costas del Río de la Plata y parte del Atlántico. Recetas que no deberían faltar en la cartera de la dama o en el bolsillo del caballero. Bueno, o en la cama de uno u otro, visto que lo que nos cita hoy es el resfrío agudo o la nunca bien recibida gripe.

Paso a comentarles que podrán surtir el botiquín del baño con antigripales varios de bajos efectos, ya que los estudiosos en la materia aseguran que "la gripe es un proceso" y por más pichicatas que consuman, no se les irá. Igualmente, las farmacias agradecidas de que la población ignore tales consideraciones y continúe malgastando sus monedas en la automedicación.
El punto en cuestión es que consumimos pastillas por doquier, jarabes para la tos y pañuelos descartables (estos últimos son los únicos justificables), pero los mocos, la tos y el decaimiento se instalan por unos días y son inamovibles, hasta que deciden emprender la retirada de forma natural. Después de tres blisters de antigripales todavía tenemos el descaro de decir "¡aah, pero este último sí que me hizo bien!". No, señoras y señores, es que es lógico que en algún momento los mocos emprendan la retirada. De lo contrario, estamos hablando ya de procesos infecciosos que deberán ser tratados con medicamentos más fuertes, como ser antibióticos, a lo cual aquí sí deberé recomendarles una previa visita al profesional.
Sin embargo, existen recetas caseras para tratar esas molestias que son tan habituales en invierno y que ahorran nuestro presupuesto. Aunque no sean más efectivas que los clásicos y comunes antigripales sin dudas son muchísimo más placenteras. Paso a enumerar algunas de las mismas:

SUDORES DE PECHO
Para que esta receta sea efectiva, es necesaria la presencia de otra persona (no detallo sexo, pues hay para todos los gustos, pero sin dudas que deberá ser alguien por quien nos sintamos atraídos). El elegido o elegida deberá colocarse encima o debajo suyo. Esta posición deberá ir acompañada por movimientos que oscilarán entre lentos y rápidos. Ambos deberán regular el ritmo adecuado (dadas las circunstancias, recomiendo que la persona elegida se coloque encima suyo ... soporte el peso, recuerde que usted está débil y no podrá movilizarse mucho, pero irá a gusto del consumidor ya que el efecto es el mismo). Luego de unos instantes su pecho comenzará a transpirar. De esta forma, liberará las toxinas acumuladas en su cuerpo (principalmente en su pecho, donde se encuentran los congestionados pulmones). Al finalizar, recomiendo completar esta rutina con un baño caliente (podrá ser solo o en compañía, depende las energías que le queden).
Tal vez en este estado de decaimiento se sienta un poco más cansado, por lo cual es recomendable hacerlo en la noche o, si no va a trabajar, hágalo libremente cuando le plazca ya que podrá dormir si así lo desea.
Si es de aquellos que no tienen acceso a nadie con quien ejecutarlo, le recomiendo frotar su pecho con Vick Vaporub o similar y calentarlo con una bolsa de agua caliente, pero lejos está de ser tan efectivo como lo anterior.

BESOS CON GUSTO A LIMON
Si, podrán resultarle ácidos, lo sé. Pero sin dudas que es más rico que tomar un jugo de limón natural caliente. El limón y sus propiedades (vitamina C) le dan a nuestro cuerpo defensas contra la tan desagradable gripe, fortaleciendo nuestro sistema inmunológico. Por algo las abuelas siempre lo recomiendan (el té de limón caliente, no los besos). Si logramos que quien nos ejecute los sudores de pecho sustituya los juegos previos con chantilly por jugo de limón, podremos ir bebiendo el mismo del cuerpo caliente de nuestro acompañante, dejando que aplique luego tranquilamente la receta anterior. Insisto, si no tiene con quién, caliéntese un té nomás.

MIMOS VARIOS
Ayudan a sentirse mejor. Por lo menos, podrá sentirse cuidado y querido. Dicen que el amor todo lo cura. No sé si se le irá la gripe, pero al menos se sentirá protegido. Recomendable antes, durante y después de los sudores de pecho.
Sustituto: acuéstese con su mascota (sólo recomendable para esta receta, no se le ocurra aplicar otras).

QUIETUD
El reposo es fundamental, con excepción del primer remedio mencionado. Deberá solicitar apoyo logísitico y recibir la comida en su cama para una pronta mejoría.
Sustituto: pida al delivery

CONTROL REMOTO
En esta etapa, hágalo suyo. Distraerse le va a hacer bien para olvidarse un poco de lo mal que se siente. Por unos días, monopolízelo.
No hay sustituto. Siempre fue suyo, así que aquí no tendrá problema.

Si todo esto no funciona, vuelva a intentar con el primer remedio sugerido. Si bien ya sabe que no lo cura, por lo menos lo hará sentirse bien y en compañía, porque existen grandes probabilidades que quien se los proporcione también termine en cama con usted. Al menos, tendrá con quien conversar y entenderá sus quejas de lo mal que se siente.
Y si sigue solo como siempre, ahorre en antigripales e invierta en una notebook y rooter inalámbrico y chatee con alguien desde su cama que seguro habrá varios en la mismas condiciones que usted. Al menos será mejor persona por no contagiar a nadie y también tendrá compañía.


No deje que la gripe opaque su mundo. Opáquela usted, humíllela y demuéstrele que igual puede ser divertido estar en cama, a pesar de que ella insista con hacerlo sentir mal.
¡Sea un mocoso feliz!

jueves, 22 de abril de 2010

EL TAXISTA Y LA DAMA



Blanca corría en su casa de un lado para el otro. Segunda semana de trabajo y ya iba a llegar tarde. ¡Con todo lo que le había costado conseguir ese puesto! No tanto por la competencia sino por su audacia, porque de hecho no había visto a ninguna de las chicas que se habían presentado ya que ella había llegado a la reunión dos horas más tarde y, muy suelta ella pero segura de sí misma, le dijo al dueño de la compañía: - Sé que es tarde, pero le puedo asegurar que si me da la oportunidad de entrevistarme, no se va a arrepentir.
No sabía si esa frase había conquistado a su empleador o su curriculum, pero el hecho es que hacía dos semanas ya que trabajaba como encargada de una de las zapaterías más importantes del país.

Si bien ya de arranque se sabía que no era de las chicas puntuales, no se podía dar el lujo de que esto volviera a suceder a tan solo dos semanas de haber conseguido el puesto y, sin embargo, parecía que esa mañana el reloj movía sus manecillas más rápido que nunca. Se dio una última mirada en el espejo. El maquillaje estaba en su justa medida. Se dio el último retoque en el pelo con un poco de spray para arreglar el batido que el día anterior le había hecho su prima, la peluquera. Se acomodó el alfiler de su pollera kilt y decidió pasarle un cepillo rápido a sus botas de caña alta antes de salir. Llegaría tarde, pero Blanca no salía de su casa sin verse bien.

Salió más rápido que volando. Era una bonita mañana de primavera y eso la animó por unos instantes. Apresuró sus pasos primero y luego corrió al ver que el trolebús que la llevaba a destino estaba ya en su parada. Al llegar, este arrancó y la dejó allí, sola, convencida finalmente que no era su día de suerte.

Contó las monedas que tenía en su bolso. Había pagado el alquiler el día anterior y su sueldo aún se haría esperar hasta esa tarde, así que era poco lo que le quedaba dentro de la billetera. Llegaría a tiempo si tomaba un taxi, pero estaba segura que con el dinero que tenía no llegaría a destino. Igualmente tentó a su suerte y decidió que tomaría el primero que pasara. Le pediría al chofer que la dejara unas cuadras antes. Perdido por perdido supuso que así igual ganaría tiempo.
Así que cuando el Mercedes 190 se acercó con su cartel de LIBRE, estiró su mano. El taxista frenó frente a ella y Blanca subió.

- A 18 y Ejido, por favor - El malhumor que llevaba encima para la hora del día en que estaba y la ansiedad por llegar a su trabajo a tiempo hizo que ante la pregunta del taxista de “¿por qué camino prefiere ir?” fuera suficiente para contestar de mal modo: “por el más rápido”.
El taxista poco pareció percibir el estado de Blanca, así que cautivado por su belleza continuó con una conversación trivial:
- Lindos días están haciendo, ¿no?
- Se – contestó Blanca, que no quitaba la mirada del libro que acababa de sacar de su bolso.
- ¿Trabaja por la zona? – continuó el taxista, ignorando el modo en que ella le había contestado.
Blanca levantó la vista, ya un poco fastidiada. ¿Es que el hombre no se daba cuenta que lo que menos quería era conversar?
- Cerca – comentó Blanca, esperando que ese fuera el fin de la conversación. Pero no. El hombre seguía insistiendo.
- Ajá. ¿Dónde trabaja? Si se puede saber… – le preguntó, mirándola por el espejo retrovisor.
- No, no se puede - Blanca comenzó a sentirse un poco incómoda e intimidada.
- Bueno, no se ofenda. Sólo preguntaba por curiosidad. ¿Trabaja muchas horas? – continuó.
- Las suficientes – Blanca miraba el taxímetro avanzar y comenzó a contar sus monedas. Se dio cuenta que ni siquiera podría pagar el destino que le había dicho previamente. Debería bajar un par de cuadras antes

- Si no le molesta, preferiría me dejara en 18 y Tacuarembó – le dijo.
- Molestia ninguna, pero me parece que llegará tarde si no la dejo en su trabajo. La noto un poco nerviosa – bueno, al menos el hombre se había percatado de cómo estaba ella. Al final, no parecía ser tan despistado.
- No se preocupe. Es que debo pasar antes por la farmacia – mintió Blanca
- ¡Ah, pero yo la espero, señorita!
- No, no. ¡No hay necesidad! – respondió Blanca un tanto nerviosa – Vaya que haya mucha gente y pierda pasaje.
- Ya le dije, molestia ninguna. Será un placer llevarla a destino y poder conversar con usted un rato más – no había caso, el hombre insistía con hablar. Blanca sentía que no tenía escapatoria. Pensó y volvió a pensar cómo haría para pagar el viaje, pero no había manera de hacerlo. No encontraba salida. Excepto …
- Mire, la realidad es que estoy con el dinero justo. Si usted me espera no podré pagarle, así que le agradezco mucho pero déjeme aquí – ya habían llegado al lugar indicado y el taxi estaba estacionando cerca del cordón. El taxista cerró el taxímetro y se dio vuelta diciéndole:
- Señorita, le dije que será un placer llevarla a destino. No se preocupe por el resto del viaje. Va por mi cuenta.

Blanca estaba sorprendida pero, qué más daba, así llegaría en hora a su trabajo. Bajó, compró una aspirina (sí, una, no había dinero para más) y volvió al taxi donde el buen hombre la esperaba. Fue así que le dijo que en realidad trabajaba tres cuadras más delante de lo que previamente le había indicado y éste la llevó hasta allí. Blanca le pagó con sus últimas monedas y le agradeció el favor que le había hecho. Había llegado a tiempo para abrir el comercio. Bajó del taxi y comenzó a caminar hacia la puerta del negocio cuando escuchó al taxista llamándola:

-¡Señorita! ¡Olvidó algo!

Blanca se dio vuelta rápidamente y se dirigió a la ventanilla del taxi. Al llegar, el hombre le dijo con una sonrisa:

- Olvidó decirme su nombre y a qué hora sale.

Blanca también sonrió. El hombre era agradable después de todo. Dudó un instante pero finalmente accedió al pedido del taxista que unos segundos después pasó a tener no sólo un rostro sino también un nombre, Gregorio.
....

Fue así como esta historia de amor comenzó. Gregorio (Krikor se llamaba en realidad, pero se traducía en Gregorio) fue a buscarla a la salida del trabajo y, a pesar de sus idas y venidas, de los 11 años que los separaban, de las culturas diferentes de las que venían (ella de padres de campo y él de inmigrantes armenios), a pesar de su carácter dulce y de la tosquedad de él, dos años después se casaron. Y dos años más tarde se convirtieron en papás. Y el tiempo pasó y los años también. Y las miserias llegaron y las riquezas también. Todo fue parte del diario vivir. Las peleas, las reconciliaciones, la crianza de su única hija, los viajes, el arduo trabajo, el dolor, el sufrimiento, la felicidad … todo se hizo presente en los casi 33 años que estuvieron unidos.

Todo eso y tantas cosas más para que hoy, en pleno siglo XXI, con dos nietos aquí y uno allá, yo pueda recordarlos y escribir su historia con todo, pero todo el amor que me supieron dar. Así fue como mis padres se conocieron. Así es como hoy yo estoy acá.


Nota: El 24 de abril se conmemora un nuevo aniversario de la partida de mi papá. En menos de un mes, el 20 de mayo, el de mi mamá. Este es mi homenaje hacia ellos, mi forma de recordarlos, mi forma de amarlos.