lunes, 8 de marzo de 2010

Y APENAS POR UNA SONRISA


La creatividad surge de momentos inesperados. Quienes la expresamos a través de la escritura, podemos motivarnos con una situación personal o ajena. También podemos hacerlo con algo que vemos, escuchamos o sentimos. O, a veces, sólo con la imaginación. Tan siquiera debemos prestar atención a cualquiera de esos momentos, tomar un lápiz (laptop o PC) y escribir.
A veces surgen cosas hermosas, que luego releemos y ni siquiera tenemos claro de dónde vinieron. Otras, letras que se unen y forman palabras y luego frases que, si bien no tienen un contenido literario importante, dejan huella en alguna parte, aunque tan sólo sea en uno mismo.
Hoy fue la sonrisa, esa que muestra la foto. Una sonrisa que, para descubrirla, tuve que inclinar mi cabeza y, una vez que la vi, también yo sonreí. Y luego pensé que es fácil alegrarnos el día. Todo depende si estamos con los ojos bien abiertos para descubrir aquello que nos haga bien o no.
Luego de varios meses (muchos) de huir de mi misma, me di cuenta que “sufro” (y lo pongo así, entre comillas, porque no sé si realmente se cataloga como tal) de ansiedad. Muchas cosas me la provocan, aunque todas terminan en la obsesión por el orden (interno y externo, aunque mucho más lo primero). Si bien esto es algo que lo traigo desde niña (no me recuerdo no siendo obsesiva, realmente), con el paso del tiempo, de los años, se ha hecho aún más fuerte, al punto tal de provocarme malestar físico. Hace apenas un par de semanas que lo reconocí en mi cuando de repente un día me desperté a las 6 de la mañana y mi cabeza no paraba por el desorden que tenía (y aún tengo) con varias cosas que no vienen al caso. El asunto es que me costó mucho reconocerlo frente a otros. Reconocer el “yo no puedo”, el que no soy invencible, que lo que me sucede me afecta más de lo que yo pensaba. Y reconocer que los golpes de mi vida me han dejado ciertas secuelas que me pesan a la hora de afrontar los problemas cotidianos.
Pero lo importante es que pude reconocerlo, finalmente. Y pedir ayuda para un lado y para el otro, lo cual me costó una enormidad. Sin embargo, me di cuenta que quienes nos quieren bien siempre están dispuestos a ayudar. Que no molestamos si decimos “necesito”. Que para eso estamos en este mundo, para tender manos y dejarnos tender aquellas cuando las necesitamos. No hay crecimiento sin intercambio. No podemos aprender a caminar sin alguien que nos sostenga y nos dé seguridad.
Tal vez por eso es que vuelvo a ver cosas que hace un tiempo ya no veía y puedo de a poco reencontrarme con mi centro, con la esencia de mi ser y descubrir, en algo tan sencillo como ir a arreglar una pinchadura del neumático de mi auto, una sonrisa que tímidamente se dibujaba en el guardabarros trasero. El rayón que tiene no es más que eso para muchos. Para mí, fue un nuevo motivo para sonreír.

2 comentarios:

  1. Y me provocaste una sonrisa. Estaría muy bueno que la sonrisa, el rayón en el auto o un sueño ridículo nos pinten nuevas sonrisas y también, encontrar cada día nuestros centros. Un abrazo

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  2. Misión más que cumplida. Ya fuimos dos los que sonreimos :)
    Yo creo que de eso se trata, Pulgarcito, de encontrar cada día un motivo para sonreír, sin importar si es ridículo lo que nos lo provoca. Besinhos

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